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Larks’ Tongues in Aspic: piedra angular del sonido King Crimson

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King Crimson

El 23 de marzo de 1973 veía la luz el sorprendente quinto álbum de la banda de Robert Fripp con la sensacional nueva formación

King Crimson
Lark´s Tongues in Aspic

Island. 1973. Inglaterra

Cuando King Crimson emergió en 1969 con su primer álbum, In The Court Of The King Crimson, la música vivió un insólito episodio en el cual poesía, improvisación, libertad y virtuosismo eran los ingredientes de una música llena de vigor, dinamismo y corpulencia pero también sublime, delicada, en ocasiones etérea, y muy bien construida, que hizo que muchos músicos y críticos por igual, se preguntaran si algo mejor podía existir.

Esa convulsa década, testigo de una serie de cambios sociales importantes, también presenciaba un giro radical en el rock. Era “El Rey Carmesí” –Robert Fripp– y sus musicales cómplices quienes sentenciaban con sobrada pasión que la música podía nutrirse de corrientes diversas como la música clásica y el jazz para crear composiciones  de un gran contenido lírico y un desarrollo instrumental bien conjugado y con suficiente espacio para que cada músico gozara de amplia expresividad tonal, estructural y pasional. Y claro está, con un sobrado sentido estético.

Trabajos como el anterior encaran también el duro reto de crear un álbum que lo supere con creces o en el peor de los casos, lo iguale. En los álbumes sucesivos, el público y la crítica, veían una banda en la cual los músicos entraban y salían como si de una escuela de altos estudios musicales se tratara.

King Crimson, junto a The Mothers of Invention, conformaban la Harvard de la música. Lo más increíble es que cada álbum era tan o más atractivo que el anterior y “La Corte de Fripp” siempre fue, y sigue siendo, un motivo para entablar polémicas conversas si se trataba de algo pretensioso o realmente estábamos ante músicos realmente excelsos de notoria inventiva. Pero lo mejor estaba por llegar.

El 23 de marzo de 1973 King Crimson lanzó al mercado discográfico su quinto álbum en estudio al que tituló Larks’ Tongues In Aspic, un álbum de seis composiciones con una banda totalmente renovada pero siempre con Fripp como común denominador. Así, el bajista y vocalista John Wetton, el percusionista Jamie Muir, el violinista David Cross y el baterista Bill Bruford, que recién abandonaba a Yes por divergencias musicales y un notorio hastío en su relación con Chris Squire, conformaron la quinta encarnación de King Crimson.

El sol y la luna sobre un fondo blanco enmarcados en rojo es la obra artística de Tantra Designs. Es, además, nuestro encuentro preliminar con los nuevos súbditos del Rey. Para el más astuto y conocedor, la imagen ya revelaba cierto misticismo. Uno descubría que King Crimson estaba en una clara búsqueda de fórmulas más abiertas a la experimentación influidas por la música de Béla Bártok y otras formas musicales más distanciadas de occidente. Nick Ryan, el ingeniero de audio, fue un contribuyente esencial en el nuevo sonido de King Crimson que para esta oportunidad delegaba a Richard Palmer-James las letras de varios temas.

Este exótico manjar inicia con el tema título en una primera parte enteramente instrumental. A lo largo de trece minutos y medio destaca inicialmente la percusión de Muir y Bruford, quienes extienden este primer encuentro tres minutos para que el violinista David Cross haga su entrada.

Es la primera vez que King Crimson emplea el violín y Cross lo hace con aspereza al tiempo que Fripp añade más acidez con sus acordes y frases. Wetton se une luego a una rítmica acompasada donde Fripp participa con relativa notoriedad.

La pieza desencadena en un caos sónico hacia el minuto seis y luego Cross queda marcando frases cortas que tras un silencio regresa en total solitud. Entra nuevamente la percusión y Cross traza unas melodiosas líneas que van y vienen aumentando en intensidad.

El quinteto se ausenta por segundos y nuevamente emerge Cross pero esta vez con un mayor acento dramático, Bruford redobla y Wetton, al bajo, llena la atmósfera que al fondo deja escuchar una grabación inteligible. La percusión cierra la pieza.

La segunda composición es “Book of Saturday”, una breve y hermosa pieza donde por vez primera apreciamos la voz de Wetton (†). En ésta se conjugan Fripp y Cross. La guitarra con efecto en reversa nos recuerda a The Beatles. Fripp es agridulce y esta pieza es, en lo personal, una de las más atractivas del real catálogo.

Wetton canta: “Si sólo pudiera traicionarte olvidando el juego, cada vez que intento dejarte, ríes de igual modo, porque mis ruedas jamás tocan el camino, y el montón de mentiras retornan a mi espalda para agobiarme”. En una segunda estrofa John continua: “Ponemos cartas sobre la mesa, el dorso de nuestras manos, y juro que me gusta tu gente, los chicos de la banda, reminiscencias de un mal camino, retornan para disfrutar la refriega, en la confusa noche y la luz diurna”.

David y Robert retornan con uno de los diálogos más hermosos del rock progresivo.

Si la primera fue una composición enteramente grupal y la segunda una obra de Fripp, Wetton y Richard Palmer-James, la tercera da oportunidad a David Cross y nuevamente Fripp y Palmer-James en “Exiles” (Exilios).

La pieza también goza de cierta belleza inicial con el violín de Cross como protagonista. “Ahora en esta tierra distante, tan extraña que mis manos deberían estar empapadas de expectativas”,  dice Wetton que esta vez está tras el piano aportando matices con cada pulsación.

Bruford añade detalles con su característico redoble. A esta pieza le sigue, abriendo el lado B, la cruda “Easy Money” (Dinero fácil) donde el percusionista Jamie Muir emplea un serrucho como instrumento.

La percusión adorna las frases de Fripp mientras el tema se desarrolla con cierta predictibilidad melódica contrastada con varios instrumentos de percusión. Bruford y Fripp van en torno a Wetton quien nos cuenta en la segunda estrofa: “Con tu figura y tu rostro, pavoneándote ante cada raza, arrojas un vaso en el lugar, muestras el color carmesí de tus tirantes, llevaríamos el dinero a casa,  nos sentaríamos en el trono familiar, mi perro podría mascar su hueso, por dos semanas podríamos calmar al todopoderoso”.

The Talking Drum”, instrumento musical africano que consiste en un tambor percutido con una vara de madera y sostenido debajo de la axila, es un excelente instrumental donde Muir hace alarde de su talento y Cross procura una tonalidad representativa del mencionado continente.

La composición se desarrolla de un modo impresionista, digamos a lo Ravel en su afamado bolero. Wetton es casi imperceptible. Las frases de Cross y eventualmente Fripp nos mantienen cautivados a lo largo de este tema que sentencia con más claridad la búsqueda de nuevos elementos que podían adaptarse a una de las bandas más apreciadas por los amantes del progrock y la música en general.

King Crimson sea, tal vez, la más digna representante del género que en su más reciente encarnación la conforman tres bateristas, saxo y flauta, dos guitarras eléctricas, voz, bajo y stick. Dicho de otro modo, una de las pocas bandas que se ha mantenido en constante innovación bajo la férrea dirección de su eterno Rey, Mr. Robert Fripp.

La segunda parte del tema título cierra el álbum. Compuesta por Fripp, “Larks’ Tongues in Aspic, Part Two” es un instrumental de poco más de siete minutos con un sonido metalero donde Bruford y Fripp destacan junto a Cross. La canción nos hace dar una mirada a un futuro pasado en Red (1974).

Es más acompasada y menos estridente que la primera, en buena parte por la melodiosa sección que se repite entre abruptos sonidos de metales, pitos y otras estridencias de Muir y Cross. También porque es 50% menor en tiempo.

Fripp con sus acordes distorsionados, le da cierto peso que en opinión de algunos son dignos del heavy metal antes de ser “heavy metal.” El estridente final nos deja cautivos y con ganas de volver a escuchar el álbum.

Robert Fripp una vez declaró que “soy el mínimo común denominador” y aunque comparto la afirmación, no puedo decir lo mismo sobre su participación en este álbum. King Crimson nos ofrecería a futuro otras tres excelentes grabaciones: Starless And Bible Black, Red y USA antes de su primer hiato en 1974.

Ligeramente accesible en los 80, altamente caótico en los 90 y auto reinventado en la segunda década del milenio, King Crimson siempre nos deja con las ansias de conocer su innovadora música, a la cual su majestad, Robert Fripp, le ha hecho espacio en the Projeckts y otras reinvenciones a las que por algún motivo no quiere llamarlas simplemente King Crimson.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde aquel seminal trío de Giles, Giles & Fripp en 1967 pero el cáustico humor de nuestro adorado Rey permanece como una piedra angular de la música contemporánea.

Ese mismo día del lanzamiento, cumplía yo 12 años pero seguía enquistado en las estridencias del Esquizoide del Siglo XXI, la lapidaría “Epitafio”, la dulce “Yo hablo al viento”  y la monumental y espacial “Moonchild” del suma cum laude primer álbum. Hoy me deleito de nuevo con estas lenguas de alondras en áspic ¡Dios, qué manjar!

Leonardo Bigott



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