La vertiginosa y lisérgica noche de A Place To Bury Strangers (Madrid...

La vertiginosa y lisérgica noche de A Place To Bury Strangers (Madrid / Ago 30, 2018)

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A Place to Bury Strangers

A Place To Bury Strangers + Numb.er

Sala Moby Dick, Madrid

(Agosto 30, 2018)

 

La expectativa por ver al trío neoyorquino era grande. Su fama ganada a través de los años como una de las agrupaciones de sonido en directo más apabullante era un atractivo poderoso. A ello se unían dos circunstancias especiales: el estreno de los temas del estupendo nuevo disco, Pinned, y la incorporación de la baterista Lia Simone Braswell.

Todas las expectativas se superaron con un show lleno de vértigo. Oliver Ackermann (guitarra, voz lider), Dion Lunadon (bajo, voz) y Braswel (batería, voz), fueron un huracán sobre el escenario. Es el tipo de conciertos que genera un exceso de adjetivos para describirlo, nos arranca con fuerza de nuestra zona de confort y al finalizar nos devuelve al planeta Tierra, aturdidos.

El show dio inicio al ciclo de conciertos de otoño producido por Primavera Sound bajo la denominación de #PrimaveraTours, con un cartel que contiene nombres del calibre de Spiritualized, Beach House, Lee Ranaldo, The Black Angels y Amen Dunes, entre otros.

La noche la abrió el proyecto de Los Angeles, Numb.er, que comanda Jeff Friebourg, un fotógrafo y artista visual que decidió darle rienda suelta a su pasión musical de evidente inspiración post punk, como queda patente en su disco debut Goodbye (2018) y más aún sobre una tarima.

La banda se presentó en formato quinteto, en el que sin duda alguna destaca la excelente bajista Laena Geronimo, quien además de ser la única que realmente tiene personalidad sobre la tarima, otorga un buen equilibrio en el aspecto vocal, tanto por sus coros como por el ocasional rol solista en temas como “Hate”. Es inevitable recordar a las dos magníficas Kim del rock (Gordon de Sonic Youth y Deal de The Breeders y ex Pixies). El imaginario de Numb.er se pasea por la herencia de Joy Division, Wire, Television, Wall of Voodoo, Bauhaus y otros grandes nombres del mejor sonido post punk, en especial el de guitarras densas y atmósferas sombrías. A un costado frente a su sintetizador Moog y a un Omni Chord que utiliza menos, Friebourg lidera con cierta timidez el grupo. Su voz se sintió pobre, pero aún así el sonido del grupo pasó la prueba. Destacaron temas como “Father” –la más Joy Division de todas-, “Numerical Depression”,  la sombría “State Lines”, “A Memory Stained” –en la que más presencia tiene el sintetizador, en plan Gary Numan-, y la más urgente “Again”.

Tras terminar, los propios músicos recogieron sus instrumentos, pedaleras y platillos, dejando la tarima casi limpia, pero con dos torres laterales que desde nuestra llegada nos generaron gran interés. Se trataba de tres gabinetes, auténticas “murallas de sonido analógico” (Square/Wave/Oscillation Machine; Fuzz, Distortion, Reverberation Machine…) de la marca Death by Audio con las que A Place To Bury Strangers construye su poderoso sonido distorsionado. La compañía fue formada en 2002 por el propio Ackermann en una zona industrial de Brooklyn, para construir equipos analógicos por pedido, manualmente, y durante años funcionó además como un epicentro de la escena underground neoyorquina en el que se presentaron Ty Segall, Dirty Projectors, Growing, Tony Conrad, Thurston Moore, R. Stevie Moore, Thee Oh Sees y Zach Hill, entre otros, hasta que en 2014 el sitio fue alquilado a la compañía Vice Media.

A Place to Bury StrangersLos propios músicos subieron a tarima, siendo la baterista la que pasó más tiempo. Ackermann y Lunadon dejaron su Fender Jaguar y el Fender Precision Bass en el piso. Los parales no existieron. Tras esos minutos para adecuar el escenario se apagaron las luces del local. Nueve proyectores repartidos por diversos lugares de la tarima –que nos habían llamado la atención- orientados en distintas direcciones comenzaron a funcionar entrecruzando rayos de manera neurótica. Fue en realidad el único recurso utilizado y la verdad no les hizo falta ningún otro para crear el efecto de sobreexcitación que acompaña todo su performance.

Apenas comienza “Deadbeat” (de Exploding Head, 2009), se inicia un viaje en plan exorcismo que nos conduce a una especie de catacumba dentro de la cual las agresivas luces superpuestas y titilantes, junto a la música a volumen salvaje, los movimientos intimidatorios de Ackermann y Lunadon, crean una sensación en la que por un lado se siente asfixia y opresión –sobre todo al borde de la tarima- y por el otro lado placer. Es como si por algo más de una hora uno se entregara a una aventura en la que cedes el control para experimentar emociones inesperadas.

Puede resultar extraña esa dicotomía, pero es precisamente la fascinación de una propuesta totalmente lisérgica que combina el lado más abrasivo de la psicodelia de Spacemen 3 y 13th Floor Elevators, la crudeza llena de feedbacks de los primeros tiempos de The Jesus & Mary Chain (quizá su principal referencia) o Sonic Youth, las atmósferas densas de My Bloody Valentine, la violencia drone de Swans, o incluso los experimentos más ruidosos de Velvet Underground.

Siguieron con “Too Tough to Kill”, del nuevo disco Pinned, del cual esperábamos tocaran más temas y solo escogieron tres. El repertorio se paseó por toda la discografía que comenzó en 2007. La brutal “We´ve Come so Far” del anterior trabajo Transfixation (2015) completó el trío inicial de temas que nos volaron la cabeza. Sobrevino entonces el único momento sosegado en el cual la extraordinaria Lia Simone Braswel canta mientras toca una pequeña arpa de madera, recordándonos de inmediato a P.J.Harvey con su disco Let England Shake (2011).

El viaje al pasado siguió con “So Far Away”, pieza que recuerda en algo a Joy Division, incluida en el EP, Onwards to the Wall (2012) y que fue seguida por la alucinógena “Alone”, explosivo tema del disco Worship (2012). Más atrás aún, como testificando su origen, escarbaron en su homónimo primer álbum con “To Fish the Gash in Your Head”, que los puso en el mapa como los revisionistas del noise rock del dúo escocés Jesus & Mary Chain, que casualmente estaba volviendo al ruedo tras años de silencio.

Uno de los mejores temas del nuevo disco, “There´s Only One of Us” –de los más melódicos de toda su discografía- con Oliver y Lia compartiendo rol vocal, dio paso a uno de los momentos inesperados cuando Dion y Lia bajan de la tarima para improvisar rodeados por la gente. El momento fue una especie de trance tribal con muy poca iluminación.

Mientras sus compañeros ejercían como curanderos poseídos, Oliver preparaba su próximo asalto sonoro, “Ego Death”, que comenzó con un mini solo de feedback y distorsión. “Never Coming Back” es otro temazo del reciente Pinned, que en directo suena aún más atractivo.

Con nuestra psiquis totalmente alterada, acometieron la parte final del show, aun mas avasallante que todo lo anterior. La industrial “Drill it Up”, con Ackermann golpeando frenéticamente un granadero y haciendo malabares con su guitarra, y Lunadon como si sufriera de espasmos, dejaron la mesa servida para  “I Lived My Life To Stand in the Shadow of Your Heart”, cuyo apoteósico final con los efectos lumínicos enceguecedores a tope fue el colofón perfecto para un concierto que no dio respiro. Nunca una sensación de agobio había sido tan bien recibida. Ni una palabra pronunciaron entre canciones. Ni un saludo. Ni un agradecimiento. Si lo hacían, hubiera estado de más.

No nos cabe duda que A Place To Bury Strangers es una de las experiencias más catárquicas que pueda haber actualmente en el panorama pop.

Juan Carlos Ballesta (Texto y fotos)

Concierto en Bordeaux, Francia el 29 de agosto (el día anterior a este show en Madrid)