Schlagenheim: maravilloso desenfado iniciático de black midi

Schlagenheim: maravilloso desenfado iniciático de black midi

182
Mejores discos de 2019

black midi
Schlagenheim
Rought Trade, Reino Unido, 2019

Sin que nadie lo estuviera esperando, black midi apareció como un asteroide renegado irrumpiendo repentinamente en la atmósfera y generando un destello y ruido tal que ha sido imposible no darse cuenta.

Mientras otras bandas de la relativamente nueva escena rock londinense apenas hacen ruido más allá de las fronteras europeas, Geordie Greep (voz y guitarra), Matt Kwasniewski-Kelvin (guitarra), Cameron Picton (bajo y teclados) y Morgan Simpson (batería) se colaron en todas las revistas especializadas del mundo, todas las listas TOP del año y se hicieron presentes en varios puntos de Norteamérica e incluso Japón.

Y decimos que nadie lo esperaba porque, a pesar de que una cierta efervescencia guitarrera parece emerger acá y allá en algunos puntos del globo y más en particular en Reino Unido, nada nos preparó para este tipo de ofensiva sonora, radical, explosiva y, a ratos, casi fundacional.

El desparpajo de cuatro jovenzuelos

¿Cómo describir una entidad que es por partes iguales estilo y fluidez y a la vez aspereza y desmesura? black midi opera como un vortex adentro del cual se precipitan energías tan dispares como la disonancia más militante y un sentido absoluto del groove, del imperativo más rítmico y pulsante, forjando una particular especie de jazz-punk ruidoso, psicótico y obsesivo.

Ondas expansivas erupcionan y nos abruman, para cambiar sin aviso a algo que pudiera ser una aproximación a un funk de corte paranoide, mientras Greep desarrolla su propia versión de interpretación vocal, una especie balbuceo histriónico y ansioso que se suena como los espasmos verbales de una marioneta poseída. Es apabullante y admirable.

Resulta toda una proeza creativa el concebir algo mínimamente telúrico o visceral en una época en la que el rock parece haber sobresaturado y agotado todas sus opciones expresivas y cuándo las cosas más convulsivas y fulminantes están gestándose en otros terrenos -porque hasta cierto punto el ruido como tal ha sido más que profusamente explorado por actos de esta y todas las épocas, desde los experimentos de The Velvet Underground en White Light/White Heat (1968), pasando por toda la obra de Sonic Youth y Swans, y hasta mucho más allá de las fronteras del rock, como en el caso de los infatigables Death Grips, entre muchos otros.

¿Qué podrían entonces ofrecernos cuatro individuos organizados en la forma de un ensamble estándar y “clásico” de guitarras, bajo y batería? Pues, lo inesperado, una suerte de caos sónico, retumbante y sinuoso, a ratos abstracto o rozando la disonancia, demencial, de repente difuso y ambiental, pero siempre impelido al movimiento perpetuo, gracias a la determinación e instinto rítmicos de Simpson y el modo como filtra sus texturas percusivas en cada resquicio posible, inoculando nuestro ánimo con la urgencia de querer sacudirnos y en algunos casos hasta entregarnos al baile más catártico.

Todo esto ya de por sí suena imaginativo y osado, pero no tanto como la idea de intentar volcar toda esta concepción dentro de los límites de un álbum musical, empresa a la que estos egresados del BRIT School, el reputado instituto para las artes interpretativas de Londres, se entregaron con una obvia y mística vehemencia.

Schlagenheim: precoz declaración de principios

Con proyectos bajo la manga como el homónimo y primer trabajo de Toy, el The Witch (2017) de Pumarrosa y, más recientemente, Drogel, el debut de los dublineses Fontaines D.C. -otra de las revelaciones fulminantes del “revivalismo” post-punk británico de los años finales de esta década- correspondió a Dan Carey (productor) la tarea -e increíble buena fortuna- de canalizar todo este furor incontenible y en punto de masa crítica, dando forma y finalmente vida a Schlagenheim, una colección de sonidos que jamás se nos hubiese ocurrido que pudieran convivir en un mismo espacio sonoro de un modo tan total, balanceado, contundente y acabado, e incluso armónico y hermoso en algunos de sus pasajes más disipados.

Nada de esto ha sido, no obstante, producto del más mínimo azar. Los miembros de la banda parecen haber sido bendecidos con el don del propósito y la resolución, decididos a crear con este álbum algo irrepetible.

A tal fin incorporaron en el estudio los más impensables complementos, desde sintetizadores hasta instrumentos acústicos y cajas de ritmo, para de este modo distanciarse de sus presentaciones en vivo, diseñando un lenguaje estético que es delirante y a la vez vívido y palpable (como lo comprobamos en el telúrico show en Sala El Sol).

Y eso es exactamente lo que sentimos en “bmbmbm”, uno de los tracks estelares, una pieza desquiciada, en donde ecos lejanos de clamores y gemidos fantasmagóricos fuera de sí flotan sobre un beat contenido y persistente, mientras entre interludios de redobles fulminantes y distorsiones eléctricas, Greep conduce su arenga hasta límites vocales inhumanos, aplastando su voz contra una pared invisible hasta el punto de deformarla en ruido salvaje.

Es casi imposible sacar adelante este tipo de confección musical sin titubeos o pasos en falso. Se requiere de un instinto especialmente afinado para manejar parámetros tan discordantes como el desbordamiento y la mesura de modo simultaneo y sin que ninguno tome el control de una pieza musical.

El mismo tipo de instinto audaz con el que está concebido “953”: un intro guitarrero y rítmico masivo, cargado de disonancia y ritmos fracturados, y que a los pocos segundos se silencia para dar espacio a un pasaje de guitarra con aura de horizontes lejanos y desconocidos, como tomado del Steve Hackett de Wind & Wuthering (1976) de Genesis, y en donde los extraños parloteos de Greep invocan una atmósfera brumosa que luego se precipita de nuevo en un estallido de ruido y distorsión.

En otros momentos del álbum el ritmo asume incluso un papel más decidido. “Years Ago”, por ejemplo, nos hace sentir que incursionamos en una especie de oscura jungla cibernética, construida sobre un ritmo tecno-tribal de ecos primitivos y, a la vez, vaga y distópicamente futuristas, y que se siente como un “Larks’ Tongues in Aspic” (King Crimson, Larks’ Tongues in Aspic, 1973) hedonista, liberado de la voluntad inexorable y calculadora de Robert Fripp, mientras “Speedway” discurre como lo habría hecho un tema de Talking Heads, pero con una percusión más emancipada, ávida de explorar los confines más impensables de cada compás, sobre unos acordes repetitivos e hipnóticos ligeramente salpicados de reverberaciones, restos microscópicos de estática y pequeños blips ocasionales, a lo Pere Ubu.

En otro extremo del espectro rítmico, lo que comienza con un pulso decidido e inconfundible de punk rabioso, en “Near DT. MI”, retrocede por momentos para dejarnos caer en un pasaje oscuro y amenazante que luego da paso a la vorágine de un solo instrumental cuasi-electrónico que parece el sonido de un carrusel girando fuera de control a una velocidad demencial.

Dada su vocación ecléctica, este es ese tipo de trabajo que puede ser fuente profusa de referencias musicales -imaginadas o reales- pero de algún modo estas se encuentran siempre replanteadas de una manera sorprendentemente impredecible y fuera del alcance de cualquier expectativa.

Western” -para mí, el instante más monumental del álbum- puede sonarnos en un primer momento como el encuentro más atrevido e inesperado, casi profano, entre las elaboraciones guitarreras del Pearl Jam de Ten (1991) o Vitalogy (1994), tan henchidas de sensibilidad folk, y el caudaloso “Siberian Khatru” (1972), de Yes, y no se faltaría del todo a la verdad salvo por el hecho de que el fluir del tema nos mece, a lo largo de sus 8 minutos, hacia otras esferas, donde encontramos un Greep que se debate entre la placidez y la urgencia en pasajes que se expanden hacia lo remotos, tejidos con capas difusas, casi imperceptibles, de teclados y con las pinceladas discretas de un banjo lejano.

De igual modo “Ducter” se nos presenta como una evocación del Foals de Antidotes -el mejor-, pero acá hay mucho más, y no pasa demasiado sin que sintamos la peligrosidad inusitada, el frenesí afilado y angular, contagioso y vertiginosos que bordean todo el tema. Indetenible, virulento y radicalmente sensual.

Pero contrario a lo todos estos elementos podrían sugerir -incluido el abigarrado cover art del álbum, compuesto de objetos que parecen comprimidos unos contra otros hasta la deformación- Schlagenheim es cualquier cosa menos un conjunto de retazos musicales o sonoros, pegados entre sí de modo abrupto en búsqueda de una respuesta meramente sensacionalista. Un propósito menos trivial se adivina detrás de todo este eclecticismo y la determinación de la banda para forjar un lenguaje absolutamente propio es tan inspirada como inexorable.

Con tantos factores y tendencias orbitando en acelerada caída libre hacia el epicentro creativo de la banda, sería casi inevitable esperar un caos sonoro de dimensiones incontenibles, y sin embargo, de un modo casi inexplicable, todas estas piezas musicales se expresan de modo contundente con un idioma común -a pesar de las estructuras caprichosas, la diversidad de su taquicardia rítmica y, sobre todo, de su multifacética abrasividad.

Y es que a pesar de todo lo energizante y fascinante que resulta el tipo de ruido eléctrico manufacturado por la banda, la espina dorsal sobre la que se sostiene este trabajo es el cultivo del acto espontaneo, no-deliberado e irrepetible, afianzado por el momentum intuitivo y sin fórmulas preconcebidas de Simpson y su batería, en perpetua danza, inagotable. Este es un trabajo con una predisposición insospechada e irreprochable para el baile.

Rockeros casi por accidente, la devoción de Greep y sus compañeros por la improvisación es algo más que confeso y es, de hecho, uno de sus imperativos estéticos, dotando con ello al álbum de una energía presencial y liberada comúnmente ausente en otras propuestas experimentales y progresivas, y que los conecta en línea directa con David Thomas y su Pere Ubu, el Deceit (1981), de This Heat -otros defensores del performance espontáneo- e incluso Can, cuyo enfoque particular del Krautrock también se nutría en buena medida de los dimensiones sonoras generadas in situ, nacidas al calor del momento y de la no-planificación -la banda incluso compartió ya una sesión musical improvisacional con el más que legendario Damo Suzuki.

De hecho, no van a ser pocos los momentos en que en virtud de esta vocación nos vamos a ver sorprendidos, a lo largo de estos 9 temas, por guiños y ocurrencias que parecerán sacados de algún modo del azar o la casualidad, pero más sorpresivo aún, es el modo como estas ocurrencias en apariencia repentinas, se nos van a presentar en casi todo momento como precisas, pertinentes y hasta necesarias.

Más aún, el método composicional de preferencia para Schlagenheim no ha sido el de la  destilación cerebral sino el del jamming extenso y sostenido, grabando la mayor parte del material en apenas cinco días -una especie de anacronismo exquisito en una época en la que gente como Radiohead o Tool se dan el lujo de malgastar casi una década entera curtiendo un álbum en el estudio- y el resultado final ha sido un trabajo que palpita con una vitalidad de impronta jazzística y una extraña gracia y elegancia que perfilan incluso sus momentos más masivos y maníacos; y quizás esta exuberante tensión entre impulsos, entre cerebro y desenfreno, es lo que hace de esta música, a ratos tan saturada y tentacular, algo tan increíblemente irresistible como el más mercenario de los temas pop.

Y aún con todo esto, el cómo la banda se las ha arreglado para tomar todos sus diversos y contradictorios instintos y moldear con ellos temas con identidad propia y forma específica -y más aún, atractivos y adictivos- es un auténtico misterio. Ningún espacio disipado resulta monótono, el ruido nunca degenera en estridencia amorfa o gratuita y los temas de 6 y 8 minutos siempre nos dejan sintiendo que tuvimos poco de lo bueno.

Así, black midi resulta, a fin de cuentas, un acertijo por resolverse, una contradicción que debería ser difícil de conciliar y que se resiste a la categorización. Su asombroso nivel de elaboración y técnica sólo se contrasta con un material, sí, fascinante y único, pero que se siente como bosquejo, como primeros pasos (esto no es un reproche), los trazos preliminares de una promesa aún mayor.

Es muy difícil establecer un pronóstico para el devenir de la banda; el si serán relevantes o no es una incógnita que puede quizás depender de su próximos pasos… quizás. Pero de algún modo estos pasajes demenciales y abismales, de ruido y locura y palpitación frenética, nos han asomado -y probablemente a ellos mismos- a la idea de que aún no todo está dicho, y de que quedan nuevos e fascinantes capítulos por escribir en la música de la década que apenas está por comenzar.

Gustavo Reyes