Yes al filo de la muerte: El pináculo del progrock 45 años...

Yes al filo de la muerte: El pináculo del progrock 45 años después

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Yes Close to The Edge

Yes

Close To The Edge

Atlantic. 1972. Inglaterra

 

Bob Kaus, ejecutivo de Atlantic Records, abrió las notas de la caja antológica titulada Yesyears con la siguiente sentencia: “Existe una paradoja llamada YES”. Desde que la leí en 1991, siempre me dije que nada podía ser más acertado y lapidario que esa breve línea para describir una banda con las características de YES, una suerte de ying-yang musical que se reinventaba una y otra vez con un factor común, hasta su muerte en 2015, llamado Chris Squire (†) y más de una decena de músicos que se acercan y huyen a la vez, incluso detrás de los controles de audio, para crear un sonido casi siempre fresco donde se diluyen elementos del barroco, la música celta, el flamenco y sonoridades más exóticas encontradas a lo largo de una carrera que siempre ha estado Close to the edge – Al filo de la muerte.

Sin embargo, fue después de 1972, cuando apenas entraba en mi adolescencia, que pude escuchar en el estudio de mi buen amigo Federico Leañez, baterista de las efímeras bandas Nemketaba y Novo Tango, un hermoso tema llamado “And You and I”. Si bien mi “antes y después” musical está en la obra Fragile (1971), fue aquella canción la que me atrapó con el más profundo sentimiento que había provocado música alguna, a excepción de la sublime espiritualidad que siempre ha estimulado en mí la música de Johann Sebastian Bach.

Tendría tal vez 14 años (1975) cuando sostuve en mis manos este álbum que presentaba al logo más hermoso que había visto con el nombre del disco sobre un degradé verde. Sencillo y atractivo. Ya al abrirlo, su creador, Roger Dean, inspirado en imágenes del Salto Ángel y cascadas de Escocia, nos invitaba a adentrarnos en la hermosa imagen de la cima de un tepuy mostrando un lago con islotes, cascadas levemente cubiertas por las nubes y un camino que conecta con un peñasco alto y escarpado que continua hasta la montaña aledaña para perderse en el borde inferior derecho. Todo un paisaje fantástico en tonos azules, blanco, grises y verdes bajo un cielo turquesa que me envolvía en un ensueño próximo a ser tomado por sonidos acuosos al umbral de un ornitológico mundo que se iba diluyendo con los teclados de Rick Wakeman y la guitarra de Steve Howe, quienes signaban el camino de una obra musical de diversas influencias sonoras, filosóficas, religiosas y literarias.

Yes Close to The Edge
Ilustración interna del LP realizada por Roger Dean

Al filo, a la vuelta de la esquina…

Close to the Edge está conformado por tres composiciones. La primera de ellas es el tema título, una composición a gran escala que a lo largo de sus 18’50’’ se nos presenta en el mejor estilo de una suite barroca de cuatro movimientos. Una diversidad sonora, donde se escuchan cantos de pájaros, cascadas y campanas de viento, introduce el primer segmento titulado “The Solid Time of Change” (El sólido momento de cambio) que nos sumerge en una primera parte instrumental de cuatro minutos, semejante a una erupción sonora en la cual Wakeman y Howe entablan juntos una batalla,  acompañados por una inusual rítmica donde la voz de Anderson, como otro instrumento más, irrumpe diciendo: “Una hechicera experimentada podría llamarte desde las profundidades de tu desgracia”. En esta parte la banda también nos presenta el coro que será motivo recurrente con ligeros cambios y alteraciones, aspectos que también redundan en el tempo, la armonía y la métrica. Nunca había oído una sección rítmica tan inteligentemente arrítmica. Se hace necesario expresar que no logra uno concebir tal perfección a partir de retazos recopilados por la genialidad de Anderson, quien canta con cierta dulzura: “En el borde, al voltear la esquina, no ahora, cerca del borde, por el río, no ahora”. En la cuarta estrofa Anderson nos canta: “Me animo, me deprimo”… adelantándose al motivo de la tercera parte como una breve pincelada antes de entrar en Retener la masa total, es decir, “Total Mass Retain”.

Me tomo unas breves líneas para hacer notar que la traducción pretende tan sólo orientar, porque el YES de esa gloriosa década ostentaba una rica poesía con rasgos surreales y místicos que en este álbum en particular tenían una importante influencia hindú y budista inspirada en el libro “Siddharta” de Hermann Hesse (1922) y que son de gran dificultad para una traducción cónsona con el espíritu del compositor.

Manteniendo la línea melódica con algunas alteraciones, llega el hermoso pasaje en “I get up, I get down (Me animo, me deprimo). Las incidencias del teclado de Wakeman construyen o recrean una especie de gruta con un lago interior y es acá donde una doble parte vocal con Anderson, Squire y Howe, nos transporta a un predio celestial. En esa primera estrofa Jon Anderson bajo un trance espiritual nos cuenta: “En su blanco encaje, puedes claramente ver a la dama mirar con tristeza, diciendo que asumiría la culpa,  por la crucifixión de su propio reino”.

No debemos olvidar en esta sublime recreación, el rol del ingeniero de sonido Eddie Offord para quien, al igual que el resto de la banda, Close to the Edge fue una tortuosa odisea que resultó en esta magna obra. El gran Bill Bruford recuerda que en plena grabación, dejaban de tocar para dar un concierto al norte de Londres y luego regresar al estudio para continuar. Ese hecho tan significativo que motivó la partida del baterista fue también notorio para el biógrafo de la banda Chris Welch, quien acertadamente ya percibía un ambiente de mucha tensión entre los integrantes.

Retomando lo que nos ocupa realmente, debo comentar que mi sensación al escuchar este pasaje es, aún hoy, algo indescriptible. Y he ahí otra paradoja. Ese caos interno debería reflejarse negativamente de algún modo en la música pero era lo contrario. Es decir si lo escuchan y luego se los cuento, no me creerían.

El intrincado y seductor juego vocal entre Anderson, Howe y Squire son las agujas que tejen los versos de Jon: “la verdad está escrita a lo largo de la página, ¿Cuán viejo debo ser para que me consideres adulto?” y es entonces cuando regresa el coro con “me animo, me deprimo” que en un segundo retorno Anderson la lleva al extremo de su rango y se diluye en el órgano de iglesia de Wakeman, no sólo le da una gran profundidad al final de esta sección sino que lo enlaza magistralmente con un solo que abre la puerta del último segmento de esta suite moderna con un giro avasallante donde Bruford destaca también con sus acentos rítmicos. Subrepticiamente, Beethoven y Bach están presentes.

El cuarto segmento, “Seasons of Man” (Estaciones del hombre), lo conforman tres estrofas con el tema inicial. Irrumpe la voz de Jon, “El momento entre las notas enlaza el color a los paisajes, una moda constante de triunfos dislocan al hombre, así parece…”. Acá, como en el resto de la obra, es notoria la densidad literaria de las letras. Jon culmina con el coro “me animo, me deprimo, me animo, me deprimo”, versos que se diluyen, una vez más, con las sonoridades de una cascada de agua, unas campanas de vientos, el piar de unos pájaros y esa sensación que nos coloca en algún lugar del cielo o en una nave que se aleja de esta realidad tirana.

Así era el lado A de aquél hermoso LP que, en su versión importada, al abrirlo desplegaba el paisaje ya descrito. Al sacar el disco del bolsillo del álbum, veíamos el papel verde que protegía al disco pero que además tenía impresas en fuente cursiva las letras de los temas. Si ahora que hablo inglés me es difícil dilucidar el significado de esta poesía, no quiero recordar ese aspecto en aquellos años pero la música era y sigue siendo genialmente maravillosa. Para mi consuelo, la madurez musical de Jon Anderson le hacía escoger las palabras por su sonoridad más que por su significado. Tal afirmación tiene su mayor evidencia en la composición final “Siberian Khatru”. 

Y tú y yo subiremos para ver el valle…

¡Qué hermoso recuerdo! Una vez más, pero en digital, dejo correr el silencio. De pronto, un  armónico grave es seguido de un “OK” en la misma tonalidad. Es la voz de Steve Howe aparentemente sorteando una serie de armónicos que se van reacomodando y como si se tratase de la búsqueda de una melodía apropiada, el guitarrista va construyendo el intro de esta hermosa pieza también compuesta a modo de suite. “And You and I”.

Guitarra de doce cuerdas en manos, con el teclado levemente al fondo y el delicado triángulo marcando el tiempo, Howe, Wakeman y Bruford presentan “Cord of Life” (Hilo de vida), primer movimiento de esta pieza de 10’09”. Esta parte instrumental inicial se desarrolla en el primer minuto y treintainueve, momento en el cual la voz de Anderson comienza: “Un hombre imaginó las respuestas de un instante para el sueño, percibiendo las melodías, la diaria presencia de las flores…”. Si bien en la suite anterior Howe y Anderson son los artífices, en “And You and I” Bruford y Squire participan en la composición de los temas pero Steve y Jon siguen siendo la columna vertebral que soporta la maravillosa rítmica de Chris y Bill con la impresionante ambientación de Rick. Un ligero cambio de temperamento llega en la segunda estrofa pero es en la tercera, conformada por dos versos, que Anderson sella el pacto: “Y tú y yo subiremos para ver el valle, y tú y yo llegamos motivados a llamar”. Es entonces en la última palabra ‘call’, que el sonido se aleja y nos lleva con él a una experiencia liberadora hasta que la maestría de Howe en el steel guitar decanta en “Eclipse”, donde el órgano de Rick aporta de manera importante el fondo sobre el cual Howe construye la melodía.

Anderson nos dice: “Conciliando cada expresión plasmada, cual doncella del océano, toda emoción revelada, como un recobrado movimiento, ambos tomados en cuenta por igual, todo entero junto al germen de la vida contigo…”. Entonces una breve frase de Rick al órgano deja solo a Howe quien retoza, como al inicio, puntuando la guitarra de doce cuerdas con sutil magia, para dar paso al tercer movimiento con un dulce sonido que brota como silbido del teclado de Rick Wakeman. Es entonces la voz de Anderson en “The Teacher, The Preacher” (El maestro, el predicador): “Triste predicador clavado en la coloreada puerta del tiempo, maestro demente que le es recordada la rima, no habrá enemigo mutante que apoyemos…”.Tres estrofas conforman este hermoso tercer segmento de la suite.

Apocalypse” (Apocalipsis), el más breve de los cuatro movimientos, está conformado por cuatro versos en los cuales Anderson es acompañado por Howe en la guitarra: “Y tú y yo subiremos cruzando las siluetas de la mañana, y tú y yo tomaremos al sol para el río, y tú y yo subiremos, más despejados, hacia el movimiento, y tú y yo llamamos valles de eternos mares”. Aquí el steel guitar de Howe nos aleja. Si contemplamos el paisaje y vivimos la hermosa experiencia visual que nos proporciona Dean, uno nota como se  complementa de manera extraordinaria con la música de estos cinco rebeldes –la formación más poderosa y creativa en la historia de la banda –las imágenes del afamado dibujante.

Yes Close to The EdgeSiberian Khatru”, compuesta por Jon Anderson, Steve Howe y Rick Wakeman, es la tercera y última de las composiciones de Close to the Edge que se presenta como una sólida obra. Bruford en algún momento dijo de esta pieza que era la más sencilla y natural de todo el álbum. Sin embargo, el carácter poli-rítmico, el uso de palabras, no por su significado sino por sus características fonéticas, y las alteraciones en la métrica, hacen de la opinión de Bruford una sentencia de falsa modestia. Hemos de recordar que Bruford, para gran dolor de los fans, ya estaba prácticamente fuera de la banda con sus tambores montados para acompañar a David Cross, John Wetton, Jamie Muir y Robert Fripp en King Crimson con el excelente trabajo Larks´tongues in aspic (1973). Ya en la mente del baterista Close to the Edge era una propuesta comercial de la cual no quería ser parte por múltiples razones personales y musicales por lo que optó por formas más libres y ciertamente menos comerciales o al menos no radiales. Sin embargo, Bruford continuó tocando con los miembros de YES en trabajos solistas durante el resto de los 70, finales de los 80 con el proyecto ABWH y a inicio de los 90 en el álbum Union (1991).

“Siberian Khatru” fue por mucho tiempo la composición que abría los conciertos de YES tras el segmento de “Suite del pájaro de fuego” de Igor Stravinsky. Howe comienza con unos atractivos acordes al que se le suman Squire y Bruford y tras los cuales Howe puntea una breve frase, incluso sobre los primeros versos: “Canta, ave de rapiña, la belleza comienza a tus pies, ¿crees esa manera de ser?, dorada uña inmaculada, desgarrada a través de la lejanía del hombre, mientras observan la cima”. La pieza se desarrolla como si fuese compuesta por fragmentos inicialmente inconexos que dan amplio espacio a Howe y Wakeman, aunque en lo personal mis oídos no se desprenden de Squire y Bruford. Es en el segundo minuto y un poco más donde Anderson colorea con palabras sin sentido aparente este maravilloso tema: “Bluetail, tailfly, Luther, in time, dood’noodit, dah, d’t-d’t,-dah…”,  tras las cuales Howe introduce un solo de Rick Wakeman, quien nos ofrece un hermoso pasaje evocador del barroco usando el sonido del clavicordio en su teclado. Howe nos da su ofrenda y finalmente Anderson irrumpe con otra estrofa igualmente difícil de discernir en su significado mientras las teclas hacen de fondo al tiempo que Squire puntea. Jon, ya hacia el final, prolonga sus versos de dos o tres palabras como si se tratara de los primeros trazos de “La persistencia de la memoria” o “Yo y la villa”, de Dalí y Chagall respectivamente. No olvidemos lo dicho anteriormente, Anderson usaba las palabras más por sus características fonéticas que por el significado. Rasgo común en el YES de aquellos tiempos.

Close to the Edge es parte de esas grandes obras del rock que resultan de los momentos más críticos y ásperos de muchas bandas, lo que significa otra gran paradoja. Fleetwood Mac lo vivió en Rumors (1977) y Génesis en The Lamb Lies Down on Broadway (1974), solo dos ejemplos.

Si algo es cierto, éste álbum demostró que una concepción artística compleja y llena de obstáculos puede resultar ampliamente atractiva, amena y entretenida en el sentido más excelso. No en vano dijo Trevor Horn en cierta ocasión, cuando grababa para YES en 1980, que no repetiría esa experiencia como cantante junta la afamada banda, y lapidariamente afirmó, “Yes hacen todo mal, pero suenan bien”. Otra gran paradoja.

Leonardo Bigott