30 años de la sofisticada perfección de “Secrets of the Beehive” de...

30 años de la sofisticada perfección de “Secrets of the Beehive” de David Sylvian

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David Sylvian

David Sylvian

Secrets of the Beehive

Virgin. 1987. Inglaterra

 

Para el momento de la edición de éste, su cuarto disco como solista, la propuesta del polifacético músico, compositor y cantante inglés había variado sustancialmente respecto a su primera etapa glam y luego synth pop junto a la agrupación Japan. En los dos discos previos, An Index of Possibilities (1985) (una ampliación del EP, Words with the Shaman) y el doble LP, Gone to Earth (1986), había explorado terrenos más experimentales, con temas instrumentales a medio camino entre la electrónica, las sonoridades étnicas y el jazz más oblicuo.

Secrets of the Beehive alcanzó un grado de emotividad y sofisticación que colocó a Sylvian en una especie de liga propia, en una dimensión seductora de aroma nocturno y otoñal. Todo en este disco está en su sitio y tal como ha sido la costumbre de su autor, el perfeccionismo y buen gusto se nota en todo, en cada arreglo y ejecución, en los textos y por supuesto, en el elegante arte gráfico de Vaughan Oliver (23 Envelope) con fotografías de Nigel Grierson (23 Envelope) y Yuka Fujii.

El cartel de colaboradores, parte del cual lo acompañó en el “In Praise of Shamans Tour” de 1988 (el primero que emprendía como solista), fue fantástico: Ryuichi Sakamoto (arreglos de cuerdas, órgano, sintetizador, piano), su hermano Steve Jansen (batería), David Torn (guitarra eléctrica), Danny Thompson (contrabajo), Danny Cummings (percusión), Phil Palmer (guitarra slide y acústica), Mark Isham (trompeta, fliscorno), Brian Gascoigne (arreglos orquestales) y Ann O´Dell (arreglos de cuerdas). David Sylvian, por su parte, se encargó del piano, guitarra acústica, órgano, sintetizador, cintas, además de su aterciopelada voz.

September” abre el disco con voz y piano e impone rápidamente el estado de ánimo sosegado y ensoñador. Sigue “The Boy in the Gun”, en la que el contrabajo de Thompson y la envolvente guitarra de Torn construyen una atmósfera fascinante sobre la que se mueve la voz. “Maria” es seductora, su cadencia vaporosa dada por Torn, el sinte, las cuerdas y las lejanas voces grabadas, son perfectas para la vocalización de Sylvian.

El primer y único tema con batería es “Orpheus”, probablemente el más conocido del disco. Su espíritu otoñal enamora sin remedio y a ello contribuye el piano de Sakamoto, la acústica de Sylvian, y los sintes que ambos ejecutan. La guinda la pone Isham con un fliscorno maravilloso que entra en acción justo cuando la canción parece desvanecerse. El lado A lo cierra la minimalista “The Devil´s Own”, una pieza en la que solo tocan Sylvian y Sakamoto, y entre ambos construyen un delicado entramado de piano y sintetizadores.

When Poets Dreamed of Angels” abre el lado B. Las guitarras acústicas de Palmer y Sylvian de aroma flamenco, gobiernan el tema, con la percusión comedida de Cummings. En “Mother and Child” regresa el contrabajo de Thompson que junto al piano avant garde de Sakamoto y la percusión, hacen de esta pieza una de las más sensuales y enigmáticas.

Probablemente “Let The Hapinness In” sea una de las que mejor define esa etapa de Sylvian en los 80 y a la vez la que establece el vínculo con la actividad solista que retomaría doce años después con Dead Bees on a Cake (1999). Los fabulosos arreglos de cuerdas y vientos, con la tenue pero precisa percusión de Jansen y Cummings, la trompeta sobrevolando sobre todo y la melancólica voz de Sylvian, hacen de él un tema perfecto.

El LP original cerraba con “Waterfront”, una poética pieza de ambiente cinematográfico con cuerdas y piano cortesía de Sakamoto y la voz de Sylvian. Sin embargo, la versión japonesa incluía un tema adicional (luego agregado en la reedición de 2003), “Promise (The Cult of Eurydice)”, quizá el más austero de todos. Una forma hipnótica e ideal de cerrar.

La producción de Steve Nye (Penguin Cafe Orchestra) fue perfecta y sin duda ayudó a que el resultado haya sido tan perfecto. Treinta años después y Secrets of the Beehive sigue encantando como el primer día. Un álbum atemporal y eterno.

Juan Carlos Ballesta