Josephine Foster, una noche folk que supo a poco

Josephine Foster, una noche folk que supo a poco

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Josephine Foster

Josephine Foster + L’Ocelle Mare
100% Psych / Son Estrella Galicia

Sala 0, Madrid

(Marzo 20, 2019)

 

Una de las exponentes más prolíficas de la canción folk del siglo 21, es sin duda, Josephine Foster. Desde su irrupción en 2000 con su primer álbum de demos, ha publicado 16 discos, entre ellos el más reciente, Faithful Fairy Harmony (2018), el cual vino a presentar a Madrid en el marco del ciclo 100% Psych y SON Estrella Galicia. De las catorce canciones del repertorio escogido, ocho pertenecen a este estupendo trabajo nuevo, y otras cuatro son del disco Blood Rushing (2012).

La relación de Foster con España es profunda gracias a Anda Jaleo (2010) y Perlas (2011), los dos discos grabados con Víctor Herrero -su guitarrista en esta ocasión- en los que se acercó al folclor de la península. Pero de ellos no hubo ni rastro.

El devaneo folk de Josephine

Minutos después, apareció Josephine Foster junto a su trío de guitarra, bajo y batería/violín. Arrancaron con la excelente “Waterfall”, del disco Blood Rushing, que sonó francamente descompensada. Siguieron con la delicada “The Virgin of the Snow”, del nuevo disco, solo con guitarra acústica, mandolina y un fantasmal violín.

Foster canta sin esfuerzo, su potente voz soprano impresiona, aunque a veces abusa del vibrato. A veces recuerda a Joni Mitchell, otras a Vashti Bunyan, a Jacqui McShee de Pentangle o a Maddy Prior de Steleeye Span.

En “Force Divine” volvió la batería (que sumó poco a las canciones, realmente) y la guitarra eléctrica. Con este tema las sospechas se hicieron realidad: no habían tocado antes estas canciones. De hecho, no sabemos cuántos ensayos habrán tenido antes de aparecer en la Sala O. La desafinación en este tema fue terrible, principalmente las voces. La guitarra, por su parte, estuvo innecesariamente enloquecida. Finalizada la canción, Josephine agradeció y algo apenada dijo: “es la primera noche que tocamos juntos así”, y alguien del público comentó a cierto volumen, “se nota”.

Siguieron con “Blood Rushing”, que le da título a aquel disco, otro tema delicado con muy poco acompañamiento. De nuevo, la inseguridad hizo que los coros sonaran lejanos. Violín y guitarra eléctrica fueron esenciales.

Herrero, quizá en un intento de salvarse de la quema, se mantenía aislado, como quien deseaba dar la sensación de que el visible problema no era su responsabilidad. La bajista Rosa Mercedes (Alright Gandhi), con un cuaderno de apuntes, y la bajista/violinista Josefin Runsteen con un montón de hojas -una por cada canción- se mostraron muy inseguras a lo largo del show y solo en contadas ocasiones lucieron aplomadas. Por su parte, Foster, ensimismada, parecía no querer saber de equivocaciones, omisiones y desafinaciones.

La gente aplaudía, no obstante, aunque sin demasiado fervor. Tras casi un minuto de silencio en el que Josephine conversaba con la bajista, tocaron la tribal y algo extensa “Lord of Love”, probablemente una de las que mejor sonó. Con suma timidez, casi hablando para adentro, Foster presentaba algunas canciones, como en el caso de “Eternity”, un tema de esos a los que nos acostumbró en sus comienzos, escarbando en el folk de finales del siglo 19 y principios del 20.

La dejaron sola para que interpretara “Soothsayer Soul” con el arpa portátil, luego de agradecer la asistencia “este miércoles de luna llena”. Es parte del sonido ensoñador que la dio a conocer, aunque en este concierto apenas utilizó el arpa. Luego con sus compañeras tocaron “Adieu Colour Adieu”, evocador tema en el que destacan el arpa y el violín, que sin duda estuvo entre los mejores momentos del concierto.

Siguiendo con el repaso del reciente disco, tocaron “Indian Burn”, tema rítmico en la onda folk-rock de principios de los 70. Sonaron aquí un poco más acopladas, producto ya de cierta confianza. Sin embargo, antes de comenzar el siguiente tema, Rosa Mercedes parecía no acordarse de las tonalidades y Herrero tuvo que indicárselo. Dejaron para el final dos temas de Blood Rushing: “Sacred is a Star” y -a petición- “Child of God”, un excelente tema con aroma a Creedence Clearwater Revival.

Regresaron rápidamente para interpretar un último tema, “All the Leaves Are Gone”, del disco de 2004, con las voces un poco desaforadas.

Esperábamos un concierto más sintonizado tomando en cuenta el exquisito contenido de su último disco, pero nos tocó ver el nacimiento de este cuarteto que sonó bastante rústico. Quién sabe si luego de muchos conciertos, logren sonar sincronizados, seguros y con ello más emotivos. Las canciones lucieron inacabadas, pero están ahí esperando por un mejor tratamiento en directo.

El atrevimiento de L’Ocelle Mare

La noche contó con una sorpresiva y sorprendente participación antecediento a Foster: L’Ocelle Mare, el proyecto del multi-instrumentista francés residente en Madrid, Thomas Bonvalet. Lo primero que nos llamó la atención al llegar fue el singular set instrumental ubicando al borde del escenario, mientras al fondo sonaba una interesante selección musical que incluía a Stereolab y Robert Wyatt.

En un espacio reducido se encontraban varios timbres, una tabla de madera en el piso, interruptores, una radio, diversos elementos de percusión, un banjo desvencijado, una guitarra eléctrica, varios mini amplificadores, campanas, claves, metrónomo, órgano vocal, micrófonos, teléfono  móvil, rollos de tirro, lo que nos hacía intuir que veríamos algo nada convencional.

Y, en efecto, lo que siguió fue una desenfada demostración de cómo construir estructuras musicales a partir de ritmos quebrados, ruido de feedbacks, reverberaciones, rasgueo epiléptico de cuerdas y otros recursos sacados de la chistera, incluyendo un componente de improvisación. Cinco discos tiene L’Ocelle Mare, y solo el más reciente, Tempes en Terre (2017) ha sido grabado en un estudio de manera convencional.

En la propuesta de Bonvalet se combinan técnicas de tappping y clapping, noise, folk, música tribal, minimalismo. Es música experimental en toda regla, pero no es hermética como mucho de lo que cae en esa categoría con frecuencia inclasificable. Su aspecto de hombre orquesta y lo casero de mucha de su parafernalia podría hacer pensar en uno de esos músicos que se planta en un pasillo del Metro o en la calle Preciados y de inmediato impresiona.

 https://youtu.be/SF_65P1jmcs

No a todo el mundo le gustó, hubo incluso quien en sus narices se quedó dormido, pero a nosotros ese atrevimiento y el indudable trabajo de investigación nos cautivó.

Juan Carlos Ballesta (Texto, fotos y videos)