Inicio Reportajes B.B. King: cinco años sin el Rey del Blues Eléctrico

B.B. King: cinco años sin el Rey del Blues Eléctrico

171
B.B. King

El 14 de mayo de 2015 murió el gran bluesista nacido en Mississippi, gran responsable de la electrificación del blues y su mezcla con otros estilos


El 14 de mayo de 2015 el bluesman apagó su guitarra a los 89 años, tras una larga carrera de más de seis décadas. Fue testigo del más crudo racismo y se impuso a un mundo de prejuicios, aferrado a “Lucille”, la guitarra Gibson de la que nunca se apartó. De su raza quedan pocos. Un genio y figura del blues que influyó en grandes guitarristas como Eric Clapton o Gary Moore.

Hugo Santaromita

Lo vi en Caracas a principios de los años 90 en la sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. Ya estaba en las postrimerías de su gloriosa carrera de 52 años.

En esa ocasión B.B. King salió ataviado con su chaqueta de colores brillantes, tomó su guitarra Lucille para interpretar uno de sus temas emblema, “The Thrill is Gone”, y en pocos segundo logró emocionar al auditorio, que terminó ovacionándolo con gran energía durante largos minutos.

Aún resuena la triste noticia del fallecimiento del gran bluesman, quien decidió apagar su guitarra luego de un largo trajinar por los escenarios del mundo, convertido, con el paso del tiempo, en el indudable ícono del blues.

Aunque la década de los 90 vio a King grabar menos de lo habitual, éste mantuvo, no obstante, una carrera muy visible y activa, apareciendo en numerosos programas de televisión y en unos 300 conciertos al año.

Músicos como B.B. King son irrepetibles. La lucha de este hombre en un mundo de blancos fue otra de las grandes batallas emprendidas. El resultado fue su innegable aporte al blues, al jazz y al R&B.

La vida de Riley B. King se explica bien en dos películas inolvidables. Una, el documental The Life of Riley, -Riley era su nombre verdadero- de Jon Brewer para la BBC en 2012.

La otra es Live in Africa, el concierto que ofreció en 1974 en Kinsasha, en el festival paralelo al combate de boxeo entre Muhammad Ali y George Foreman, evento que el Zaire de Mobutu convirtió en una exaltación transatlántica de la negritud y que también contó con Fania All Stars y James Brown.

Desde entonces, King ya formaba parte de nuestro imaginario colectivo, convertido en el último eslabón del blues. Ni siquiera nos dábamos cuenta de lo extraordinario que era, porque ya formaba parte de nuestra dieta musical, un habitué de nuestros gustos tradicionales.

Puede resultar asombroso pero la primera vez que King tocó fuera de su país fue en 1970, en una visita a Japón. En Europa se presentó al año siguiente, cuando grabó el álbum B. B. King in London.

En los años cincuenta fue uno de los músicos más importantes del R&B, con éxitos como “Darlin’ You Know I Love You”, “Woke Up This Morning”, “Please Love Me”, “When My Heart Beats like a Hammer”, “You Upset Me Baby”, “Ten Long Years” o “Bad Luck”.

En 1966 Charles Keil, un estudiante universitario, de piel blanca, publicó su tesis a la cual tituló Urban Blues, como resultado de su visita a los estudios de grabación en Chicago y a los locales donde se escuchaba blues en vivo, descubriendo que el gran bluesman jamás sonaba en las emisoras de radio para blancos, pero que era el autentico ídolo en los centros nocturnos para negros.

De hecho, en su autobiografía titulada Blues all arround, King recopiló algunas indignidades que sufrió, pero fue el esfuerzo de hombres como Keil, sumado al apoyo y la admiración de discípulos como Eric Clapton, lo que le permitió irrumpir hacia estadios superiores del negocio de la música.

Blues exitoso, no marginal

King llegó tan lejos como nadie lo había logrado desde el blues. Mientras que sus colegas como Muddy Waters, Howlin’Wolf y John Lee Hooker seguían anclados en el purismo de la tradición, King se alejó de esas raíces para desarrollar un blues más digerible y un canto emotivo pero con un dramatismo controlado.

Dos influencias fueron su marca: T-Bone Walker y Charlie Christian y una forma de cantar cercana a la de Joe Turner. Siempre confesó que su cantante favorito era Frank Sinatra, con quien quiso estar en los mismos escenarios.

El éxito de “The Thrill Is Gone” no es cuento. En 1969 este tema original de Roy Hawkins, se hizo del puesto número 3 en la lista de R&B y en el 15 en la de música pop. Es considerada la canción número 183 entre las 500 mejores de todos los tiempos por la revista Rolling Stone.

Luego vinieron otros éxitos en los años 70 como “I Like to Live The Love” y “To Know You Is To Love You”. Años más tarde, en 1976, editó Together for the first time.

Después surgieron títulos como Live at Sant Quentin (1990), Live at The Apollo (1991), There is always one more time (1992), King of the Blues (1992), Blues Summit (1993) y Heart to Heart (1994), que grabó a duo con Diane Schuur.

En 1995 publicó el álbum Lucille and Friends, un recopilatorio para el que contó con la colaboración de célebres colegas del blues, como Boby Blands, y de cantantes como Stevie Wonder o el baterista Ringo Starr.

Al año siguiente, en 1996, publicó How Blue Can You Get, un recopilatorio de 29 temas grabados en directo en treinta años de conciertos. Aunque desde esta fecha no grabó más trabajos propios, colaboró con artistas como el español Raimundo Amador en Noches de flamenco y blues (1999), con Eric Clapton en el álbum Riding with the King (2000) y con el compositor italiano Zucchero Fornaciari en Zu & Co (2005), en el que se reúnen músicos y estilos disímiles.

King nunca se separó de su guitarra Gibson a la que bautizó Lucille, en honor a una mujer del mismo nombre por la que se estaban peleando dos hombres que provocaron un incendio en un local donde estaba actuando. Luego de desalojar con urgencia el local, regresó a rescatar su guitarra, la cual había dejado olvidada, estando a punto de morir.

B.B. KingSolía decir King durante sus presentaciones una frase que con el tiempo se hizo famosa: “Everyday I have the Blues”, en un interesante juego de palabras que rememora el sabor taciturno de este genero musical que, no obstante la exuberancia que arroja la mezcla de la armónica con la guitarra, nunca deja de conectar al oyente con un rasgo subyacente de cruda melancolía, con hermosos punteos, sutiles vibratos y notas desgarradoras.

Honestamente, quedan pocos de esa raza de guerreros de la música.