Billy Cobham en Madrid: la dicotomía entre pirotecnia y emoción

Billy Cobham en Madrid: la dicotomía entre pirotecnia y emoción

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Billy Cobham

Billy Cobham Band

Sala Guirau, Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa, Madrid

(Noviembre 8, 2018)

 

Más de 40 años pasaron para que Billy Cobham volviera a presentarse en Madrid. Coincidió aquella presentación con el período de transición a la democracia en España, y también su paso de trabajar con agrupaciones y nombres emblemáticos a convertirse en líder. Entre ésta ocasión y aquella, que ni el mismo recuerda bien si era 1976 o 1977, median unos 25 álbumes propios, decenas de colaboraciones e incontables conciertos. Por tanto, la inclusión en el nutrido cartel del Festival Internacional de Jazz de Madrid 2018 se convirtió en una de las principales atracciones, lo cual quedó demostrado en una sala llena por completo.

Qué duda cabe que Cobham es uno de los más extraordinarios bateristas de la historia. Su figura está asociada al nacimiento y consolidación del jazz fusión, una de las corrientes del jazz más complejas y arriesgadas, que en el momento de su esplendor en los años 70, contó con él como uno de los constructores que la definió y aún define. A los 74 años, sigue derrochando una admirable fuerza, gran seguridad y una depurada técnica con su instrumento.

Lo primero y probablemente casi lo único que llama la atención en el pulcro escenario es la inmensa batería Tama modelo Superstar (marca que lo ha patrocinado durante muchos años de su trayectoria) ubicada al centro en una amplia sobre tarima que ayuda a Billy a tener una excelente visual de sus músicos y el público, y de la cual bajó en dos ocasiones para presentarlos, explicar lo que estaban tocando, y bromear varias veces con la frase “wine and food” (vino y comida). La inmensa batería está conformada por dos bombos, dos granaderos y ocho toms dispuestos de más a menos pulgadas de diámetro (o de más grave a más aguda sonoridad, de izquierda a derecha), en forma inversa a como la mayoría de los bateristas arman su instrumento. Su afinación es perfecta, incluido el redoblante, que aun conserva la sonoridad de sus primeros discos. Su conocido y pionero estilo de tocar el hi-hat con la mano izquierda y el redoblante con la derecha, poco usual, sumado a la disposición de los toms, podría hacer pensar que es zurdo, pero no lo es.

Contó, además, con un set de cinco platillos marca Sabian compuesto por tres crash, un china y un solo ride. Esta escogencia revela que su estilo utiliza mucho más el “punch” debido a sus continuos redobles, que el ride para mantener un ritmo constante por largos pasajes, característico en muchos bateristas de jazz. El groove de Cobham es muy funky y por ello sus ritmos suelen utilizar más el hi-hat.

Los músicos que componen actualmente su banda tienen sus momentos de protagonismo, cada uno con mayor o menor grado de impacto. Entre ellos, el joven guitarrista David Dunsmuir fue el que aportó los mejores solos, quizá porque su estilo surfea el jazz fusión con la destreza de quien sabe que hay nombres propios demasiado emblemáticos y en la austeridad (que no simpleza) puede estar la diferencia. Ecos de Scott Henderson, Allan Holdsworth, John Scofield o Larry Coryell pueden percibirse, pero ninguna influencia es dominante. Por su parte, el bajista Michael Mondesir, casi siempre de medio lado a un costado de Cobham hizo su trabajo con prestancia, acompañando y sirviendo de gúia de manera brillante, funkeando en ocasiones y dejando su impronta cada vez que podía. En la mezcla, sin embargo, nos pareció que no tenía tanto protagonismo como del que gozaron los teclistas Steve Hamilton y Camelia Ben Naceur, ubicados a los lados del escenario. Aunque ambos demostraron su habilidad como instrumentistas, no aportaron sustancialmente nada nuevo en  la escogencia de sonoridades de sus teclados ni tampoco en los arreglos. Al contrario, con teclados digitales intentaron emular los sintetizadores analógicos de los primeros años 70, pero aquella calidez no la lograron y usaron repetidamente el mismo sonido de timbre brillante para crear acordes. La francesa, en sus solos de piano, fue la que logró los mejores aportes. A Hamilton lo recordamos más imaginativo cuando acompañó al gran baterista Bill Bruford en su proyecto Earthworks entre 1997 y 2004.

Billy Cobham Billy CobhamLos asistentes fuimos privilegiados puesto que el repertorio estuvo compuesto principalmente del nuevo material que tocaban por primera vez en directo y cuya grabación ya está adelantada. Billy anunció que  el título es Tierra del Fuego y que es el cuarto volumen de una serie que comenzó con Fruit of The Loom (2007), Palindrome (2010) y Tales from Skeleton Coast (2014), en homenaje a sus padres William e Ivy y a su origen panameño (la camisa es un guiño a los colores de la bandera), aunque –como confésó- no sabe hablar español. Las composiciones fueron extensas, como por ejemplo las tres partes de la que consta una de las piezas que tocaron después de esta explicación, cuyo segundo segmento es un solo de batería en el que pasó del frenetismo a los detalles. Probablemente muchos esperaban que abordara una serie de temas emblemáticos, de los cuales dejó colar el siempre magnífico “Crosswinds”.

Al final, nos quedó el sentimiento encontrado de haber estado frente a uno de los más sensacionales bateristas del planeta –uno al que toda la vida quisimos ver (y entrevistar)-, y al mismo tiempo la sensación de que el exceso de pirotecnia instrumental nos agota y aleja. Las emociones que produce la música muchas veces son contradictorias.

Juan Carlos Ballesta (Texto y fotos)