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Rough and Rowdy Ways: histórico ofrecimiento de Bob Dylan

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rough and rowdy ways

Tras ocho años de su anterior disco con composiciones propias, el emblemático cantautor regresa con un álbum memorable con rasgos de autobiografía

Bob Dylan
Rough and Rowdy Ways

Columbia. 2020. EE UU

El primer álbum de nuevas canciones del prolífico Bob Dylan tras recibir el Nobel de Literatura en 2016 llega, como es lógico, envuelto en expectativas.

Como suele ocurrir con todo lo que ha rodeado a Dylan desde sus primeros años como trovador folk, cada paso que da remueve sensaciones, despierta pasiones de seguidores y hace brotar a sus críticos y detractores.

El hecho cierto es que el cantautor de Duluth, Minnesota, llega a su álbum de estudio número 39, y lanza el cable con el anterior, Tempest (2012), en el cual se adentró en la tragedia del Titanic, homenajeó a Lennon y escarbó en la Norteamérica bizarra.

Con ese trabajo hay una separación de ocho años y tres discos de versiones (uno de ellos triple) del amplio cancionero norteamericano y de Sinatra, que de una u otra forma son parte de su acervo y que a lo mejor podría haber hecho temer a algunos que Dylan había perdido el olfato y la agudeza. Pero nada más lejos de la realidad.

Aunque es indudable que Bob Dylan publicó sus más influyentes discos en los años 60, cuando aún sin quererlo se convirtió en paradigma generacional, sus trabajos de los últimos 25 años, más eléctricos que aquellos, son auténticas joyas con las que se ha paseado por el amplio universo musical de Norteamérica.

Dylan pasó de la sencilla y a veces cándida estructura de voz, guitarra y armónica con la que se hizo popular gracias a The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), The Times They Are A-Changin’ (1964) y Another Side of Bob Dylan (1964), a una propuesta que paulatinamente incorporó cada vez más electricidad e influencias en los discos que siguieron, Bringing It All Back Home (1965), Blonde on Blonde (1966), John Wesley Harding (1967) y Nashville Skyline (1969), sin perder del todo el carácter acústico.

Aunque Dylan siguió publicando discos muy buenos como Blood on the Tracks (1975), Oh Mercy (1989) o Under the Red Sky (1990), alternados con otros más irregulares, avanzado el tiempo, un Dylan ya maduro, publicó una seguidilla de joyas, espaciadas en el tiempo, que comenzó con Time Out of Mind (1997) y siguió en el siglo 21 con Love and Theft (2001), Modern Times (2006), Together Through Life (2009) y Tempest (2012), en los cuales están incluidos muchos de sus mejores momentos, aun con su nasal voz más gastada.

Con ellos se convirtió en el artista de mayor edad en alcanzar el tope de las listas.

Bob Dylan
Bob Dylan por John Shearer

Rough and Rowdy Ways: ¿memorias finales de Dylan?

Conviene siempre dejar destilar un poco cada nuevo disco que irrumpe en el mercado, muy en especial los que provienen de nombres propios como el que ostenta el Sr. Zimmerman, escucharlo varias veces dejando escapar preconceptos, inútiles y absurdas exigencias y otros juicios que probablemente aplicamos a muy pocos artistas.

De ese modo es posible impedir que la premura por publicar una crítica antes que la mayoría, inmediatismo que impera cada vez más en el frenético mundo del periodismo en la web, gane y se imponga a la serenidad necesaria que merece un disco de la trascendencia de éste.

Aquellos que siempre le han huido a Dylan “porque no canta”, porque sus canciones no obedecen a la clásica estructura con estribillo, coro y solo, porque sus temáticas se anclan solo en la sociedad estadounidense, o incluso porque es un huraño, tienen garantizado un nuevo reto. Claro, si se despojan de prejuicios e intentan ahondar en sus textos.

Quien sabe cuántos nuevos capítulos le queden a un artista a punto de convertirse en octogenario, aunque siga en plenitud creativa y presentándose. Este disco, ojalá no, por momentos desprende un aroma a despedida. Deseamos que triunfe la relación casi umbilical de Dylan con los estudios de grabación.

Rough and Rowdy Days (Maneras rudas y ruidosas) podría tener varias lecturas, sin duda. Es una obviedad, repasando cada canción, que Dylan (voz, guitarra) aún tiene suficiente materia prima para desarrollar.

La de los 60 fue una década convulsa, repleta de acontecimientos de gran repercusión. Pero la sociedad ha seguido en ebullición y aunque algunos de aquellos problemas ya no sean tan graves, algunos siguen siendo relevantes y otros se han sumado.

Allí siguen las preocupaciones, intereses y motivaciones de Dylan; religión, guerras, derechos civiles y por supuesto, música

Apoyado en una banda de altos quilates conformada por Charlie Sexton (guitarra), Bob Britt (guitarra), Donnie Herron (guitarra steel, violín, acordeón), Tony Garnier (bajo) y Matt Chamberlain (batería), más un selecto y valioso grupo de colaboradores encabezado por  el pianista Alan Pasqua, la vocalista Fiona Apple, el guitarrista Blake Mills y el multi instrumentista Benmont Tench (Tom Petty and The Heartbreakers), el venerable Bob nos vuelve a regalar un puñado de inolvidables composiciones repartidas, las nueve primeras en un primer LP/CD, y la monumental “Murder Most Foul” ocupando el segundo disco.

Rough and Rowdy Ways

Las 10 ofrendas de Dylan

La sosegada y reflexiva “I Contain Multitudes” abre el disco con una instrumentación predominantemente acústica, con un título basado en el poema de Walt Whitman, “Song of Myself”.

En ella pronuncia la frase “No tengo que disculparme de nada”, y tratándose de la primera pieza es sin duda una forma de establecer las premisas con un discurso autobiográfico.

“Soy como Anne Frank, como Indiana Jones / Y los chicos malos británicos, The Rolling Stones / Voy directo al borde, voy directo al final / Voy justo donde todas las cosas perdidas se arreglan de nuevo / Canto las canciones de la experiencia como William Blake / No tengo disculpas que dar / Todo fluye al mismo tiempo / Vivo en el bulevar del crimen / Conduzco autos rápidos y como comidas rápidas / Contengo multitudes”

Y agrega: “Soy un hombre de contradicciones / soy un hombre de muchos estados de ánimo / contengo multitudes”. Es una frase reveladora, una especie de confesión sobre la convivencia dentro de él de la vanidad, la culpa, la paranoia, la rebelión, el amor y otras emociones que modelan su carácter.

El polvoriento blues “False Prophet” está inspirado en la canción de 1954, “If Lovin’ is Believin” de Billy «The Kid» Emerson, convertido en reverendo y predicador en los años 70. El título da pistas sobre la temática tratada.

“Bueno, soy el enemigo de la traición / Enemigo de la lucha / Enemigo de la vida sin sentido que no se ha vivido / No soy un falso profeta / Solo sé lo que sé / Voy a donde solo pueden ir los solitarios”

El lienzo de los siguientes tres temas, “My Own Vision of You” -en la que ironiza sobre su mortalidad-, la inmensamente emotiva “I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You” ( en la que una frase dice: «Tengo la esperanza que los dioses sean benévolos conmigo») y “Black Rider”, apenas se llena con delicados trazos de blues sureño, folk fantasmal, melancólico country y espirituales.

Y con esa austeridad logra conmover y convencer.

Llega entonces “Goodbye Jimmy Reed”, atractivo blues en tributo al legendario bluesista del Delta del Misisipi, que bien pudiera ser parte de la crudeza de Exile on Main Street (1972) de The Rolling Stones.

Sigue “Mother of Muses”, cercana en estética a Tom Waits, en la que confluyen buena parte de las temáticas dylanianas.

Los siete minutos del libidinoso blues, “Crossing the Rubycon”, transcurren en un terreno más conocido. Dylan, conociendo las limitaciones de su voz, casi nos susurra y de vez en cuando sube el tono: “Crucé el Rubicón en un día 14 / Del mes más peligroso del año / En el peor momento, en el peor lugar / Eso es todo lo que me parece escuchar / Voy a Berlín / Para poder saludar a la diosa del amanecer / He estado en mi carro, abandono toda esperanza / Y crucé el Rubicón”

El primer disco cierra con la confesional “Key West (Philosopher Pirate)”, nueve minutos sin desperdicio que descansan sobre el acordeón, en los que Dylan canta: “Nací en el lado equivocado de la vía del ferrocarril / Como Ginsberg, Corso y Kerouac / Como Louis, Jimmy, Buddy y todo el resto / Bueno, tal vez no sea lo que haya que hacer”

Y como si hubiese sido poco con los 53 minutos de fabulosa música, aún nos espera la épica “Murder Most Foul”, que en marzo pasado nos dejó conmocionados. Es presentada sola en el segundo disco, como si fuese una especie de gran manifiesto final, un cierre grandioso a sus 60 años de vida artística.

Los 17 minutos de duración, que parecen muchos, transcurren como un documental en el que se pasean las imágenes, buenas y malas, de la sociedad norteamericana contemporánea, comenzando por el trauma colectivo del asesinato de John Fitzgerald Kennedy en 1963, la Beatlemania, la contra cultura, los hippies, Woodstock, Altamont…

Todo ello acompañado del melancólico violín de Herron, el sensible piano de Pascua y un delicado trabajo de batería de Chamberlain.

Es sin duda un gran cuadro de nuestro tiempo, que el propio Dylan describió en entrevista al New York Times como: “La canción es como una pintura, no puedes verla completa si estás demasiado cerca”.

La foto de portada del legendario fotoperiodista de la agencia Magnus, Ian Berry, con diseño de arte de Josh Cheuse, y la magistral ingeniería y mezcla de Chris Shaw, completan un histórico ofrecimiento.

Juan Carlos Ballesta