La imaginación sin frenos de Everything Everything y “A Fever Dream”

La imaginación sin frenos de Everything Everything y “A Fever Dream”

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Everything-Everything

Everything Everything

A Fever Dream

RCA. 2017. Inglaterra

 

Los discos “consagración” son problemáticos.

El nuevo ofrecimiento musical de Everything Everything, A  Fever  Dream, parece estar marcado inexorablemente por una variación de la idea de Harold Bloom -figura avasallante de la crítica literaria- sobre la angustia de las influencias, algo así como una especie de ansiedad que los creadores sienten al admirar a artistas pasados y al mismo tiempo querer ser diferentes. Tener un ídolo que sea tu inspiración para ser poeta, cineasta o músico y al mismo tiempo evitar copiarlo conciente y sistemáticamente puede llevar a severos encontronazos de sentimientos y al desarrollo de no menos preocupantes inseguridades creativas, sólo que en este caso la gran sombra en el horizonte de la banda de Manchester no es ninguna leyenda consagrada, sino su propia obra, específicamente su disco anterior.

No hay nada peor para una banda que competir consigo misma, y Get  To  Heaven (2015) fue un álbum imaginado y trabajado en mayúsculas. Desde la cantidad de temas, pasando por la generosidad (algunos diran incontinencia) irrefrenable de sonidos -electrónicos, de guitarra, de texturas rítmicas-, hasta el exquisitamente electrizante arte de portada ejecutado por Andrew Archer (neozelandés especializado en surealismo y demás delirios gráficos con cierta debilidad pop) aquel tercer trabajo se saboreó, desde los primeros falsetes hiperexcitados de Jonathan Higgs seguidos por esas guitarras urgentes y angustiadas a lo “Paranoid Android”, en “To The Blade”, como el bautizo de fuego para Higgs y los demás miembros del grupo: Michael Spearman (batería), Alex Nivel (guitarra) y Jeremy Pritchard (bajo).

El asunto fue todo un maratón infatigable por los terrenos del math rock, el funk, el dance rock y muchos otros escenarios sonoros, con una buena dosis de imaginación sin freno y luminosa que a ratos parecía asomarse por igual al Yes más armónico, con sus ingeniosos juegos vocales, y al Radiohead más fantasmagórico. Una suerte de disco progresivo con inventiva pop, infectado hasta la última nota por el deleite de los músicos en ser atrevidos hasta donde les dio la gana y al mismo tiempo increíblemente amigable, sin complicaciones y con buena vibra. A lo largo de todos los temas, la voz de Higgs fluctúa espásmica, sin descanso, atravesando tramas inescrutables de punteos de guitarra, atmósferas espaciales y ritmos acelerados que parecen a ratos las disquisiciones matemáticas de una Inteligencia Artificial con problemas de insomnio. Pero el mayor prodigio de Get  To  Heaven es cómo en medio de lo que podría haber sido con semejantes ingredientes un desastroso caos autoindulgente, la banda configuró una maravilla melódica y pop única, unificada con una disciplina musical inspirada.

Casi puedo imaginar a los cuatro miembros debatiéndose entre un “¿No sería grandioso hacer otro disco como ese?” y un “No debemos repetirnos”. Pero es una injusticia no reconocer que aún con un aura ligeramente eclipsada, A  Fever  Dream es un trabajo hecho con toda la dedicación de la que es posible la banda y con sus propios tesoros creativos. El tono es decididamente menos caleidoscópico y en algún preocupante momento -afortunadamente pasajero y muy efímero- creemos que el sonido persistentemente vibrante que es la mismísima esencia de la banda va a diluirse en alguna meditación atmósferica que recuerda al Foals de Total Life Forever en adelante (es decir, el Foals “dreamy” y aburrido), pero incluso cuando el sonido deriva hacia lo etéreo, como en el evocativo tema homónimo del disco, un pulso concreto se manifiesta en todo momento y la música de la banda se resiste a descansar. A pesar de algunas irregularidades en la energía del disco todo el trabajo está impregnado de una voluntad creativa decidida.

A  Fever  Dream posee una riqueza similar -si acaso no superior- a su predecesor, sólo que mientras en Get  To  Heaven esta se extendía como una jungla multicolor indomable a todo lo largo y ancho del paisaje musical acá conforma más bien un ecosistema oceánico cuya diversidad palpita bajo la superficie, percibible sólo luego de que nos sumergimos y nos vemos envueltos en él. Mientras que el album anterior fue como un viaje estratosférico a máxima velocidad acá la experiencia es más como un navegar por aguas densas y agitadas, y es que mientras Get To Heaven tenía un mayor compromiso con lo lúdico este trabajo es de vocación más laberíntica y enigmática.

Al menos en lo melódico porque temáticamente Higgs sigue dudando de que vivamos en un mundo perfecto y no se lo piensa a la hora de seguir poniendo el dedo en dónde más duele, pero ahora en vez de expresar su frustración e ira frente a los vicios y plagas que afectan nuestros destinos caóticos, sean la corrupción de los políticos o el surgimiento del fundamentalismo extremista, su descreimiento ha alcanzado la duda existencial de si tenemos alguna maldita idea de hacia dónde vamos o sobre las cosas que pensamos. Así, ironiza sobre el reciente surgimiento de los populismos en “Night Of The Long Knives” (inspirado en la aterradora Noche de los cuchillos largos, u Operación Colibrí, en la que el partido Nazi logró el control total del estado alemán mediante una serie de asesinatos políticos), o se solidariza con la desilusión del hombre común, sediento de respuestas frente a los tecnócratas en “Run By The Numbers”; en otro momento expone la división causada por la incapacidad de las personas para conciliar diferentes opiniones o creencias, especialmente en esta era de sobrecarga comunicacional e informativa y redes sociales desdencadenadas, como en “A Fever Dream” y el salvaje “Ivory Tower”, tema desenfrenado como pocos en el ya de por sí frenético repertorio de la banda, taquicárdico de comienzo a fin, y que culmina con una agresiva avalancha de percusión, contapunteos de voces y guitarrazos punzo-penetrantes que dejan totalmente demolida nuestra percepción.

Toda este recelo acerca de la capacidad de la humanidad para poder dar más de dos pasos sin tropezarse y caer de bruces no logra ser nunca desesperanza ni resignación en manos de la banda, y esto porque los comentarios de Higgs se entrelazan de tal modo con la infatigable danza de intricados arreglos y ritmos de Spearman, Nivel y Pritchard -la especialidad de la banda- que terminan evocando un estado de absoluta efervescencia espiritual. No nos sentimos abrumados o anclados por una existencia más allá de nuestro control o un mundo demasiado feroz para ser domesticado, sino más bien urgidos a ser agentes de cambio por pequeño que sea nuestro aporte en el devenir de la realidad, y es que tiempo después de dejar de escuchar el disco seguimos con esas ganas de volver a repasar una y otra vez este grupo de canciones, no sea que se nos haya escapado alguna maravilla sonora, como esa especie de micro solo de guitarra de “Run The Numbers”, en donde Nivel parece canalizar con precisión molecular a un Robert Fripp de la era digital, o esa progresión de acordes en “Desire”, que nos trasporta por unos segundos a la hermosa melancolía desconsolada del “Scatterbrain” de Radiohead, para luego volver a su ritmo combativo.

No nos engañemos, este es un Everything Everything menos festivo que el de discos anteriores, más sumergido en preocupaciones de tonos más oscuros pero igual de opulentos y exquisitos, con una personalidad definida, inspirada en el emotivo Spirit of Eden (1988), de Talk Talk -otra gran banda inmerecidamente menos popular de lo que debería. Persiste esa devoción hacia los ritmos elaborados pero esta vez no en la forma de despliegues contagiosos casi adaptables a cualquier pista de baile sino saboreando los contrastes entre pasajes de pulso y fuerza irresistibles, capaces de ser sentidos en cada fibra de nuestro cuerpo, y momentos que son como calmadas letanías tribales, a ratos inspirados en cierto minimalismo electrónico o emulando vagamente el sonido juguetón de un xilófono o un steel drum, todo esto cortesía de Spearman, dotado de un arsenal inagotable de ideas percusivas, vacunado contra el protagonismo -como los demás miembros de la banda-, y quien no tiene miedo de apelar a la tecnología porque entiende que lo importante es crear en función de la música y no hacer un despliegue de habilidades con las baquetas. Como en “Good Shot, Good Soldier”, donde nos recibe con una delicada percusión que es casi como el soundtrack de un juego ingenuo, para luego estallar en un clamor intenso sobre las decisiones que impactan nuestras vidas (If I’m wrong then strike me down, with a bolt from the heavens).

Para evitar que escapemos a una primera escuchada A  Fever  Dream nos despide con “White Whale”, inspirada en la imagen arquetípica del capitán Ahab y su fanática lucha por dar caza a Moby Dick, en la conocida novela de Herman Melville, pero Higgs se refiere acá tanto a las obsesiones destructivas como a su contraparte, el anhelo de algo más grande que nosotros mismos, quizás inalcanzable, pero que juntos quizás podamos envisionar. Sólo quizás. Se trata de una pieza de evocaciones místicas que comienza casi como un cántico y que repentinamente se transforma en un estallido sónico intoxicantemente dramático y abismal, como si nos precipitáramos al mismo borde de lo desconocido. Un final que puede ser la declaración de principios definitiva de una banda que ha podido salir de las sombras de su obra más popular para poder tomar nuevos rumbos.

Gustavo Reyes