Father of the Bride: el regreso triunfal de Vampire Weekend

Father of the Bride: el regreso triunfal de Vampire Weekend

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Mejores discos de 2019

Vampire Weekend
Father of the Bride
Sony Music. 2019. EE UU

A más de media década de su anterior trabajo uno podría haberse olvidado de Vampire Weekend y decretar el fin de su “fase imperial” (entiéndase la apoteosis creativa y comercial de un artista, según ocurrencia del “Pet Shop Boy” Neil Tennant).

Sin embargo, la banda de Ezra Koenig y sus ex-condiscípulos de la Universidad de Columbia (Chris Baio, Chris Tomson y Rostam Batmanglij -que ya se marchó) parece haber forjado un pacto perfecto con el tiempo, en el que el espacio entre años sirvió como amortiguador de las expectativas castrantes y dañinas que pudieran haberse generado tras ese gran momento de consumación que fue su Modern Vampire of the City (2013); un discazo sí, de emociones y estilo definitivos, sólidamente forjado, y precisamente por eso con el peligroso potencial de ser consagrado como obra maestra y por lo tanto de oscurecer cualquier cosa que hubiesen sacado demasiado pronto.

El terreno conocido pero diferente de Father of the Bride

Así, alejados del fulgor engañoso de aquella gloria y habiendo renovado vivencias personales la banda ha regresado, protagonizando con Father of the Bride un retorno lleno de frescura, desenfado y alegría arropada de melancolía -una de sus especialidades.

Se trata de un trabajo empapado con la ilusión de promesas musicales, una colección de temas con sabores y texturas diversos que, contemplados en su totalidad, se sienten como el anuncio de un nuevo capítulo, a pesar de la familiaridad que inevitablemente nos evocan ya algunos aspectos de su música (pensemos en ese efecto de coros electro-celestiales), que nos suena a soundtrack de cuento de hadas de la era digital, consolidados en aquel tercer disco ya mencionado y que acá se asoman profusamente en no pocos de los momentos de estos 18 temas.

Ya hemos estado ahí, sí, y reconocemos esos trazos, pero lejos de pintar las mismas contemplaciones, la banda dibuja un paisaje más terrenal y mundano, con la cualidad tangible de la vida.

La inspiración afropop de Vampire Weekend

No es una sorpresa total; quienes desde siempre hemos sentido una gratitud inconmensurable hacia la banda conocemos bien la historia: El proyecto nació en 2006 como una especie de curiosidad casi producto del ocio, con una pequeña excentricidad como premisa: hacer colisionar con el efecto de un destellante y entretenido juego pirotécnico la elegancia reservada de la música de cámara de Bach y sus contemporáneos barrocos y la chispa festiva y rítmica de gente como Brenda Frassie, Thomas Mapfuno y demás artistas metidos en el arbitrario abanico musical del afropop (pop distintivamente curtido en África, de la región que fuese y como sonase).

Sosiego formal y diversión; nada malo. Ideal para pasar un rato despreocupado… o eso pensaría uno, pero el que haya tenido la fortuna de toparse con la delicada y arremolinada exaltación de los violines y el chelo de alguna versión desenchufada de “M79” o de reír para sus adentros al enfrentarte a la vaporosa y perspicaz ironía de “Cape Cod Kwassa Kwassa” -con sus referencias a Louis Vuitton, el reggaetón y Peter Gabriel- tendrá clara la descomunal ambición encerrada en esta música aparentemente amable, ambición que en tan solo tres álbumes le otorgó a Vampire Weekend el peligroso honor de ser, de un modo sobreentendido, el acto más referencial de la música indie de la segunda década del nuevo milenio y -lo más curioso y paradójico de esto- sin sonar a nada que estuviese haciendo nadie más.

El desconcertante silencio de Vampire Weekend

Pero entonces, cuando parecía que se hacían más grandes que todo, en aquellos días electrizantes en que Modern Vampires se coló en casi todas las listas de “Best of the Year” del año, la banda se refugió en el silencio y el descanso, y simplemente le puso un alto repentino al asunto. Decir que desaparecieron sería dramático, lo que no hizo menos preocupante el hecho de que no sacaron música nueva por un buen rato.

El tiempo de vida de algunas bandas puede ser deprimentemente corto si se mira al pasado inmediato. Historias como la de The Strokes, por ejemplo, condenados por ellos mismos a ser la gran “banda clásica” de los 2000 -así como Foo Fighters lo es de los 90- resultan básicamente dolorosas, y ya son viejos y lejanos los días en que The Shins fueron declarados piedra angular del indie por boca de Natalie Portman en Garden State, aquella película proto-hipster dirigida por Zack Brack hace ya quince años y que de alguna manera trazó o “denunció”, para bien o para mal, varias de las tendencias sociales e ideológicas que definirían el espíritu de lo que va de milenio. Después de un triada de discos gloriosos el proyecto de James Mercer se estableció como un ensamble con mortífero sabor a bostezo.

El gran retorno, ahora como trío

Quién sabe entonces cuál temor era mayor: el miedo a aceptar que Vampire Weekend se hubiese desentendido de su misión, indiferente a sí misma o, peor aún, descubrirla, en el marco de un eventual regreso, víctima del “síndrome Coldplay” -sonando inocuos y trillados, predispuestos hacia su lado menos riesgoso de modo incurable.

Puede suceder que una banda se malinterprete a sí misma, sobre todo si tiene un talento nato para el hechizo melódico y se la tilda de “inspiradora”, y crea que lo suyo va de ser soleados o edificantes. No ayudaba en nada saber que Batmanglij, a quien se le sospecha en gran medida la juguetona debilidad por el minimalismo “academicista” que tanto ha definido la identidad de la banda, decidiera seguir el sonido de su tambor personal y los abandonara.

Y ¿A quién engañamos? La primera escucha de “Harmony Hall”, el single que rompió el silencio de seis años y que anunció la inminente llegada del nuevo álbum, sonaba, así de refilón, un poco exageradamente feliz, al menos en lo musical.

Pero entrarle a la banda en la calle, en algún carro/coche/auto o local, o en cualquier espacio físico que no sea sumergido en unos audífonos con reducción de sonido y dispuesto uno a la más absoluta contemplación musical es un acto de mala intención injustificable.

Vampire Weekend siempre ha seducido mediante el recato en el detalle, forzándonos, o más bien invitándonos a descubrirla en cada pequeño encuentro con su música -porque nunca vas a escuchar uno de sus temas sólo una vez- y no pasa mucho tiempo para que nos entreguemos y dejemos  agasajar por la particular ofrenda imaginativa de la banda.

Al final todo está ahí, en ese mismísimo primer avance musical: lo delicadamente melódico, pero con ímpetu; las escaladas “clásicas”, la luminosidad de sus acordes agridulces y, por supuesto, esa poesía de la resignación, que es esperanza y desencanto por partes iguales, rematada por la confesión de Koenig al final de cada estrofa: “I don´t  wanna live like this, but I don´t wanna die” (No quiero vivir así, pero no quiero morir). Deliciosamente suplicante.

Pero es “Hold You Now”, el tema que abre el álbum, el que realmente derriba nuestras murallas de escepticismo. Es imposible describir, sin escucharlo, todo lo que está en marcha en este pequeño y en apariencia sencillo pedazo de música: el modo cómo las voces de Koenig y Danielle Haim -invitada de excepción en tres temas del disco- parecen casi cantarnos al borde de nuestro umbral auditivo más íntimo, como si pudieras sentir sus alientos dentro de tu cabeza; la hermosa irrupción del sample de La delgada línea roja (1998) -aquella irregular pero abrumadora elegía sobre la guerra que le debemos a Terrence Malick-, uno de los fragmentos de música más entrañables y atípicos que se le hayan ocurrido a Hans Zimmer, dejándonos ver en cada intervención que se trata de un fragmento grabado, distanciado física -más no emocionalmente- de aquellos que cantan, todo esto fraguando un pequeño poema con pequeñas pizcas de desasosiego y esperanza que nos hablan de un futuro que quizás, sólo quizás, valga la pena.

Y cuando al final Haim canta “This ain’t the end of nothing much, it’s just another round, I can’t carry you forever, but I can hold you now” (Este no es el fin de nada, se trata sólo de otra ronda, no puedo cargarte por siempre, pero puedo sostenerte ahora) hemos sido arrasados, succionados completamente hacia la belleza desnuda de esta confesión.

Algunos podrían estar tentados a sentir -frente a temas como este o “My Mistake”, en donde un inconsolable Koenig reflexiona con un aire de resignación sobre lo inapelable del pasado, evocando bares de jazz solitarios y vaporosos, escondidos en las calles oscuras y lluviosas de alguna ciudad anónima, que Father of the Bride es la secuela anímica y sonora de Modern Vampires, pero acá el nihilismo absoluto de aquel trabajo ha cedido el espacio a un espíritu de aventura que se abraza más cabalmente a Contra (2010), el segundo álbum de la banda -y posiblemente su momento más inspirado y juvenilmente perfecto- lo cual no quiere decir que este trabajo no esté repleto de pequeñas e incontables delicias propias.

Aclaremos de una vez por todas que acá no vamos a encontrar algo tan travieso y alegremente meticuloso como el gracioso loop imaginado por Batmanglij para “White Sky” (Paul Simon reeditado para la era de la súper saturación de la información), ni nada que se acerque el irresistible e hipnótico dancehall infantil y alienígena de “Diplomat’s Son”, pero hay suficiente gracia y ánimo de juego en este trabajo como para no sentir que nos estamos perdiendo de algo. Como muestra un botón: “Bambina” nos remite a los comienzos de la banda y al ánimo casi festivo, minimalista y despejado de sus primeros trabajos, con un pulso persistente -y hasta ansioso- que casi nos hace querer bailar a pesar de la añoranza que se esconde en sus ocurrentes acordes.

En la insual “Sunflower”, una atípica incursión en el soul-psicodélico y el funk, descubrimos a la banda jugando nuevos juegos -voces haciendo scatting al unísono con un arpegio que es puro clasicismo y todo con los músicos en modo jamming– sin dejar nunca de ser quienes son.

Vampire Weekend tiene un talento singular y raro de encontrar, una capacidad para tomar todo lo que encuentran a su paso y hacerlo inexorablemente suyo, escapando siempre a ese indulgente y artificial exotismo que generalmente acompaña las fusiones musicales de músicos menos idiosincráticos; sólo en “Stranger” se sienten un poco titubeantes, saturados por indulgentes coqueteos de rumba flamenca que no son particularmente cautivantes; el tema más forzado del paquete.

Pero este es un trabajo decidido a hacer a un lado el legado conceptual de Modern Vampires, para funcionar más como lo que fue el Out of Time (1991) de R.E.M. -por tener una referencia: un “álbum de sencillos”, compuesto y pensado como colección de muchas buenas canciones, por lo que, cuando fallan, el discurrir de los temas libra a la música de cualquier daño colateral ocasional. Así, si se sienten momentos bajos, “Rich Man”, nos eleva y entretiene con divertidos juegos de palabras -“When I was young, I was told I’d find one rich man in ten has a satisfied mind/And I’m the one” (Cuando era joven, me dijeron que encontraría que uno de cada diez hombres ricos tiene una mente satisfecha, y ese soy yo) usando como telón armónico una ingeniosa reintepretación de la guitarra del “Please Go Easy on Me”, del legendario sierraleonés Sooliman Ernest Rogers («Rogie»), y de este modo, casi sin que nos percatemos, nos recuerdan que la fortuna es elusiva y la felicidad una especie de sugerencia ingenua.

El punto culminante de esta demostración de extrema y hábil artesanía pop es “This Life” (escrito por Koenig junto a iLoveMakonnen y el habilidoso Mark Ronson), lanzado apropiadamente como tercer sencillo y una de las piezas más absolutamente redondas ensamblada por la banda.

En tanto a canción como tal, el tema es una unidad compacta y sin fisuras envuelta en una armonías luminosas, letra ingeniosa, traviesos y cálidos detalles instrumentales y un built-up sutil y de bajo perfil que le da un sabor exquisito de fragilidad al tema. La pieza despega con una guitarra de brillos playeros que de inmediato se redimensionan en la melancolía de un Ezra cantando “Baby, I know pain is as natural as the rain, I just thought it didn’t rain in California” (Nena, sé que el dolor es tan natural como la lluvia, sólo que pensé que no llovía en California), saludando así a Albert Hammond  y su «It Never Rains in Southern California» (1972) y al mismo tiempo estableciendo el ánimo de una canción que resulta notoriamente contagiosa para ser un himno de desilusión.

A ratos, el piano del tema parece tomar prestado el sonido de ese jazz fusión formalmente elegante y de estética conservadora patentado por Dave Grusin en los buenos tiempos del sello GRP -incluso en presentaciones de la gira de Father of The Bride, Vampire Weekend “cita” al “Mountain Dance” de Grusin en algún pasaje instrumental- pero si bien Koenig ha declarado que no le asusta la perspectiva de hacerse adulto contemporáneo, acá el resultado es de absoluta frescura y lucidez melódica.

La banda nunca se había acercado de este modo al terreno de los “grandes hits” o los temas para estadios, y no se dice esto en modo peyorativo alguno, pero aún así, los placeres más perdurable de este largo compendio de temas descansan en sus momentos más modestos, como “Big Blue”, una pequeña plegaria sobre dependencia y gratitud, expresadas en la devoción ambigua a una idea de refugio pasado -que puede referirse a una persona, una gran ballena azul o al mismísimo océano- y que discurre desde un intro minimalista de etéreos arpegios electrónicos hasta un éxtasis de conmovedora melancolía coral y celestial, con las guitarras deslizándose acá y allá al final de cada acorde como un eco del vaivén marítimo; dos cortos pero inolvidables minutos.

En formato y extensión similares “2021” suspira por el paso del tiempo, usando como base una dulce melodía compuesta por el multi-estilista japonés Haruomi Hosono -imaginada para ser el soundtrack de fondo, allá en los años 80, de las tiendas Muji, la famosa cadena japonesa promotora del minimalismo y la filosofía del no-logo- y que suena como una canción de cuna para el siglo de la automatización y los servicios; una pieza simpática y juguetona que nos invita a brazos abiertos a la vez que nos sumerge en el estado íntimo de un diálogo interno, y no mucho después “Spring Snow” nos cobija su sutil danza y la sensación de un agradable letargo mientras nos asoma al apacible crepúsculo de un idilio –“The snow fell last night, your flight couldn’t leave, come back to the bed, let’s take this reprieve” (la nieve cayó anoche, tu vuelo no pudo salir, regresa a la cama y tomemos este indulto)- de un modo que evoca aquella escena casi onírica e improbable -y muy entrañable- de L.A. Story (1991) en la que una tormenta eléctrica, la lluvia y los vientos, conspiran con el destino para detener el tráfico aéreo y así evitar que el amor del protagonista, Harris K. Telemacher (Steve Martin), se vaya a Europa y lo deje.

Dicho todo esto, Father of the Bride es un álbum menos enigmático y críptico, al menos en los términos de la banda y en comparación sobre todo con Contra, cuya extrañeza colorida y burbujeante, casi cósmica, es decodificada acá para dar paso a un pop más prístino y directo, que no así complaciente y no por ello menos sorpresivo e imaginativo, y esto es casi milagroso para una banda de más de diez años de vida en una época que ha atestiguado incontables giros estilísticos en sus expresiones pop.

De algún modo, luego de enfrentarse al reconocimiento, la fama, el éxito, el amor e incluso la paternidad, la banda sigue hablándonos con el espíritu vital, incontaminado y un tanto insolente de los universitarios que alguna vez fueron.

En alguna entrevista para Casa Comedy TV, el laboratorio mediático mexicano de stand-up comedy, Koenig hablaba de sus comienzos, cuando la banda imaginaba aún su primer trabajo: “Tenía reglas muy específicas en mente… en ese momento había bandas muy importantes en Nueva York, como The Strokes o Interpol, y lo importante para mí era no sonar mucho como ellos… tan simple como eso, hacer algo que se sintiera original y fresco”.

Se dice fácil, pero si bien lo simple no es tan simple como Ezra cándidamente sugiere, al menos es una posibilidad que puede encerrar belleza profunda e incontables y agradables sorpresas; una posibilidad con la que, en el caso de Father of the Bride y gracias a Vampire Weekend, afortunadamente aún contamos.

Gustavo Reyes