Entre clásicos inmortales, alegatos contra el olvido y una emotiva mirada hacia la migración, el panameño convirtió el Real Jardín Botánico en el epicentro de la memoria viva de América Latina.
Rubén Blades con Roberto Delgado Big Band
Fotografías Tour
Noches del Botánico
Real Jardín Botánico Alfonso XIII, Universidad Complutense, Madrid
(Julio 6, 2026)
Asistir a un concierto de Rubén Blades siendo expatriada se vive desde una dimensión muy distinta. Cuando estás lejos de la tierra donde naciste y creciste, su música -descubierta y asimilada allí- deja de ser solo entretenimiento para convertirse en un reencuentro frontal con la identidad original; la de los cimientos, con una fuerza capaz de atravesar todas las capas que hayas construido durante tu nueva vida.
Te mueves porque bailas, ¡cómo no!, pero también porque te conmueves con acordes y frases en las que reconoces la memoria individual y la colectiva, transfronteriza; generacional, puede ser, pero absolutamente vigente, por momentos dulce y en otros amarga.
El marco no podía ser más idóneo: el entorno natural del Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Universidad Complutense de Madrid, dentro del impecable ciclo Noches del Botánico, que una vez más demostró ser el refugio estival perfecto para propuestas de semejante calado histórico y emocional.
A sus recién cumplidos 78 años -festejados en España doce días antes de este encuentro en la capital española-, Rubén Blades demostró que su voz no envejece. Y no solo en el sentido estrictamente vocal, donde el tiempo no parece haber mermado ni un ápice de su registro, sino por la vigencia aplastante de sus letras. La crítica social y la agitada vida política de los países latinoamericanos no han dejado de ser inspiración porque, lamentablemente, los problemas de fondo siguen siendo los mismos.
Un concierto del “poeta de la salsa” no es una simple sucesión de éxitos bailables; es un viaje didáctico por la historia contemporánea, política y cultural de Latinoamérica a través de sus canciones.
El arranque: Mambo, crónica urbana y la vigencia del mensaje
La noche arrancó formalmente a las 21h, con puntualidad inglesa, con el instrumental “Mambo Gil”, la obertura perfecta para calentar los motores de la impecable orquesta panameña dirigida por Roberto Delgado.
Nos vinimos arriba pronto y, para qué esperar, con la pista y las gradas desbordadas de convocatoria, sin un solo claro a la vista en la explanada del Botánico, la banda conectó directo con “Plástico” y “Decisiones”, dos clásicos imperecederos que Blades suele contextualizar señalando el año de su lanzamiento, convirtiendo el escenario en una cátedra viva de cronología musical.
En la tribuna, la dinámica inicial era algo particular: un público bastante apagado y mayoritariamente sentado contrastaba con la fuerza que ya empezaba a emanar de la pista. Sin embargo, a medida que la noche cayó del todo, entre el juego de luces y sombras se fueron activando espontáneamente focos de baile por aquí y por allá hasta contagiar todo el recinto.

La migración y el recuerdo: de la censura a la solidaridad
Uno de los bloques más reflexivos de la velada fue cuando Blades introdujo “País Portátil”, inspirada en la obra del escritor venezolano Adriano González León y enriquecida con nuevos arreglos de Roberto Delgado. Con la lucidez verbal que lo caracteriza, Rubén lanzó una reflexión punzante:
«Mientras no se solucionen los problemas que producen que la migración ocurra, nunca va a cambiar. Mientras en los países los políticos sigan haciendo de nuestros países ‘países portátiles'»
A este momento le siguió “Emigrantes”, introducida por un testimonio personal sobre su salida de Panamá hacia Estados Unidos en 1974. Recordó que nadie emigra por gusto, sino forzado por la ineficiencia, las dictaduras y la falta de oportunidades:
«Mucha gente cree en Latinoamérica que cuando nacemos lo primero que pensamos es: ‘¡Ay Dios mío, cuándo aprenderé a caminar para irme de aquí!’. No. La mayoría de la gente que nos vamos, los que nos vamos, nos vamos porque los gobiernos nos hacen o nos fuerzan… Por eso esta canción para todos los emigrantes como yo.»
Sus soneos en vivo -mencionando explícitamente el drama de quienes cruzan la selva del Darién- calaron hondo en un público donde el acento latinoamericano estaba bien equilibrado con el peninsular:
«Yo no me fui porque quise, la situación me obligó… No es fácil dejar la tierra, el sitio en que uno nació.»
Antes de dar paso a “Prohibido Olvidar”, el panameño recordó cómo la censura oficial persiguió la canción en su país en 1983 bajo el absurdo argumento de que inspiraba «al aborto, al alcoholismo y a la infidelidad marital», cerrando con un firme llamado a la memoria histórica.
El valor intelectual: de Gabo a la herencia familiar
El recorrido conceptual continuó con “Ojos de Perro Azul”, uno de los momentos álgidos, en el cual revivió la anécdota de su disco conceptual Agua de Luna, basado en los relatos de Gabriel García Márquez.
Entre risas, recordó que le propuso a Gabo hacer el álbum juntos, pero el Nobel se negó entre bromas diciendo que nunca terminarían. El resultado fue incomprendido en su momento tanto por salseros como por intelectuales (“los salseros decían que eso no era salsa y los intelectuales que había destruído la obra de García Márquez”),
Al finalizar el tema Blades aprovechó para soltar una reflexión punzante sobre el panorama político actual: «Si no arreglamos esta vaina, vamos a terminar creando la barricada«. Y, obviamente, tocaron “La Barricada”, parte del reciente disco Fotografías (2025)
Antecediendo la fantástica “María Lionza”, el guiño hacia la comunidad venezolana fue explícito (“estamos trabajando con Caritas”), aprovechando además para pedir apoyo frente a las emergencias e incendios locales en España: «El que pueda ayudar, que ayude de cualquier forma, aquí y allá». El tema fue coreado por buena parte de los presentes.
Siguió con “Amor y Control”, que aunque fue compuesta con el dolor de cuando su madre sufría de un cáncer terminal, aquí traspuso para todos los que sufren y la pasan mal.
Posteriormente, sonó “Todos vuelven”, del compositor peruano César Miró, que aprovechó para rendir tributo a su abuelo materno, Ricardo Miró, de quien dijo era catalán. El performance contó con un soberbio solo del timbalero Ademir Berrocal
Siguieron con “Fotografías” (que da nombre al tour, con gran apoyo fotográfico) -previa pose para la selfie de rigor con el público- y “La belleza del son”, pieza donde demostró una tesitura vocal rasgada y potente que evocó la grabación original junto a Bobby Valentín.
Lejos de la egolatría, Rubén hizo una pausa para reconocer el peso de su orquesta: «El éxito es producto de la contribución de mucha gente… Hay gente mas merecedora que yo, que no tuvo las oportunidades que yo tuve. Yo agradezco todas las contibuciones de la gente que sabe más que yo y me ayudó a llegar a donde estoy», ensalzando la brillante labor de Roberto Delgado y Orquesta.
Enseguida introdujo “Arayué”, de la cual dijo que la grabó primero Ray Barreto en 1980 y que está relacionado con su canción “El Pescador” de 1970

El clímax de la noche: del barrio a la cadencia flamenca
Hacia el tramo final, el viaje musical se aceleró con la romántica “Paula C” (1978) -dedicada a su expareja Paula Campbell y que grabó en 1978 con Louie Ramírez- y “El Cantante”, donde dio el crédito correspondiente a Héctor Lavoe (quien la grabó primero e hizo suya) y Willie Colón.
El momento más multitudinario llegó con «Pedro Navaja», que convirtió el auditorio al aire libre en una celebración colectiva. Para rematar el tema, Rubén integró la acostumbrada cita a «America« de West Side Story, rematando la frase con un enfático: «¡La tierra de Simón Bolívar!».
Setlist del Concierto:
- Mambo Gil
- Plástico
- Decisiones
- País Portátil
- Emigrantes
- Prohibido Olvidar
- Ojos de Perro Azul
- La Barricada
- María Lionza
- Amor y Control
- Todos Vuelven
- Fotografías
- La belleza del son
- Arayué
- Paula C
- El Cantante
- Pedro Navaja
- Parao (Acústico con El Niño Josele)

Un espacio para la conciencia, el agradecimiento y el adiós
A lo largo de casi tres horas de espectáculo hubo momentos para todo: para reconocer el talento ajeno, para agradecer con humildad el cariño recibido tras décadas de carrera y, sobre todo, para llamar a la conciencia social y a la solidaridad entre pueblos. Blades no solo ofrece música; ofrece un espacio de contención política y humana en tiempos donde la empatía suele escasear.
Cuando la masa pedía a gritos más clásicos, el panameño sorprendió con un bis íntimo. Invitó al escenario al guitarrista flamenco El Niño Josele, con quien compartió rodaje en el cine bajo la dirección de Fernando Trueba.
Juntos regalaron una interpretación acústica y despojada de «Parao», teñida de una marcada cadencia española. Fue el único momento donde el recinto guardó un silencio casi místico, roto únicamente por el acompañamiento discreto de las palmas del público.
A las 22:56h , entre aplausos ensordecedores y las inevitables quejas de los nostálgicos y auténticos fanñaticos que reclamaban “Ligia Elena” (puede que la gran ausente de la velada), hubo que encender las luces del recinto para que el público de Noches del Botánico entendiera que todo había acabado, sin el encore reglamentario al que nos tienen acostumbrados otros shows.
Echamos de menos «Buscando guayaba«, “Siembra”, “Te están buscando”, “Maestra Vida”, “El Padre Antonio y el Monaguillo Andrés” y «Tiburón«, aunque sabemos que no pueden estar todas.
En la trashumancia hacia la salida, la combinación de salsa como cortina musical marcaba el paso mientras los olores deliciosos de la oferta gastronómica del ciclo invitaban a quedarse un rato más. Una vez afuera, los vendedores ambulantes de empanadas crujientes y patatas rellenas completaban la estampa: por espacio de una noche, Madrid había sido el epicentro exacto de la América Latina que se niega a olvidar.
Carla Montero
Fotos: @fergonzalez



