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15 años de Drawing Restraint 9: impresionista soundtrack de Bjork

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drawing restraint 9

El 25 de julio de 2005 se publicó la sorprendente banda sonora del interesante filme de Matthew Barney, en el cual la islandesa también actúa

Bjork
Drawing Restraint 9

One Little Indian. 2005. Islandia

Después de la compleja experiencia junto al cineasta danés Lars Von Trier en la película Dancer in The Dark (Bailando en la Oscuridad), Bjork había decidido no volver a actuar en película alguna.

Durante aquel rodaje la tensión entre ambos se tornó inmanejable, pero el resultado final, independientemente de los problemas surgidos, fue artísticamente devastador. Bjork fue reconocida como mejor actriz en el Festival de Cannes por el papel de Selma, una sufrida mujer, casi ciega, que se refugia en la música para huir de las injusticias de la vida y en busca de esperanza.

Dancer in the Dark (2000) unió drama con comedia musical, una idea que surgió cuando Von Trier se fijó en los dotes de Bjork para la comedia musical en el video de “It´s Oh So Quiet”, dirigido por Spike Jonze, canción del disco Post (1995). De esa forma comenzaba la relación amor-odio de Bjork con el mundo del cine.

La banda sonora, Selmasongs (2000), editada entre Homogenic (1997) y Vespertine (2001), es una de las joyas de la discografía de la islandesa y al contrario de lo que ocurre con muchos soundtracks, éste tiene la virtud de poseer vida propia.

Drawing Restraint 9: La nueva aventura cinematográfica.

Cinco años despúes, Bjork decidió adentrarse de nuevo en el mundo del cine de la mano de su pareja, el artista multimedia norteamericano Matthew Barney, quien había deslumbrado con su saga quíntuple sobre la sexualidad y los procesos de la creación, The Cremaster Style (1994-2002), exhibida, entre otros lugares, en el Museo Guggenheim de Nueva York.

La historia de Drawing Restraint 9 se desarrolla en la bahía de Nagasaky en Japón, durante la visita que una pareja de occidentales (interpretada por Bjork y Barney) realiza a un barco ballenero.

El encuentro entre las culturas oriental y occidental es manejado con gran belleza estética durante las dos horas y cincuenta minutos que dura la película.

Durante ese tiempo, mientras la embarcación recorre los mares y es envuelta por tormentas, hasta finalmente reemerger cerca de la Antártida, se va esculpiendo en su interior una figura llena de simbolismos a base de vaselina líquida, que va adquiriendo diversas formas a lo largo del film y envolviendo a la pareja occidental en una historia llena de guiños a la milenaria cultura japonesa, mientras resalta valores como la resistencia y la creatividad.

Mientras en Dancer in the Dark las composiciones de Bjork obedecieron a los preceptos del teatro musical dentro del cine, en Drawing Restraint 9 sus ideas responden al polivalente mundo artístico manejado por Barney y a una narración poco convencional.

El uso del líquido como elemento central del film dio la oportunidad a Bjork para desarrollar su inagotable paleta de ideas, lo que resultó en una nueva y sorprendente colección de canciones, con pocas deudas a sus trabajos de los años 90.

La conjunción entre instrumentos acústicos  (arpa, clavecín, celeste, trompeta, trombón, oboe), coros infantiles y el siempre vanguardista manejo de los recursos electrónicos, moldearon una banda sonora de características inusuales.

Pero, eso no es todo. Siguiendo algunas pautas de su anterior y para entonces muy reciente disco, Medulla (2005), Bjork volvió a invitar a otros cantantes de muy distinto origen, entre los que encontramos al norteamericano Will Odham (del proyecto Palace).

La voz de Bjork es manejada como un instrumento más dentro del contexto instrumental, convirtiéndose en una flexible fuente sonora cuyas texturas se adecúan perfectamente al ritmo del film. Aunque su voz sólo se escucha en tres canciones, a decir verdad la banda sonora no se resiente por esa causa.

Quizás lo que más sorprende es el sensible manejo de las formas tradicionales de la música japonesa y la certera mezcla con la electrónica, sin caer en los clichés de mucha de la música de fusión étnica.

El Sho, uno de los instrumentos más antiguos de Japón, es ejecutado por la virtuosa Mayumi Miyata, quien aparece en el film tocando el emblemático instrumento adoptado por las cortes imperiales del siglo ocho. Un grupo de diecisiete estrechas cañas y quince boquillas permiten crear grupos de tonos simultáneos cuyo sonido podria estar emparentado a un pequeño órgano o incluso a un armonio.

Con la inclusión del Sho, Bjork logra imbricar la rica herencia musical japonesa con las más modernas técnicas de manipulación sonora, para lo cual volvió a rodearse de Mark Bell, Valgeir Sigursson y Leila Arab, tres de sus habituales colaboradores.

La primera pieza, “Gratitude”, permite el lucimiento tanto de la arpista Zeena Parkins como de Will Oldham, quien trae a la vida una carta del general McArthur escrita en 1946 a un ciudadado japonés.

De inmediato resuena por primera vez el Sho en “Pearl”, con unos cantos guturales que navegan sobre las programaciones hechas por la propia Bjork. “Ambergris March” es una hipnótica pieza en la que el clavecín y el “glockenspiel” (una especie de pequeño xilófono, frecuentemente llamado campanas orquestales) juguetean entre sí y con los “beats” salidos de los laptops de Bell y Sigursson.

La voz de Bjork aparece por primera vez en “Bath”, una delicada composición realizada solo con el piano de Akira Rabelais, uno de los personajes claves de la vanguardia musical de Japón, sobre el que se sobreponen diversas capas vocales. Esta pieza precede a “Hunter Vessel”, un momento de tensa belleza construido en base a instrumentos de viento.

Shimenawa”, el sexto track, es casi un solo de Sho, tres minutos de extraña hipnosis que desembocan en “Vessel Shimenawa”, una corta pero dramática pieza con solo teclados y sección de vientos. Luego en “Storm”, Bjork y Leila Arab, logran una intensa atmósfera de misterio y suspenso.

Cuando creemos que Bjork ha logrado sorprendernos del todo una vez más, irrumpe “Holographic Entrypoint”, una ritualística interpretación vocal realizada por Shiro Nomura, según la tradición del teatro Noh, con bajas frecuencias y patrones de entonación que caracterizan algunas ancestrales ceremonias.

Acompañado por Shonosuke Okura en la minimalista percusión a base de crótalos de madera y sonidos vocales cercanos a los emitidos por las ballenas, esta pieza es la esencia de la simplicidad, una característica que la hace de por si única.

Probablemente sea el momento musical que más depende de su contraparte visual, aunque aún así es capaz de erigirse como el más inquietante momento del soundtrack.

El tercer y último track cantado por Bjork es “Cetacea”, cuya voz es arropada por los delicados crótalos de Samuel Salomón.

El cierre del disco no podía ser más representativo, con el deleite de Miyata y su Sho recreando el retorno de la Antártida.

Esta es una obra especial, cuya cercana referencia podría estar en Medulla, pero sólo por el espíritu aventurero y la increíble capacidad de Bjork para deslastrarse de los formalismos y convencionalismos que la industria discográfica impone a figuras que, como ella, han alcanzado el estatus de estrellas.

Ella, libre como el viento, salvaje e imprevisible como el mar, recorre su propio camino y sigue construyendo una historia aparte.

Juan Carlos Ballesta