Michael Jackson (1958-2009): entre el cielo y el infierno

Michael Jackson (1958-2009): entre el cielo y el infierno

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Michael Jackson

Se cumplen diez años de la muerte de uno de los más grandes fenómenos de la cultura de masas. Su figura, para bien y para mal, sigue conmocionando al mundo. Su talento y éxito artístico contrasta con la convulsionada y cuestionada vida privada. Michael murió a los 50 años intoxicado por medicamentos, tras un largo e innegable proceso autodestructivo y tres semanas antes de las 50 fechas –todas agotadas- en el O2 Arena de Londres. La leyenda del bizarro Rey del Pop apenas comenzaba y con ella todo tipo de historias y denuncias.

Juan Carlos Ballesta

 

La mañana del jueves 26 de junio la recordada actriz norteamericana Farrah Fawcett –una de las Ángeles de Charlie originales- murió. Honduras sufría una convulsión política. Eso, muchos otros males que nos aquejaban e incluso noticias positivas, pasaron a segundo y tercer plano cuando a comienzos de la tarde fue anunciada la muerte de Michael Jackson.

De aquel día solo se recuerda lo ocurrido con el más talentoso y peculiar de la numerosa familia Jackson, de la cual era el octavo de diez hermanos. Los días siguientes no se habló de otra cosa y millones de personas vieron en directo la ceremonia fúnebre en la que participaron muchos artistas.

El deterioro físico y las denuncias

A pesar que en sus últimos años el deterioro físico era notable, pocos imaginaban que podía morir. Las figuras como él rara vez se asocian a la muerte. Había sido elevado al estatus de deidad, a la que muchos adoraban y perdonaban sus imperfecciones.

El se creyó ese rol y lo alimentó con acciones de gran egocentrismo, como en aquel show en los British Awards en febrero de 1996 en el personificaba a una especie de Jesucristo vestido de blanco rodeado de niños durante la canción “Earth Song”, justo cuando las acusaciones sobre abuso a menores habían salido a la luz. En aquella ceremonia, Jarvis Cocker (cantante de Pulp, una de las bandas más premiadas), en un arrebato de indignación, subió al escenario a impedir la presentación, que consideraba una afrenta.

Jackson en sí mismo fue una dicotomía. Por un lado está su innegable aporte a la cultura pop planetaria y por el otro sus miserias, explotadas sin misericordia ni escrúpulos por muchos que medraron a su alrededor, incluidos algunos medios que lo habían encumbrado. La fama pocas veces ha sido tan despiadada. Su dinero acalló a muchos, pero unos pocos se han atrevido, ya de adultos, a denunciar los abusos a los que fueron sometidos por Jackson cuando eran niños, mientras sus familias eran beneficiadas por su “benevolencia”, compradas, para ser más exactos. Muchas madres, se sabe ahora, hacían la vista gorda.

Michael, el esclavo de si mismo

Jackson fue esclavo de sí mismo, algo que probablemente nunca pudo evitar dada su continua exposición desde que era un niño explotado por su padre, el agente que manejó a los Jackson 5 con férrea y despiadada disciplina.

Michael fue un producto de la cultura de masas, el mayor de su tiempo, para bien o para mal. Aunque su popularidad como icono jamás decayó, nunca supo encajar la merma en las ventas de sus últimos discos. En realidad, el masivo éxito de Thriller (1982) fue contraproducente para el resto de su carrera, que se vio totalmente condicionada por el impacto de aquella obra producida por Quincy Jones.

Desde su irrupción con apenas cinco años la vida de Michael estuvo en el ojo del huracán. Sus dotes de niño prodigio eclipsaron al resto de sus hermanos en los Jackson 5. Las notables habilidades como bailarín, cuya inspiración principal provenía del gran James Brown, terminaron de modelarlo como artista integral.

A comienzos de los 80 surgieron las excentricidades -que se acentuaron con los años- y los extraños deseos de convertirse en otra persona. Quizá no todos reparaban en ello, pero en los tiempos de Thriller, ya su aspecto había comenzado a cambiar y sus extraños comportamientos y deseos afloraban. Su nariz más perfilada, su cabello más liso y su tenue cambio de color, dejaban traslucir sus problemas psicológicos. Años después se dijo que sufría de vitíligo, pero lo cierto es que nunca quedó claro si era consecuencia de sus operaciones “estéticas”.

Sus salidas públicas con mascarilla, guantes blancos, el mechón colgante y lentes oscuros sólo ayudaron a aumentar las especulaciones y a mantenerlo en una burbuja. Al tiempo que hizo de su vida un patrimonio público, mantuvo un aura de misterio hasta el mismo día de su muerte. Cualquier juicio además de innecesario, sería impreciso. Su obra e influencia quedan. Su imagen, la del niño con afro, la más genuina. Sus patologías, inocultables y dañinas.

El dicotómico legado

Arriba del escenario Michael era un gigante, fuera de él su fragilidad se potenciaba, apoyada en la voz aniñada y aspecto asexual. Fue, incuestionablemente, la más grande estrella pop de los años 80. En la década previa había deslumbrado junto a Jackson 5, con los que impuso un récord en 1970 al llegar al primer lugar de ventas con sus cuatro primeros discos sencillos.

A los 16 años ya tenía cuatro álbumes como solista, aunque no fue hasta el quinto Off The Wall (1979) -deslastrado del yugo paterno y fuera del sello Motown– que la carrera solista explotaría. Paradójicamente, durante los siguientes 30 años Jackson apenas editó cinco discos de nuevas canciones, comenzando un declive creativo y comercial imparable a partir de Bad (1987) que nunca pudo entender ni revertir.

Michael Jackson fue un fenómeno, en toda la dimensión de la palabra. Fue la encarnación de lo bueno y lo malo, de lo exitoso y lo errático, del cielo y del infierno.

Michael Jackson
Michael por Andy Warhol