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La catártica y liberadora experiencia de Anna Calvi

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Anna Calvi

Anna Calvi

Changó Club, Madrid

(Octubre 16, 2018)

 

Anna Calvi en directo es una experiencia catártica, liberadora. Y si es posible verla de cerca, al borde de una tarima, más aún.

Ella es una todoterreno. Toca la guitarra como si Jimi Hendrix hubiera sido su profesor particular. Canta como una diosa, una especie de híbrido entre PJ Harvey, Patti Smith, Marianne Faithful y Siouxsie.

Reta al público constantemente. Tiene mirada felina. Pasa de la melancolía al frenesí, del romanticismo a la fiereza. Las interpretaciones sobre un escenario son retorcidas y extendidas. Puede mantenerse apacible ante el micrófono como de repente retorcerse sobre sí misma, lanzarse al piso o clamar con sus brazos extendidos.

Calvi es, en esencia, una bluesista que habita una dimensión particular. Ella hipnotiza, enamora, cachetea, juega al master-slave y triunfa holgadamente.

Jamás habla, pero sonríe agradecida y de vez en cuando hace una reverencia. Incluso llega a acercarse a besar a alguien del público en plena canción o a señalar con su índice derecho a otros.

En definitiva, Anna hizo con nosotros lo que quiso. A sus músicos los mira cuando decide salir del trance y terminar la canción.

Su repertorio se basó principalmente en el nuevo disco, Hunter, del cual solo se dejó fuera los dos últimos temas.

El otro disco que aborda es aquel sorprendente debut homónimo, el que la puso en el mapa musical, del cual escogió tocar cinco canciones infaltables. D

segundo álbum, One Breath, extrañamente, no incluyó nada.

Luego del set introductorio de Digital 21 en el que se oyeron mezclas sobre una base bailable que incluían, entre otros a Portishead y Radiohead, los minutos se hicieron eternos.

El público que había asistido sabía muy bien a quien vería. La expectativa iba creciendo. Finalmente Calvi apareció sola para comenzar con la corta y cinematográfica pieza instrumental “Rider to the Sea” y antes que se terminara aparecieron sus inseparables Mally Harper y Daniel Maiden-Wood para ubicarse detrás de su parcela y abordar “Indies or Paradise”, la primera de una seguidilla del nuevo disco y que de inmediato nos avisó que lo que venía iba a ser especial.

Harper, sin aspavientos, hace maravillas con los teclados, percusión menor y una eventual segunda guitarra, mientras que Maiden-Wood realiza un fantástico trabajo con la batería, que resulta el sustento sobre el que navega Calvi. Su estilo a veces recuerda a Budgie (Siouxsie and The Banshees) por su carácter tribal.

El sensual riff y la pegadiza melodía de “As a Man” ofrecieron el primer gran momento, en especial durante la segunda mitad. “Hunter”, con su  exquisita cadencia, es una de esas canciones que enamora a primera escucha. A pocos metros de distancia, enamora más.

En “Don´t Beat the Girl Out of My Boy”, se las arregla para cantar con una sensibilidad especial mientras nos va soltando ramalazos de guitarra distorsionada sobre una contundente batería.

Mientras se acerca al público, va entrando en un trance, primero arrodillada y luego tendida en el piso.

La vista atrás la retomó con ese fabuloso blues del primer disco, “I´ll Be Your Man”, en una versión que supera con creces la original. “Alpha”, del nuevo disco, pasa de la sutileza a la guitarra desatada.

Fue el perfecto puente para abordar dos de los temas más sosegados en los que Calvi se muestra dulce pero también seductora. Primero fue “No More Words”, del primer disco y luego “Swimming Pool”, delicado tema que nos hipnotizó.

La intensidad subió con “Chain”, y tuvo un momento realmente apoteósico con “Wish”, en una versión extendida en la que improvisa y casi exorciza a su Fender Telecaster, mientras va midiendo la intensidad hasta casi hacer un silencio que repentinamente explota con la entrada de la batería.

Fue en esencia una forma personal de entender el blues, un performance que nos llevó hasta Jimi Hendrix y Warren Ellis (Nick Cave and The Bad Seeds). Tanto Maiden-Wood como Harper aportan lo suyo en esta inmensa interpretación.

Con la épica “Desire” se despidió por vez primera, pero la conexión emocional con la audiencia era absoluta y nadie dejó de aplaudir para lograr su regreso.

Faltaban dos piezas esenciales. Primero atacó “Suzanne and I”, un tema que recuerda a Siouxsie y a PJ Harvey, y finalmente la increíble y desatada revisión de “Ghost Rider”, el clásico tema del dúo neoyorquino Suicide, que conformaban Alan Vega y Martin Rev.

Fue un concierto que removió sentimientos, haciendo crecer la admiración por esta artista completa y honesta.

No hay duda que Anna Calvi se mueve entre las emociones extremas, se pasea por entre los recovecos más intrincados del alma y nos conduce por derroteros que terminan por conmocionar.

Ella tenía la opción de seguir en la cresta de la ola en 2014, pero optó por un silencio de cuatro años en los que ha trabajado más aún su mensaje y su postura ante la vida.

Así queda patente en Hunter, su tercer larga duración que en directo suena trepidante, y que fue producido por Nick Launay (Griderman).

Su expresiva voz la maneja con inteligencia y la dosifica. La guitarra explota y se calma. La rasga con furia y luego la acaricia para sacar de ella hermosos arpegios. Hay angustia y desesperación, pero también sutileza y belleza. Es la mejor bipolaridad que pueda existir. Así es la naturaleza de Calvi.

Juan Carlos Ballesta (Texto y fotos)