La eufórica noche de Odetta Hartman en Madrid

La eufórica noche de Odetta Hartman en Madrid

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Odetta Hartman

Odetta Hartman

Sala 0, Madrid

(Febrero 9, 2019)

Hay muchas formas de abordar la tradición musical de un país. El tiempo y las muchas posibilidades que ofrece la tecnología han permitido construir discursos con raíz tradicional desde una perspectiva moderna y desprejuiciada.

Es lo que hace la cantautora neoyorquina Odetta Hartman, una revisión muy personal y particular de géneros de la música norteamericana como el bluegrass, el blues, el country y la canción folk desde un punto de vista poco ortodoxo, sumando influencias del rock californiano de los 60, bossanova, soul y jazz, todo ello filtrado a través de algunos recursos electrónicos, experimentación y un desparpajo notable. Su propuesta es calidoscópica, cada canción ofrece formas y colores imprevisibles. Puede sonar añeja (para lo cual ecualiza su micrófono para que el sonido sea vintage), o actual.

Hartman es, además, una gran comunicadora y una entusiasta de las historias cantadas. No se limita a tocar sus canciones, sino que transmite con gran naturalidad las historias detrás de cada una de ellas e interactúa con el público.

Lo primero que llamaba la atención al entrar a la Sala 0 era la disposición instrumental y los detalles escenográficos del escenario. De un lado la guitarra y un banjo con su cuerpo iluminado por una luz psicodélica. Del otro un set de mini batería y dos ordenadores. El paral del micrófono revestido con un espumillón, un jarrón con flores y alfombras de colores. Antes de comenzar el show ya intuíamos que íbamos a ver a una artista distinta. Quizá aún le falte por pulir unas cuantas cosas, pero el resultado es honesto y llamativo, una mezcla de Janis Joplin con Julia Holter y Cat Power.

El concierto se enmarcó dentro de la temporada de conciertos que celebra el décimo aniversario de SON Estrella Galicia, y a su vez el vigésimo de Houston Party.

A las 21:30, la protagonista apareció tocando el violín de entre el público caminando hacia el escenario con su aspecto en línea directa con Woodstock 1969, mientras se incorporaba Alex Freedom, quien se sentó frente a la curiosa mini batería, sus dos ordenadores y la percusión menor.

Odetta arrancó con su violín, el primer instrumento que aprendió a tocar cuando tenía cinco años. La pieza avanzó y se transformó en una casi irreconocible “Creektime” y Freedom fue mostrando de qué se trataba su tinglado: tambores procesados a través del ordenador, con lo cual lograba una paleta de sonidos muy diversa. La hora y veinte minutos sirvió para pasearse por el material de sus dos discos, 222 (2015) y el reciente Old Rockhounds Never Die (2018), del cual, luego de saludar con euforia y alabar a Madrid, tocó la corta canción “Old Rockhounds” y la mezcló con el desgarrado blues “Batonebo”, en la que hace alguna inflexión vocal a lo Bjork.

Siguió con “You You”, “una canción de amor”, según anunció y a la cual le hizo un simpático videoclip. Puso por primera vez al público a aplaudir. Aprovechó para introducir “Dr. Jekyll”, un tema nuevo de cierta aspereza que apenas había tocado un par de veces. Luego nos dijo que haríamos un viaje por la geografía de su país y tocó “Limoncello”. Aunque Hartman es de Nueva York, lo menos rural que hay en Estados Unidos, su música tiene más que ver con Nashville o Memphis, con todo el aroma de la Norteamérica profunda.

Con “Tap Tap” nos llevó a Nuevo México, con una primera parte en la que se convierte en una cronista contando una historia de amor/desamor detrás del mundo de las apuestas, con el sonido del banjo de fondo. Sin pausa continuó con la melancólica “Widow´s Peak”, tocando el violín sobre una pista de banjo. El corto tema instrumental “Dettifoss”, sirvió de puente para la intensa y psicodélica “Dreamcatchers”, que a su vez dio paso a “Misery”, que empieza y termina con Odetta simulando disparos con su banjo.

Anunció entonces, “Socks”, otra nueva canción, que dijo trataba de “las cosas simples”. Y fue totalmente cierto. Parte de su letra dice “soy feliz cuando estás feliz”.

Una canción delicada y bucólica como “The Ocean” la transformó en una más movida, por eso dijo a todos que la podían bailar. Recordó a su admirado Alan Lomax, quien recorrió Estados Unidos grabando música para evitar que se olvidara. Su legado es inmenso y por ello muchos agradecemos esa gran tarea, y ella en especial que hizo una tesis sobre esa labor. Hartman estuvo muy emocionada toda la noche y dijo que tocarían entonces una antigua canción divertida de cuándo ponían a presos a construir las vías del tren y que necesitaba que todo el público hiciera el coro “shakalaka laka laka…uhhh”. Todos la siguieron y el resultado, ciertamente, fue divertido.

Luego abordó “Sweet Teeth”, otro tema de aroma nostálgico. La maravillosa “Cowboy Song”, inspirada en el largo viaje de San Francisco a Chicago, sirvió para que anunciara el resto de ciudades que aún le faltaba por visitar, empezando por Barcelona al día siguiente. En su desarrollo incluyó pequeños extractos de “Hound Dog” (Elvis Presley), “Rehab” (Amy Whinehouse) y “Don’t Let Me Down” (The Beatles), recibiendo muchos aplausos.

Terminaron versionando “I Ain’t Got No Home/Old Man Trump”, que Woody Guthrie dedicó en los años 50 al padre de Donald Trump.

Pocas veces puede uno asistir a un concierto en el que una artista se haya mostrado tan eufórica y agradecida como Odetta en esta noche madrileña. Su propuesta y su modo de ser, sin duda, enganchan. Gracias a Houston Party y Son Estrella Galicia por hacerlo realidad.

Juan Carlos Ballesta 

Fotos: Óscar Ribas Torres