40 años de la caída del muro de Pink Floyd

40 años de la caída del muro de Pink Floyd

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Pink Floyd
The Wall
Columbia. 1979. Inglaterra

Cuando Robert Fripp decidió ponerle punto final a King Crimson a mediados de los 70, sentía que las presentaciones ante audiencias masivas eran algo más que un concierto. Eran “un evento deportivo”, llegó a declarar, decepcionado, en cierta ocasión. Para entonces, el Rey Carmesí sentía un gran “muro” que le impedía conectar con su público.

Ese mismo sentimiento lo tenía también el bajista, cantante y compositor Roger Waters, una de las piedras angulares del legendario cuarteto británico Pink Floyd.  Sería entonces, tras un concierto de la banda en Canadá en 1977, que Waters encontraría la inspiración para el siguiente álbum del grupo.

Decepcionado por ese sentimiento de distanciamiento entre un artista y su público, Waters dio rienda suelta a su imaginación para crear una de las más exitosas y controversiales obras de Pink Floyd, publicada el 30 de noviembre de 1979 en Gran Bretaña y el 8 de diciembre en Norteamérica.

The Wall pudiera verse como un manifiesto sobre la relación entre un artista y su audiencia o una dura crítica al “establishment”. Cierto es que un claro elemento biográfico subyace en cada una de las piezas, en las que también aparece el fantasma del padre de Waters, muerto durante la Segunda Guerra Mundial.

The Wall también marcaba un distanciamiento de composiciones extensas y en ningún caso, nuestro celebrado disco, contiene temas que alcancen los siete minutos. Son en su mayoría, temas por debajo de los cinco minutos, aspecto muy contrario a obras antecedentes como Wish You Were Here (1975) y Animals (1977).

Pink Floyd no retornaría enteramente a ese clásico lenguaje previo a The Wall, cuando era un cuarteto ávido por nuevos sonidos y una expresión sonora con una clara identidad construida por la inconfundible guitarra y voz de David Gilmour, los ambientes y espacios del teclista Richard Wright (†), la voz y el bajo de Roger Waters, y el especial lenguaje del percutor Nick Mason.

No pretendo en ningún caso expresar que The Wall no era ya al mismo Pink Floyd, por el contrario, casi todos los elementos están allí, pero no puede negarse que es su disco más accesible y que ya no funcionaban exactamente como un cuarteto. Las tensiones y la megalomanía de Waters al pretender convertirse en el jefe dentro de una entidad que siempre había funcionado como un cuarteto de amigos, trajo consecuencias no mucho tiempo después.

En aquellos días de LP, The Wall fue presentado como álbum doble con trece temas en cada disco. La poco elaborada pero eficaz portada de Gerald Scarfee nos muestra el nombre de la banda y el titulo del disco en blanco y negro sobre un blanco muro. Dentro, en cambio, despliega todo su talento.

The WallEs el umbral de las primeras sonoridades a las que PF llamó “In The Flesh?” (¿En la piel?) y que en parte nos dice: “Así que tú crees que pueda gustarte el show donde pudieras sentir la cálida excitación de la confusión”. El órgano de Wright y la guitarra de Gilmour protagonizan este primer tema con un abrupto final que nos deja con el llanto de un niño en “The Thin Ice” en la que Waters nos dice: “Mamá ama a su bebé, papá también te ama, y el mar pudiera parecerte tibio y el cielo azul…” Gilmour nos atrapa con una agobiante guitarra.

La tercera pieza es la primera de tres partes, “Another Brick in the Wall, Part I” Una vez más la distintiva guitarra de Gilmour nos va interesando más y más mientras Waters nos cuenta: “Papá ha cruzado el océano y ha dejado tan sólo recuerdos, fotos en el álbum familiar, ¿qué más has dejado? ¿qué más me has dejado?, todo es tan sólo otro ladrillo en el muro”. Un tema pegadizo, sin duda, cuyo riff se diluye en el sonido de un helicóptero en “The Happiest Days Of Our Lives” (Los días más felices de nuestras vidas). Nos relata Roger Waters, escritor de la obra: “Cuando crecí y fui a la escuela, había ciertos maestros que lastimaban a los niños tanto como podían…”

El tema enlaza con “Another Brick in the Wall, Part II” donde Waters nos dice en los emblemáticos seis versos: “No necesitamos educación, ni necesitamos pensamientos controlados, ni sarcasmos en el aula, maestros dejen tranquilo a los niños, ¡Epa! Maestro deja tranquilo a los niños, todo es tan solo otro ladrillo en el muro, tú eres tan solo otro ladrillo en el muro”.  La rigidez de la educación inglesa de aquellos años quedó reflejada en este infalible tema.

Producido por Bob Ezrin (†), Waters y Gilmour, The Wall cierra su primera cara con con la inicialmente acústica “Mother”: “Madre, ¿crees que lanzarán la bomba?, ¿Madre, ¿crees que les gustará la canción? Madre, ¿crees que intentarán romperme los cogones? ¿Madre, crees que debería construir un muro?¿Madre, crees que deba creerle al Gobierno…” La banda brilla con gran esplendor en este tema donde “Mamá hará todas tus pesadillas realidad”

En la oscura “Goodbye Blue Skies”, donde Gilmour se luce con la acústica una vez más, le escuchamos decir: “Viste a los temerosos, oíste caer la bomba, te preguntaste alguna vez por qué corríamos a buscar refugio….”  La breve pieza se mezcla con “Empty Spaces” y posteriormente “un momento de lujuria” en “Young Lust”, donde Gilmour destaca con un solo de guitarra y escuchamos: “Tan sólo soy el nuevo chico, un extraño en el  pueblo”

En “One of my Turns”, PF retorna a la incorporación de elementos extemporáneos no musicales para añadirlo a su lenguaje. Nuestro genérico personaje clama: “No me dejes ahora” y pregunta “si es el final del camino” para luego ofrecernos “Another Brick in the Wall, Part III” donde PF nos relata, “No necesito armas a mi alrededor, no necesito drogas que me calmen, he visto los escritos en el muro, no necesito nada en lo absoluto, todo es tan sólo otro ladrillo en el muro”.  Culmina el primer disco con una nota suicida en “Goodbye Cruel World” (Adiós Mundo Cruel).

El segundo disco inicia con una de mis favoritas, “Hey You”. Gilmour con su acústica nos va envolviendo en el conflicto de nuestro personaje: “!Hey!, tú afuera en el frío, ¡Hey! tú envejeciendo allí, parado en el pasillo con picazón en tus pies y sonrisas que se desvanecen, ¿Puedes sentirme.

La misteriosa y esencialmente instrumental “Is There Anybody Out There?” prosigue el relato con un sonido que recrea una desolada atmósfera y donde PF deja escuchar a un violín evocando tristeza. “Nobody Home”, con una lírica más desarrollada, continua la narrativa incorporando nuevamente sonidos extemporáneos.

En los dos temas siguientes conocemos a “Vera” y nos topamos con un elemento bélico expresado en una suerte de marcha titulada “Bring The Boys Back Home”, antes de escuchar otro punto alto del disco en “Comfortably Numb”: “Hola, ¿hay alguien allí adentro? Sólo agita la cabeza si me escuchas, vamos, he oído que estás muy deprimido, puedo sanar tu pena…”  Por supuesto, no puedo dejar de mencionar uno de los más recordados solos de David Gilmour en esta pieza. La banda suena como en sus mejores tiempos, si acaso este no es uno.

The Wall continua con la breve “The Show Must Go On” y en una especie de ritornello PF nuevamente nos ofrece “In The Flesh” ligeramente alterada casi un minuto más. El cuarteto sigue con el sonido de una multitud en “Run Like Hell”: “Mejor que corras como un rayo, mejor que te maquilles el rostro, tus labios de botón y tus ojos de ciego…” Nos dice la banda.

PF inicia de igual modo en “Waiting For The Worms”, la siguiente pieza. El uso reiterativo de “waiting” al inicio de varios de los versos resulta un tanto contagioso dentro del caos sónico de esta pieza. En “Stop” PF nos dice: “Detente, quiero ir a casa y quitarme este uniforme e irme de este show, porque debo saber si he sido culpable todo este tiempo…”  Es parte de la estrofa que precede a la dramática “The Trial” (El juicio), donde se nota especialmente la participación de The New York Philharmonic Orchestra bejo la conducción y arreglos de Michael Kamen.

PF relata: “buenos días gusano, sabes que la corona se hará visible, el prisionero que ahora está ante ti fue atrapado in fraganti dando muestras de sentimientos casi humanos, qué vergüenza”. Roger Waters desarrolla acá otra extensa lírica.

El álbum culmina con “Outside The Wall” (Al otro lado del muro), cuyo primer encuentro es el ruido del muro al desmoronarse. Un nostálgico, aparente, acordeón acompaña a Waters en modo recitativo en una única estrofa de diez versos.

“Solos o en pares,

Aquellos que te aman realmente,

Van y vienen al otro lado del muro

Algunos tomados de las manos

Otros juntos en una banda

Los sangrantes corazones y los artistas

Marcan posición

Y cuando te lo han dado todo

Algunos se tambalean y otros caen, después de todo no es fácil

Golpeando tu corazón contra el muro

Un muro interno también se había construido entre Roger y David. Éste, acabaría con la salida del bajista, con Gilmour y Mason manteniendo los derechos del nombre del grupo, cuyo sonido no perdía enteramente su identidad pero que tendría su final en Division Bell (1994) y su inconsistente secuela 20 años después, The Endless River (2014), siendo este último una colección de retazos con la participación de Ezrin en póstumo homenaje a Wright, quien paradójicamente, aún siendo cofundador, fue expulsado por Waters mientras se grababa The Wall, luego readmitido pero como músico asalariado.

El 23 de mayo de 1982, The Wall fue llevado a la pantalla gigante por el afamado director Alan Parker. El drama musical, presentado en partes animadas y otras filmadas, se convirtió en un éxito taquillero, engrosando $22.2 millones. El músico Bob Geldof encarnaría a Pink.

Colmado de elementos surrealistas y vivanciales, The Wall es altamente recomendable aún en los tiempos que corren y las contradicciones de Waters.