Sofía Viola: Una cantautora de espíritu libre

Sofía Viola: Una cantautora de espíritu libre

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Sofía Viola

Es argentina de nacimiento, pero errante por voluntad. Es una ciudadana latinoamericana. Desde que decidió dedicarse a cantar, también tomó la determinación de cargar su mochila y su guitarra a donde sus ganas de conocer la llevaran. Así, recorrió varios países de Suramérica: Chile, Bolivia, Perú, Colombia, Uruguay, Paraguay…para más adelante llegar hasta México, una plaza muy interesante para una cantautora como ella, dueña de una voz poderos. Ahora aterriza en España con su cuarto disco en esa mochila. La huella en el cemento representa un gran crecimiento en su carrera, que a los 29 años ya parece larga.

Juan Carlos Ballesta (Texto y fotos)

 

Hay en Sofía Viola una mezcla de altruismo, espíritu hippie y deseos de trascender sin sacrificar su libertad. Para ella el tiempo es un aliado, pero también un enemigo. A sus 29 años tiene cuatro discos, y un recorrido envidiable durante el cual ha tocado en todo tipo de escenarios, desde pequeños bares de pueblo ante pocos espectadores, hasta festivales masivos. Su padre, el trompetista Horacio “Pollo” Viola, es sin duda un ejemplo y un mentor, pero sus referencias orbitan en su entorno: tango, milonga, folklore andino, candombe, chacareras…

Con su nuevo álbum, La huella en el cemento, producido por Ezequiel Borra como el anterior, ha dado un paso importante al tocar con una banda (en la que participa su padre) y grabar de manera más profesional. El proceso de promoción la ha acercado, gracias a la promotora Charco Música, por segunda vez a España para presentarse (sin banda) en varias ciudades, incluyendo una muy interesante oportunidad como telonera de Mon Laferte este jueves 8 de noviembre.

Una mañana de tregua climatológica en Madrid, conversamos con ella. Sofía es conversadora. Tiene mucho que contar.

Sofía Viola Sofía ViolaEse espíritu itinerante que has tenido es como la de los trovadores o juglares medievales que iban cantando de pueblo en pueblo para dar a conocer su música e incluso lo que pasaba en los lugares por donde ya había estado.

(Risas) Así es. Voy bordando mi camino en los trenes, en los aviones, y mientras tanto voy componiendo. De hecho me hace ser mucho más activa que si me quedara en un lugar.

Cada lugar que visitas y el camino enriquece tus canciones

Me voy nutriendo todos los días. Uno va cantando y vas conociendo gente, generando lazos, van pasando muchas cosas. Algunas veces conozco poetas y otros músicos. Sin ir muy lejos aquí en España me ha pasado lo mismo, con el cantautor Muerdo, quien a su vez me presentó a un amigo poeta. A los 18 años me fui con unos amigos y terminé yo sola.

¿A dónde te fuiste primero?

Primero estuve con mis amigos en Uruguay y después me fui a la provincia de Córdoba, que es una región encantadora en Argentina. Ahí fue que me sentí fuerte por primera vez con mis canciones, sentí que podía salir a defenderlas yo sola, sin cómplices. Después de eso me puse inevitablemente a vagar y luego me establecí en Buenos Aires donde estuve tocando por dos años todos los domingos en un local donde pasaba mucha gente, así que era como seguir viajando.

¿Que otros países siguieron en tu periplo?

Un día de repente me dio una inquietud y me fui sola con mi instrumento a Bolivia y a Perú. Necesitaba el anonimato, llegar a un lugar y que nadie me estuviera esperando. En realidad no sabía que iba a hacer ni a donde iría.

¿Y cuál era el método para dar a conocer tu música?

Me iba a un hotel baratito, o a casa de alguien. Me tomaba mi cafecito, mi juguito y me quedaba mirando lo que ocurría, me ponía a escribir o a dibujar. Sentada en una plaza o donde fuera me ponía a tocar para mí y siempre se me acercaba alguien. Me encanta eso. Pero el tiempo le ha pasado factura a mi espalda porque siempre he estado cargando una maleta, la guitarra, el ronroco…

Sofía Viola¿Cuándo dejaste de llevar esa vida?

Un día apareció alguien que me dijo ‘cuando te bajes de la palmera yo te voy a ayudar’. Apareció en el lugar donde toqué durante dos años, él organizaba la peña de un circuito de tango. El lugar se llamaba La Catedral del Tango, que es un sitio histórico y muy turístico. Va todo el mundo porque es rarísimo, tiene un piso arriba lleno de chatarra, la ambientación es como sucia, todo está como mal pero es encantador (risas). Estaban ahí los personajes de la noche y yo me iba con mi cuaderno y me ponía a escribir, me tomaba una botella de vino completa y me regresaba a mi casa borracha. Por suerte, las cosas han cambiado bastante.

¿En qué año comienzas a adaptarte a la dinámica de la industria musical?

Hará unos siete años. Yo era de las que dos meses de planificación le parecía mucho y ponía el grito en el cielo, creía que me quitaban mi libertad. No es que no pudiera vivir de la música como lo hacía, pero para lograr otras cosas si cambié. Nunca hice concesiones.

¿Cuándo decidiste dedicarte a la música en serio y que factores influyeron?

A los 16 años comencé a tocar en público, en un show de variedades. Siempre estuve en contacto con el mundo artístico, mi padre es trompetista. A las seis de la mañana me despertaba ensayando. Él ha sido como una especie de guía espiritual para mí, orientándome y animándome con frases como ‘hey, tienes que tocar tango’, “hey, tienes que componer canciones’…Mi padre toca hoy día en mi banda, también en la Banda Municipal y cuando era niña en la Banda de la Policía Federal. Tengo un hermano que es tenor dramático y vive hace 20 años en Italia. Mi tío, Omar Viola era el que dirigía el movimiento paracultural de los 80, un personaje legendario del underground. Mi tío luego dejó el rock y se fue al tango y me daba chance de tocar desde muy chica. Yo me vestía de payasa pero sin nariz, con un traje negro, con alas negras y el maquillaje corrido. Me llamaba “curda” porque la primera vez que salí a cantar estaba completamente borracha y no me acordaba de las canciones (risas). Desde aquel inicio en 2006 he tocado en cantinitas para dos personas y en festivales de varios miles.

¿Quién te convenció por primera vez a meterte un estudio?

El primer disco que grabé no fue en un estudio, fue en una casa ecológica en el pueblo hippie de San Marco Sierra en Córdoba, en la casa de un periodista-arquitecto-ecologista que casi me adoptó. Un día me dijo ‘¡vos no tenés disco, no puede ser!’ y le alquiló una casita que tenía detrás a un amigo que fue con todo el equipamiento, un estudio móvil. Y ahí grabamos el disco. El segundo también lo hice en casa de unos amigos con un estudio móvil. Para el tercero, Júbilo, cambiamos un poco la modalidad porque ya tenía un productor que se llama Ezequiel Borra, con quien sigo trabajando. El también es cantautor, nos conocimos y quedé alucinada con su música y él con la mía. Y ahí ya empecé a aprender de un montón de cosas de las que no tenía absoluta idea y salió Júbilo. El año pasado hicimos un EP de tangos con un trío de guitarras. Eso incluyó a un profesor de guitarra que me había dado clases hacía mil años. Se hicieron unos arreglos muy buenos de esos tanguitos que estaban dando vueltas por el cosmos y se materializaron en este disco que se llama Aminó y que está solo en internet. Hasta que llegamos al actual La huella en el cemento.

¿Qué tanto cambiaron las cosas con este nuevo disco?

Mucho porque yo nunca había tenido una banda que no fuera de ocasión. He tenido muchas bandas de ocasión, de esas que se arman según sea el lugar y el tipo de show. Se fue construyendo hasta que llegó el elenco estable y ahí hay piano, que lo toca un compinche de mi padre, está Ezequiel Borra y dos de los músicos de su banda, el bajista y el baterista. Entonces son como dos núcleos que se juntaron conmigo y generamos una sola cosa llamada El Combo Ají. En Argentina estamos tocando, pero a España he venido sola porque es muy costoso mover a toda la banda. Además, tengo un señor de 60 años que no quiere viajar, se niega (risas). Estoy muy contenta, pero sale muy caro porque tengo que pagarle el sueldo a cada uno y tengo que trabajar más (más risas).

Seguramente la conformación de una banda estable se ha reflejado en un sonido más robusto y en una escena más trabajada

También se ha reflejado en el repertorio. Para La huella en el cemento yo no impuse nada, todo fue natural. Teníamos unas canciones que habían quedado fuera de otros discos y de a poco fuimos armando el repertorio. Yo quería grabar todos juntos, no deseaba esos discos fragmentados en los que todo se graba separado. Se capta mejor la esencia.

Es claro que en el mundo de los cantautores se captura mejor la idea de canción de esa manera.

Hay un grupo de unos amigos llamado Los Espíritus (que tocó en el ciclo Sound Isidro 2018) que trabajan de manera muy efectiva porque Maxi Prieto es un genio creador que mientras está grabando también está mezclando y cuando finaliza la semana ya terminó. Lo que sucede en mi caso es que se dilatan los procesos y eso me desespera.

¿Has tocado antes en España?

Si, estuve en 2013 en el Festival Pirineos Sur y aproveché para hacer unas tocatas en varios sitios. Estuve dando vueltas por España y también fui a Berlín. Pero no hice lo que ahora con este disco, promocionarlo y eso ha traído cosas gratas porque en una feria en Guadalajara, México, apareció un sello interesado en mis discos y me propuso un compilado. Pero yo les dije que tenía el nuevo disco caliente, recién salido del horno.

En este viaje de 20 días toque en Huesca en Periferias, en Zaragoza, en Lleida, en Prat de Llobregat, en la casa de Pedro Pastor en Madrid. Siento que aquí, al igual que en Chile, la canción de autor tiene otro lugar. En Argentina lo que sucedió es que incidió mucho el rock, el folclore y el tango y veo que mis colegas están influenciados por eso mismo. Por eso me etiquetan diferente.

En Argentina ha habido auténticos poetas ligados al rock como Spinetta

Spinetta es una cosa única. No hay otro Spinetta ni quien se le parezca. Todos son hijitos de él. Uno que marcó mucho fue Fito Páez pero nunca lo soporté, no lo puedo escuchar, me hace mal. Charly Garcia es un monstruo, es de los primeros que escuché. Lo que sentí en Chile con la canción de autor es que aunque está influida por el rock de mi país y el suyo, tienen una identidad muy marcada, con mucha incidencia de la Cordillera de Los Andes. Chile tuvo mucho mas recepción con los ritmos latinos que Argentina, solo en los barrios más pobres se oía la cumbia. Ahora con la llegada de muchos venezolanos la música comienza a enriquecerse y de pronto ves a muchos colegas tocando cuatro y maracas.

Una cosa importante en este proceso de promoción es abrir el concierto de Mon Laferte.

¡Sí! Yo la amo a ella. Tuve la suerte de conocerla y compartir con ella en México. Ella pintando, yo bordando. De repente las dos cantoras hablando de la vida, de la creación, del amor, de todo…y sentí de ella una gran inspiración, sobre todo porque siendo una estrella en los momentos en que no está dedicada a las giras y grabaciones, sigue creando haciendo otras cosas. Ella disfruta. No tiene techo todavía. Es un camino de mucha paciencia y mucha confianza.

Es muy importante la constancia, el trabajo sin pausa.

Es uno de mis lemas: la constancia. Yo tengo la ventaja que no suelo esperar nada de nadie. Y como no espero, no me decepciono. Es como una defensa. Llego a un lugar y prefiero no imaginarme como va a ser, si va a venir gente a verme o no. El otro día en Mar del Plata, antes de tocar, se me acerca uno de los músicos y me dice ‘me dice el productor que parece que está muy floja la entrada’. De inmediato le dije ‘vos no volver a mencionar algo así en un camerino nunca más en tu vida, a mi no me importa si hay dos personas porque le voy a cantar para dos o para mil’. Y me ha pasado y lo he disfrutado. No me pongo tan contenta cuando pasan cosas grandiosas ni al revés. Así me ahorro un montón de pastillas antidepresivas (risas).

¿Qué artistas han sido para ti esenciales?

Violeta Parra ha sido fundamental. También Chango Rodríguez, un compositor argentino muy desconocido. Tiene una canción llamada “Luna cautiva” que compuso en la cárcel, donde estuvo preso por matar a un hombre. Allí compuso sus mejores canciones. Tengo un recuerdo vago de haber escuchado mucho a Chavela Vargas. También se me cruzaron Los Panchos y Paquita la del Barrio. Siempre he escuchado mucha música antigua. Por ejemplo a mí me gustaba Little Richard y mi hermano era fanático de Chuck Berry. Nos pegábamos una batida escuchando rocanrol clásico. Celia Cruz también ha sido para mí un referente de voz. Mi mamá la ama ciegamente, no le importo nunca nada de su ideología. En la casa siempre se escuchó Chet Baker y Billy Holiday.

¿Y entre los más recientes?

Me gustan Edson Velandia de Colombia, Teto Campos que es un maestro para mí, una colega chilena que es mí preferida, Evelyn Cornejo. Ella para mi representa el compromiso, la simpleza en la vida, sale a tocar sin divismos pudiéndolos tener. También el chileno Tata Barahona y Los Espíritus que se juega siempre con nuevas cosas.

Sofía Viola

Has viajado mucho por Latinoamérica y España. ¿A dónde más te gustaría ir con tu música?

Tenía como sueño ir a México y ya lo cumplí. Tardé diez años pero llegué y me quedé dos meses y medio. Lo puedo tachar de mi lista de sueños. Ahora estoy por hacer un concierto en Temuco, que es la tierra de mi bisabuela y mi abuelo. También en Concepción, que es donde nació mi madre. Esos dos ya pronto los cumpliré. Me encantaría ir a Italia. Siempre escuché mucho a Mina, otro de mis referentes. Tiene una voz increíble. Hacer una buena gira por Italia es algo pendiente. Además venimos de allá, mi apellido es italiano, gritamos mucho, comemos pasta (risas). Quiero ir a Japón. En realidad mi delirio es ir a todos lados. El mundo es enorme, pero a la vez muy pequeño.

¿Cuál es tu centro de operaciones actualmente?

Estoy entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Me muevo de uno a otro. En Chile tengo una banda con dos chicas que se llama Ikanusi, un término indígena que significa la fuerza oscura o el demonio en la sierra. Ahora están difíciles las cosas en Argentina, me cuesta ahorrar, no puedo invertir en mi proyecto, todo está muy caro.

¿Cómo te definirías?

Soy una itinerante que voy llevando conmigo la música de todas partes. Canto rancheras, cuecas chilenas, ritmos bolivianos, vals peruano, un tango, una chacarera, una cumbia y me encanta. Estando aquí en España me siento representante de todo el continente. Ya no soy más argentina, soy latinoamericana.