Kælan Mikla y Some Ember oscurecieron aún más la noche en Madrid

Kælan Mikla y Some Ember oscurecieron aún más la noche en Madrid

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Kælan Mikla + Some Ember

Wurlitzer Ballroom, Madrid

(Febrero 12, 2019)

El año ha comenzado con una buena dosis de oscuridad gracias a la promotora Indypendientes, quien en ocasión de la presentación de Solveig Matthildur el año pasado (leer entrevista aquí), había informado que el trío al cual pertenece vendría en este 2019.

En el pequeño y emblemático bar de La Gran Vía de Madrid se dieron cita amantes del dark rock, el synth pop más industrial, el darkwave y otras corrientes afines. Es un público que suele ser fiel y que mantiene el culto a muchos proyectos que con un pié en la diversidad del post punk de los 80 y otro en el presente, mantienen oxigenada una escena que sigue ofreciendo alternativas de interés.

Una buena sorpresa fue el proyecto Some Ember, alter ego de Dylan Travis, californiano radicado en Holanda, cuyo sonido se mueve entre el synth pop más oscuro, el darkwave y el EBM, en un terreno transitado por Fad Gadget, D.A.F, Front 242 y otros muchos proyectos en los años 80, incluyendo el lado más oscuro de Depeche Mode. Tanto su poderosa voz como su actitud de showman -Travis se mueve, gesticula, dramatiza, pasa el frente del escenario-, contribuyen a aderezar las composiciones que trajo, todas pregrabadas, con excepción de un teclado que toca en tiempo real. Su intenso show de apenas 33 minutos estuvo basado en el material de sus recientes producciones, complementarias entre sí, Submerging the Sun (2018) y Submerged EP (2019), con algo de su etapa inicial en California, cuando aún Some Ember no se había convertido en un proyecto unipersonal. Fue, sin duda, un estupendo descubrimiento.

Kælan Mikla: las islandesas siniestras

Unos minutos después aparecieron las tres islandesas para ocupar cada una su lugar en el escenario. A nuestra izquierda, la teclista y ocasional vocalista Solveig Matthildur, a la derecha la bajista Margrét Rósa Dóru-Harrysdóttir y en el medio la cantante Laufey Soffía Þórsdóttir, quien cantó buena parte del show con un velo negro sobre su rostro, que combinado con la luz blanca de un proyector ubicado al frente y su continuo movimiento de manos, lograba un enigmático efecto.

Comenzaron con “Nornalagið”, el primero de siete temas que tocaron del reciente álbum Nótt eftir nótt (2018), para seguir con la angustiosa pieza “Órád”, del homónimo álbum de 2016, del cual incluyeron cuatro temas. Aun el sonido tenía algunas deficiencias, pero era claro que la densidad de teclados y el poderoso bajo arropan la aguda voz de Laufey, que más de una vez recuerda a Bjork, incluso cuando habla entre canciones.

La siniestra “Draumadís”, de la que recientemente fue lanzado un videoclip, mejoró sustancialmente el sonido, aunque el nivel de la voz quedó a la par de la instrumentación. Solveig aportó una segunda voz muy interesante, especialmente porque es más grave que la de Laufey. La fantástica batería electrónica anuncia “Kalt”, con un bajo en línea directa con Joy Division y una voz desgarradora, angustiosa.

Næturblóm” nos llevo a los tiempos de Bjork con las banda post punk Tappi Tikarrass y K.U.K.L. Fue de los mejores temas de la noche, que fue seguido sin pausa por “Skuggadans”, en el que Solveig participa vocalmente, sirviendo de nuevo de contrapeso a una Laufey cuya voz por momentos se perdía entre la densidad instrumental.

Uno de los temas con sonido más limpio fue “Upphaf”, que precedió al trío final de canciones contenidas en el reciente disco. “Hverning kemst ég upp?”, “Andvaka” y “Nótt eftir nótt”, fue sin duda el segmento más siniestro, y precisamente por ello, el más atractivo. El colofón fue con “Glimmer og Aska”, otra pieza oscura y de atmósfera tensa, que es en las que mejor va la voz de Laufey Soffía al no tener que gritar para tratar desobresalir entre la telaraña instrumental. Aquí se escucharon ecos de Cocteau Twins.

Se despidieron, pero era obvio que algo más tendrían que tocar. La elegida fue “Dáið er allt án drauma”, que cierra el reciente disco y que fue una elección muy acertada para culminar una presentación envuelta en un halo de misterio y oscuridad, a lo que contribuyó mucho la iluminación realizada con un proyector externo y cero luces en el escenario.

El concierto duró 50 minutos, en apariencia poco, pero quizá suficiente por la naturaleza de la propuesta. Apenas terminaron, las tres bajaron corriendo del escenario a vender discos, camisetas, posters y tomarse fotos con algunos asistentes.

Fue un buen dueto el presentado por Indypendientes, ambas propuestas en terrenos afines, pero diferentes.

Juan Carlos Ballesta