Peter Gabriel: 40 años rasgando historias con inteligente ironía

Peter Gabriel: 40 años rasgando historias con inteligente ironía

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Peter Gabriel

Peter Gabriel

Peter Gabriel (2)

Charisma/Atlantic. 1978. Inglaterra

 

Las alianzas entre Robert Fripp y Peter Gabriel siempre han resultado provocadoras. Así es el segundo álbum epónimo del genial poliglota musical desertor de Genesis. Aunque no con la misma solidez de su primer trabajo, este segundo conocido por muchos como Scratch, revela tras la imagen de un Gabriel que desgarra en el espacio con cierto misterio –obra de Hipgnosis– una colección de temas que se ha ido convirtiendo en una especie de gema enterrada. El tiempo ha ayudado a descifrarlo, para dejarnos con una música reflejo de un incipiente estilo con el que se alejaba de la agrupación que apenas había dejado tres años atrás.

Peter Gabriel 2 representa un giro considerable que puede apreciarse en interesantes temas como “Exposure” con su cíclica melodía y un Gabriel de voz profunda que viaja sobre la tétrica textura del Frippertronics del productor, una suerte de “loop” que sigue siendo una de las más distintivas voces del progrock. En esta aventura Peter es acompañado por Tony Levin (bajo), Jerry Marotta (batería), Larry Fast (sintetizadores, tratamientos) y Roy Bittan (teclados), con un grupo de músicos adicionales muy respetados para la época como el teclista Bayete, el guitarrista Sid Minis y el saxofonista Tim Capello, cuyo solo podemos apreciar en “Perspective”, una composición donde Gabriel nos insiste en su necesidad de un ángulo diverso. Si algo caracteriza a este segundo álbum como solista, es precisamente su diversidad musical. Temas que evocan de algún modo al John Lennon de Imagine con obras más arriesgadas como el enérgico inicio “On The Air”, “D.I.Y” y “White Shadow”, que insinúan lo que más tarde sería una impronta del compositor inglés.

Otro tema que bien pudiera escurrirse en una antología del arcángel es “Mother of Violence”. Gabriel compuso esta pieza junto a su entonces esposa Jill. En ella nos canta “Caminando las calles con sus pies descalzos, llena de ritmo pero sin encontrar el pulso, chasqueando sus talones y clicando sus dedos, todos saben a donde va…”.  Al final Fripp irrumpe una vez más con su patentado efecto. Este tema es seguido contrastantemente por “A Wonderful Day in a One-Way World”, en el cual Gabriel expresa con pinceladas reggae vestigios de aquella banda tan añorada por todos.

La balada “Indigo” es el tema más intimista del álbum. Gabriel al piano solo nos acerca con relativa diversión. A él se le unen guitarra, bajo y batería con pulsado acento. Es entonces cuando Gabriel une esta pieza a su “Animal Magic”, de notoria dinámica y con un piano a lo honky-tonk que se deslinda en estilo de su anterior. En “Flotsam, Jetsam” reaparece ese dejo de Lennon que comentaba al inicio.

Home Sweet Home” cierra el set con un cierto aroma country. Gabriel es particularmente irónico en la letra “Conocí a esta chica llamada Josephine y la monté en mi máquina, nos divertimos un poco y ahora tenemos a un pequeño, tuve que casarme, ser perseguido y expulsado del pueblo, nos encontramos un lugar para vivir, pusimos todo nuestro dinero”.  Solo les puedo decir que la historia no termina bien.

Gabriel, en su buen intento por encontrar una identidad que le deslastrara de Genesis, nos ofreció este buen trabajo, menos exitoso que el primero pero igualmente interesante, sabiamente estructurado, donde lo simple y experimental se unen con gran inteligencia. Este Gabriel tiene en ocasiones rasgos de Elton John y John Lennon, y discúlpenme acá los inquebrantables fans del progrock, pero esos dos son al igual que Peter Dioses del Olimpo musical.

Scratch fluye y se le disfruta de principio a fin y es sin duda un eslabón esencial en la primera etapa de la carrera solista del eximio músico. Este segundo escalón fue la infusión de retos mayores en los que Gabriel fue añadiendo elementos cada vez más exóticos pero siempre con planteamientos estéticos interesantes y lejos de pretensiones, que en ocasiones tenían los colores de Chagal y a veces las excentricidades de Dalí pero siempre lejos de abusos.

Leonardo Bigott