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Ritual de lo Habitual: la adictiva heterodoxia de Jane’s Addiction

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Ritual de lo Habitual
screw the RIAA

El 21 de agosto de 1990 la banda californiana comandada por Perry Farrell publicó su ecléctico segundo álbum, aventurada entrada a los años 90

Jane’s Addiction
Ritual de lo Habitual

Warner Bros. Records. 1990. EEUU

Me tomaba poco más de una semana de ahorros para adquirir un casete nuevo, en edición nacional venezolana (“Sonográfica”, para mayores nostalgias).

Una vez reunidos los fondos suficientes era cuestión de elegir. Se sorteaban múltiples variables en la era pre-internet: la recomendación de los panas, los intereses mercantiles de los muy neófitos dependientes de tiendas, las rotaciones predecibles de los programas de música en la TV y Radio locales, y finalmente: la portada.

La de Ritual de lo Habitual sobresalía especialmente entre la retahíla de portadas heavy metal en la que los copetes del hair rock competían sin muchas singularidades. Comenzaba la década de los 90 y esta portada en particular exhibía una especie de altar santero o vudú con tres figuras semidesnudas entrelazadas que cautivaban el ojo del curioso.

Tiempo después, descubro que es obra del cantante Perry Farrell, quien es también un artista plástico aficionado. La portada fue censurada en otros países y generó todo un debate sobre la “libertad de expresión” en Estados Unidos –corrían los años cuando el negocio de la música era lo suficientemente lucrativo como para que el moralismo también sacara su tajada.




En mi despreocupado país, sin embargo, corrimos con la suerte de que la portada haya sido publicada intacta y en todo su esplendor. Por esta y otras razones, la portada destacaba e imantaba a invertir los fondos arduamente acumulados.

El riesgo era amenazante, pero la apuesta fue colocada sobre una banda de nombre enigmático: Jane’s Addiction.

Ya en casa y alejado de los adultos, el equipo de sonido desprendía una música que era difícil de calificar, un sincretismo de influencias que, a pesar de ser una rareza para mis oídos novatos, ya era la firma original del rock californiano: estaba surtido de heavy metal, psicodelia, funk, dub, darkwave, goth, industrial, klezmer, y la lista no acababa. Para un muchacho provinciano como yo, la avalancha de géneros y estilos confluía orgánicamente pero se tragaba con indulgencia y duda, como quien aprecia un california sushi roll con wasabi por vez primera.

La mezcla sonaba exuberante, e incluso de lo más cohesiva, pero el proceso de su creación era insospechado.

Era el segundo larga-duración en estudio de la banda, y ya Jane’s Addiction era punto de referencia para la escena de rock alternativo que apenas desplegaba sus amplias alas (luego devenidas en tentáculos comerciales).

Jane’s Addiction era el paquete completo: tenía el sonido, la actitud, la pinta y el nombre. Cada uno de sus integrantes contaba con el balance perfecto entre originalidad y virtuosismo.




La voz nasal de Perry Farrell era aguda a puntos mántricos (el double-tracking le hacía el favor), la guitarra de Dave Navarro era acrobática aunque punzante, y tanto el baterista –Stephen Perkins– como el bajista –Eric Avery– podían saltar del funk al heavy con una versatilidad de malabarista de circo.

A distancia, pasados más de 30 años de la adquisición de ese casete, llama la atención que un disco tan ecléctico logre coherencia, escucha tras escucha. Lo atribuyo en parte a sus dos caras, claramente contrastantes: el lado A es juguetón, excitante e irreverente, el B es más oscuro, estrambótico, y declinante.

Juntos hacen buena pareja de freaks en una década -los añorados 90- donde la moral posmoderna del “todo-vale” sería coronada.

El álbum comienza con una advertencia en español chapucero, como un guiño a la segunda generación de jóvenes inmigrantes en un Los Angeles pletórico de ellos. Jane’s Addiction tiene más influencia en las generaciones por venir que sus mismos padres trabajadores: ¡eso estaba asegurado!

Arranca “Stop!” con guitarra funk y fuegos artificiales que estallan en el cielo de nuestra azotea. Los grooves son contagiantes, y te inyectan un cóctel narcótico que va de la alta velocidad a la cámara lenta sin pizca de arritmia.

Seguimos montados en el bólido sin frenos con “No One’s Leaving”. Nadie se baja del vehículo aerodinámico hasta que acabe el último cuadrante del desierto. Es un arrebato de pura fuga que acaba en el interludio dub de “Ain’t no Right”, que toma prestadas estrofas de una canción de Ian Dury de 1977.

La propulsión a chorro queda sin combustible y se consume en su propio bajón.




Obvious” despega y se asoma al espacio estratosférico con guitarra lontana. Es un ícaro planeador que cuelga entre aires de psicodelia, dub y fuzz rock, manteniendo la corriente de viento estable como para no regresar a tierra.

Been Caught Stealing” fue el tema que catapultó este álbum ecléctico a un éxito en ventas.

Farrell ventilaba sus fechorías y adicción al robo con humor y desfachatez. La larga herencia de funk psicodélico americano –Parliament, Funkadelic, Red Hot Chili Pepper, y compañía- se daba la mano con el heavy metal angelino.

El Lado B arranca enrarecido, todas las euforias del A se ensombrecen, y es como si la producción diera paso a un eclipse total de las luces antes desplegadas sin nubes.

Todo puede que valga a la hora de fusionar estilos y géneros de expresión, pero al final la realidad es la de los límites.

Así, Ritual de lo Habitual prepara su fin con cuatro canciones de larga duración, donde se tocan temas como la muerte, el suicidio, el destino de las adicciones, y un largo inventario de miserias humanas.




La pieza pivote del álbum, “Three Days”, que necesita una guía de audición en sí misma, captura nuestra total atención desde la primera nota, y no nos libera de nuestro trance en sus casi 11 minutos.

La pieza inicia con la muy emotiva dedicación que Farrell hace a una amiga fallecida por sobredosis de heroína –también retratada en las esculturas de la portada. La historia detrás de esta canción es parte leyenda urbana, parte hechos glamour confirmados (le dejo la averiguación al alcance del morbo de cada quien que lea esto).

Three Days” parece un adagio trágico por los primeros minutos, con bellos arpegios de guitarra y bajo que sostienen la pieza hasta que se abre en cúpula luego de ese tercer minuto.

Acto seguido, es una serpiente que muda de piel para metamorfosearse en desert rock. Estamos intoxicados con su veneno pero ya no nos importa nuestra extinción. El primer solo de Dave Navarro es ácido y lisérgico.

La dinámica de la banda recuerda a las piezas largas de The Doors, con Lizard King comandando. Hay una transición que nos conduce por acueductos de percusión industrial, y luego más stoner rock con tramos etéreos.

La pieza coge suficiente aire para dar paso al segundo solo de Navarro: esta vez, volcánico y torrencial. Ya hacia el final, la banda nos trae de vuelta a tierra porque aún nos resta una buena porción del álbum.

Como el duelo de quienes sobreviven la pérdida de un ser querido, “Then she did…” es lúgubre al principio, con pasajes que echan mano del post-punk y el darkwave.

La pieza está compuesta como para procesar un duelo tardío por la muerte trágica de la madre de Farrell.

En tanto avanza, la pieza oscila entre los distintos estados de ese duelo: hay la confusión de un piano que parece descalabrarse, la nostalgia de los recuerdos que regresan a pesar de que el ser amado ya no existe, la melancolía silente de una pérdida que aún se pelea con lo nombrable, y cuando todo parece irresoluble, la esperanza de la aceptación abre la pieza con ritmo contagiante sobre los que los mismos motivos de antes se enfatizan y entrecruzan con arreglos -acústicos y electrónicos- de cuerda.

Así va la canción, de la negación a la aceptación, de confusión a la claridad, lo que se enmaraña en las estrofas, luego se despeja en los coros. Aunque juzguemos que la pieza no tiene una progresión de canción tradicional: como suele suceder con las llamadas “etapas del duelo”, que nunca se cubren como lo dicta el modelo.

El conjunto es un ensueño donde una parte queda despierta, otra en duermevela, y otra permanecerá negada por siempre.




Of Course” pareciese ser la que más califica de “relleno”, pero ¿quién no disfruta una danza tribal con ritmos de la Europa del Este, cuando el duelo ha pasado?

Farrell se permite el indulto de hacer honor a su herencia hebrea con este paso de klezmer, donde todos danzan al ritmo de algún violinista sobre el tejado.

Llegamos al fin con “Classic Girl”, una balada reparadora luego de montañas de tormentos y emociones impetuosas. Farrell parece re-inspirado por una chica clásica que no lo deja fenecer ante la inclinación humana por la auto-destrucción.

La pieza incluso se anima en ritmos cabalgantes del country rock cuando entra en los coros, y es entonces cuando cogemos aire a buches ante las planicies abiertas que yacen más allá de los centros urbanos.

En los tempranos 90, se volvió mi ritual singular de adolescencia, el desafiar mis gustos hasta donde encontraran borde. Eso se lo debo a ese casete adquirido azarosamente. Ritual de lo Habitual se convirtió -estoy seguro que también para muchos otros- en un ritual de lo inhabitual, de lo heterodoxo, en un experiencia de lo límite, para así despertarnos del conformismo en el que también puede incurrir el canon posmoderno de los gustos, que siempre y predeciblemente parecía morir en la orilla de las rotaciones radiales.

José Armando García

garja76@hotmail.com