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King Gizzard & The Lizard Wizard «Flying Microtonal Banana» (Australia, 2017)

King Gizzard & The Lizard Wizard

King Gizzard & The Lizard Wizard

Flying Microtonal Banana

Flightless Records. 2017. Australia

 

King Gizzard & The Lizard Wizard hace música en forma de super mantras colosales, pero su método no es la introspección sino el exceso, y su principio activo no es la relajación sino el desbordamiento; son acontecimientos de energía lisérgica sin purificar.

Ávidos voceros de los principios psicodélicos y del rock como declaración enfática, sin meditaciones ni ensueños, tocan evocando la envergadura sonora de Pink Floyd y la convulsividad de Ozric Tentacles en clave de caída libre, con el vértigo de un abismo infinito. Están obsesionados con las posibilidades del jamming rockero compulsivo y progresivo y de la música como torrente acelerado e incontenible de pulsaciones y guitarrazos, y lo llevan cada vez que pueden -y graban- hasta sus últimas consecuencias, como en Nonagon Infinity (2016), donde entrelazaron los temas en una especie de “loop” inconmensurable, que puede ser escuchado una y otra vez como si la música nunca terminara ni comenzara, un atrevimiento impensable para una banda concebida como un ensamble rock tradicional: con guitarras, bajos, baterías y el coqueteo apenas indispensable con cualquier auxilio “tecnológico”.

Uno pensaría que luego de varios trabajos y sobre todo de esta especie de declaración definitiva sobre música sin límites, King Gizzard no tendría más nada que decir, pero con Flying Microtonal Banana, han desafiado nuevamente las expectativas más descreídas, esta vez incursionando en la música microtonal -esa con intervalos musicales menores a un semitono, o microtonos- sin perder, por supuesto, ni una pizca de su frenesí taquicárdico.

Conjurando sonidos que parecen surgidos de las pre-concepciones más mitológicas de lugares de India o Pakistan -por todo este asunto de los microtonos, presentes en estas tradiciones musicales- la banda consuma cierto efecto de liberación musical, como si se deslastraran un poco de su sobrecarga sonora y rítmica, dejando espacio para indulgencias melódicas y estilísticas. Aquí y allá algún tema se detiene de repente para hacer una transición o continuar luego de la pausa, en algún punto unos teclados de inspiración setentera refrescan las pulsaciones persistentes del bajo y otro momento nos coge por sorpresa con un pasaje que se resiste a ser definido como “música del medio oriente” o “melodía celta”; hasta hay espacio para algo que parece un prototipo de bossa nova primitivo.

Todo esto hace que las ejecuciones infatigables de la banda -que lo siguen siendo- vengan envueltas esta vez en cierto exotismo ancestral, como si cada tema fuera una variación del “Inmigrant Song”, de Led Zeppelin, pero con más impaciencia post millenaria y menos actitud de “gran súper banda de rock”, y esta es precisamente una de las razones por las que la música de King Gizzard es tan profusa e intrincada y sin embargo se deja capturar sin esfuerzo por nuestra imaginación, porque parecen entender que ya no es posible crear ídolos rock, al estilo de un Bonham o un Page -si es que esto alguna vez no fue una contradicción y un vicio-, por lo que su música carece del germen del protagonismo personalista y simplemente fluye.

La verdad es que, a pesar de todas las referencias progresivas, los homenajes épicos y la experimentación, la banda carece de actitudes pretenciosas; no parecen particularmente ensimismados en hacer alarde de virtuosismo o de forjar conceptos pseudo-artísticos, mucho menos se ven interesados en pasar por avant-garde o profundos y más bien pareciera que a ratos rozan la auto parodia, lo cual es maravilloso. Es como si los tipos desenmascararan a todos los actos progresivos y dijeran “esto no es Stravinsky, sólo pop con ínfulas”, y ya liberados de etiquetas y presupuestos se entregaran por completo a descargar su música y hacernos pasar un buen rato.

Leí en algún lado que aquel esencial del jazz de todos los tiempos, el Time Out (1959), del gran Dave Brubeck y su cuarteto, un trabajo que comparte con este el encanto de ser elaborado y a la vez irresistiblemente accesible, fue algo así como el soundtrack “obligado” de fiestas y demás celebraciones nocturnas en el Nueva York de la época, el disco del momento, el infaltable para ponerlo a sonar y ambientar cualquier cosa que surgiera en la conversación o en la noche. Este disco podría ser perfectamente algo parecido, ajustado al siglo 21, una pista ideal para hacerla sonar cuando cualquier grupo de buenos amigos coincidan entre historias y cervezas…y que aún crean en el rock.

Gustavo Reyes