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Desorden Público: 35 años radiografiando su tiempo

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Desorden Público

La agrupación venezolana de ska celebra 35 años de actividad ininterrumpida con una consecuente postura crítica, sólida discografía y cientos de shows por el mundo


El 27 de julio de 1985 él para entonces desconocido grupo caraqueño se presentó por primera vez. Ya se asomaba la crisis venezolana. Aún no caía el Muro de Berlín.

35 años, centenas de conciertos en cuatro continentes, 10 discos en estudio y varias crisis después, el núcleo conformado por Horacio Blanco, José Luis “Caplis” Chacín, Danel Sarmiento y Óscar Alcaíno se reinventa en plena era del confinamiento y la crisis de la música en vivo, con celebraciones y ruedas de prensa vía Zoom, la apertura de su cuenta Patreon para mecenazgo de los fans, al tiempo que lanzan el disco Nuevo Desorden Mundial, que recoge material grabado en Japón, Australia, Alemania, Holanda, Eslovaquia, Croacia, México, Puerto Rico y Brasil.

Su más reciente concierto, no exento de polémica, fue el 15 de marzo en el Festival Vive Latino 2020 ya con la pandemia en pleno.

Hacemos un detallado recorrido por su obra y los hechos que la han condicionado y alimentado.

Juan Carlos Ballesta

 
Desorden Público nació con la crisis y de la dinámica imparable y centrifugadora de ella se ha alimentado durante 35 años. Sus fundadores son hijos de un país que comenzaba a transitar lo que ninguna generación anterior había sufrido: la devaluación del Bolívar, una moneda que había sido tan fuerte como él dólar y que en cualquier casa de cambio del mundo aceptaban.

Hoy el signo monetario venezolano es una entelequia, el papel con que se imprimen los billetes vale más que su valor facial. Aunque en los 80 apenas se atisbaba la punta del iceberg, siete lustros después una canción como “Llora por un dólar” podría ser una perfecta sinopsis de lo errática y desacertada que han sido las políticas económicas en Venezuela y lo tanto que ha influido la corrupción, el amiguismo, el tráfico de influencias, la ausencia de justicia sobre el estado de las cosas y los negocios non santos de muchos políticos, dirigentes y militares.

Sobre todo ello ha cabalgado la agrupación caraqueña, liderada por el verbo acertado y visionario de Horacio Blanco, uno de los más preclaros cronistas de la Venezuela contemporánea. Ese caldo de cultivo, para bien y para mal, no ha dejado de alimentar e inspirar a Desorden Público.

En aquel año 1985 gobernaba en Venezuela Jaime Lusinchi, un médico devenido en político y dirigente relevante de Acción Democrática, uno de los partidos artífices de la democracia pero también, paradójicamente, de la decadencia de un sistema que fue modelo por varias décadas para el resto de Latinoamérica.

Apenas dos años antes, en los estertores del gobierno a cargo del bonachón líder llanero Luis Herrera Campins, del partido socialcristiano Copei, se había producido la primera e inevitable devaluación y la creación de un sistema de administración cambiaria llamado Recadi, que se convirtió en un inmenso nido de corrupción en el gobierno de Lusinchi.

Millones de dólares fueron a parar a inescrupulosos políticos, empresarios oportunistas, funcionarios corruptos y militares sin conciencia de patria, un desaguadero que ya había comenzado en 1976 tras la repentina subida de los precios petroleros durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.

Nada de lo que pasa en la Venezuela de hoy ha ocurrido por generación espontánea.

Del génesis a la revelación

Al calor de aquel panorama, unos adolescentes de la clase media del oeste de Caracas, al tiempo que colocaban música en pequeñas fiestas bajo el nombre de Aseo Urbano, comenzaban también a balbucear sus primeras canciones, auténticos manifiestos de inconformidad anti sistema, tal como unos años antes había sucedido en Inglaterra con el movimiento punk.

Sus influencias más notables provenían del ska, el new wave y punk británico, de bandas como Specials, The Selecter, Madness, The Clash, XTC o The Beat. Aquel escenario fue tierra fértil para “Políticos paralíticos” y “¿Dónde está el futuro?”, canciones con las que fijaban posición y dejaban clara su postura de protesta, algo que no ha cambiado a lo largo de 35 años.

Pero también había espacio para la diversión absoluta en “Esto es ska”, “Mal aliento” o “Zapatos resbalosos”, canciones que cualquier adolescente de la época recuerda con añoranza y aun intenta bailar brincando.

Nada hacía sospechar, sin embargo, que aquella primera presentación en el Club Junkolandia en el kilómetro 35 de la vía que lleva a la Colonia Tovar, un 27 de julio de 1985, sería la semilla de un fenómeno musical de grandes proporciones encarnado en una agrupación que se convertiría en patrimonio nacional, embajadora del ska venezolano en todo el planeta y sobre todo en la responsable de denunciar y dejar retratado lo bueno y lo malo de una sociedad en eterno conflicto.

Los jóvenes Horacio Blanco (guitarra), José Luis “Caplis” Chacín (bajo), Andrey Vivas (voz), Elías Racho (batería) y Antonio Rojas (guitarra) fueron los protagonistas de aquella jornada, en la cual Desorden Público era apenas una más de un cartel de bandas punk encabezadas por 4to Reich.

Al poco tiempo Danel Sarmiento pasa a ser el baterista e invita a Francisco “Kiko” Núñez (saxo y flauta), y éste a su vez a Oscar “Oscarello” Alcaíno quien asume el rol de percusionista. Los teclados fueron para Víctor “Locolaca” Contreras, un vecino de Caplís.

Tras aquella primera presentación Horacio se convierte en el vocalista principal. La formación de septeto de Horacio, Caplís, Rojas, Danel, Kiko, Oscarello y Locolaca graba el homónimo primer disco en 1988, en el cual aparece registrado el repertorio de la primera época.

Venezuela cambiaba. Caracas empezaba a mostrar su cara hostil, aunque lejos todavía de la actual, con un movimiento musical insurgente que asumiría la vanguardia del nuevo rock. Los vestigios de la era de las grandes obras aún se notaban, muy especialmente en construcciones como Complejo Cultural Teresa Carreño, El Metro de Caracas o los grandes centros comerciales.

La capital venezolana era un reducto de modernidad, pero su desordenado crecimiento pasaría factura en años posteriores. El último año de la década fue protagonista de una sacudida social conocida como El Caracazo que explotó el 27 de febrero de 1989 y que ha sido interpretada a conveniencia por los políticos de entonces y los que siguieron.

Este suceso marcó a aquella generación veinteañera a la que los miembros de Desorden Público pertenecían junto a otros grupos como Sentimiento Muerto y Zapato 3, grupos que protagonizaron el recordado concierto Encuentro en el ruedo (Nuevo Circo de Caracas) el 30 de septiembre de aquel telúrico año.

En esa cadena de invitaciones de amigos músicos, Oscarello sugiere a Cheo Romero (trombón) y éste recomienda a Enzo Villaparedes (trompeta), quienes se convierten en los nuevos desordenados. Con la entrada de Egmidio Suárez en los teclados, encaran el segundo disco y la nueva década.

Los años 90: la estabilidad de Desorden Público

Es una paradoja que la convulsa década de los años 90 haya sido el acicate para la consolidación de Desorden Público como banda estable y vocera de una generación. A lo largo de esos años finales del siglo 20, vieron luz varios de los más emblemáticos temas ya pertenecientes al inconsciente colectivo de varias generaciones de venezolanos regados por el mundo.

El segundo álbum, En descomposición (1990) fue un salto cuántico en todos los sentidos. El interés que había despertado en la discográfica CBS (poco después convertida en Sony Music) se extendió casi toda la década. La producción del maestro Gerry Weil indicaba el camino que iniciaba la banda.

Cada músico creciendo en la ejecución de su instrumento, tras aquellos primeros años juveniles de aprendizaje empírico. Pero, lo más importante, es la aparición de temas de alto contenido social como “Peces del Guaire”, “Estoy buscando algo en el Caribe”, “Skándalo” o “Promesas”; o temas irónicos como “Cursi”.

Convertida en una banda de nueve músicos (dos guitarras, bajo, batería, teclados, percusión y tres metales) se completa la formación estable de los años 90 que grabaría desde el segundo al quinto disco.

Para el momento de la edición del emblemático Canto popular de la vida y muerte (1994) -considerado por muchos la obra maestra de Desorden cuandoVenezuela estaba sumida en una profunda crisis institucional, política y económica.

En 1992 dos intentos de golpes de estado sumieron al país en un limbo sin precedentes. Muchos vieron en esos intentos fallidos una luz de esperanza y en consecuencia años después apoyaron a sus protagonistas anteponiendo la emoción a la razón.

A ello siguió la destitución del presidente Carlos Andrés Pérez, cuyo mandato fue terminado por el intelectual Ramón J. Velázquez. En diciembre de 1993 gana la presidencia Rafael Caldera, y apenas tomando posesión explota una crisis financiera de gran magnitud a comienzos de 1994 que llevó al cierre de importantes entidades financieras y el rescate de otras.

De aquel disco, “Canto popular de la vida y muerte”, “Tiembla” y “Danza de los esqueletos” son tres temas infaltables en el repertorio en vivo, pero “Hay cosquillas que no dan risa”, “Sapo, culebra, lagarto” y “Cachos de vaca” también representan puntos álgidos.

En este disco comienza a hacerse costumbre incluir a músicos invitados, que en este caso fueron Paul Rodríguez (cello), Javier Salas y Adriana Charme (violínes), Luz María Charme (bassoon) y Jennifer Zea (coros).

En 2019, celebrando los 25 años, muchos de los temas fueron reinterpretados junto a invitados.

Sus primeros shows importantes fuera de Venezuela provienen de esta época, justo en 1993, cuando se presentaron en Estados Unidos. Así como también la primera gira europea, en 1996, antes del siguiente álbum.

El nivel de producción subió varios escalones para el siguiente disco, Plomo revienta (1997), cuyo título es suficientemente elocuente. Grabado, mezclado y producido en California por K.C. Porter, con colaboradores de lujo como los venezolanos Otmaro Ruiz (piano) y Pedro Eustache (flauta), el percusionista cubano Luis Conte y el saxofonista de Fishbone, Angelo Moore, entre otros, el álbum contiene varios temas de alto impacto como “Allá cayó” y “Valle de balas”, especie de “himnos” de la Caracas deshumanizada y violenta, tristemente aun muy vigentes.

Otros temas, como “(El tumbao) de Simón Guacamayo”, “Latex”, “Vaivén” y “El racismo es una enfermedad”, son representativos testimonios del gran nivel de inspiración y compromiso.

Tanto el estupendo compilado ¿Dónde está el futuro? (1998) con material en vivo, inédito y remezclas (con Caplís y Danel encargados de buena parte de la producción y mezclas junto a Gelson Briceño), el EP Valle de Balas (1999), como una caja con los primeros discos, precedieron la edición del siguiente disco en estudio y mantuvieron a la banda en las discotiendas en la incierta etapa que llevó al país a unas nuevas elecciones en diciembre de 1998 que resultarían decisivas para la vida nacional y que condujeron a Hugo Chávez, cabecilla de los golpes de estado de 1992, a la presidencia de la república.

Siglo 21: incertidumbre y reorganización de Desorden

La llegada del nuevo siglo comenzó con una nueva constitución y el rebautizo del país, tras una Asamblea Constituyente conformada por una mayoría ligada al nuevo proyecto político chavista.

El referéndum para su aprobación fue realizado el 15 de diciembre de 1999 cuando comenzaba a producirse la mayor tragedia natural vivida en muchos años en Venezuela que destrozó al estado Vargas, situación que mantuvo al país en vilo en aquellas navidades.

La autodenominada Revolución Bolivariana se propuso cambiar buena parte de los cimientos de la institucionalidad y acabar con la corrupción, pero 21 años después es público y notorio el resultado.

El Plan Bolívar 2000, primera iniciativa del “nuevo país” fue creado para acometer varios de esos proyectos transformadores, pero pronto se convertiría en pasto de la corrupción, en la primera oleada invasiva militar al ámbito civil y el inicio de nuevo material de inspiración para Desorden Público, al mismo tiempo envuelto en la dicotomía de darle el beneficio de la duda a la nueva casta política o someterla a la temprana y necesaria auditoria ciudadana.

El año 2000 fue un punto de inflexión. No mucho después de la edición del fantástico disco Diablo (2000) se produjo una desbandada en el seno del grupo que dejó al cuarteto originario en una situación de incertidumbre y cierta precariedad. Pero ahí estaba el legado, las canciones, las ganas y el talento en permanente ebullición de Horacio Blanco, José Luis “Caplís” Chacín, Danel Sarmiento y Oscar Alcaíno.

Diablo abre con uno de los temas más emblemáticos del grupo, “Combate”, probablemente la concientización del manejo del “branding” de la marca Desorden Público. “Engañados” es otro grito contra la hipocresía de los líderes, mientras que “El clon” aborda temas álgidos de la sociedad moderna.

El disco fue editado por Guerra Sound Records, el primero luego de la larga relación con Sony y contó con destacadas colaboraciones como Neville Staples (The Specials) y Fermín Muguruza (Kortatu, Negu Gorriak) en los coros, los violines de Maribel Serna y Yasmín Hernández, el cello de Arturo Serna y la viola de Gisela González.

Pasaron seis años hasta la llegada del siguiente disco en estudio. Desorden se reformó en ese período y se las arregló para jamás dejar de presentarse en vivo.

Todavía la formación clásica de los 90, más algunos invitados que integrarían la nueva formación, quedó para la historia en el documento en vivo grabado en el Teatro Teresa Carreño que celebraba los 18 años de vida, DP18 En Concierto (2004) (parte de nuestra lista de 50 discos en directo imprescindibles de Iberoamérica), con la adición de tres temas en estudio, entre ellos el éxito “Gorilón”. Pero los nuevos tiempos estaban al caer.

En Estrellas del caos (2006) se refleja finalmente el proceso de cambios en la formación con la entrada de Francisco “Coco” Díaz (teclados), figura clave a partir de ese momento en el proceso de grabación, mezcla y producción; William “Magú” Guzman (guitarra); Noel Mijares (trompeta); Hernán Ascóniga (saxo); y César Mijares (trombón), fallecido trágicamente unos años después en un accidente en carretera.

Desorden Público

Y como es costumbre, valiosas colaboraciones son incluidas, como la del neoyorquino Vic Ruggiero (voz, órgano), el californiano David Hillyard (saxo), el mexicano Isaac “Campa” Valdez (acordeón) y Oscar Pastorelli Paparazzi (voz de Papashanty Saundsystem), Raul Mota (tambores Nyahbingi), Marek Jan Wessolosky (citara y tambura), y la locución del legendario productor de jazz Jacques Braunstein, entre otras.

Es el comienzo de la etapa independiente, una circunstancia inevitable por la estrepitosa desaparición de casi todas las subsidiarias de los grandes sellos en Venezuela y por el reacomodo de la industria musical en general.

Es en esta obra donde se consolidan y desarrollan tremendamente las influencias de otros ritmos latinos que habían aflorado en algunos temas de discos anteriores, entre ellos el mambo, el cha cha cha, la cumbia, el merengue, siempre pasados por el tamiz del ska. Estrellas del caos es una obra que más allá de su contenido representa la reinvención de una banda con todavía demasiado que contar, sobre el cual sus integrantes dicen fue ignorado por las radios venezolanas.

El single del tema “Sex” fue una perfecta adición aquel año 2006.

Desorden Público
Foto: Erik Galindo

El desorden sigue en la calle

Con la nueva formación la banda cimentó su sonido ska fusión y una puesta en escena sin fisuras. Varias giras europeas, conciertos en Japón, Australia, México, Colombia, Chile y presentaciones en todo tipo de escenarios venezolanos solidifiaron su propuesta.

La crisis profunda de la sociedad venezolana de nuevo fue el revulsivo para algunos de los temas que en poco tiempo pasaron a ser parte esencial de sus shows, fuente de polémica y elogios.

El disco Los contrarios (2011) es una de las más logradas fotografías del momento que desafortunadamente tocó vivir en Venezuela, y aun no llegaba lo peor.

Canciones festivas y de cierto aire positivista como “Sale el Sol”, “Música de fiesta” o “Cristo Navaja”, contrastan con la crudeza de “El poder emborracha”, “Los dados de la muerte”, “Los Contrarios”, “Los caimanes” o “Llora por un dólar”, canción de alto y visionario impacto en la psiquis del venezolano actual.

Además, la escogencia de “City of the Dead” (de The Clash), que cantan con Andreas Frege “Campino” del grupo alemán Die Toten Hosen, es otra declaración de intenciones. En este trabajo se sumaron Terry Bonilla (trombón) y Julio Andrade (saxo), rol que luego desempeñó el joven Héctor Hernández (Quintillo Ensamble).

A destacar también las participaciones de Rubén Albarrán de Café Tacvba, el japonés Kanikazu Tanaka (saxo) y las voces de Nereyda y Betzaida Machado y Scheherezade y Selene Quiroga

A este disco siguió Orgánico:Rarezas Acústicas Vol.1 (2012), un valioso intento de reconvertir una parte representativa del repertorio al formato acústico, que también presentaron en vivo.

Ya en la era de Nicolás Maduro dejaron caer, en medio de la polémica, “Todo está muy normal”, una canción llena de ironía y crítica a la clase política que fue censurada por medios oficiales tal como tres décadas atrás pasó con “Políticos paralíticos”.

El preámbulo al siguiente disco con nuevo material fueron los discos Guarachando en Navidad (2014) y Pa’ fuera (2016), la interesante colaboración con C4 Trío, el grupo central en el redimensionamiento de la música tradicional venezolana.

Bailando sobre las ruinas llegó en 2016, con un título suficientemente elocuente para cualquier venezolano que aún viviera en su país. La inspiración partió por un lado del caos, la destrucción y las penurias, pero también de la posibilidad de reconstrucción y las oportunidades de mejora que existen en una sociedad -o una parte representativa de ella- que se resiste a morir ahogada en el pantano.

Mucho aún estaba por pasar, comenzando por el desconocimiento del régimen madurista de la voluntad expresada por la mayoría en las elecciones que arrojaron una Asamblea Nacional totalmente adversa al chavismo. Comenzaba otra etapa de absoluto deterioro democrático, de la calidad de vida y del trabajo, llegando la devaluación a niveles demenciales.

En el puñado de doce canciones es posible toparnos con temas que abordan diversos tópicos de actualidad y otros de temática más ligera.

Varios de los integrantes que participaron en Bailando sobre las ruinas decidieron quedarse en México, por lo cual la banda, una vez más, tuvo que reformarse, tal como comprobamos en 2019 en su concierto en Madrid. Los nuevos integrantes son el gran teclista Víctor Morles, el guitarrista Harold Quevedo y los saxos de Miguel Tovar y Irving Blanco

Las canciones de Desorden Público dan fe de lo ocurrido en Venezuela desde aquel lejano 1985. De las balas, la devaluación, la corrupción, el abuso de poder, la incertidumbre hacia el futuro, la muerte y las mentiras ha hablado Desorden durante 30 años, pero también del poder intrínseco y transformador de la música (y el ska en particular) para ayudarnos a superar los trances que vivimos.

Ellos han vivido sus propias contradicciones, muchas de ellas relativas a la participación en eventos del régimen chavista-madurista y han demostrado poder superarlas. A fin de cuenta, 21 de sus 35 años de historia han transcurrido en esta interminable etapa de apropiación de un país por parte de un proyecto que ha demostrado una y otra vez su espíritu maquiavélico para sostenerse en el poder.

Han pasado 35 años y aquellas situaciones que vieron nacer a la banda caraqueña no solo no han desaparecido, sino que han mutado y se han multiplicado. El denominador común que emparenta los siete lustros de la historia venezolana reciente son las canciones y actitud de Desorden Público.

Probablemente no haya otra forma de contárselo mejor a un extranjero o a las nuevas generaciones de venezolanos.

Nota: parte de este artículo fue publicado como texto principal del folleto que acompaña el box set de 10 CDs con la discografía de DP publicado en 2016