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Piaf: voz, delirio, amor y muerte (Teatro de Chacao, Caracas) (Octubre 21, 2016)

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Mariaca Semprún como Edith Piaf

Piaf: voz, delirio, amor y muerte

(Teatro de Chacao, Caracas)

(Octubre 21, 2016)

Durante tres fines de semana se presenta en el Teatro de Chacao de Caracas el musical “Piaf: voz y delirio”. Aún queda el último de ellos, del jueves 27 al 30 de octubre. 

 

Cualquier obra que aborde el universo de la icónica cantante francesa (y también actriz) Edith Giovanna Gassion, inmortalizada como Edith Piaf, es un reto de proporciones mayúsculas. Un personaje de tales características, con una personalidad única sobre el escenario y una vida privada tormentosa y trágica, requiere de varios ingredientes que deben mezclarse en su justa proporción para que el resultado sea óptimo y refleje lo más acertadamente posible la realidad del Gorrión de París.

El reconocido escritor y guionista Leonardo Padrón y su musa, la actriz y cantante Mariaca Semprún, decidieron acometer tal empresa de una manera singular, sin duda inteligente y acertada, no exenta de riesgos. Con la dirección de Miguel Issa, la producción general de Claudia Salazar, la producción ejecutiva de Mariángel Ruiz y la dirección musical en vivo del pianista Hildemaro Álvarez, la obra se mueve entre el monólogo autobiográfico y el musical-homenaje, resultando en un interesante híbrido en el que textos y música van hermanados, sin que ninguno resulte dominador sobre el otro. Mariaca piensa y reflexiona en voz alta, en acento afrancesado, logrando que nos adentremos en el mundo y pensamientos de Piaf, intercalando fabulosas interpretaciones de algunas de sus más famosas canciones, varias de las cuales anuncia antes de comenzar a cantar.

A todo ello contribuye una puesta en escena austera pero muy efectiva (Alfredo Correia), una iluminación que potencia cada momento (Ernesto Pinto), un sobrio diseño de vestuario que acerca mucho al personaje homenajeado (Raquel Ríos) , un maquillaje y uso de pelucas que transforma a Mariaca en Edith de forma sorprendente (Gustavo Santos e Ivo Contreras) y  un sonido manejado por Rafael Rondón que destaca a partes iguales la voz de Semprún y la ejecución de la banda, casi siempre detrás de un inmenso parabán semi transparente sobre el que se proyectan imágenes alusivas a la carrera de Piaf, titulares de periódicos y noticias del período histórico en el que vivió (Eduardo Arias). La banda de altos quilates conformada por Hildemaro Álvarez (piano, arreglos, dirección), Carlos Rodríguez (contrabajo), Carlos “Nené” Quintero (percusión), Federico Ruiz (acordeón), Chipi Chacón (trompeta, fliscorno), Eric Chacón (saxo soprano, flauta) y Eddie Cordero (violín acústico y eléctrico), proporcionó el perfecto hilo conductor, tanto en las canciones como con la música incidental.

La obra está concebida para alguien que pueda asumir el difícil doble rol de actriz y cantante, y en ese sentido está claro que Padrón la escribió y pensó para Mariaca Semprún, quien no solo cumple de manera brillante con ambas responsabilidades sino que sobrepasa las expectativas porque, además, canta en un buen francés (sin hablarlo, estuvo 6 meses preparándose con el coach Cástor Rivas), memoriza cada letra y se mimetiza como la histriónica cantante que fue Piaf y también la representa en su vida fuera del escenario en todo su sufrimiento, su miedo a la soledad, su trágica vida amorosa y familiar y en su precaria salud que la hizo lucir anciana antes de tiempo. La obra es un concierto solista y un monólogo biográfico, a la vez.

La obra comienza y termina mostrando a Piaf en la etapa final de su corta vida (murió a los 47 de cáncer hepático), en el emblemático Teatro Olympia de París cantando primero “Les amants du jour” y “Non, je ne regrette rien” al final, probablemente su tema más representativo y que Charles Dumont le compuso de manera especial. En ese momento, 1961, Edith lucía muy deteriorada, sin embargo, con esos conciertos ayudó a salvar al Olympia de un cierre inminente.

Mariaca Semprún como Edith Piaf
Foto: Juan Carlos Ballesta
Mariaca Semprún como Edith Piaf
Foto: Juan Carlos Ballesta

Tras ese inicial momento en el más famoso teatro de Paris, el guión nos regresa a la primera etapa de su vida, cantando “La Marsellaise”, la primera “canción” que se aprendió. La protagonista en voz alta nos sitúa en su drama: hija de un contorsionista y una cantante callejera que da a luz en plena calle y quien la entrega a su madre marroquí (abuela materna), tras el abandono del padre. Esa abuela materna la devuelve a su padre a punto de alistarse en la Primera Guerra Mundial y este a su vez la deja con su otra abuela, dueña de un burdel. Son las prostitutas quienes la crían y la pequeña Edith se enferma de la vista y permanece tres años casi sin visión. La devuelven a su padre quien se la lleva a su vida con circos itinerantes y aprende a cantar en las calles. Semprún canta “Bravo pour le clown”, adecuada en el contexto, aunque es una canción que publicó en 1953.

En 1929, a los 14 años, se separa de su padre, conoce a Simone «Mômone» Berteaut, la que se convertiría en su compañera de ruta y con la que “habla” durante toda la obra. Ambas se alojan en el Hotel Clermont y comienza a cantar en el cabaret Place Pigalle y en los suburbios de Paris. Conoce al mandadero Louis Dupont y con él tiene una hija, que muere de meningitis a los dos años. Es su primer encuentro directo con la muerte y las ausencias, que marcarían toda su vida.

Otras canciones como “Las mômes de la cloche” (nombre de su primer disco de 1936), “Sous le ciel du Paris” y “Mon marriage a moi” son interpretadas por Mariaca mientras cuenta el proceso en que el cazatalentos Louis Leplée la descubre y presenta en su cabaret  Le Gerny’s, donde comienza a cantar con micrófono, sin competir con los ruidos de las calles. Leplée es asesinado y eso la coloca en el centro mediático, la lleva a declarar a comisarias y la devuelve a los locales de mala muerte. Sin embargo, ya se había revelado como artista.

Semprún interpreta magistralmente la canción en inglés, “Heaven Have Mercy”. El público, metido en su papel, aplaude copiosamente tras cada interpretación, algo lógico tratándose prácticamente de un concierto en vivo.

Fue gracias al compositor Raymond Asso (otra de sus parejas por un tiempo corto), quien le compone varios temas, que Piaf se convierte en una estrella del Music Hall en los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Allí comienza a alcoholizarse. Durante los años de ocupación nazi pasa de ser “La Môme Piaf” y nace “Edith Piaf”, gracias a Asso. Es acusada de colaboracionista, pero en realidad ayuda a escapar a muchos judíos de aquel horror. Ya para entonces comienzan a notarse sus problemas de salud. Mariaca los muestra de manera muy creíble, incluso con una incipiente joroba que a medida que avanza la obra luce más pronunciada. A quienes la culpan de haber cantando en Alemania les reclama en tono burlón y en voz alta exclama “¿cómo se convierte en silencio una cantante?”, defendiéndose de los injustos reclamos. “Yo propongo la belleza cuando todos se matan”.

El acento afrancesado que utiliza Mariaca da la sensación de una Edith haciendo el esfuerzo de hablarle a un público de habla hispana. Buen ejercicio.

“Padam Padam”, “L’accordeoniste”, “L’homme a la moto”, “La foule”, “C’est la amour” y la emblemática “La vie en rose”, sin obedecer a un orden cronológico específico, fueron interpretadas mientras seguía contando su historia. Los años de posguerra fueron su período de internacionalización y comienza a conocer (y a tener diversos romances) con personajes como Yves Montand y el que sería el gran amor de su vida, el boxeador marroquí Marcel Cerdan (quien era casado con hijos). Este es uno de los períodos en los que la obra hace mayor énfasis, y con razón. Mientras ella estaba en Nueva York, el vuelo en el que viajaba Cerdan se estrella y fallece. Una de las más logradas escenas es cuando recibe la noticia y la casa comienza a moverse de un lado a otro, reforzando el sentimiento de aturdimiento. “¿Que tiene la muerte conmigo? ¿Por qué me quita lo que más he amado? Fue mi culpa, yo te obligue a venir a Nueva York”, se auto reclama. Canta desgarrada, triste y se desploma en el escenario. El tema “Hymne a l’amour” es su homenaje y apuesta eterna al amor.

Piaf sigue su ascenso artístico, cantando en Europa, Estados Unidos y Suramérica, conoce a Charles Aznavour y lo ayuda en los comienzos de su carrera. Se involucran emocionalmente, tienen un grave accidente automovilístico (el primero de varios que ella sufrió y que la engancharon a la morfina y otros medicamentos), en 1952 se casa con Jacques Pills, de quien se divorcia cinco años después. En los 50 se presenta varias veces en el Ed Sullivan Show y el Carnegie Hall de Nueva York, graba discos, se enamora, se separa, se vuelve a enamorar…Mientras, su salud iba en picada. Sullivan dice de ella “Los más asombrosos 45 kilos del mundo” y ella reflexiona; “qué manera de decir que me estoy muriendo. A esta gira le llamaron la gira del suicidio…el silencio sería un suicidio. Necesito cantar”.

La interpretación de “Mon dieu”, al fondo, de espaldas y junto al piano, fue sensacional. A ella siguió el tema “Autumn Leaves” y “Milord”, tema que le dio otro de sus amores tras la ruptura, el cantautor Georges Moustaki. La etapa final de su vida la vivió junto al cantante Theo Sarapo, 20 años menor que ella.

Muy envejecida aparece con una bata blanca, enferma, para decirnos: “El público me ha dado tanto que no tengo más remedio que entregarme por completo. No le temo a la muerte. Le temo a la soledad. Mi consejo a una mujer, mi consejo a un hombre, mi consejo a un joven, mi consejo a todos, es que amen. ¿Que cuál es mi lema?: Amar”. Mientras se queja de la artrosis se jacta en voz alta: “500 jóvenes han pasado por mi cama. A muchos los he hecho famosos yo. Soy una estrella, una estrella que está a punto de apagarse”.

Y en un alarde auto confesional reflexiona: “Soy adicta a la tragedia, los quirófanos, el alcohol. He muerto varias veces. El dolor ha sido un permanente inquilino en mi vida, una anciana de 44 años. Lo que he hecho en la vida es desobedecer. Tumultuosa es el adjetivo que mejor me define”.

Se apaga la música y, tras monólogo de despedida, comienza a interpretar su canción más dramática, “Je ne regrette rie”, mientras se libera el escenario de escenografía y queda la orquesta, visible sin el paraban y ella cantando bajo el reflector.

La ovación no se hizo esperar. Mariaca Semprún ya nos había demostrado varias veces su calidad interpretativa, pero probablemente es con esta mimetización increíble de Edith Piaf que haya terminado de convencer a algunos no ya de su comprobado nivel actoral sino de su calidad como cantante. Veinte puntos para Mariaca y para todos los involucrados.

Juan Carlos Ballesta / Carla Montero