Las canciones nocturnas y lluviosas de Adrian Crowley (C.C. Galileo, Madrid) (Feb...

Las canciones nocturnas y lluviosas de Adrian Crowley (C.C. Galileo, Madrid) (Feb 7, 2018)

103
adrian crowley

Adrian Crowley + Nadine Khouri

Centro Cultural Galileo, Madrid

(Febrero 7, 2018)

 

El último concierto del ciclo Folk Contemporáneo organizado por CiudaDistrito del Ayuntamiento de Madrid arrojó un concierto realmente especial, protagonizado por dos cantautores de muy distinto origen y trayectoria.

La libanesa radicada en Londres, Nadine Khouri, visitó por primera vez España para presentar su estupendo disco debut, The Salted Air (2017), un trabajo exquisito producido por John Parish (PJ Harvey, Maika Makovski).  El concierto lo abrió con los dos temas que abren el disco, “Thru You I Awaken” y “I Ran Thru the Dark (To the Beat of My Heart)”, con los cuales introdujo el mood de su presentación: su voz y una guitarra Gibson. A diferencia del disco que cuenta con una rica instrumentación y unos arreglos muy cuidados, Khouri apeló en este caso al poder de sus composiciones. Y es en este formato en el que es posible evaluar si las canciones y su voz pueden resistir un formato austero, desnudo. Ella lo logró, aun con el riesgo de sonar con muchos menos matices que en el disco.

En un gesto que nos sorprendió, le dedicó un tema a la fantástica cantautora mexicano-canadiense Lhasa de Sela, prematuramente fallecida a los 37 años el 1 de enero de 2010, “Take me to Where”, a la que siguieron “A New Dawn” y “Catapult”, antes de que invitara a Adrian Crowley para acompañarla en el teclado en los últimos tres temas: “You Got a Fire”, “Broken Star” y la sorpresiva versión de “Spirit Ditch”, original de la agrupación estadounidense Sparklehorse, liderada por otro malogrado cantante, Mark Linous, quien se suicidó en 2010. Nadine hizo esfuerzos para hacerse entender en español y lo logró. Fue despedida con respetuosos aplausos, aunque sin efusividad.

A los pocos minutos apareció de nuevo el maltés-irlandés Adrian Crowley. Una pequeña parte del público compuesta por algunas personas de la tercera edad que asistieron por curiosidad y que intuimos viven en las adyacencias del Centro Cultural, se retiró durante los primeros minutos. Las canciones de Crowley tienen ese efecto, o te enganchan, hipnotizan, te duelen y conmueven, o pueden espantar a los desprevenidos y a quien no esté dispuesto a entrar en el mood sosegado, triste, casi depresivo. Nosotros, amantes de la música y voces nocturnas de Bill Callahan (Smog), Michael Gira (Swans), Micah P. Hinson, Stuart Staples (Tindersticks), Johnny Cash, Leonard Cohen, Scott Walker y otros por el estilo, ver a Crowley a dos metros de distancia y sentir cada frase, cada arpegio con delay de su Gretsch, y la tonalidad grave de su voz fue un privilegio.

La presentación estuvo basada casi íntegramente, salvo por tres temas, en el reciente disco Dark Eyed Messenger (2017), octavo en su carrera que comenzó a finales de los 90. Los dos primeros (“The Wish” y la sorpresiva versión de “The Ocean” de Velvet Underground) los cantó acompañado del pequeño y milagroso teclado MD4000 Mini, versión moderna de dos históricos, el Mellotron y el Chamberlin. Rápidamente el auditorio entró en una especie de hipnosis. Siguió con “Juliet I´m in Flames”, un temazo del disco I See Three Birds Flying (2012).

Silver Birch Tree” es un tema lluvioso en el que empieza cantando “Yo decidí vivir el resto de mi vida como abedul plateado / Puedes venir a chequear mi progreso”, maravillosa metáfora sobre la metamorfosis que una persona puede llegar a experimentar. Crowley crea una ambientación envolvente con su guitarra Gretsch, muy en la línea de And Also The Trees. Uno de los momentos más impactantes fue cuando cantó acapella el poema del irlandés William Butler Yeats, “To an Isle in the Water”.

De su cuarto disco, Long Distance Swimmer, tocó el tema que le da título, una pieza que podría recordar a Tim Buckley, Nick Drake o Mark Eitzel. “Catherine in the Dunes” es otra pieza con un delicado trabajo de guitarra, vital para lograr la atmósfera envolvente. “Halfway to Andalucia” es uno de los temas más preciosistas. Crowley invitó entonces a Nadine para hacer los coros de “Valley of Tears”, uno de los momentos álgidos del concierto y entrada en el segmento final.

La confesional “And So Goes The Night” posee una melancolía implícita. Durante su performance, como ocurrió en otras anteriores, Crowley fija su mirada en el infinito, pero de repente pareciera querer hipnotizar a alguien. Es, por supuesto, la emocionalidad que destila mientras desgrana cada frase. Durante toda la presentación se dirigió escuetamente a la audiencia entre canciones, con dosificada simpatía, casi disculpándose por no hablar nada de español. Su última intervención fue para anunciar su “única canción feliz”, aprovechando para decir que estaba feliz de tocar para nosotros (también en Castellón,  Zaragoza y Ferrol).

Con un tenue loop a manera de caja rítmica, comenzó “Unhappy Seamstress”, que en efecto es la menos opresiva.

Adrian Crowley posee la habilidad de un encantador, su voz y sus historias ejercen un efecto emocional imposible de evadir. Es un cronista del alma humana y siempre se agradece que existan personajes como él.

Juan Carlos Ballesta (texto, fotos y videos)