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45 años de “The Dark Side of the Moon”, un viaje galáctico a bordo de Pink Floyd

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Pink Floyd

Hace 45 años Richard Wright, Roger Waters, Nick Mason y David Gilmour le mostraron al mundo el resultado de su más productivo experimento. No estaban solos, el ingeniero Alan Parsons hizo de piloto de la nave hacia la luna, logrando un sonido vanguardista que ha sobrevivido la prueba del tiempo. The Dark Side of the Moon, uno de los grandes álbumes conceptuales de los años 70, es una joya cuyo valor sigue en alza.

Gerardo Guarache Ocque

 

Existen obras inmejorables. Piezas de colección de esas que estaríamos orgullosos de mostrarle a un amigo alienígena como prueba de la inteligencia y el sentimiento de la especie humana. Una de ellas fue producto de una serie de eventos cósmicos que ocurrieron entre junio de 1972 y enero de 1973 en los estudios Abbey Road de Londres, pertenecientes a EMI, los mismos en los que The Beatles intentaron construir cinco años antes lo que se reconoce ‒junto con el Pet Sounds de The Beach Boys‒ como uno de los primeros intentos de realizar un álbum conceptual.

A pesar de los alcances de su contenido y de la inagotable influencia que representan las innovaciones que lo generaron, Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (1967) no fue ese LP soñado que, lejos de presentar un puñado de canciones inconexas, ofrece un relato con principio, desarrollo y fin, con nudos que plantean problemas existenciales. La gema con esas características llegó un poco después, gracias a unos jóvenes que curiosamente trataron de husmear ‒y no pudieron, ante la negativa de McCartney‒ para ver cómo trabajaban los ídolos de Liverpool.

Pink Floyd todavía vivía la época de despecho posterior a Syd Barrett, líder carismático, bien parecido y talentoso que llevaba el timón en los primeros años de la banda. Pero el músico, consumido en sustancias alucinógenas y trastornos psicóticos, fue sustituido, primero momentáneamente para una gira y luego de manera definitiva, por el guitarrista David Gilmour, quien depositó en la mezcla las gotas de un ingrediente distintivo enraizado en el blues y construido sobre la base de escalas pentatónicas.

Se cree que la idea del octavo disco surgió en casa del baterista Nick Mason, donde se acordó escribir canciones sobre fuentes de estrés de la vida moderna. Roger Waters, bajista y letrista que había asumido el liderazgo, tomó notas para crear los versos. Y Richard Wright captó el concepto para dibujar capas sonoras que resultarían fundamentales en la obra.

Pink FloydThe Dark Side of the Moon fue editado en Estados Unidos el 1° de marzo de 1973 y en Reino Unido un par de semanas después. No solo convenció a la movida subterránea y a una creciente base de fans que seguía a la agrupación como un fenómeno de culto. El álbum, cuya carátula fue creada por el diseñador y amigo del grupo Storm Elvin Thogerson, se abrió paso en el mainstream: con más de 50 millones de ejemplares, es uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, un logro indiscutible para un trabajo expresionista desconectado del pop y sus postulados.

Pink FloydRock existencial

Las letras de Waters tocaron fibras delgadas a través de un recorrido de canciones variadas musicalmente pero enlazadas con inusual coherencia. Un corazón late apenas se abre el telón y vuelve a sentirse cuando se cierra. En el medio están los mensajes, mostrados como aristas de una problemática compleja.

Breathe” es la preparación; la calistenia sentimental para las reflexiones que están a punto de llegar en forma de melodías. “Time” habla de la necesidad desesperada de dejar una huella personal y universal en el efímero paso por la vida. “Money” aborda las superficialidades y el vacío que se oculta detrás de la constante ambición por la fortuna material. “Brain Damage” muestra la cordura escondida detrás de la demencia; toca las paranoias y enfermedades mentales ‒todavía está presente Barrett, como una influencia importante. “Us and Them” lamenta la anomia y las diferencias irreconciliables entre los seres humanos; critica la violencia y el darwinismo social desde una visión nostálgica y, en cierta manera, desesperada. “On The Run” es una trepidante persecución que culmina en una colisión.

Any Color you Like”, interludio de calma y relax, representa una tregua entre tantas verdades y exhibe las interesantes contribuciones de Wright, integrante que nunca recibió el reconocimiento merecido. “Eclipse” fue el cierre glorioso y abominable. Y “The Great Gig In The Sky” fue un grito de desahogo; una alegoría instrumental a la muerte en la que destacan los solos de la cantante Clare Torry, quien sorprendió a todos en el estudio con su entrega.

Alan Parsons, precoz ratón de estudios, llevaba en su palmarés el dato rimbombante de haber laborado como ingeniero de sonido en Abbey Road y Let It Be, las últimas dos producciones de The Beatles. Se unió al cuarteto como apoyo técnico y sus ideas fueron determinantes en el resultado. No solo porque fue quien invitó a Torry, sino porque su trabajo le aportó parte de la dimensión espacial a una obra en la que predominó la guitarra de Gilmour y también su voz, porque Waters solo cantó en los últimos dos temas.

El periplo

The Dark Side of The Moon no es un disco para festejar ni para consumir en una experiencia grupal. El manual de uso, como los mismos creadores lo sugirieron en su momento, propone la inmersión a través de los audífonos. “Creo que cuando estuvo listo, todos pensamos que era lo mejor que habíamos hecho hasta la fecha”, dijo Nick Mason. “Todos estábamos complacidos porque era cinco veces mejor que Meddle (1971), ocho veces mejor que Atom Heart Mother (1970) y además se vendió. No solo era un buen álbum, sino que se había creado en el lugar y momento adecuado”.

Pink Floyd logró capturar la atención de los críticos, cosa que había estado haciendo en sus trabajos anteriores. Pero esta vez convirtió un disco temático, de ideas profundas y soluciones musicales complejas, en un éxito comercial. La revista Rolling Stone ‒y su staff de votantes‒ le dio, de acuerdo con una reciente lista, la casilla 43° entre los 500 mejores álbumes de la historia. “Money” es un ejemplo de osadía y, al mismo tiempo, de cómo cautivar a grandes audiencias con ideas frescas. Los éxitos radiales generalmente se escriben con fórmulas más sencillas. Por ejemplo, el rock n’ roll trabaja sobre un compás de 4 por 4. Pero ellos escribieron una reflexión acerca del dinero y el vacío espiritual en 7 por 4, con una duración superior a los 6 minutos para los extensos solos de guitarra y saxo.

Se cree que las diferencias entre Gilmour y Waters, quien dejó el grupo en 1985, comenzaron en aquellas sesiones. Pero la época dorada continuaría en Wish You Were Here (1975) y Animals (1977). Luego llegó The Wall (1979), que para fans y críticos lucha por el sitial de mejor disco de la banda. Pero siempre ha tenido que vérselas con aquel prisma que Pink Floyd le dio a la humanidad hace exactamente cuatro décadas y media.

Pink Floyd
Immersion Edition

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