No ocurre con frecuencia que una banda latinoamericana se haya mantenido activa durante cuatro décadas sin parar. La banda caraqueña lo celebra con una extensa gira
Desorden Público
Concierto en Sala But, Madrid
Gira 40 Aniversario
(Junio 1, 2025)
Haber estado presente en decenas de conciertos de Desorden Público, comenzando por aquellos de los 80 anteriores a su disco debut, hasta los más recientes en Madrid, permite disponer de una experiencia invaluable para describir lo que significa que cuatro jovenzuelos en las postrimerías de la adolescencia puedan seguir juntos 40 años después, ya en la órbita de los 60 años, disfrutando y contagiando a varias generaciones, ahora dispersas por el planeta.
De 1985 a 2025: 40 años de ska en medio de una crisis sin fin
Quizá si las cosas hubieran sido de otra manera en Venezuela, Desorden Público no estaría celebrando tamaña efeméride en tantas ciudades de América y Europa, en las cuales la diáspora venezolana ha crecido imparablemente desde que se instaló en el poder el fenómeno Chávez a comienzos de 1999.
Su historia está indisolublemente asociada -para bien y para mal- con los procesos sociopolíticos vividos -o sufridos- en los últimos 40 años, que se han traducido en un ciclo de decadencia, esperanza, decepción y mayor decadencia. La banda nació con Jaime Lusinchi y las restricciones de Recadi, es decir, con un país que comenzaba a sentirse devaluado y defraudado, pero que aún era la envidia del resto de Latinoamérica.
Cuando las elecciones de 1998 que llevaron a Chávez al poder, Desorden Público tenia cuatro discos y ya una sólida reputación como banda combativa y crítica contras los vicios de la democracia “puntofijista”. Tenía una formación bastante estable cuyo resquebrajamiento coincidió con la llegada del régimen chavista.
Fue dificil esa primera etapa en la que muchos vivían la “luna de miel” con Chávez, incluidos algunos dentro del grupo. Desde ese ya lejano punto de inflexión han publicado ocho discos en estudio -incluidos las reinterpretaciones, los navideños y la colaboración con C4 Trío– y dos en directo. Son en realidad cuatro discos con nuevo material, la misma cantidad que la etapa previa.
En lo que va de siglo 21 en Venezuela se han sumado demasiados elementos de peso que han trastocado la vida de millones de venezolanos y dejado muy pequeño todo aquello que antes era sujeto de crítica, lo que ha generado un doloroso proceso de separación de familias y círculos de amistades, generando el mayor éxodo que se conozca en América.
Todos esos millones de venezolanos repartidos por el mundo -de todas las edades, y muchos que no habían nacido cuando D.P. nació y ni siquiera cuando la banda celebraba 18 años en el Teresa Carreño-, representan una potencial audiencia que tienen tanto Desorden Público como algunas otras bandas venezolanas, las cuales han logrado lo que hace unos años era casi inimaginable: llenar todos los recintos donde se presentan.
El siglo 21, pues, ha sido para Venezuela una tragedia. El reciente golpe de estado contra la soberanía popular ha sido la puesta en escena sin rubor alguno de las intenciones de perpetuidad de una casta cívico-militar que sin tapujos ha instaurado una dictadura que ya suma 26 años y que se ha enriquecido de manera pornográfica.
Muchos de ellos gozan de su botín en diversas partes del mundo, y quizá alguno que otro -o sus herederos y beneficiarios- los tengamos mimetizados en los mismos recintos disfrutando de los artistas venezolanos. Toda una paradoja que amerita mucha reflexión.
¿Hay fórmula para sobrevivir desde el arte a semejante proceso totalitario-destructivo extendido en el tiempo? El país que vio nacer a Desorden Público, con todos sus defectos y virtudes, ya no existe. Venezuela es otra cosa, un territorio darwinista bajo asedio de unos secuestradores.
La persistencia del desorden
Durante todo este período de decadencia, Desorden Público nunca ha dejado de recorrer los escenarios, incluidos algunos de muy discutible legitimidad, lo que ha llevado a debates públicos en los que muchos seguidores han cuestionado esas participaciones.
El inamovible núcleo de Horacio Blanco, José Luis “Caplís” Chacín, Danel Sarmiento y Óscar “Oscarello” Alcaino, se las ha arreglado para seguir adelante con una propuesta que sigue teniendo un componente de crítica social y política totalmente vigente, y otro de diversión, con letras que se nutren del imaginario colectivo y que muchas veces invitan a la reflexión.
Ha habido cambios a lo largo del tiempo en teclados, guitarra y vientos, pero todo el que pasa a formar parte de la banda, se conecta con su razón de ser. Algunos de los que alguna vez fueron parte del grupo también se fueron de Venezuela, tal es el caso de los teclistas Víctor Contreras, Egmidio Suárez y Francisco “Coco” Díaz, quien era también productor e ingeniero de grabación. El puesto lo ocupa desde hace unos años, el talentoso Víctor Morles.
Harold Quevedo tomó el relevo de Magú Guzman, quien a su vez había sustituido a Antonio Rojas. La sección de vientos actual está conformada por los jóvenes Miguel Tovar en saxo barítono y Eduardo Martínez en trompeta, roles (sumado el trombón) que habían ejercido los recordados Kiko Núñez, José “Cheo” Romero, Hernán Ascóniga, César Mijares (fallecido en un accidente), Noel Mijares, Terry Bonilla, Julio Andrade y Héctor Hernández.
Esta formación se ha mantenido estable en años recientes, y es la misma que vimos en 2022 (leer crónica) y casi igual que en 2019 (leer crónica), ambos conciertos en Madrid. Esto incide directamente en la cohesión que se manifiesta a lo largo del show, con los dos jóvenes vientistas actuando siempre con libertad al frente del escenario y no como era en décadas anteriores cuando se mantenían en un costado o en un plano trasero todo el show.
La celebración de Desorden en Madrid
Comenzó el show con una presentación en pantalla que recordaba los noticieros y programas de variedades en TV de los 80 y 90, con imágenes de la época, y un texto narrado por Rafael Cadavieco explicando el surgimiento de un movimiento musical underground en los 80, independiente, transgresor, pero un componente naif. El 27 de julio de 1985 en Junkolandia, debutó Desorden Público.
El texto terminó con la frase “rebelde hasta la muerte” y de inmediato comenzó a sonar el ritmo programado de “A mi me gusta el desorden” con Horacio, Caplís, Danel y Oscarello haciendo su aparición para ubicarse al frente del escenario con la intención de dirigirse al público.
Lo hicieron, pero con cierta confusión ya que se había producido un un fallo técnico que dejó a oscuras el escenario por unos minutos, cosa que el público aprovechó para cantar “Combate” en el mismo tempo del ritmo que sonaba. La amplificación no sufrió y por ello el susto fue a medias.
Desde ese primer minuto, Horacio puso al público a interactuar, “dividiendo a la sala en dos como debe ser”: “la fuerza” y “el desorden”. De modo que la conexión ocurrió desde el inicio y así fue hasta el final. El tema se extendió por más de ocho minutos.
El repertorio fue generoso y variado, a pesar incluso que tuvieron que sacrificar varios temas (tal como constaba en el setlist), entre ellos “Los zombies están de moda”, “Los contrarios”, “La olla”, “Cementerio e’ mis amores” y “Ciudad de los locos”, lo que hubiera extendido la duración a tres horas.
Los discos más revisados fueron el homónimo debut de 1988, y los dos con los que se consolidaron, Canto Popular de la Vida y Muerte (1994) y Plomo Revienta (1997), de los cuales tocaron seis, seis y siete, respectivamente, un total de 19 de los 32 temas que interpretaron.
El primer segmento fue frenético, con “¿Dónde está el futuro?” -reflexiva pregunta más vigente que nunca en mundo y sobre todo en Venezuela- “Gorilón”, “El racismo es una enfermedad”, “Todo está muy normal” -que no olvidemos se inspira en aquella patética frase de José Vicente Rangel “todo está excesivamente normal” mientras el país ardía y se caía a pedazos- “Molotov Love”, “El poder emborracha” y la siempre divertida “Látex”.


Caplís y Oscarello tomaron la palabra para comentar sobre la larga historia de Desorden, las situaciones difíciles siempre superadas, la “buena vibra” que todavía reina en los ensayos, y los inicios inciertos en los que su música -inspirada en el 2-Tone británico de bandas como Specials, The Selecter, Madness o English Beat, y en el punk de The Clash– no era tan popular y esos los hacía diferentes.
El momento era el ideal para repasar algunas de esas influencias, para lo cual tocaron “Ay Ay Ay”, “Shing-a-ling”, “Postizo” y la siempre atractiva pieza “El hombre con la pistola”.


Parte muy representativa del primer disco fue revisada de manera especial por Danel y Horacio, quienes interpretaron “Skapate conmigo”, “Enredos”, “Zapatos resbalosos” y “Mal aliento”, con Danel bailando mientras cantaba varios segmentos como solista o junto a Horacio.
Fue una manera distinta y bastante más sosegada a como habian abordado estas canciones en otros muchos conciertos, cuando el manager Lino Spolzino se montaba en la batería y Danel incluso se lanzaba hacia el público.

Con la banda de nuevo al completo tocaron uno de los clásicos -de mis favoritos- “(El tumbao de) Simón Guacamaya”, seguida de esa especie de ska-cumbia, “Hay cosquillas que no dan risa” y otra infaltable, “Danza de los esqueletos”, introducida con un cuento de realismo mágico por Horacio, quien siempre impresiona en el tramo final manteniendo la respiración mientras repite de manera frenética “El hombre bueno no teme, no teme, no teme….”.
Para mi, una de las mejores letras escritas por Horacio Blanco, una alegoría que describe lo que ocurre después de la muerte: “Danzan los esqueletos / Danzan a través de los tiempos / Sin joyas ni arrogancia, sin normas de etiqueta / Sin vanidad, sin soberbia ni modestia / Sin cirugías, maquillajes, antifaces ni caretas”.


Siguieron con el estupendo ska “Hipnosis” con lucimiento de Eduardo Martínez y Miguel Tovar, perfecto preámbulo para “Canto popular de la vida y muerte”, uno de esos temas emblemáticos que desata un frenesí total. La pieza contó con una especie de puesta en escena con una llamada pregrabada de la mamá de Horacio preguntando como subir una foto en Instagram. La mamá dio la bendición “larga” a todos.
La pieza llevó al delirio a la gente y fue concatenada con “Los dados de la muerte”, otro acelerado ska que convirtió la Sala But en una locura.

“Hardcore Mambo” con el coro re-empacado de la Fania, “las estrellas del caos te ponen a bailar” fue el momento de combinar salsa, ska y punk, un momento festivo y desatado -con una chica del público subiendo a bailar con Oscarello- que precedió al tema que desata la nostalgia colectiva.
Se trata de “Los que se quedan, los que se van” (incluido en el que hasta ahora es el más reciente disco con nuevo material, Bailando sobre las Ruinas, 2016), que Horacio acompaña con un relato previo sobre la migración e inmensa diáspora venezolana que ha llevado a algunos hasta recónditos parajes, como en Tasmania, Suráfrica y incluso en el circulo polar ártico, en un pueblo llamado Yellowknife donde unos venezolanos montaron una arepera.

Para entonces, Harold Quevedo había perdido dos cuerdas de su guitarra, y como no habia sustituta, siguió así hasta el final. Horacio presentó a los músicos, agradeció a los patrocinantes… y en broma le dijo al público “ninguno de ustedes se ha dignado a cantarnos el cumpleaños” -cosa que evidentemente ocurrió en ese momento- uniendo la celebración con la pegadiza “Ska Mundo Ska”, lo que hacia presagiar que vendría inmediatamente “Esto es ska” y enseguida otra infaltable: “Valle de Balas”, una especie de merengue ska que describía el peligro constante en el que se había convertido Caracas en los años 90.


El tramo final fue sudoroso con “Combate”, “Tiembla” y como si fueran aquellos jovenzuelos de los 80, la velocidad subió con “Música de fiesta” -con Horacio levitando sobre los brazos del público- y “Allá cayó”.

La euforia se desbordó y eso hizo que tocaran “Políticos Paralíticos” como cierre, poniendo a todos a cantar -quizá con rabia, quizá con impotencia- un tema de 1988 tristemente muy vigente
A juzgar por lo visto y vivido, es muy probable que antes de que nos demos cuenta estemos celebrando el medio siglo de existencia de Desorden Público y, ojalá, con otra realidad muy distinta en Venezuela.
Juan Carlos Ballesta





