Inicio Discos LUX: la osadía de Rosalía

LUX: la osadía de Rosalía

Rosaria LUX

En medio de una expectativa mundial, la creadora catalana ha irrumpido como un tsunami con su cuarto álbum, no exactamente una ruptura, sino un sorprendente relevo

Rosalía
LUX

Columbia. 2025. España

 
“¡13 idiomas!”, así rezaba una parte del título del video de Popcast, la plataforma de crítica y noticias sobre música del New York Times, sobre el nuevo álbum de Rosalía, y apenas lo leí me asaltaron toda suerte de preguntas.

¿Qué se trae esta vez la ya más que célebre artista catalana que ha dado de qué hablar con cada uno de sus trabajos? ¿Cómo sonará ese asunto de cantar en varias lenguas?, y lo más preocupante: ¿Le habrán su fama y reputación subido los humos y se ha venido con un trabajo pretencioso con ínfulas de magnum opus? A veces llega un momento en la vida de ciertos artistas en que se comienzan a ver más serios de lo que son, un momento que puede esconder desgaste y cierta pérdida de relevancia, y que en ocasiones marca, sin que casi se note, el comienzo de su decadencia. ¿Era este el turno de Rosalía?

La respuesta llegó unos cinco días más tarde, con el lanzamiento oficial de LUX; las ansias en esos días fueron intensas, la espera menos soportable que la sentida por otros trabajos notables del año, no sabía exactamente con qué toparme, o quizás sí… vagamente, gracias al abrebocas que significó “Berghain”, el inusual single promocional que sorpresivamente asaltó el mainstream y las redes unas tres semanas antes, repleto de violines, con una Rosalía cantando en modo ópera y hasta Björk e Yves Tumor de invitados, todo apurruñado de un modo asombrosamente eficaz en poco menos de tres minutos.

Contundencia orquestal y dramática avasallante, vocalización como pensada para lucirse en grandes escenarios destinados a la música académica ¿Se nos vendría una Rosalía “clásica”?

YouTube player

Es algo personal, sin duda, pero siento recelo profundo de todo lo que en pop (y en particular en el rock) busca la grandiosidad o posar de “importante”, elevado o profundo, y todo ese barroquismo y virtuosismo revoloteando alrededor del tema si bien fue de mi agrado, me puso con la guardia en alto y me generó reservas con respecto al lugar en el que se encontraba Rosalía como creadora.

Se engaña el que olvide que ella es ajena a transitar por terrenos similares; El Mal Querer, el trabajo que la presentó y estableció frente al mundo entero, era ya un trabajo completamente conceptual, de explícita inspiración literaria y con su buena cantidad de momentos “serios”, de esos que apuntan al ARTE en mayúsculas.

Su secuela, MOTOMAMI, aunque desmerecido por algunos por irse supuestamente “al otro extremo”, en el fondo era tan o más ambicioso, si bien aterrizado en deleites más terrenales, devoto a los sonidos que pululan y se agitan en el día a día de la calle, afuera de los antros venerables de las academias.

Parecieran dos enfoques, como dije, opuestos, pero que en realidad, están signados por un elemento común, un rasgo que está presente, así lo siento, en toda la obra de la cantante, independientemente de que lo que interprete sea un cante, un rapeo a ritmo de dembow o uno de eso temas de diva pop diseñados para hacer grandes y admirables piruetas vocales, a saber, un amor absoluto e inconmensurable por la música, abnegado diría yo, y que no discrimina, por lo que cuando digo “música” no me refiero al flamenco o a algún género en específico, sino a toda la música en su totalidad.

Notas esto en el modo casi juguetón como ella habla en entrevistas de lo que hace, con una notable carga de emocionalidad casi ingenua, del orgulloso detallismo con el que explica sus procesos creativos, como alguien que realmente quiere que sepas todo lo que hizo y cómo y por qué lo hizo.




Rosalia y su amor incondicional por la música

Estamos hablando de una artista lo suficientemente atípica como para tener en su cuenta de Spotify playlist propias “reales”, personales, repletas de las muchas cosas que disfruta, un verdadero “un poco de todo”, donde se alternan nombres como Caroline Polachek, Hector “El Father”, SOPHIE, Coltrane, The Notorious B.I.G. o Janis Joplin.

Si entramos en el perfil de varias de las más famosas estrellas de la actualidad, vamos a notar una ausencia de listas de reproducción personales. Se trata de cuentas usadas básicamente para la promoción de su propio material, y se entiende que por circunstancias de su fama sea así y lo que vemos es lo que algún asistente de mercadeo o relaciones públicas siente que es lo mejor para el artista. En el caso de la catalana, sus listas no son solo una huella de su actividad como melómana empedernida, sino un testamento de lo imprescindible que es la música, no sólo la suya, sino la de cualquier otro artista, en su vida diaria.

No me importa realmente si Rosalía ensaya esto o aquello en tal o cual género, sencillamente porque no se trata de una artista “haciendo reguetón” y luego “haciendo flamenco” o merengue dominicano, porque lo que siempre está presente es su amor por la música, por los patrones ritmos, por las posibilidades de los sonidos para conformarse y relacionarse de modo armónico, incluso si algo es resonante o ruidoso, lo que hace que su música tenga siempre ese atributo lúdico, de juego, de rompecabezas con vida propia.

Lo que esperaba de LUX entonces no era la espectacularidad operística que muchos pronosticaban, ni el ensamblado de gran formato de sus comentados cuatro movimientos a modo de sinfonía, sino algo más básico y vital: lo que yo deseaba era encontrar a Rosalía tan enamorada de la música como siempre.

Y con todos los aplausos inundando las redes a causa de los violines y todo lo demás, las preguntas venían y venían ¿Sería el resto del álbum tan (preocupantemente) epopéyico como vaticinaba el sencillo? ¿Regresaba Rosalía como la nueva profeta del pop para gustos elevados? ¿Se emborrachó con sus propias ínfulas de “gran artista”?

Con el disco liberado en las plataformas de streaming luego de la medianoche entre el 6 y el 7 de Noviembre, estos temores fueron confirmados: LUX era un pesado ladrillo de magnanimidad orquestal y aspiraciones trascendentales, un “flop” estético y emocional. Cuatro días después no podía dejar de escucharlo.

No ha sido un disfrute fácil, hay alrededor de LUX muchas capas de ruido, un aluvión de comentarios y discusiones de todo tipo desde todas las fuentes imaginables, no solo del ámbito musical sino incluso de áreas como la crítica sociocultural o el análisis político. Pasó con MOTOMAMI, un trabajo increíblemente desmenuzado y diseccionado, muy aplaudido pero también arrastrando una carga considerable de rechazo por cierta parte del público.

Era una dinámica atribuible, me parece, a la naturaleza inasible y casi sacrílega de su “mezcla estética”: ¿sensibilidad flamenca con “vulgaridad” reguetonera? ¿¡Cómo se les ocurre!?, y aunque MOTOMAMI es muchísimo más que eso, la dualidad explica un poco la respuesta polarizada.Rosalia lux

LUX: un artefacto colosal

Acá la cosa cambia, no obstante, y nos obliga a reconsiderar esta idea. En el corto espacio entre “Berghaim” y el lanzamiento del disco, los inevitables comentarios y análisis ya habían superado con creces cualquier precedente, tanto en cantidad como en vehemencia.

Alimentados en gran medida por las mismas entrevistas dadas por la artista en varios medios de alta difusión, la misma información oficial disponible en redes sobre el proyecto y por la misma naturaleza sobreanalítica de muchos canales en redes, internet se vio súper saturada de cualquier tipo de interpretaciones sobre Rosalía y su nuevo disco, algunas más insensatas que otras, y en donde hay un poco para todos los gustos: desde los a ratos pedantes análisis técnico-musicales con enfoques de pretensión academicista de youtubers, “que saben” porque “estudiaron música o producción”, pasando por los «intelectuales» que gustan encontrarle “profundidad” a todo hurgando obsesivamente en cualquier cantidad de referencias ocultas o simbolismos, los que gustan de repartir sentencias lapidarias basados en que lo que hizo tal o cual artista ya lo había hecho antes, y mejor, tal o cual otro, e incluso encontrándonos algunos buscando dilucidar mediante los argumentos más enrevesados si LUX y Rosalía son “de derechas o de izquierdas”.

De nuevo, preguntas: ¿Tiene algo Rosalía que detona este tipo de reacciones? ¿Es sólo un subproducto inevitable de la sobrecarga informativa en redes o, quizás, de una especie de retroalimentación desbordada del discurso individual de cada influencer? ¿Es porque Rosalía es una artista femenina y por ende la sociedad pone más lupas sobre ella para escrutarla más severamente?

Y al ruido externo se sumaba otro intrínseco, más comparable al de la ceguera temporal que se produce tanto cuando entras a un lugar excesivamente iluminado como cuando entras a otro casi a oscuras; al comienzo, no puedes discriminar nada, el resplandor casi te hace doler la vista o la oscuridad te deja tanteando torpemente para intentar saber dónde estás.

LUX se me presentó en primera escucha como un artefacto colosal, hiperaltisonante, todo pretensión, un monumento musical de aspiraciones renacentistas ávido de aplausos y certificaciones eruditas. Como el sueño húmedo de un recién graduado en cine intoxicado por la idea que tiene de sus grandes inspiraciones y que desea hacer, sin tener claro cómo, una película donde quepan sea como sea Welles, Kurosawa, Lynch, Cuarón y hasta, si se puede, Robert Rodríguez ¿por qué no?

Y quizás, en efecto, hay algo de esto tras la inspiración que anima siempre a Rosalía, unas ganas incontenibles de homenajear a sus grandes ídolos, de gritar a los cuatro vientos lo geniales que le parecen, de compartir con todos este entusiasmo y el sentimiento de gratitud que lo acompaña.

Como sea, tras la luz intensa o el asalto de la oscuridad, tus ojos comienzan a reajustarse y empiezas poco a poco a ver con más claridad lo que tienes por delante, y lo que se hizo evidente es que a pesar de cuánto se diga lo contrario, LUX no es radicalmente distinto a sus predecesores.




LUX y las orquestaciones

a primera cosa a notar, cuando tras la penumbra de la primera impresión algún fondo comenzó a definirse, es que este no es esa especie de “disco de música clásica” de Rosalía, como se ha dicho y repetido, de un modo un tanto apologético, tras su lanzamiento.

Todo esto viene a raíz de la presencia extensiva de orquestación en la mayoría de los temas y, ligado a esto, del altamente promocionado papel que juega en este álbum la Orquesta Sinfónica de Londres, cuya reputación la precede.

La idea la ha reforzado un poco la misma artista, con todo ese concepto, como ya se comentó, de obra en cuatro movimientos, pero lo cierto es que en sentido estricto no sentí a este como un trabajo demasiado arraigado en la tradición clasicista orquestal sino en propuestas más contemporáneas, si cabe decir a estas alturas del siglo 21, de gente como Steve Reich o, quizás Steve Martland.

Tiene sentido entonces descubrir acá la presencia de la violinista, cantante y compositora Caroline Shaw como arreglista en varios de los temas. Experimentadora por instinto y reconocida por un trabajo que invita al pop y a otras disciplinas a reformularse mutuamente, como en sus sesiones junto al cuarteto neoyorkino So Percussion, Shaw es también, de hecho, una de las muchas artistas que Rosalía  mantiene en sus playlists personales, una de sus figuras a admirar y referenciar, sin duda.

Es la impresión que me dan “Reliquia” o “Divinize”, en donde la orquesta se expresa en una especie de estilo minimalista o posminimalista de arreglos sobre patrones repetitivos que se superponen acá y allá, y se entrelazan con un sentido casi percusivo de la armonía, sin pasar por alto el papel de los elementos electrónicos en estas piezas, sobre los cuales se habla bastante poco, me parece, pero que son tan vitales, tan fundamentales al disco como los instrumentos más tradicionales o reconocibles, así estén una especie de modo implícito y su presencia no se revele con claridad en primeras escuchas.

YouTube player
YouTube player

Los únicos momentos más inequívocamente “clásicos”, en donde la intención de Rosalía por acercarse a la tradición de música de salas de concierto es clara, me parece que se encuentran en “Mio Cristo Piange Diamanti” y “Berghain”, el comentado tema de promoción.

El primero siendo a confesión explícita de la artista su intento de componer una especie de aria operística. El segundo, como ya se dijo y se sabe, un track cargado de cascadas de secciones de cuerdas ejecutadas en un modo que ha sido comparado con alguno de los pasajes de Vivaldi en sus “Cuatro estaciones”, con varios remates que estarían cómodos en alguna sinfonía de Tchaikovsky, y que más bien se trata sólo de un instante “bisagra” en el contexto del trabajo, un punto de tensión y descarga, de inflexión dentro de su discurrir, y no su esencia predominante… afortunadamente; un álbum entero con este tipo de ornamentación y profusión virtuosa habría sido sencillamente inaguantable.

YouTube player

Existen otros momentos acá y allá, en donde se hace espacio para acomodar secciones corales en una vena cercana a cierta tradición sinfónica, en particular en “Magnolías”, el tema de cierre, pero en general, el “clasicismo” de este disco lo es tanto como lo pudo haber sido el de Stravinsky en su etapa neoclásica, salvando las distancias estilísticas, es decir, más un tomar alguna idea básica familiar (esto está dividido en tantas y cuales partes) para sobre esto ensayar varias cosas que te pasan por la cabeza a ver qué sale.

Lo cierto es que acá la orquesta, si bien es algo casi omnipresente a lo largo de todo el trabajo, se expresa de un modo que tiende más a lo difuso que a lo rotundo, como un telón que parece buscar lo atmosférico en muchos casos, una especie de acento del modo o humor de una pieza.

El maximalismo pop de LUX

Incluso aunque la misma Rosalía intente diferenciar entre el “minimalismo” de MOTOMAMI y, lo que ella llama, el “maximalismo” y “brutalismo” de este nuevo trabajo, este supuesto contraste entre ambos es una especie de malentendido.

Los elementos “sinfónicos” de LUX están trabajados con un claro y preciso sentido de la reserva. Al igual que en su disco anterior, las diversas partes que integran los temas, trátese de beats sintéticos o de toda una orquesta sinfónica, están administrados con criterio de dispersión, de modo austero, creando momentos espaciosos que permiten a las canciones respirar y ser descubiertas poco a poco sin efecto de saturación, dejándonos siempre con ganas de más.

Se trata de un enfoque fascinante: la orquesta como vehículo minimalista. Es esta, de hecho, una de las armas secretas más eficaces de Rosalía, un rasgo constante a lo largo de su discografía que le ha servido tanto para forjar una identidad estilística unívoca como para hacer funcionar los encuentros sonoros que su cabeza imagina.

No sólo prevalece en este álbum este modo de dosificar y tratar los ingredientes que dan acabado a un canción o pieza musical, que fue casi un propósito manifiesto en MOTOMAMI, sino que acá la artista en cierta manera hace lo mismo que ha hecho siempre: explorar formas musicales, en muchos casos populares y ya establecidas, y reinterpretarlas según su visión, que es al mismo tiempo un entender personal tanto como una perspectiva desde lo actual.

Si nos bajamos de la ola de exaltación colectiva hacia LUX e interactuamos con él a un nivel más íntimo y personal nos es fácil reconocer elementos presentes a lo largo de toda la obra de Rosalía, quien de paso es completamente sincera y tiene absoluta razón cuando insiste en llamar a su música POP sin más.

Más allá de los visos de grandiosidad fácil y “dignificación” artificiosa que da la presencia de una orquesta en un trabajo de cualquier estrella reconocida, más allá de todo el artefacto informativo-conceptual alrededor del trabajo en entrevistas, ruedas de prensa y análisis de redes sociales, estos no son los temas oscuros y desgarrados de Kristin Hayter (o más bien su alterego como Lingua Ignota), difíciles de desentrañar sónicamente, emocionalmente devastadores, sino canciones que sí, son intensas a ratos, pero en general accesibles, amables con el oyente, directas y llenas de melodías que se fijan y recuerdan sin complicación.




Algunos críticos como Anthony Fantano, youtuber altamente reconocido y especie de pionero en esto de hablar de música en redes, han notado en diversas escuchas que los temas del álbum revelan estructuras que no se alejan del modo tradicional de hacer pop. Coincido absolutamente con él, sólo que a diferencia suya, no lo considero un rasgo objetable sino una validación del proyecto y su autora. ¿Por qué necesitaría algo como la música -sobre todo la popular- ser certificada como GRAN ARTE o algo por el estilo? ¿Cuál es el problema con el pop?

Pues, ninguno realmente, y ella lo sabe. No sólo es en efecto lo que hace sino que constantemente lo defiende; menciona y celebra a gente como Kate Bush o Madonna, y se lanza iluminadas ideas como cuando dice que “el pop es un género sin prejuicios”; verdad incontrovertible que poco se comprende. Grande Rosalía.

Por eso tiene perfecto sentido verla con aquel atuendo de Halloween homenajeando la portada de Imaginal Disk de Magdalena Bay (2024), una banda que también se ha dedicado a enaltecer las posibilidades insospechadas del pop de una manera muy idiosincrática y original.

Con un pasado cimentado en el cultivo del llamado rock sinfónico, y declarados admiradores de Genesis y King Crimson, Mica Tenenbaum y Matthew Lewin, fundadores e integrantes del proyecto, se han atrevido a decir lo que pocos antes de ellos, que “el pop es tan -o si acaso más- complejo que el rock progresivo, sólo que de un modo más sutil… difícil de hacer, no tan sencillo”, revelándose así como grandes evangelistas del pop, y con similar propósito que Rosalía.

Cuando apareció “disfrazada” con aquel CD clavado en su frente y con las siglas R4 que anunciaban su trabajo, la catalana estaba haciendo, más que una divertida e intencional referencia para promover su nuevo álbum, una verdadera declaración de principios..

LUX no es entonces ese giro radical de 180 grados, ese cambio inesperado de timón que tanto se grita en redes, sino una nueva muestra de la extraordinarias aptitudes de su autora. ¿Quién quiere que un artista haga algo que desconozca tajantemente lo mejor de su obra pasada? Rosalía es quién es y se ha ganado lo que tiene, en fama y reputación, justamente por una consistencia artística que va más allá de los géneros o formatos estilísticos que visita o que invita a su mundo y lo bueno de este nuevo trabajo es que acá nos ofrece otra muestra de cómo puede hacer absolutamente suyos sonidos que asociamos a otros entornos musicales, convirtiéndolos en marca personal.

No son pocos los pasajes de este álbum que hacen recordar momentos de sus álbumes anteriores; “Sexo, Violencia y Llantas” el súper dramático tema de apertura, con sus portentosos crescendos vocales acentuados con alguna intervención instrumental, y sus picos de intensidad alternados con repentinos silencios, tiene ecos de temas como “NANA”, de El Mal Querer, e incluso “G3N15”, de MOTOMAMI; la línea musical sinuosa y amenazante al comienzo de “De Madrugá”, suena com variación del riff de bajo de “SAOKO”, y ya mencioné cómo todo este asunto sobre el álbum siendo una especie de obra conceptual (disco con una temática específica inspirada en lecturas de la artista sobre historias o personajes del pasado) no hace sino recordarme el proceso de inspiración y desarrollo de, justamente, “El mal querer”.

YouTube player
YouTube player

Siendo un poco más atrevido, siento que varios temas de acá -muchos de los cuales, si acaso no todos, poseen la característica disposición de versos y estribillos del pop- podrían encajar en alguno de sus trabajos anteriores, con excepción quizás de Los Angeles, y eso porque aquel es básicamente un disco de versiones de temas existentes de tradiciones específicas.

De Madrugá”, por mencionar uno de los ejemplos más claros, suena susceptible de acoplarse a algún beat hiphopero, a despecho de sus rítmicas palmas estilo flamenco, y “Dios Es Un Stalker” podría ser un banger reguetonero en toda regla.

Leí o escuché de hecho que iba a ser una salsa, y que en último momento Rosalía decidió cambiarle el código, aunque el tumbao se le sigue sintiendo fácilmente. Este es un álbum muy engañoso, mucho más rítmico de lo que sus ropajes “clásicos” disimulan, sólo que acá lo percusivo se manifiesta como en una especie de raro nivel subliminal, su presencia no es explícita sino tácita, pero persistente.

YouTube player

De modo similar en lo vocal, Rosalía, momentos de delirio operístico aparte, hace de todo acá: baladas de conmoción torrencial, cautivantes susurros monotónicos, las obligadas paradas para festejar su herencia de cantaora y -casi- hasta rap, como es hábito en ella.

Hay una cierta inflexión cuasi infantil en la voz de la cantante, con un dejo de actitud desobediente, que le permite el descaro de entenderse con facilidad con expresiones vocales diversas y hasta en teoría un tanto incompatibles, y esto me lleva a otro punto: hay tanto ruido alrededor del supuesto talante “clásico” de LUX que pareciera que se desconoce hasta qué medida estos temas le adeudan a ritmos programados y otros recursos tecnológicos tanto como a los violines y secciones de vientos.

Acá hay samples, distorsiones electrónicas, autotune y, ya se ha dicho, beats bastante inspirados.

Sorprende un poco encontrar a la cantante hablando en entrevistas con una especie de orgullo purista, corroborando que este es un álbum “humano”, porque, por ejemplo, no se apeló a la inteligencia artificial para su confección, como tratando de venderle a quién sabe quién la noción de que este es un producto honesto, sin trampas, como una reedición actualizada, del “No Synthesizers” (Sin sintetizadores) que Queen inscribió en las notas de sus primeros álbumes, para que no se pensase que habían incurrido en el aparente horror de emplear sonidos sintéticos.

Puede tratarse hasta de algo divertido si se le da al comentario la ligereza que se merece, pero hablando con franqueza ¿hace eso mejor a la música? Uno de los grandes placeres del sonido de Rosalía deriva de su evidente fascinación con el trabajo de producción, con las posibilidades infinitas de juego que ofrece una DAW (Digital Audio Workstation) lo suficientemente versátil.

Es algo presente en cada uno de sus trabajos y que ella maneja con un balance y gracia refrescantes; no necesita convencer a nadie de nada. De hecho, esta disciplinada e inspirada dedicación al diseño de sonido es uno de los tres elementos que sostienen su identidad musical a lo largo de toda su discografía, junto a su intuición para rítmicas inusuales y, no menos importante y quizás más determinante, su infalible y refinado olfato melódico.




LUX: ¿un disco conceptual?

Se dice que LUX va de abordar el tema de la santidad según diversas culturas y testimonios sobre santas famosas, y quizás desde la perspectiva humana del sacrificio y la entrega como requisitos para aspirar a ese estado, y es debatible si estas disquisiciones le suman al trabajo o lo cargan más de la cuenta, así se trate de su temática principal, pero sin duda, si hay algo inmaculado acá, es el instinto de Rosalía para imaginar tonadas casi imposibles de creer por el modo como nos resuenan, asaltándonos por sorpresa por su originalidad pero al mismo tiempo haciéndonos sentir que las conocemos de toda la vida.

Y sucede que en este grupo de canciones este músculo melódico encuentra un mayor campo de despliegue.

LUX, más que el álbum rupturista que muchos pretenden que sea, es en realidad Rosalía, de nuevo, con su curiosidad inapagable, cogiendo acá y allá muchos formatos diversos de canción, viendo a ver cómo los desarma y rearma o qué vuelta les da para hacerlos interesante para ella.

Y si en MOTOMAMI se divertía entre merengues, dembows y boleros, acá el paseo va a ratos más por estilos que dan prevalencia al apartado vocal, pero igual de arraigados en la tradición popular. Tenemos a “Memória”, un fado compuesto por la ecléctica intérprete de la canción portuguesa Carminho, y que la autora interpreta junto a Rosalía; podemos imaginar a “La Perla” como parte de una zarzuela reinventada para audiencias del siglo 21 con una pizca de humor posmilenial y una dosis casi imperceptible de beatmaking, mientras que “Sauvignon Blanc” suena como alguna canción escapada de alguna cinta clásica de Disney (no soy el primero que dice esto último sobre la música de Rosalía y lo comento como algo admirable) y es que si alguna deuda tiene este trabajo es en realidad con la mejor tradición del teatro musical popular y no con las sinfonías y monumentales oratorios del pasado, o al menos eso siento.

YouTube player
YouTube player
YouTube player

Se trata de formatos de canciones para los que la sensibilidad de Rosalía parece estar perfectamente afinada, temas más afines a un Andrew Lloyd Weber que a Puccini o Verdi. ¿Y si de hecho esta fuera una de las fuentes de inspiración de LUX?

He visto a la misma Rosalía y a cualquier cantidad de influencers comentar hasta el cansancio todo tipo de referencias, cada una más erudita que la anterior, que si las hagiografías de santas de corrientes diversas (Santa Rosa de Lima, Rabia al-Adawiyya), que si los escritos de la filosofo activista francesa Simone Weil, que si diversos pasajes de los diferentes libros de la Biblia, que si los labios dorados en la foto del cover art representan “la voz como luz”, que si el hábito que lleva parece también una camisa de fuerza, que si LUX es luz, pero también significa LUJO y un interminable etcétera.

Se trata mayormente de cosas que a fin de cuentas todos podemos conjeturar y conocer a partir de las notas informativas sobre el álbum y los mismos comentarios de la artista, pero, pensando aventureramente ¿no podría también haber acá un poco de, digamos, Rodgers y Hammerstein? Incluso si la misma Rosalía no lo pensase y fuese una especie de influencia inconsciente ¿podríamos imaginar una obra tan descaradamente popular y family friendly como La novicia rebelde (para usar con propósitos de eficacia el título en Latinoamérica para The Sound of Music) como parte del mapa imaginativo de este álbum?)

Pensémoslo por un segundo: la monja “que no sería nunca monja”, la devota más leal a Dios pero al mismo tiempo totalmente entregada a su papel de niñera y a su amor a los niños de la familia Von Trapp, pero también, sin poder evitarlo, al del padre de ellos, atrapada entre las exigencias de dos afectos absolutos, uno divino y otro mundano, y sumado a estos un tercer gran amor: la música. Igual que “Santa Rosalía”, la artista “a contracorriente” que pone su corazón en todo, incluso si el costo es que la hieran, que lleva adelante su misión musical, incluso si el costo es la soledad, que se ve en la vida de estas mujeres santificadas que tanto sacrificaron, incluso si la vemos en las galas del MET o paseando en Rio en sus posts de Instagram.

¿Sería pecado pensar en una obra tan mundana y populista como una de las semillas que dieron vida a esta obra pop? Y quién sabe, por delirante que suene, quien quita que algún día la catalana nos regala el musical definitivo cantado en español…o en todos los idiomas posibles.




Como lo hizo en su anterior álbum, Rosalía convoca con LUX un grupo de canciones carismáticas que beben de algún modo u otro de distintas tradiciones pop, sólo que mientras que MOTOMAMI era una especie de playlist de música “para festejar”, más proclive, en teoría, a hacernos mover el cuerpo, LUX es más una suerte de variado cancionero, cuya curiosidad se dirige más a la música para escenarios, sobre todo teatrales, donde el canto tiene más protagonismo, sin que esto le prohíba al álbum, como se dijo antes, dar espacio a un buen puñado de momentos decididamente “coreografiables”.

Pero sería un error ver acá un mero compendio de estilos; no sólo hay temas que no guardan mayor referencia con ninguna tradición específica, como no sea la de la misma Rosalía y su modo particular de construir canciones, sino que además aquellos que si lo hacen, son replanteados de un modo que parece recoger apenas unos datos identitarios mínimos para dejar espacio suficiente para jugar con otros elementos y así rejuvenecerlos, haciéndolos sentir como algo novedoso, como si apelaran a la consigna de aquel tema sabor vintage de Peter Allen, “Everything Old Is New Again” (Todo lo viejo es nuevo otra vez), que acompaña la maravillosa escena de baile de Anne Reinking y Erzsebet Foldi en el film All That Jazz (1979), de Bob Fosse, y que habla justamente de cómo un legado sobrevive en sus nuevas interpretaciones.

Rosalía se confirma acá entonces como una verdadera experta en invocar esa “familiaridad novedosa”, capaz de hacer que sus temas sean tan accesibles y cómodos como sorpresivos.

Se trata además de un grupo de canciones que se defienden perfectamente bien por separado, y es que todo el mencionado asunto de los cuatro movimientos, es más un asunto de concepto desde el sentir de su autora que algo evidente a nuestros oídos.

Es cierto que, escuchados en modo continuo, los temas se refuerzan según su posiciones; el modo como tras la apoteosis sabor a gloria consumada de “Mio Cristo Piange Diamanti”, nos sentimos repentinamente invadidos los violines tormentosos de “Berghain”, para luego columpiarnos en la divertida ligereza de “La Perla” es todo un ensayo en contrastes, en el arte de la sorpresa musical. Rosalía es no solo una compositora de gran sapiencia melódica, sino además una curadora nata de listas musicales.

Aún así, no hay realmente acá una interconexión necesaria entre los temas, incluso si el modo como algunos parecen fundirse entre sí intenta convencernos de lo contrario.

Lo demuestran las versiones físicas de LUX, ofreciendo temas (tres, en concreto) que no aparecen en la versión de plataformas digitales, y esto nos lleva a otra de las muchas interrogantes que este álbum levanta, porque, ya lo dije al comienzo, este es un disco que nos hace hacernos preguntas, muchas preguntas; en este caso ¿Cuál deberíamos considerar el LUX definitivo? ¿Cuál es el que la cantante siente como su verdadera obra acabada: la versión más conocida en redes y por la que medio planeta la está ovacionando y celebrando o aquella por la que espera que algunos paguemos más que el simple costo mensual de la subscripción de nuestro servicio de streaming?

Una incógnita no tan divina o sagrada pero tan relevante como cualquier inquietud metafísica a la hora de hablar del álbum.

Rosalia LUX ViniloRosalia LUX Vinilo Rosalia LUX Vinilo

Adicionalmente, estos cortes aterrizan más aún en terrenos cercanos al eclecticismo sonoro con salpicaduras electrónicas representativos de la la discografía general de Rosalía, pero lo que más sorprende es encontrarnos con una versión diferente de “Dios Es Un Stalker” y que contrasta notablemente con la disponible en redes.

No sólo se trata de una variable extendida, sino que acá el track se desarrolla de modo más acelerado, cargado de una urgencia casi ansiosa e impaciente, con Rosalía vocalizando en un tono más alto y enfático y, mucho mejor, con un entramado rítmico rico en detalles de percusión que casi invitan al baile.

No solo da esto fe de que el álbum puede entenderse, como se dijo, más como un compendio de temas que como una obra única redonda, sino que ayuda a desmontar el mito sobre la naturaleza celestialmente “clásica” del disco.

Confieso de hecho que, para mí, son justamente los momentos “sublimes”, en donde Rosalía parece aspirar a algo elevado o trascendental, las instancias menos interesantes del álbum. Aunque disfrutable a su manera, “Mio Cristo…”, con sus devaneos operísticos y los violines a lo Mozart que lo atraviesan, es un tema que me distancia y me lanza al asiento de una sala de conciertos, dejando de ser un explorador activo para convertirme en un mero espectador de una interpretación virtuosa, el testigo pasivo y lejano de un despliegue de técnica performativa.

Peor aún, el momento que menos le funciona a mi ánimo es “La Rumba Del Perdón”, en donde Rosalía convoca a esas dos luces de la canción española que son Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, y que paradójicamente es el terreno en el podríamos considerarla más experta; un tema sobrecargado a causa de una orquestación excesiva e innecesariamente profusa, que se hace demasiado evidente en cada compás y que satura la carga híperdramática que ya de por sí es connatural al género.

Se trata de un tema, como negarlo, con una línea melódica en el verso que ofrece ese punto perfecto de confección pop del que hablamos, pero que con cuatro minutos de duración se siente de ocho, por el modo como amontona demasiado de todo; demasiados arreglos, demasiadas figuras literarias, guitarras por un lado, la orquesta en pleno dando golpes por el otro, un coro de voces celestiales irrumpiendo de repente, y Rosalía y sus invitadas repitiendo y repitiendo el “nonaino nonaino nonaino na” del que quizás sea uno de los estribillos menos memorables que ha imaginado.

Es un raro momento de autoindulgencia en donde su intuición dosificadora parece no saber qué dejar pasar y qué no. Y ella, más que nadie, debe saber que se peca en el exceso y que la discreción es virtud.

YouTube player

No obstante, salvando esos instantes en los que Rosalía parece superada por sus aspiraciones, su musicalidad brilla en todo su esplendor lúdico y de modo especialmente conmovedor en los ya mencionados “La Perla” y “Reliquia”, igualmente en el comentado fado, en donde se nota claramente su aporte e intervención, no sólo porque reconocemos su voz, sino porque el cambio melódico que le imprime, trastocando la profunda melancolía del tema en una momento de juvenil añoranza.

Pero es en otro tema, “La Yugular”, en cuyo final la cantante resplandece como nunca, vocalizando una especie de momento cumbre en el que su imaginación melódica y lírica rompe con sus propios parámetros y en donde se revela tan portentosa como ocurrente, usando una especie de intensa escalada metafórica como ninguna otra cosa que haya hecho antes, rematado todo de modo inspirado por una Patti Smith presente en modo sample.

YouTube player

Como con todo buen compendio, importa y suma el modo como abre y cierra el asunto, y en el caso de LUX, sin que haya necesariamente una narrativa lineal, los dos grandes temas de apertura y cierre nos ayudan a coger este conjunto de temas como capítulos o entregas específicos de una antología concreta. El disco nos despide con “Magnolias”, una especie de tema funerario, en donde Rosalía fantasea sobre su despedida de este mundo en medio de una imaginería titilante y casi festiva.

Al igual que con “Sakura” en MOTOMAMI, se trata de un cierre elegíaco; en aquel sus meditaciones revoloteaban alrededor de la naturaleza efímera de la juventud y la fama, mientras acá, es la vida misma lo que es leve y breve, pero si en la primera había un definitivo sabor agridulce que se desprendía de sus notas y letras, esta vez de algún modo extraordinario y a pesar de tratarse de una despedida más definitiva, la artista se las arregla para invocar cierta luz entre el pesar en la forma de aceptación, de reconciliación con el destino

YouTube player

¿Olvidé hablar de la apertura? No, simplemente la he dejado como comentario final porque ilustra perfectamente bien algo sobre lo que aún no hablamos: la temática, no sólo de LUX, sino de MOTOMAMI, y de buena parte de lo que ha hecho la artista en su carrera, y es que más allá de todo el asunto de la espiritualidad, más allá de los innumerables desmenuzamientos alrededor del álbum y su incontables referencias, hay una narrativa más fundamental y persistente: la dualidad como modo de sentir el mundo, y la posibilidad de resolverla.

LUX: más que ruptura, un relevo

Rosalía parece entender la vida en general, y SU vida en particular, como un espacio definido por todo tipo de opuestos en apariencia divergentes o hasta irreconciliables, pero que en el fondo, siente ella, son susceptibles de encontrarse y quizás hasta de convertirse en lo mismo. O, más maravilloso aún, en todo un mundo de nuevas posibilidades: lo divino y lo mundano, la santidad y el pecado, la fama y la tranquilidad personal, amar y no sufrir, y quizás podría añadir, la santidad de los consagrados sonidos de la academia y la “vulgaridad” lasciva y tribal de las sonoridades de la calle.

Por eso LUX, digan lo que digan, no es ruptura sino relevo, una continuación de la misma búsqueda, con el mismo propósito que MOTOMAMI. Rosalía aspira a poder unir todos los géneros, toda la música, porque la ama en su totalidad y sin discriminación, en una sola gran fiesta orgiástica de sonidos que son a la vez idiosincráticos y universales (otra dualidad); su propia Teoría unificada de la música.

Lo que fue MOTOMAMI, un ejercicio de entendimiento entre el flamenco y otras corrientes establecidas de lirismo más “poético”, con los pulsos y códigos insolentes del deconstructed club, el dembow y demás beats urbanos, en LUX continúa y se replantea pero con nuevos invitados, abriendo el abanico a otras tradiciones de canto, a instrumentos con mayor bagaje histórico, pero sin dejar de cultivar la vitalidad de las sensibilidades contemporáneas; ya lo dije, basta poner atención encontrar acá las huellas de esas anteriores exploraciones.

Las notamos en la misma propuesta lírica de Rosalía. Desde el mismo comienzo, en su tema de apertura, LUX nos habla, sí, de ese gran leitmotif primordial de la obra de la cantante: la aparente disyuntiva entre contrarios y su irrefrenable anhelo por amistarlos y quizás hasta transformarlos en algo nuevo: “Quien pudiera vivir entre los dos, primero amaré el mundo y luego amaré a Dios…entrar en el cielo y volver a la tierra… en el primero sexo, violencia y llantas, deportes de sangre… en el segundo destellos, palomas y santas”, pero estas letras también nos hablan de algo más.




No es necesario hablar sobre las temáticas de LUX o sobre el colosal equipo de invitados de altura, desde intérpretes hasta celebrados productores, que Rosalía se dio el gusto de convocar para este proyecto. Información sobre esto hay de sobra en redes, así como debates interminables sobre los asuntos de santidad, simbolismo religioso y femineidad cantados en el álbum; suficiente como para tenernos ocupados por meses.

Cada quien es libre de perderse en estos análisis, así como en las razones para que se cante en 13 idiomas, pero lo que quiero destacar acá es el subtexto, o incluso lo que está más allá del texto, y es que estas letras revelan, tanto como la música que acompañan, lo que es continuo y persistente en la obra de Rosalia, una sensibilidad lírica común entre este y sus trabajos anteriores.

Estas son letras que le adeudan mucho a la tradición vocal de los géneros urbanos y al caribe, al modo como por ejemplo en el reguetón y el trap se mezclan jerga, palabras en inglés y expresiones de distintas variables del español, así como referencias de actualidad pop. La misma cadencia con que son ordenadas y expresadas estas palabras nos hablan de alguien que ha crecido amando por igual a Tego Calderón, Kanye West, Beyoncé y Camarón de la Isla, todo esto entrelazado a los hechos de su mundo personal.

Las “llantas” del primer tema ¿no nos hablan acaso de su pasión por las motos o de la presencia identitaria de camiones en varios de sus videos?; en “Reliquia” se nos canta sobre “perder los heels” y el “blunt”, y Rosalía nos asegura que aunque no es santa “está blessed”. Según ella, el tema fue inspirado en la vida de Santa Rosa de Lima, lo cual no evita que este se sienta como un momento absolutamente autobiográfico.

No hay que seguirle cada paso a la cantante en redes ni ser un adepto al periodismo de farándula para haber notado aquellos posts sobre su estancia en Japón, el lugar donde en la canción confiesa haber llorado, poco antes de su conocida ruptura sentimental. “L.A.”, en donde Rosalía ha residido por buena parte de su reciente carrera y en donde parece haberse enfrenado a la soledad, es ese lugar “donde nadie está en paz entre estrella’ y jeringuilla” y al que nunca llevaría a su querido sobrino en “G3N15”, y PR, refiriéndose a “La isla del encanto” por sus siglas iniciales, y en donde según ella le “nació el coraje” resulta ser también, cómo pasarlo por alto, el mismísimo epicentro global del reguetón. No es mención casual.

LUX no es Rosalía huyendo o aspirando al “clasicismo”, renegando de sus coqueteos pop o tratando de lavarse la imagen luego del revolcón fiestero y caribeño de MOTOMAMI frente a los escépticos, sino una reiteración de su gran aspiración de vida: hacer que todos los sonidos y ritmos se entiendan y bailen juntos en una grande e interminable fiesta musical.

Es la Rosalía de siempre, pero ingeniándoselas como ha ya ha hecho antes, para darnos la sensación de que ha creado una especie de mundo nuevo, con nuevos códigos, de modo que no podamos ni queramos establecer puntos de comparación con lo anterior.




Si acaso lo que se resiente de LUX es que todo el asunto de su pretendido talante “clásico” ha reforzado no pocos prejuicios que se mantienen hacia varias expresiones del pop en esta época de discursos mediáticos radicalizados e intensificados, la idea de que Rosalía está “dejando en evidencia” desde las alturas de LUX, lo muy mediocre que se supone es el resto de la música popular actual, según los más enconados detractores de las nuevas corrientes y adoradores del pasado del pop.

Viniendo de esa especie de empresa artística que fue El mal querer, y gracias a MOTOMAMI y a una muy variada colección de sencillos junto a reconocidos artistas de diversos géneros, desde J Balvin a Travis Scott, pasando por la dominicana Tokischa, Rosalía fue, por un tiempo, la aliada inesperada de la música urbana, del hip hop o de cualquier otro género pop aún luchando por la aceptación universal a pesar de su popularidad.

LUX ha sido recibido por muchos como una especie de prueba de que se puede hablar de un pop “elevado” versus uno supuestamente intrascendente, superficial, algo considerablemente frustrante en esta época en la que no pocos artistas pop parecen buscar una especie de innecesaria “dignificación” acercando su sonido a las guitaras eléctricas, el folclore o las orquestas como una especie de validación o empuje reputacional.

Por supuesto, Rosalía no tiene la obligación de asumir ningún rol de salvadora del pop; no es su responsabilidad, así diga que tiene el propósito de probar que se puede hacer pop “de una manera distinta”, y no es que ella no le ponga su grado de provocación a todo lo que hace, pero este es sin duda un trabajo más susceptible de ser aceptado por cierto público conservador dispuesto a aplaudir lo “sublime” que es LUX con toda su carga orquestal y sus canciones “bonitas”.

Y acá surgen más preguntas -ya lo dije, este es un álbum que no deja de plantear interrogantes, en este caso: ¿Quién será la próxima estrella que redima y vindique los aspectos más mundanos del pop, sus sonidos más inaceptables e incomprendidos? La próxima Charli XCX que venga con su nuevo BRAT a decirnos con contundencia y sin aviso “soy el futuro y los he alcanzado”.

O quizás me pongo muy dramático y el pop no necesita ser salvado. Afortunadamente, nadie tiene que pedir perdón por que existan temas como “Quero bailar” de Ivy Queen o “Safaera” de Bad Bunny, disgústele a quien le disguste este tipo de sonidos, ni Kanye tuvo que pedir permiso para hacer 808s & Hearbreak y tener todo tipo de geniales ocurrencias con el autotune. A pesar de los añoradores de las glorias pasadas del pop y el rock, a pesar de los apologistas del ARTE como un supuesto valor en el pop y de los defensores con ánimo estricto de la música hecha al estilo “tradicional”, con instrumentos “de verdad”, según dicen, la música no dejará de reinventarse y de generar sonidos saludablemente incómodos para algunos.

En cuanto a Rosalía, si bien LUX no es el ese álbum revolucionario que muchos claman, es de todos modos una muestra de lo que nos puede ofrecer una artista dispuesta a salirse de su zona de confort y a plantearse interrogantes; porque Rosalía se hace preguntas, ella también está buscando respuestas, según dice, respuestas que intenta procurarse con su quehacer musical, y sucede que tenemos la fortuna de que con LUX, ella vuelva a invitarnos a que la acompañemos un rato en el proceso, contagiándonos mientras tanto con un poco de su amor devoto e infinito hacia la música.

Y eso, es más que suficiente.

Gustavo Reyes


¿Interesado en comprar éste u otro disco de Rosalía, o merchandising? Como un Afiliado de Amazon, recibimos una comisión  por compras realizadas. Gracias

Música de Rosalía en España

Música de Rosalía en Estados Unidos