30 años de “Crest of a Knave” el disco “metalero” de Jethro...

30 años de “Crest of a Knave” el disco “metalero” de Jethro Tull

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Jethro Tull

Jethro Tull

Crest of a Knave

Chrysalys. 1987. Inglaterra

 

Tras un período en el que Ian Anderson, flautista y cantante, sufrió una fuerte infección en las cuerdas vocales, este álbum marcó un exitoso retorno para una de las bandas más longevas del rock cuyo nombre deriva de un agricultor que contribuyó de manera importante a la Revolución Agrícola Británica por sus relevantes innovaciones. Nacida en Luton, Bedfordshire, Inglaterra, esta legendaria banda se ha paseado por el blues, el folk, el jazz y el progrock con el mencionado flautista como única constante.

Para 1987 Jethro Tull retornaba con un disco que superaba con creces a su antecesor, Under Wraps (1984). En esta ocasión la banda la conformaban Martin Barre en las guitarras, Dave Pegg en los bajos acústico y eléctrico y adicionalmente los bateristas Doane Perry y Gerry Conway, Ric Sanders al violín y nuestro carismático Ian en la flauta y otros instrumentos.

La primera imagen es una heráldica diseñada por Andrew Stewart que poco dice del álbum, aunque hermosa. Y es que no se trata de un Thick as a Brick (1972), pero sí de una excelente muestra de buenas composiciones que inician con versos como estos: “Mientras la luna asciende y el sol cae, soy un jinete en ascenso, en torno al cielo…”. Es “Steel Monkey” (El mono de acero), tema con ciertos matices de rock pesado que en algo sugiere hard rock pero que en ningún momento se entiende que sea en sí un tema del género. Tal vez esa errónea apreciación fue la que les valió un Grammy® por Mejor Hard Rock/Heavy Metal Vocal o Instrumental Performance en 1989 (debería incluso haber sido en 1988), creando así uno de los más grandes desaciertos de la importante academia y que trajo consigo bromas de todo tipo en esos años. Aquel premio todos esperaban recayera en And Justice for All de Metallica.. “Una golondrina no hace verano”.

Farm on the Freeway” (Granja en la autopista), nos retrotrae al sonido Tull con la flauta de Anderson, ya que en el tema inicial ésta ausente: “Nueve millas de alambre de púa, puestas por el padre para el hijo. Buen albergue en el valle, por donde corre la dulce corriente”.

La diversa temática del álbum está desplegada a lo largo de nueve temas desgranados por una poesía muy personal, frecuentemente coloquial, sin mayores alardes literarios como podemos apreciar en “Jump Start” o “Said She Was a Dancer” en los cuales Ian desdibuja escenas callejeras. Sin embargo, hay un elemento acá que desde la primera vez que lo escuché borró de alguna manera parte de mi aprecio por este álbum, y en eso concuerdo con algunos críticos. Ese elemento es un sonido muy similar a Mark Knopfler y su banda Dire Straits, no sólo en estos dos temas sino además en lo que para mí es la pieza más completa del álbum, “Budapest”. Sin embargo, Ian se las arregla para contrastar con temas como “Dogs in Midwinter” (Perros a mediados de invierno) que tiene el sonido característico de Jethro Tull de los 80 con matices más clásicos: “¿Has tenido algún día como el que has tenido hoy, cuando las cosas se juntan mal? Ves alrededor y cada rostro que miras te asegura que enloquecerás, y observas esas huecas instituciones que te ladran por todos lados pero la mordida se ensancha.”

Retornando por un momento a “Budapest”, está la misteriosa entrada del teclado y la flauta de Anderson que va en aumento. Es en el primer verso donde Ian nos recuerda mucho a Knopfler, y si bien la guitarra acústica tiene ese elemento, Tull también tiene ese feeling a la “Brothers in Arms” en varios momentos de esta obra.  También Ian incluye elementos más propios del Tull de finales de los 80 que se reflejarían en álbumes como Roots to Branches de 1995. En lo que si difiero con otros críticos es que esa influencia deja de lado a Jethro Tull restando mérito a todo esfuerzo o buena parte de esta obra. “Mountain Men” (Montañistas), como el resto del álbum, también posee una sonoridad más comercial que le valió entonces una presencia mediática muy importante para consolidarlos como sobrevivientes del prog, aunque ya Tull tenía su legión de “seguidores a toda costa”. Acá, Ian narra sobre la guerra de Las Malvinas y la angustia que dejan los soldados en sus esposas.

Las dos últimas piezas “The Waking Edge” y “Rising Steam”, son un contraste un tanto dislocado. La primera con trazos de teclas, flauta y guitarra a modo de una  introducción, se silencia por un par de segundos y entonces Anderson canta: “El cazador furtivo y su hija lanzan sombras a las aguas en la noche. Una delgada luna se desliza detrás de ellos mientras sacan la red sin luz que les traicione. Luego, en la costanera, los encuentro y el viejo guiña y sonríe. ¿Y quién soy para negar el derecho de pescar de vez en cuando?”

La última pieza tiene esos desgarrados acordes del hard rock, pero la flauta siempre matiza. Es, a mi criterio, la pieza menos interesante del álbum aunque la letra es un tanto más atractiva: “Al despertar en una habitación en algún lugar… aún sin la luz del amanecer. Hay un fino horizonte entre ella y yo… El borde de un medio sueño incandescente”. 

Este sería para mí el último buen álbum de Jethro Tull junto a Roots to Branches. Quienes tuvimos la dicha de verlos el 5 de septiembre de 2005, reconocemos que ya había un Ian Anderson con una voz notoriamente desgastada que procuraba ponerse de puntillas en un intento de lograr las notas altas con un mínimo de aceptable afinación. Pero los abates del tiempo son implacables. Too old to rock ´n´roll dirían algunos.

Leonardo Bigott