Daughters: el placer del peligro

Daughters: el placer del peligro

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Daughters

Daughters
981Heritage / SON Estrella Galicia
Sala Cool, Madrid

(Octubre 13, 2019)

 

Aunque parezca paradójico, hay veces que las canciones escogidas en un concierto son lo de menos. Ellas sirven como plataforma para presentar un discurso de espíritu teatral, con la música como hilo conductor. Podrían ser unas u otras, todas las canciones cumplen el cometido de introducirnos en un universo particular y conducirnos a través de él. Además, cuando el catálogo de canciones es sólido, unas con otras establecen sinergia.
Es el caso de Daughters, el proyecto de Providence, Rhode Island, que funciona como vitrina de Alexis Marshall, un cantante fuera de la norma, punto focal casi en exclusiva. Y no porque la banda no haga méritos para captar atención, sino que su performance es verdaderamente avasallante desde el minuto uno.

No hubo respiro. 54 minutos de total intensidad, tiempo durante el cual Marshall nos retó continuamente al borde de una fina línea entre la locura y la cordura. Un concierto corto y arrollador. En realidad no hacía falta más. Ese tiempo bastó para encajar el impacto de un show sin concesiones, con Marshall al límite del paroxismo con sus movimientos incansables, contorsiones y el juego peligroso con el micrófono y su cable, su lengua, sus salivaciones como dragón de Komodo, su flirteo con algunos al borde del escenario. Es un showman siempre al límite.

Los dos guitarristas, Nicholas Sadler y Gary Potter, llevan el peso instrumental, con una base rítmica sólida que mantiene la máquina aceitada, compuesta por el baterista Jon Syverson y la versátil bajista Monika Khot. Después de muchas idas y venidas entre Marshall y Sadler que no ha permitido una discografía más nutrida, la gira del reciente disco You Won’t Get What You Want (2018) -el primero desde 2010- deja claro que Daughters luce revitalizado.

Una docena de incendios con forma de canción

El arranque fue con la salvaje “The Reason They Hate Me”, de espíritu punky, ideal para ponernos a levitar ya desde el primer minuto. Sin pausa siguieron con la angustiosa “The Lord Song”, y por primera vez sobrevoló el espíritu del primer Swans cuando era referente de la no-wave neoyorquina en los primeros 80. En cambio “Satan in the Wait” -quizá el tema más largo- explora las ambientaciones góticas de Bauhaus y Theatre of Hate.

Tras el trío inicial de temas del reciente disco, tocaron las dos primeras del homónimo disco anterior, publicado en 2010. La primera fue “The Dead Singer”, la cual sonó particularmente brutal, con Marshall desatado y unos coros estupendos de Sadler y Potter. Enseguida escupieron “Our Queens (One is Many, Many are One)”, un tema frenético lleno de rabia y desesperación, con magnífico trabajo de Syverson en la batería. Fue el detonante para que muchos de los ubicados al frente del escenario comenzaran a enloquecer en un pogo que ya no paró más.

De vuelta al nuevo disco, continuaron con otras dos fuertes cachetadas: la áspera “Long Road, No Turns” y la envolvente “Less Sex”, con un bajo de inspiración dub y la voz siniestra de Marshall. Para nosotros el punto álgido del concierto.

Tras un breve silencio de casi un minuto, volvieron a 2010 con la virulenta “The Hit” y la neurosis de “The Virgin”, otro tema en la línea Swans, pero también del viejo Einstürzendee Neubauten. Marshal no paraba de moverse de un lado a otro del escenario y de interactuar con el público.

La recta final fue intensa, con un Marshall a pecho descubierto mostrando sus tatuajes y casi como una deidad a la que todos querían tocar cuando se acercaba al borde del escenario. El trío final de temas lo conformó “Guest House”, “Daughters” y “Ocean Song”, piedras angulares de su sonido, una mezcla de Gang Of Four, Public Image Ltd, Nine Inch Nails, Revolting Cocks, Pigface  y Killing Joke.

Durante casi una hora, Daughters nos dio sucesivas cachetadas y nos sacudió salvajemente. Es el tipo de experiencias que invitan a repetir.

 Juan Carlos Ballesta                                                       


Jeromes Dream, ruido abrasivo

Aunque algunos disfrutaron, la propuesta de la agrupación de Connecticut, Estados Unidos, catalogada como “screamo”, puede llegar a saturar. Instrumentalmente guitarras y batería son brutales, pero el resultado es como una serie de golpes al hígado.

Jeff Smith (bajo y voz) toca dando la espalda al público. Su voz no es precisamente impresionante y la utiliza más bien como una fuente de ruido lleno de rabia. Nick Antonopoulos y el guitarrista invitado, construyen la muralla sónica que es como un caudal eléctrico de alto voltaje, mientras que Erik Ratensperger es probablemente el que más impresiona con su incansable, potente y muchas veces frenético y exigente perfomance a la batería.

El grupo se centró en el material de su nuevo disco, LP (2019, Microspy), el primero en nueve años.