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Dead Can Dance: un paseo por la eternidad

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Dead Can Dance

Una de las experiencias musicales de mayor calado emocional y espiritual de nuestro tiempo cumple 40 años de formada. Revisamos su historia


En la historia de la música popular contemporánea el dúo conformado por los australianos Lisa Gerrard y Brendan Perry representa uno de los paradigmas más sólidos. Música medieval y renacentista, atmósferas oscuras y misteriosas, inflexiones del mundo islámico, voces de gran espiritualidad y profundidad, todo eso confluye en su sonido, cuya influencia se extiende por el mundo.

 Juan Carlos Ballesta

 
Cuando los australianos Lisa Gerrard y Brendan Perry decidieron formar en 1981 la agrupación Dead Can Dance nunca imaginaron que se convertiría en la más influyente banda de “darkwave” de los años 80 y 90, extendiendo su influencia al siglo 21.

Sin embargo, la música de DCD siempre ha sido mucho más que etiquetas, cubriendo a lo largo de cuarenta años un amplio espectro que incluye folk celta, cantos gregorianos, polirritmia africana, música del medio oriente, mantras indias, dream pop, art rock, música renacentista y atmósferas siniestras derivados del post punk de sus inicios.

Aunque el nuevo siglo ha sido mucho menos activo, Perry y Gerrard han mantenido encendido el fuego.

Dead Can Dance
Brendan Perry y Lisa Gerrard, 1984

Mudanza Gerrard y Perry a Londres y despegue

Gerrard y Perry decidieron emigrar a Londres en 1981, tratando de encontrar un lugar más receptivo para sus ideas musicales. Dos años después son firmados por el emblemático sello independiente 4AD, bajo cuya tutela brillaron Cocteau Twins, This Mortal Coil y otras propuestas que ayudaron a definir el sonido más etéreo (dream pop) de los 80, siendo DCD la banda de mayor repercusión mundial en toda la historia del sello.

El homónimo primer disco se editó en 1984, cargado de referencias al sonido dark de aquellos años, pero ya con la primeras muestras del especial talento que desplegarían años después.

Con Spleen and Ideal (1985) aparece la verdadera esencia, aunque el primer gran salto hacia la definitiva consagración ocurre con Within the Realm of a Dying Sun (1987), una sorprendente mezcla de neoclasicismo, música litúrgica y medieval, bajo una singular óptica pop.

Apenas un año después se publica una obra maestra, The Serpent’s Egg (1988), extensión lógica del disco anterior. Con aquel trabajo, la propuesta de DCD se extiende por todo el planeta, mientras las ventas comienzan a superar toda expectativa y lógica de mercado.

La profundización en el legado musical europeo encuentra su punto culminante en Aion (1990), en el cual el dúo se atrevió a reinterpretar, entre otras joyas, y muy a pesar de algunos puristas, la “Canción de la Sibila” (pieza tradicional catalana del siglo 16) y el famoso “Saltarello” (anónimo italiano del siglo 14), mientras utilizan como arte de portada un detalle del famoso Jardín de Las Delicias de El Bosco.

Tras este disco DCD se abrieron a nuevas e inesperadas influencias.

Dead Can Dance y la exploración de lo étnico

Uno de los capítulos de mayor trascendencia de los años 90 fue Into The Labyrinth (1993), un álbum impregnado de la cultura musical del medio oriente y el Magreb, sin abandonar del todo las referencias medievales, el cual exhalaba un hipnotizador aroma de espiritualidad, con momentos de auténtica gloria como “Yulunga”, composición incluida en el espectacular filme “Baraka” de Ron Fricke.

En 1994, luego de varios años de ausencia de los escenarios, DCD decidió realizar unas pocas presentaciones en vivo, acompañados de una banda de excepción. Una de ellas, en Santa Monica, California, quedó registrada para la posteridad bajo el nombre de Toward the Within, editándose primero en disco y luego como un mágico vídeo.

El último ofrecimiento, antes de disolverse a fines de 1998, fue Spiritchaser (1996), con el cual extendieron su catálogo de influencias hasta India y Latinoamérica, creando otra obra fundamental

Dead Can Dance en el siglo 21

Tras varios discos en solitario y pasados los años, Gerrard y Perry se juntaron de nuevo, ya fuera del sello 4AD, para enriquecer aún más su acerbo musical, alimentar nuestro apetito por la música auténtica y eterna y contribuir con momentos de espiritualidad únicos.

Anastastis (2012) fue editado 16 años después del gran Spiritchaser (1996), con el que habían cerrado un ciclo de intenso trabajo que había comenzado con Dead Can Dance (1984).

El otro disco editado en este siglo es Dyonisus (2018), el cual permanece aún como su más reciente testimonio de grandeza. Con él no inventaron nada nuevo, ni pretendieron reinventarse, pero sí retomar el camino que había quedado inconcluso.

Retornaron también –luego del breve intento en 2005– los maravillosos y solemnes conciertos, que son una experiencia cósmica y espiritual única.

Quizá no hayan tenido en tiempos recientes la continuidad que todos desearíamos, pero el hecho que aparezcan esporádicamente para renovar los votos de todos los feligreses y seguir sumando al legado de Dead Can Dance es de agradecer.

Desde su aparición en los ya lejanos primeros años 90 en tiempos en que imperaba el synth pop y cierta postura plástica y colorida, Gerrard y Perry optaron por una estética solemne y subyugadora, influyendo en miríadas de propuestas en Europa como Love is Colder Than Death, The Moon Lay Hidden Beneath a Cloud, Raison d’être, Collection D’Arnel-Andrea, Arcana, Ordo Equitum Solis, Elijah’s Mantle y un largo etcétera.

Juan Carlos Ballesta


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