La magnífica banda de Alabama liderada por Brittany Howard, Heath Fogg y Zac Cockrell ofreció un concierto memorable, develando nuevos temas y ofrendando los clásicos
Alabama Shakes
Noches del Botánico
Real Jardín Botánico Alfonso XIII, Universidad Complutense, Madrid
(Julio 6, 2026)
Hay festivales que son meros despachos de música en serie y luego está el oasis de las Noches del Botánico. Nunca serán suficientes las flores que le demos a este hermoso festival en el Real Jardín Botánico de la Complutense. Volver a cruzar sus puertas para cobijarse bajo el aire libre y la vegetación real de la capital madrileña -esa bendita brisa que nos rescata temporalmente de nuestra adolecida ciudad-desierto- ya te predispone el cuerpo para lo que viene.
Pero si quienes ofician la misa son los muchachos de Alabama Shakes, la experiencia se vuelve algo puramente físico. El destino, caprichoso y circular, nos devolvió a la banda de Athens, Alabama, al mismo escenario vegetal donde la música de raíces norteamericanas parece encontrar algo cercano a su hábitat natural.

Cualquiera que haya seguido la trayectoria del proyecto sabe que no estamos ante una banda que se conforma con exprimir la nostalgia de sus éxitos pasados. Tras un silencio discográfico larguísimo, la expectación por calibrar su presente era brutal.
El ruedo arrancó sin anestesia: un despliegue equilibrado que sirvió para constatar la clarísima evolución de su sonido. El repertorio de la noche fue una declaración de intenciones milimétrica: seis temas de su laureado segundo trabajo Sound & Color (ATO Records, 2015), cinco latigazos de su fundacional e imperecedero debut Boys & Girls (ATO Records, 2012) y, para deleite de los benditos y necesarios impacientes, cuatro composiciones completamente nuevas pertenecientes a I Must Be Dreaming (Island, 2026), su venidero larga duración.
Es precisamente en el material inédito donde se mide el verdadero peso de una banda. Escuchar esos cuatro adelantos en directo fue un absoluto privilegio. Sin pasar todavía por el estudio ni tener el respaldo de un formato físico, estas canciones dejaron claro que el grupo prefiere arriesgar antes que acomodarse en la repetición. No son bocetos a medio cocinar; sonaron con una solidez tremenda, empujando el blues y el R&B hacia terrenos más psicodélicos y crudos que anticipan un regreso discográfico de finísima estampa.

Por supuesto, todo el magnetismo de la noche gira en torno a esa bestia escénica que es Brittany Howard. Su voz, ese trueno visceral capaz de pasar del susurro más desgarrador al alarido que te vuela la cabeza, estuvo respaldada por una maquinaria humana perfecta. En el núcleo duro del proyecto se mantiene la cohesión envidiable del trío principal: Howard comandando desde la guitarra y la voz, flanqueada por la guitarra afilada de Heath Fogg y las líneas suaves e impecables de Zac Cockrell en el bajo.
Adicionalmente, resulta imposible no aplaudir la corte de músicos que acompaña a las malteadas sureñas en esta gira. El despliegue de Noah Bond en una batería mutante, Ben Tanner y Paul Horton tejiendo atmósferas espaciales desde los teclados y, por encima de todo, el trío de coristas formado por Shanay Johnson, Karita Law y Lloyd Buchanan -que se amalgamaron con la voz de la Brit de una manera superlativa- nos dejó la sospecha de si este combo terminará sellando su firma en los créditos del disco nuevo. En el escenario, funcionaron como un bloque de pura luz creativa.
Hubo momentos donde el rock directo a la quijada se apoderó del recinto, desatando la catarsis colectiva con clásicos inapelables como «Hold On» o «Don’t Wanna Fight«, donde la banda se dejó el pellejo demostrando por qué mandan en esto. El clímax de la noche rozó lo místico en un silencio respetuoso que inundó el Botánico, demostrando que la capacidad de Howard para conmover habita en las costuras más desnudas de sus canciones.
Ya en el encore, con la noche totalmente rendida a sus pies y el público pidiendo a gritos el asalto final, el grupo regresó con vitaminas a mil para firmar un desenlace cinematográfico. El broche de oro llegó con «Always Alright«, aquella joya oculta que brilló con luz propia en la banda sonora del film Silver Linings Playbook. La interpretación tronó con una urgencia rabiosa y fiestera que sacudió las ramas de los árboles, sirviendo como un cierre antológico a la altura de cualquier leyenda moderna de la música norteamericana.

Nos fuimos del Botánico con el cuerpo todavía vibrando por una descarga de electricidad y raíz que hacía falta en estos predios madrileños. Al final del día, lo de Alabama Shakes no es pose ni nostalgia empaquetada; es la demostración de que el soul del siglo 21 se escribe con las botas sucias y el corazón expuesto.
Qué enorme suerte tenerlos de vuelta, dominando el escenario a gritos y recordándonos que la música cocinada a fuego lento siempre termina ganando la partida.
Javier Camacho Miranda



