Encuentro cercano con Daniel Johnston (1961-2019), el eterno outsider de culto

Encuentro cercano con Daniel Johnston (1961-2019), el eterno outsider de culto

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Daniel Johnston

Daniel solo tenía 58 años, pero parecía que había vivido mucho más. Su vida fue una compleja paradoja. Daniel vivió siempre al margen, aquejado de esquizofrenia y trastorno de bipolaridad. Y mientras tanto, pintaba y grababa. Veinte álbumes, muchos grabados en la soledad de su habitación (los primeros editados en formato casete en los 80) son un fantástico legado.

El joven cantautor venezolano Noel Grisanti, nos cuenta en primera persona su interesante y quimérico encuentro en 2012 con el cantautor norteamericano de culto, uno de los casos más extraordinarios de supervivencia y honestidad dentro de la música popular, que acaba de dejar el plano físico

Noel viajó kilómetros en busca de la casa de Johnston, en un lejano pueblo de Texas, donde apenas se intuía su presencia.


Un sueño de Bromazepam

A finales del año 2012 tuve la oportunidad de visitar el estado de Texas, en Estados Unidos. Recién había publicado mi disco Sueños de Bromazepam, y lo presenté en  mi único show de ese año: El festival Virgen Fest. Como nunca he sido un músico de tocar en directo, aquel año consistió, básicamente, en estar encerrado en un estudio o en mi casa. Así que este viaje era una buena oportunidad para despejar la mente y escapar por un rato de la convulsionada Venezuela.

El plan era quedarme en la casa de mi hermana menor: una joven graduada con honores en la Universidad Simón Bolívar, que como muchos otros, se subió al tren de la fuga de cerebros rumbo a Norteamérica.

Antes de salir, me propuse tres misiones. La primera era comprar una guitarra acústica con mi cupo de dólares de viajero (una distorsión perversa de la economía, especie de corralito impuesto por Hugo Chávez); la segunda, asistir a un concierto de Of Montreal, grupo que estaría en Houston uno de esos días de mi viaje. La tercera y menos factible: tratar de conocer a uno de mis héroes musicales de todos los tiempos: Daniel Johnston.

Yo descubrí la música de Daniel a través del documental The Devil and Daniel Johnston (2005), en el cual exponían descarnadamente el sufrimiento de un artista acosado por la esquizofrenia, que se refugia en la música para transmitir todos sus problemas e inquietudes de una forma muy sincera y conmovedora.

Daniel Johnston

La camiseta de Cobain

Daniel era catalogado como un genio incomprendido, se había pasado la década de los 80 encerrado en hospitales psiquiátricos o en la casa de sus padres; siempre grabando casetes que no eran producidos o comercializados correctamente.

Un joven famoso y millonario llamado Kurt Cobain fue uno de sus más fervientes fans. En los MTV Video Music Awards del año 1992, Kurt sorprendió a todos con una camiseta muy extraña de una rana que decía: “Hi, how are you?”. Era la portada de uno de los casetes grabados por Johnston.

Daniel Johnston
Mural de Daniel en Austin, Texas

A partir de ese momento muchas otras personas le empezarían a prestar atención. De la noche a la mañana, el desconocido músico texano, ex empleado de McDonnald’s, había llegado a los súper mediáticos escenarios de Los Ángeles, ni más ni menos que colgando del pecho de Cobain.

Gran parte del documental fue rodado en la casa de los padres de Daniel, ubicada en un pequeño pueblito texano llamado Waller. Para mi sorpresa descubrí que quedaba a una hora de Houston, así que mi fantasiosa idea parecía ser realizable después de todo. Igualmente, me seguía pareciendo un poco desquiciado visitar a un tipo con esquizofrenia y le di largas al asunto.

Daniel JohnstonEn búsqueda de Daniel

Los primeros días los dediqué a compartir con mi hermana y conocer Houston. La primera semana me gasté de un solo golpe 2000 $ del cupo viajero en una tienda de música. Me quedaron 1000$, incluidos los 500$ de efectivo para el resto del viaje. La gente normal viaja y compra ropa o entradas a parques, pero los músicos locos como yo, hacen lo contrario. Más de uno por ahí va a entenderme.

La misión Of Montreal también fue cumplida. Fui a verlo en un pequeño galpón/bar llamado The Warehouse Live, y al final del concierto pude conocer al líder, Kevin Barnes, un compositor que admiro muchísimo. Le di el disco Aldhils Arboretum, que compré en la entrada, y el tipo me escribió una dedicatoria extraordinaria: “La noche es pálida y sangrienta, pero no tengas miedo, Noel”.

Hablamos sobre The Beatles y Os Mutantes, la banda de Brasil. Estaba particularmente fascinado de que alguien de Venezuela supiera de su trabajo. Yo le comenté que varios de mis amigos disfrutaban su música y se sonrió tímidamente. Al final me agradeció el gesto de acercarme a conversar, se montó en el autobús de la gira, y adiós.

Mi viaje ya casi terminaba y me seguía persiguiendo la idea de visitar a Daniel. No quería aparecerme por su casa como un fan tonto y asustarlo. Mi visita debía tener un propósito. Decidí comprarle un regalo como muestra de agradecimiento por toda la música que hizo y que tanto me influenció. Le compré un libro de fotos de Lennon, porque sé que es un fan a muerte de los Beatles como yo. También se me ocurrió que podría darle mi disco Sueños de Bromazepam.

Daniel JohnstonMe desperté bien temprano esa mañana. Como todos los días, llevaba a mi hermana a su trabajo a las 7 a.m., para poder quedarme con su carro (coche) y pasear por ahí. Ese día no tenía ningún plan, y pensé que era el momento de hacer el glorioso intento de visitar a Daniel. Aunque no tenía la dirección de su casa, Waller es un pueblo con 2500 habitantes, ¿qué tan difícil sería encontrarlo?

Llegué a Waller como a las 10 a.m. Era un pueblo bien cowboy en la orilla de la carretera 290 que lleva a Austin. Manejé un poco alrededor a ver si encontraba alguna pista, pero no había absolutamente nada que hiciera referencia a Johnston. Me bajé en un parque donde dos señoras paseaban a sus hijos y les pregunté si conocían al destacado músico. Me miraron confundidas y respondieron que nunca habían oído hablar de Daniel Johnston.  Luego, fui a una tienda de repuestos de vehículos pero tampoco sabían. ¿Qué es esto? ¿Será que me confundí de lugar? ¿Podría ser Daniel tan underground que no lo conozcan en su propio pueblo?

Finalmente, y ya sintiéndome una especie de periodista de investigación, vislumbré una peluquería y tuve una corazonada. Si hay algo que hacen en las peluquerías es chismear y hablar de todo el mundo. Entré y era en realidad una barbería bien masculina, donde un par de viejos cortaban el cabello a otros dos ochentones. Me revisaron con la mirada de pies a cabeza, cuando ingresé interrumpiendo su intimidad anglosajona con mi descarada presencia latinoamericana. Les pregunté si conocían al músico Daniel Johnston y me dijeron que no, sin más palabras que eso. ¡Qué chasco!

Ya me estaba volteando para irme, desilusionado aunque firme en mi papel. Hasta que de pronto, uno de los barberos exclamó: ¡Oye tú! Si hay un Daniel Johnston en Waller, tiene que salir en esta agenda telefónica.

Revisé el librito y milagrosamente encontré a un solo Johnston, Bill Johnston para ser exactos. No sólo aparecía su número telefónico, también revelaban la dirección de su hogar. Luego de una pequeña investigación con mi teléfono, averigüé que Bill Johnston es el padre de Daniel. Recordé que el documental estaba ambientado precisamente en casa de ellos. Esta era definitivamente la pista. ¡Lo había conseguido!

Puse la dirección en el GPS y llegué  fácilmente a la casa. Reconocí la fachada, porque la habían mostrado varias veces en el documental. Me quedé un rato en el carro armándome de valor y a los pocos minutos me bajé y caminé hacia la casa. En Texas la gente anda escopetada, así que, mientras tocaba el timbre, imaginaba varios escenarios trágicos y cómo reaccionar.

Lo imposible de lo posible

Se abrió la puerta y me recibió un anciano, era el papá de Daniel, el cual sale hablando varias veces en la película. Se veía mucho más anciano y me dijo que gritara porque estaba medio sordo. Así que le grité en un inglés medio desastroso: ¡HOLA! SOY DE VENEZUELA Y HE VENIDO A TRAERLE UN REGALO A DANIEL.

El anciano se rió y me dijo: “Hace tiempo que no venía uno de ustedes buscando a Daniel” (¿refiriéndose al montón de fans que lo habían visitado en el pasado?). “Ven, pasa adelante, vienes de muy lejos. Será mejor que lo esperes adentro”.

Me senté en la cocina y el señor empezó a hablarle a un Walkie Talkie con un fuerte acento texano inolvidable, “Daniel, here is a young man from South America who wants to see you”. No hubo respuesta. Me dijo que Daniel vivía en la casita de al lado, un anexito que le construyeron para que tuviera privacidad. “Es muy tímido así que no te prometo que salga. Puedes quedarte un rato más y conversar conmigo”. Acepté encantado.

En términos realistas, conocer la casa de Daniel Johnston era más de lo esperado, de hecho, era mucho. (Bill se encontraba solo, la madre de Daniel había fallecido pocos meses antes de mi visita).

Nos sentamos en la cocina y Bill me preguntó sin rodeos: “¿Qué le pasaba al presidente Chávez con nosotros, eh? Yo pensé sorprendido, “¡Coño, a Chávez lo conocen hasta en la casa de Johnston!”). Le respondí algo bien escuálido, para evitar que ese viejo texano me botara de la casa.

Me contó que en su juventud viajó varias veces a Venezuela porque trabajaba para una empresa petrolera, y que estaba al tanto de nuestra situación política. No parecía entender porqué el gobierno venezolano la tuviera tan tomada con ellos. “No todos somos malos aquí”, me dijo.

Cuando ya me estaba relajando con el viejo, casi con la comodidad de si me encontrara con mi propio abuelo, y riendo con él un poco, apareció una sombra por la ventana de la cocina. “¡Ahí viene!” me dijo Bill.

Daniel apareció tembloroso y sonriendo incómodamente. Su camisa blanca estaba manchada por varios colores de pintura, y si no me equivoco, había pegostes que parecían helado de chocolate y fresa. Me saludó repitiendo “Hi, hi, hi”, varias veces, como un autómata. Lo noté un poco confundido, así que me identifique inmediatamente. “Hola Daniel, he venido a visitarte para traerte este regalo y para agradecerte por toda la música que has hecho”, le dije, rebosante de felicidad y orgulloso de haber logrado mi cruzada.

Le entregué el libro de Lennon y creo que ahí se calmó un poco. Me preguntó que de dónde era, y le respondí: Venezuela. Me dijo que había tenido contacto con otras personas de África que le escribían por internet. Yo le recordé que Venezuela quedaba en Sudamérica y trató de arreglar su error: “ah, sí, sí; de ahí también me escriben bastante”.

Le di el disco Sueños de Bromazepam, y le conté que también era músico; que sus canciones habían sido una gran inspiración para mí, y que probablemente notaría eso en mi trabajo. Me dijo que lo escucharía y yo quedé sin palabras por un momento. Le agradecí por dejarme pasar y le dije que seguiría mi camino para no robarle más su tiempo.

Daniel Johnston
daniel johnston

Dos cantautores: dos realidades

Cuando ya pensaba que era el final de la visita, Daniel me preguntó: “¿Te gustan The Beatles?”. Yo le respondí que era mi banda favorita de todos los tiempos. Daniel exclamó emocionado: “¡Let’s jam!” Yo no me lo podría creer. Creo que balbuceé algo sin sentido por un par de segundos, luego reaccioné y le dije que tenía mi guitarra en el carro. Daniel negó con la cabeza y me dijo: “No, no. I play the guitar, you play the drums”. Yo me repetía: esto no puede estar pasando.

Daniel se dirigió a la sala para avisarle al papá que nos íbamos. “Hey Dad!, me voy con mi amigo a la otra casa para tocar algo de música”. Bill se paró del sofá diciendo: “Si ustedes van a la otra casa yo tengo que ir con ustedes”. A continuación empezó una acalorada discusión, en la que Daniel le reclamaba que siempre querían controlarlo, que lo dejara en paz, y otras cosas por el estilo. El papá le respondió: “Recuerda lo que hiciste la última vez que un fan vino a visitarte”. Yo a todas estas estaba completamente callado, pero con la boca abierta.

Luego, Bill se volteó y me dijo: “Cuando viene gente a visitarlo, él trata de venderle las cosas de la casa; sus dibujos, los instrumentos. Y luego va con el dinero a comprar licor y dulces. Yo tengo que cuidarlo”. Daniel estaba temblando y parpadeando cada vez más. Cuando ya pensaba que explotaría como una bomba, Daniel nos dio la espalda, abrió la puerta de la casa, y se marchó dándole un batacazo. ¡Qué pálida! estuve a punto de tocar con The Late Great Daniel Johnston.

Bill me pidió disculpas por arruinar el jammin; me explicó que tenía que cuidarlo mucho por su condición mental, y más siendo un diabético que no se cuidaba. Yo le dije que haberme dejado pasar y conversar conmigo había sido demasiado. Que entendía completamente que tuviera que cuidarlo. Me despedí del señor, que aún seguía un poco apenado por el incidente, y salí de la casa.

Cuando caminaba hacia mi carro vi que Daniel estaba parado en la puerta de su anexito. Me acerqué para despedirme: “Hey Daniel, no te preocupes por lo que pasó. Yo entiendo que tu  papá quiera protegerte”. Daniel me respondió: “Yeah man, but I’m a fucking millionaire, and I can’t spend my money!”

Le pregunté si era verdad que iba a pedirme dinero, y sonrió más en confianza diciendo: “No man, yo de verdad quería que tocáramos un poco”.

Bill estaba asomado desde la otra casa y Daniel me dijo con cierto disimulo: “vuelve otro día y me tocas el timbre directamente a mí.  No vayas a casa de mi papá. Te prometo que haremos algo de música”. Nos dimos un estrechón de mano y le pedí un último favor. “¿Podemos tomarnos una foto juntos? Mis amigos no van a creerme que te conocí”. Nos paramos en la entrada de su casa y tomé la foto con el teléfono. Más tarde me di cuenta que la foto salió borrosa. Era imposible, con la energía de ese pana, que la foto saliera bien.

Daniel JohnstonMe fui sintiendo como si todo fuera un sueño, que había estado en un episodio de la película y que alguien nos debía haber estado filmando.

El encuentro había sido muy raro, no esperaba encontrarme con Daniel Johnston dentro de los términos de la normalidad, pero toda la situación me había dejado en un estado casi lisérgico. Pensando extasiado que la brecha entre fantasía y realidad es imperceptible. No existe nada que no podamos lograr.

Que personaje era Daniel Johnston, un artista puro y sincero, al mejor estilo Syd Barrett. Me pregunto si habrá escuchado Sueños de Bromazepam, o si al menos lo utilizó para rascarse la espalda, o matar una mosca, que ya sería demasiado. Lo cierto es que nunca volví. A los pocos días regresé a Venezuela, con esa sensación hermosa e intransferible de que mis tres misiones, ¡las tres!, habían sido cumplidas.

Y aunque seguí viviendo un tiempo en Austin, muy cerca de Daniel, no quise volver e insistir más de la cuenta. Ir por segunda vez de sorpresa hubiera sido muy Mark D. Chapman, ¿verdad?

Noel Grisanti