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León Benavente: el confesional, cuestionador y eufórico segundo álbum

León Benavente

El segundo disco del cuarteto español le reafirma como una de las grupos más vitales y pertinentes del siglo 21

León Benavente
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Warner/ Marxophone. 2016. España

Hay discos que desde la primera canción anuncian que dejarán huella. No es que no estuviéramos preparados para encontrarnos con esta obra luego de aquel revelador debut de 2013, sino que los segundos discos muchas veces resultan difíciles y en ocasiones una mera repetición del impacto inicial. Éste ha superado esa prueba con creces y meses después de su edición ha dado bastantes vueltas en nuestros players.

Cierto es que para apreciar en su justa dimensión a León Benavente hay que saber el terreno que se pisa. Abraham Boba (voz, órgano), Luis Rodríguez (guitarra eléctrica), Eduardo Baos (bajo, sintetizador) y César Verdú (batería, percusión) tienen historia suficiente -más allá de sus experiencias con Nacho Vegas, Tachenko o Schwarz– como para reflejar en este proyecto buena parte de lo que ha ocurrido en el rock desde que apareció Lou Reed con sus historias declamadas, pasando por el post punk punzante y darkoso de The Chameleons, Echo & The Bunnymen o The Sound, el power pop de The Godfathers, el synth pop ochentero más sustancioso e incluso, por lejano que parezca su estética, el de Aviador Dro (en especial la vocalización y la caja rítmica).




Pero también es necesario hablar el mismo idioma para apreciar en detalle cada frase, cada ironía, cada reflexión, cada confesión y, más aún, saber que estos cuatro cómplices se han hecho músicos en la España de la democracia, absorbiendo y reflejando lo bueno y lo malo de estos tiempos, sus personajes y situaciones.

Aunque “Habitación 615”, el tema que cierra el álbum (el más largo de todos), probablemente sea el que permite más claramente percibir todo lo que han vivido desde que se formaron.

Boba va desgranando, a título personal pero al mismo tiempo mencionando a los otros tres, lo que ha significado para la banda viajar (“cruzar varias veces el charco”) a tocar en la inmensidad de la ciudad de México.

La crónica es fantástica y entre otras cosas se pregunta (en referencia a ruedas de prensa y entrevistas) “¿Y qué queréis saber sobre las canciones? / Si están bien hechas, no hacen falta explicaciones/ ¿Y a quién le importa nuestra opinión sobre el amor, la política o la secesión?”.

Comienza contando desde que salen hacia el aeropuerto, el sobrevuelo sobre los cayos de Florida y al aterrizaje en CDMX. “El aire pesa como el plomo y nos cuesta respirar, lo notamos justo cuando salimos a fumar”; “En el hotel hay bienvenida con tequila y mezcal y unos chicos esperando a una banda de metal”; “Y en un cuaderno escribo lo que ha pasado y palabras que han cambiado de significado: contrato, amigo, dinero, edad, música, trabajo, ego, vanidad”, son algunos extractos de la letra.

Los cuatro primeros temas no dan descanso y funcionan como bofetadas que uno acepta de muy buena gana poniendo la otra mejilla.

Comienzan con la explosiva “California” que inicia una caja rítmica y luego adquiere un potente ritmo matemático sobre el que navegan guitarras, sintes y un bajo distorsionado.




Tipo D” es sin duda uno de los puntos álgidos, gracias en especial a la letra confesional y a la vez acusadora de Boba, en la que inteligentemente repite “quiero” (“quiero convencerte de que lo que está sonando es un hit…es un hit”).

Lo mejor: el órgano a lo Inspiral Carpets. Su video lo deja claro.

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La Ribera”, con un órgano denso y un bajo tremendo, sirven para que Rodríguez desarrolle sus líneas a lo Will Sargeant y Boba se adentre en la política (“En una mano una pistola/y en la otra la Ley Corcuera / En mi pequeño palacio /situado en la ribera”), haciendo referencia a la polémica ley aprobada en 1992 y conocida como “Ley de la patada en la puerta”, porque facultaba a las fuerzas del orden a entrar en una propiedad privada en la que se sospechase que podía estar cometiéndose un delito, sin necesidad de orden o autorización judicial.

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Siguen con “Gloria”, probablemente la más enérgica de todo el disco, con un sinte arrebatador en plan Suicide, una batería contundente y una guitarra eufórica que van alternando explosiones e implosiones. Una montaña rusa con tirabuzones llenos de vértigo, con breves descansos entre ellos. En ella canta Boba:

Ahora soy feliz / siento una extraña euforia / y ahora soy feliz / esto sí que es la gloria / De allí salí dispuesto a destruir la mañana / en busca de gente que me explicara qué pasa en España / porqué nos corroe la envidia / a santo de qué tanta fiesta / porqué se intenta evitar todo lo que molesta / entonces pensé en el futbol, en la democracia y la siesta / y en lo que distingue a una persona de una bestia… / tengo la cara que me merezco / tengo el país que me merezco

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La calma llega con “Nuevas tierras”, con una atmósfera de sintes preciositas algo psicodélica sobre un ritmo metronómico en modo Stereolab, vale decir Neu! y Can.

Aún no ha salido el Sol”, sigue con su órgano distorsionado y las referencias a The Smiths y Can, dejando claro que el recorrido de León Benavente va del indie pop al krautock.




La vida errando” nos lleva a comienzos de los 80 y en los primeros segundos pareciera Blondie, pero luego más bien el coqueteo es con el propio pop español. Es probablemente el tema menos “catchy”, pero aún así pone el listón alto.

Pero llega la acelerada “Celebración (Siempre hacia adelante)«, el tema más corto y urgente con una base rítmica que no para y un riff de guitarra filoso que penetra. Hasta que llega “Habitación 615” como soberbio colofón y especie de pequeña bitácora de viaje.

León Benavente en cosa de cuatro años ha pasado de ser una idea al Olimpo del rock del rock español y seguramente, muy pronto, de todo el universo de habla hispana. Sus canciones llenas de fiereza y reflexión siguen resonando después que finalizan los 35 minutos.

Contagian un veneno adictivo. A todo ello contribuye la soberbia grabación realizada por Kaki Arkarazo en Garate Estudios (Andoain, Guipúzcoa) y la meticulosa mezcla de Luca Petricca en Reno Estudios (Madrid)

De lo bueno, poco.

Juan Carlos Ballesta