Baldomero Verdú “Forastero en ascenso”

Baldomero Verdú “Forastero en ascenso”

307
Balodomero Verdú
Foto: Alejandro Urdaneta de Blackstream

Otro de los muchos músicos venezolanos que se decidió intentarlo en otro país, ha logrado mucho en apenas dos años. En Caracas comandaba Fibonacci, una banda de art-rock que prometía mucho pero se diluyó en medio de las dificultades. Luego formó The BaBy Factory junto a su pareja Bárbara Combellas, proyecto que ahora funciona en Inglaterra, desde donde además participa en otros grupos como Fumaҫa Preta, Nocturne o su alter ego Baldó Verdú y Tonto Malembe. Su travesía y visión es digna de  conocerse.

Henry González

Baldomero Verdú representa el arquetipo del músico-venezolano-conquistador-nueva-era. Aunque dio lucha en su patio, también sintió su futuro ahogado entre tanto desbarajuste del país. No es el primero ni el último que cruzó frontera con guitarra al hombro en busca de un horizonte más, cómo decirlo, ¿amable? De eso ya hace dos años. Lo cierto del caso es que reviviendo su historia reciente y a pesar de lo duro que se puede tornar hacerse con un lugar en un sitio que no te pertenece, nos topamos con un itinerario de tarimas europeas que testean -mientras reconocen- algo interesante en Baldo, el hombre multiproyectos. Varios géneros musicales en mano y presentaciones en tarimas tan importantes como las del Primavera Sound de Barcelona, uno de los festivales más importantes de Europa, confirman que ha valido la pena tanto esfuerzo aun cuando se lleve la chaqueta del venezolano emigrante, con todo lo que ello implica.

Apelando a la remembranza, recuerdo a un brother auténtico. De esos con los que al hablar e intercambiar dos bandas, te encuentras haciendo retórica musical largo rato y a los que te une aquella vaina tan amplia pero personal como lo es el arte y su emoción.

Yéndonos 5 años en reversa, Baldo lideraba la banda Fibonacci y, para este momento del año, también se encontraba cierto día despertando temprano, coordinando esfuerzos logísticos para orquestar una invasión sobre un camión-tarima que reclamaría su punto de vista al Festival Nuevas Bandas, el festival independiente más longevo de Latinoamérica. Discovery Bar convertido en el bastión de mitad de semana, el revuelo por aquella entrada disruptiva en el FNB y la atención puesta en Fibonacci por aquello, el disco, la participación en la actividad multidisciplinaria Por el medio de la calle y el carácter contestatario de aquellos días.

¿Qué sensación te genera esa parte de la película ahora que ha pasado un tiempo y tu carrera se construye en el exterior?

Mucho tiene que ver el contexto socio político del momento, también la juventud (que sugiere el carácter rebelde de esos años) y la experiencia que denota lo que dedicarse al rock implica. Venezuela es un paraíso para la creatividad. Específicamente Caracas. Mientras más adversa, más inspirado estás si te dedicas a crear. Pasar de la adolescencia a la adultez en un ambiente como el caraqueño te aporta muchas cosas. Y lo sigue haciendo con el transcurrir de los años, siempre y cuando tengas la suficiente entereza para mantenerte vivo en el ínterin. Fibonacci, la intervención en el Nuevas Bandas, los miércoles en Discovery, PEMDLC y finalmente el disco, fueron parte de esa búsqueda que nunca para.

Suelo siempre comentar con mis amigos y cómplices más incondicionales que uno no posee ni la cuarta parte del dinero que se necesitaría para hacerle frente a todas las ideas y proyectos que se te vienen a la cabeza todos los días. Sin duda alguna, un escenario sumamente adverso te puede llevar a la frustración constante, pero a su vez es un reto que no me canso de asumir cuantas veces sea necesario.

¿Sientes que las cosas pasaron como tuvieron que pasar aquellos días, qué te llevaste en la maleta de ese under rock caraqueño del que hiciste parte?

Las cosas terminaron como siempre terminan, en circunstancias en las que la improvisación impera y la planificación es bastante desprolija. Sin embargo, considero que lo que hicimos desde Fibonacci estuvo por sobre la altura de la escena. Así es el rock. Y no lo digo yo, lo dijo Félix Allueva, por ejemplo, entre muchos otros. Y el rock no pide permiso, tengas la razón o no. Nuestra intención fue aportar una voz de crítica hacia ciertos aspectos específicos de la movida musical sin intención de perjudicar a nadie.

En Venezuela tenemos una escena un tanto complaciente y monótona. Y no se trata precisamente del talento, sino más bien del concepto y el criterio en aras de hacer de la movida algo mucho más formidable. Talento hay, siempre ha habido, mucho más en los últimos años. Lo que hace falta es mucha más maldad, muchísima más violencia. Y con violencia me refiero al trasfondo no literal de lo que esa palabra denota. No podemos vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo y estar produciendo contenido y material complaciente y blando en el ámbito artístico. Al menos no en el rock. Al final de cuentas toda esa violencia en el aspecto creativo fue lo que me trajo a Europa. Todo el underground, el do it yourself, el “hazlo tú porque nadie más lo va a hacer por ti” y el fungir como todero es lo que me ha permitido subir la escalera del underground a los grandes eventos y festivales en la escena y la industria musical europea al cabo de casi dos años.

En la Venezuela de hoy, resulta desgastante indagar en las razones por las que alguien decide buscar nuevos destinos, nuevas suertes; ya es parte de nuestra realidad. Pero, una vez hecha la salvedad y en tu caso, ¿qué decía el mapa de acción mental, qué esperabas de emigrar, de Inglaterra, del cambio?

Parece estar muy de moda, si eres venezolano, hablar mal de Venezuela hasta la saciedad. O en su defecto, hablar muy bien del país, como si la cosa se tratase de un paraíso increíble del que todos debemos sentirnos muy afortunados de pertenecer. Yo elijo hablar de lo malo y de lo bueno. Porque al final así es todo en la vida. En mi caso particular, tanto lo bueno (para aplicarlo) como lo malo (para evitarlo) me ha servido para establecerme como músico en Europa y hacer vida en diferentes escenarios.

No hay manera de que yo, como músico y audiovisualista, haya escalado tan rápidamente en la escena europea sin las características propias de un latinoamericano, específicamente de un venezolano. Eso que nos hace crecernos ante las circunstancias más adversas que se nos presentan y luego seguir adelante. Eso es lo que, a mí parecer, es el epítome de nuestro gentilicio.

Las circunstancias que tienen a Venezuela sumergida en la depresión social son obviamente de un peso irrefutable a la hora de considerar una salida abrupta, pero igual yo siempre me sentí fuera de mi salsa y en mí estuvo el interés de buscar otros rumbos fuera de mi país. De emigrar esperaba el golpe, que en efecto se haría muy real en más de una ocasión. De Inglaterra esperaba lo que hoy he conseguido con tanto sacrificio. La apología a mi trabajo cultural en los diferentes escenarios en los que me desenvuelvo.

Balodomero Verdú
Foto: Alejandro Urdaneta de Blackstream

Indudablemente, tu música respira de varios géneros; un día se te puede ver en la percusión, al otro haciendo un solo de guitarra en base blues, o quizás un melodioso folk junto a Bárbara Combellas y The Baby Factory. Justo te encuentras grabando disco con TBF -segundo, luego del Out of the road-, proyecto con el que ambos arrancaron desde Caracas: la banda ha tomado una bocanada de confianza en Londres y además se siente una buena propuesta estética audiovisual de fondo. Desde afuera, parece promisorio el futuro de TBF. ¿Cómo viven ese proceso?

Es bastante particular. The Baby es la razón principal por la que emigramos a Europa y de todos los diez proyectos musicales en los que he estado involucrado desde que llegué a Londres hace un año y medio, este es el principal para mí, el prioritario. Aun así es el proyecto con el que menos toco. La escena, la industria musical que sugiere un proyecto como ese es la más cuesta arriba, la más difícil de penetrar. Sin embargo, hemos tenido una cantidad bastante considerable de conciertos y feedbacks de la audiencia, las bandas y miembros de la escena londinense. No en balde hemos roto con el mito ese que reza: “no vas a venir tú a tocarle a los ingleses su propia música”. Muy por el contrario, nosotros, con una música con base sonora anglo y líricas en inglés hemos recibido comentarios muy positivos de distintas bandas inglesas.

La producción independiente es funcional hasta cierto punto para Baldo.

Es fundamental el respaldo de un sello discográfico. Es una de las tantas cosas que he aprendido acá en Europa. Lo independiente es maravilloso pero hasta el punto del hacer creativo. Componer la música, crear el arte visual, reproducir las copias de los discos y la distribución virtual, el community management, entre otras cosas. Pero a la hora de sacar el disco a la calle, si tienes el respaldo de una disquera, llegará a las manos, los ojos y los oídos de las personas a las que tiene que llegar.

El 2015 es un año de cambios significativos para The Baby Factory. Estamos en el proceso de grabación del segundo disco. Disco con el que estoy dejando todo el pellejo y que será posiblemente lo más robusto artísticamente que haya hecho en mi vida y también que probablemente haré en los próximos años. Lo estoy apostando todo, sin escatimar en lo más mínimo. Ese segundo disco verá la luz en el 2016. TBF es el proyecto que mejor concatena esos aspectos individuales que Patti Smith dejaba colar en una entrevista que leí hace ya algún tiempo, en la que afirmaba que el Rock and Roll era definitivamente su género musical, pues cualquiera podía hacerlo. También por el hecho de que aglutinaba para la época todas las cosas que a ella le interesaban. Revolución, sexo, poesía.

El sonido del caraqueño Baldomero Verdú se nutre, básicamente, de todo. Amplio como esa propia mixtura que llevamos en el ADN como gente Caribe y lo que quiera que ello signifique.

El músico venezolano es el mejor músico del mundo. Toca de todo. De hecho, está más enfocado en tocar de todo que en dedicarse específicamente a un género y explorarlo de la mejor manera. Ello ha significado la ausencia en la producción de artistas de vanguardia en los últimos 30 años, en comparación con otros países del continente como México, Argentina, Colombia, entre otros. Eso que muchos adjudican a la “falta de identidad” que en muchos aspectos resulta bastante negativo para los espacios de creación en Venezuela, en términos de la ejecución instrumental es, por el contrario, muy positivo.

Pero el músico venezolano toca su música tan bien como puede tocar la de otros lugares. El músico brasilero o cubano probablemente ni conozca mucho o conoce poco o nada de la música venezolana. ¿Por qué? Porque está más enfocado en su música, en ejecutarla y proyectarla que en fijarse en la de los demás. Al final lo más importante es lo que nunca muere y lo que trasciende. Las personas, por más huella que dejemos, no estaremos al cabo de unos años. La música venezolana como un todo siempre estará. Así que ese es definitivamente el reto ahora. Tener más música venezolana en el mundo que músicos venezolanos. Que nuestra música no siga siendo el secreto mejor guardado del Caribe.

Son muchos proyectos y un repertorio variopinto de texturas musicales en el que aportas desde la voz, la guitarra y la percusión. The Baby Factory va de folk, Fumaҫa Preta es una cosa genial cuasi-indescifrable entre el hard rock, el experimental, Baldo Verdú y su Tonto Malembe, que mezcla guitarras a lo Santana con mucha tropicalia, Nocturne va de un electro-pop bastante indie con hermosas voces. ¿Cómo ha sido este proceso de integración a las diferentes bandas y el desarrollo de las tuyas propias, cuál es el porcentaje de atención con cada proyecto y cómo van encajando en tu itinerario?

El porcentaje de atención de cada proyecto tiene mucho más que ver con el discurso conceptual de estos. De todos en los que estoy involucrado, los que más atención reciben son The BaBy Factory, mi proyecto como solista, Tonto Malembe, Animanz y Fumaҫa Preta; que a todas estas son mis agrupaciones favoritas. De hecho, de Animanz y Fumaҫa Preta he aprendido muchísimo y sigo aprendiendo, más específicamente en lo que se refiere a la identidad sonora. Ambas me han hecho descubrir lo verdaderamente importante en cuanto a lo que a producir música se refiere.

En Venezuela tenemos una costumbre bastante nociva que lleva a la pulcritud de la ejecución al momento de producir sonidos. Estamos muy acostumbrados a la perfección, a la limpieza exacerbada del sonido, al edit-copy-paste que sugieren plataformas de edición como Pro Tools y esto es un muy grave error. La música no debería ser perfecta, sobre producida o súper lavada. Y esto es algo que jamás hubiera experimentado si no hubiera venido a Europa a explorar cómo funciona la industria musical desde adentro. Acá la gente ya está cansada del mismo arquetipo de banda, el mismo sonido y el ya tan gastado discurso artístico intenso.

Cuando uno se dedica a crear desde los predios del arte, es más que imperativo tener criterio. Debes alimentarlo, forjarlo y renovarlo constantemente. Yo lucho incansablemente por tratar de ser mejor en el aspecto conceptual. De que lo que produzco trascienda lo musical y esté más orientado a lo artístico. Hay gente que hace mala música y otra que hace buena música. ¿Pero existe el arte malo? Si es malo, no debería ser arte, ¿o sí? Porque si algo viene con la etiqueta de arte per se, ya debería tener la certificación de ser una creación dentro de los parámetros de lo decente. Son preguntas que me sigo haciendo durante el camino y que siguen sin respuesta.

Fumaça Preta
Foto: Caroline Bittencourt

 

Fuiste invitado al Primavera Sound 2015 con una de las bandas en las que haces vida, Fumaҫa Preta, logro sumamente destacable. ¿Podrías fotografiar este momento como el mejor de tu carrera?

No lo sé. Es una sensación extraña. Tocar en los mejores festivales de Europa como Primavera Sound, Montreux Jazz Festival, entre otros, al cabo de poco más de un año de haber emigrado a Inglaterra es mucho más que positivo. Es bestial. Compartir cartel con gente como Tame Impala, Interpol, Patti Smith, Sufjan Stevens, Django Django, Future Islands, Mark Lanegan Band, The War on Drugs, My Morning Jacket, The Strokes, Alt-J, entre muchos otros; tocar los festivales, salas de conciertos y eventos más importantes de España, Suiza, Suecia, Reino Unido, Dinamarca, Francia, Portugal, República Checa, Polonia, Alemania, me resulta sumamente excitante, pero a su vez, no siento que lo digiero como el Baldomero Verdú que estando en Caracas soñaba con tocar en estos escenarios. Creo que se trata de un tema de adaptación, de nivelación. Al penetrar la escena musical, al hacerte parte de la industria europea del entretenimiento a punta de puro y duro esfuerzo y sacrificio, creo que en cierto grado comienzas a sentir que ya eras parte de ello, por lo tanto no se te hace tan asombroso el formar parte de todas estas experiencias, por demás increíbles.

Yo estoy en este asunto de la música desde que tengo uso de razón. En mi familia todos somos músicos. Crecí a merced de la cultura popular venezolana, con un referente como mi madre, quien se encargó de que el arte y el roce cultural fueran mi día a día. En casa tenía y sigo teniendo el enorme ejemplo de mi tía Lillian Frías (María Paleta), quien perteneció a mi agrupación favorita de música tradicional venezolana Un Solo Pueblo. Así que siempre estuve rodeado de los más significativos ejemplos de grandeza cultural de mi país. A todos los vi y escuché hacer lo suyo desde que estaba muy pequeño: Serenata Guayanesa, Gualberto Ibarreto, Cecilia Todd, Soledad Bravo, Francisco Pacheco, mi tío Colombito Frías, entre muchos otros. Así que ir a tocar el Primavera Sound y compartir el mismo cartel que Alt-J y The Strokes es bastante brutal en términos de exposición cultural, pero a los más grandes los vi y escuché mientras hice vida en Venezuela a muy temprana edad. Y esa marca es sumamente difícil de superar. Tendría que hacer un disco con Trent Reznor o formar parte de NIN para decir que superé las expectativas de mis pretensiones artísticas. Pero todos sabemos que eso nunca va a ocurrir.

¿Qué sacas de estos festivales?

El fogueo de un primerizo. Ver cómo es la dinámica en la producción, hacer las relaciones públicas del caso para el futuro y disfrutar la experiencia como si no hubiera mañana. Sin duda alguna este año es de consolidación en directo. Es un año de tarimas, de en vivo, de feedback con audiencias variopintas y roce cultural con muchas otras agrupaciones de alta envergadura. Estaré gustosamente ocupado hasta finales de año para luego hacer frente al lanzamiento de tres sencillos con sus respectivos videos de The BaBy Factory, Baldo Verdú (como solista) y Baldo Verdú y su Tonto Malembe entre septiembre y noviembre del año en curso. Y el año que viene, la meta fundamental trazada: 2do disco de The BaBy Factory.

Por último, nexo Venezuela. ¿Cómo luce el país desde el exterior para un  venezolano que, como tú, está enfocado en seguir haciendo música? ¿Cómo ha sumado este trip hacia seguir materializando tus ideas en un contexto cultural distinto y con sus propios códigos?

Sentimientos encontrados. Venezuela luce bastante mal. Estamos pagando, posiblemente, lo que merecemos por nuestros errores y también lo que probablemente no merecemos. Yo al final de cuentas, aunado a las pretensiones de hacer vida en escenarios musicales foráneos, me marché por la violencia criminal y porque no encontré refugio en mi propio país. Sentí que el venezolano forjado en los últimos 15 años, ese que le echa la culpa de todos sus males a un agente supranacional y que afirma que su fracaso es porque alguien más le quitó lo que por derecho le correspondía, no me representaba. Pero tampoco me sentía a gusto con el venezolano que aun teniendo posibilidades económicas, educativas, entre muchas otras, asumía las circunstancias de la nación con una prepotencia de clase que le hacía el juego al discurso del resentimiento y el revanchismo que padecemos hoy en día.

Aunque no tengo planteado regresar en los próximos años, estoy firmemente decidido a defender y rescatar el gentilicio. Nos toca, es un deber que estamos obligados a asumir en la actualidad, el reivindicar el gentilicio. Ya mucha gente lamentable se ha dado a la tarea de mancillar nuestra nacionalidad. Desde los políticos de turno hasta los tristes “representantes” de nuestra cultura de masas. Así que ese es el objetivo a cumplir. Y yo así lo asumí apenas salí de Venezuela. Posiblemente estemos viviendo los momentos más oscuros de nuestra historia en los últimos 50 años, así que hay que lavarle el rostro a tanta desvergüenza y regresarle al contexto que nos formó, un poco de sosiego y paz.

Balodomero Verdú
Foto: Alejandro Urdaneta de Blackstream