45 años de “A Passion Play”, ambiciosa obra conceptual de Jethro Tull

45 años de “A Passion Play”, ambiciosa obra conceptual de Jethro Tull

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Jethro Tull

Jethro Tull

A Passion Play

Chrisalys. 1973. Inglaterra

 

En procura de una magna obra más ambiciosa que Thick As A Brick en 1972, la banda de Ian Anderson optó por elaborar una historia menos terrenal que aquella que aún hoy permanece como su propuesta musical más sólida. Al menos así se siente entre sus fans y la crítica. A esa de 1972, el barbudo y polémico flautista escocés le haría una segunda parte décadas después.

Esta vez el desafiante compositor tomó el camino hacia el túnel de luz encarnado en un personaje llamado Ronnie Pilgrim. Esa luz tantas veces descrita por quienes dicen haber estado en el más allá. Ian Anderson, ciertamente, hace un interesante planteamiento conceptual y aunque comercialmente resultó atractivo en su momento, tal vez tanta ambición culminó en una obra escueta donde se perciben ciertas carencias que no suelen definirse con facilidad. Cuestión de ‘feeling’.

Nuestro primer contacto con esta obra de pasión es dramático. Una foto en blanco y negro de una bailarina muerta sobre el escenario de un teatro que pareciera el Royal Albert Hall. En aquellos gloriosos días de vinilo, me tomaba el tiempo de contemplar la portada pero honestamente no hacía de ello un acto intelectual. La obra está dividida en dos partes y cuatro actos de cuatro partes cada uno, con uno de tres y enlazadas con un interludio. Una parte por cada lado del vinilo. A lo largo de poco más de 45 minutos, Ian Anderson (voz, flauta, mandolina, guitarra acústica), Martin Barre (guitarra eléctrica), Jeffrey Hammond (bajo), John Evans (teclados) y Barriemore Barlow (batería, percusión), despliegan una riqueza sonora a través de una amplia variedad de instrumentos bajo la ingeniería de Robin Black, la producción de Terry Ellis y los arreglos orquestales de David Palmer (hoy Dee Palmer).

El primer encuentro sonoro me recuerda a los latidos del corazón que encontramos en Dark Side of the Moon (1973) de Pink Floyd, editado pocos meses antes de éste. El álbum refleja claras influencias clásicas y folk y una obvia experimentación que asume mayores riesgos que en su trabajo anterior y que sentencia una vez más que Jethro Tull no es otra cosa que el alter ego de Ian Anderson. Estructuralmente notamos similitudes a obras operáticas. El título alude con cierta ironía a obras tradicionales sobre La Pasión de Jesús pero centra la historia en Mr. Pilgrim y la aceptación de la muerte de éste y la travesía hacia el otro plano. En los primeros siete minutos encontramos las sonoridades que caracterizan a Jethro Tull. La guitarra folk y la voz de Ian, un atractivo solo de saxo y un cadencioso piano y, por supuesto, órgano. ¿La flauta? ¡Claro! Ian desata su furia hacia el punto medio de este Lado A del LP.

Nuestro personaje, insatisfecho con el reino de los cielos, reclama al supremo ‘Lucy’ por un lugar en el infierno. Redescubriendo el álbum, creo que el mayor reto de esta obra discográfica del progrock tal vez haya sido conciliar la historia con la música. En ese oscuro mundo del llamado rock progresivo, donde las cosas no son ni la una ni la otra, es decir hay elementos clásicos pero no es música clásica, hay folk pero no es folk o hay rock pero no llega a ser del todo rock, este planteamiento de Tull no se consolida con eficacia desde mi perspectiva pero, claro está, que no le resta en lo más mínimo a la genial creación del eterno flautista del rock. Después de todo mi percepción sobre esta provocadora, atrevida pero irresoluta obra es sólo eso, mi percepción.

El sucinto segmento “The Story of the Hare Who Lost his Spectacles” (La historia de la liebre que perdió sus anteojos) conecta con cierta bufonería los primeros dos actos con los dos últimos. Es aquí donde Jeffrey Hammond narra en dialecto norteño – Lanky (Lancashire) – este interludio. Clara influencia de Carroll. Al menos para mí, aunque regularmente se asocia en términos musicales a Peter and the Wolf  de Sergei Prokofiev.

Destaca el hecho que la banda se estableciera en Francia para evadir altos impuestos, lo que sucedió también con otros grupos de la época. Chateau d´Hérouville fue el lugar escogido para grabar este controversial álbum. Años después, la banda editaría Chateau d’Isaster (1988), luego Nightcap (1993) y finalmente la caja A Passion Play en 2013 incluyendo todo el material grabado en aquella oportunidad. La verdadera Pasión.

Jehtro Tull

Desde los primeros versos… ¿Aún me ves aquí?, el hilo de plata yace en el suelo, así que estoy muerto, dijo el joven. Sobre la colina, sin desaparecer. Mis amigos (como uno) están de pié y alineados aunque sus taxis llegaron tarde… hasta el final Hombre, hijo del hombre – compra la llama de la vida eterna (tuya para respirar, respirar el dolor de vivir… esta extensa obra nos mantiene en vilo pero como dije al inicio, no resuelve con la eficiencia de obras anteriores.

Más allá de posturas personales A Passion Play mueve fibras, contiene fragmentos interesantes y tiene esa mezcla de elementos que un amante del género demanda al escucharlo. Tal vez sea que Anderson estaba tan colmado de ideas y ambiciones que esa grandiosidad no le dejó ver con mejor tino desde una perspectiva más amplia. Hacia el minuto 17 de la segunda parte puede evidenciarse lo afirmado.

A pesar de todo, A Passion Play, aún después de 45 años, merece ser re-escuchado. Tal vez sea  como un buen caldo y demande varias oportunidades antes de sacarle el gustico a una obra resultante de la genialidad de un músico que con su flauta inventó otro modo de hacer rock.

Leonardo Bigott