Las genuinas melodías ultramarinas de Fetén Fetén (Madrid / Junio 16, 2018)

Las genuinas melodías ultramarinas de Fetén Fetén (Madrid / Junio 16, 2018)

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Fetén Fetén
Fetén Fetén
Café Berlín, Madrid
(Junio 16, 2018)

 

La música de raíz tradicional tiene en el dúo que conforman el violinista Diego Galaz y el acordeonista Jorge Arribas a uno de sus más genuinos, desenfadados y emotivos representantes. El término “hibridación musical” cobra especial relevancia con sus composiciones, teñidas de colores y pinceladas provenientes de varias regiones de América (Canadá, Estados Unidos, México, Chile, Perú, Argentina, Costa Rica…), el Magreb y por supuesto la península ibérica, por donde han viajado con su música en innumerables ocasiones. Por ello se confiesan amantes de las ya casi desaparecidas tiendas de ultramarinos, en la que se conseguían productos de todas partes del mundo. Tanguillos, milongas, rancheras, tarantelas, jotas, pasodobles, fandangos, muñeiras, música balcánica y más caben en su propuesta de ultramarinos, todo combinado con naturalidad y buen gusto, sin los excesos propios de muchas agrupaciones que se mueven dentro del crossover musical.

Su reciente disco, Melodías de ultramar –que tocaron al completo, 11 temas- fue la excusa perfecta para este encuentro maravilloso que sostuvieron con su público los dos músicos burgaleses junto a sus fantásticos invitados especiales: Martín Bruhn (percusión), Pablo Martín Jones (kalimba, darbuka, pandereta), Miguel Rodrigañez (contrabajo), Josete Ordóñez (guitarra), Osvi Grecco (guitarra), Jaime Muñoz (flauta), David “El Indio” (de Vetusta Morla) (percusión), Carmen París (voz) y Migueli (voz)

Arribas y Galaz, en un escenario lleno de vistosos paraguas, dieron inicio con “Los dos pichones”, composición de Nacho Mastretta (lamentablemente ausente), que une dos mares (Cantábrico y Mediterraneo) y un océano (Atlántico) con México. Siguieron con “Fandangos y Txalupas” en la que violín y acordeón hacen una gran simbiosis. De una de sus varias visitas a Nueva York surge “Little Italy”, una sensible tarantela tras de la cual el viaje prosiguió hacia Galicia. “Miña Terra no corazón” está inspirada en las agridulces despedidas de muchos gallegos hacia el “nuevo mundo” y en ella Galaz toca la zanfona, un instrumento medieval también conocido como vihuela de rueda que le otorgó a la pieza su carácter melancólico.

Para el próximo tema, “Milonga Fetén”, se incorporaron Bruhn, Jones, Grecco y Rodrigañez, quien se encargó de abrir el tema con un corto solo de contrabajo para que luego el desarrollo nos llevara a Argentina. El primer vistazo al disco Bailables (2014) fue “Jota Wasabi”, magnífico redimensionamiento del folklore de su tierra, Burgos, con el que pusieron al público a mover los brazos como si bailaran sentados. En él se incorporó el guitarrista Ordoñez y sirvió para que Pablo Martín hiciera una exquisita introducción con la kalimba. Javier Ruibal, quien escribió la letra de “Tanguillos Chicucos”, no pudo asistir y en su lugar fue invitado el extremeño Migueli López, quien lo hizo fenomenal y de paso irradió simpatía.

Los continuos viajes a Marruecos inspiraron “Pasodoble del Magreb”, una fusión entre uno de los ritmos favoritos del dúo, el pasodoble, con los timbres norafricanos, que permitió lucirse a Pablo Martín en el darbuka y a otro gran invitado, el flautista Jaime Muñoz de la agrupación La Musgaña, de la cual fueron una vez parte Galaz y Arribas. Los Fetén Fetén se quedaron solos para abordar “Canción para una ola”, de Bailables, en la que Arribas utiliza magistralmente un serrucho para crear sonoridades que a veces recuerdan al Theremin. Entre ambos recrearon evocadores sonidos marinos. Luego se adentraron en el momento curioso en el que tocan una serie de objetos de la vida cotidiana reconvertidos en instrumentos, algunos modificados por ellos mismos como la silla de camping y el palo del barredor que suena como un basuri. Galaz bromeó diciendo que las sartenes y cucharas son los verdaderos instrumentos “marca España” porque han sonado siempre. Es su acercamiento a Les Luthiers.

Otro de los ejemplos de esas melodías de ultramar fue “El Zapatones de Quebec”, surgida al ver a violinistas tradicionales en Montreal y otras ciudades de Quebec haciendo ritmos con sus zapatos de claqué que hacen bailar a todos.

Los constantes viajes a México arrojaron la pegadiza y festiva ranchera “La vieja emoción”, con letra del argentino Sebastián Schon y la impresionante voz de Carmen París, quien a pesar de perderse en medio de la interpretación demostró su gran oficio al reconectarse de manera natural y arrancar grandes aplausos. Luego se fueron un poco más al sur, a Costa Rica, país en el que conocieron a una pareja que los hizo tocar, bailar y cantar durante las fiestas de Santa Cruz durante las que sus calles se vuelven un jolgorio. De ahí salió “La Tomasita”.

Ya en la recta final tocaron “Camotero”, cuyo génesis y transformación pasa por varios países latinoamericanos. Dicen que es una chacarera con aires peruanos que luego tomó forma definitiva en México gracias al venezolano Augusto Bracho, y quizá por ello suene en realidad a una gaita de tambora del estado Zulia, al oeste de Venezuela. Para ella invitaron a David “El Indio” de Vetusta Morla. Al final bajaron para tocar y cantar mientras serpenteaban las mesitas del Café Berlín mientras la audiencia que colmó el recinto aplaudía con alegría y agradecimiento, sin dejar que terminaran de irse y por ello remataron todos juntos en tarima.

Galaz y Arribas son amenos, explican el origen de cada composición, son empáticos con el público y sus músicos. Todos son virtuosos, no solo por la calidad con la que ejecutan sus instrumentos, sino por la humildad con la que se presentan y actuan en tarima. Eso los agranda. Fue, sin duda, una noche inolvidable y una manera brillante de acercarnos a la música folclórica del mundo occidental.

Juan Carlos Ballesta @jcballesta