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Tri Repetae de Autechre: la genética de la electrónica molecular

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tri repetae Autechre

En noviembre de 1995 el dúo inglés editó su tercer álbum, un gran paso adelante en su distintiva y vanguardista propuesta electrónica 

Autechre
Tri Repetae++

Warp Records. 1995. Inglaterra

Una vez que Detroit -ahora catastrofista- estuvo de vuelta en la lúgubre Manchester, no hubo paz en las mesas de mezcla. No tan lejos quedaba la cadena de montaje de Kraftwerk en Düsseldorf: mecánica, precisa, casi milimétrica.

La tecnología añadida en pocos años hacía que ahora cualquier base rítmica o textura estuviesen al alcance de subjetividades desbordadas en ideas. ¡Cualquier cosa era posible!

La electrónica no tenía que medirse ya más con la música hecha con “instrumentos de verdad”, ya no era esa repetición de ritmos gélidos que no ameritaban el esfuerzo: ¡la máquina tenía alma!, y ahí estaba toda una nueva generación de músicos para corroborarlo.

Pero con el descubrimiento del alma en la electrónica, vino también la amenaza de perderla, o perturbarla. Y sí, pasó lo que tenía que pasar. Un acto terrorista en medio de la edición, entre los loops y los beats, hizo que apareciera súbito el glitch en el sistema. El dúo ángeles terribles de los manchesterianos Autechre –Sean Booth + Robert Brown– aprovechó el error, y así anunció sin voz pero con secuencia: “¡Electrónica pura y dura!”. Era el fin.

Nada de exhibiciones baratas con acrobacias de DJs saltimbanquis en el altar de la House. Se acabó lo que se daba: esto de las mezclas era juego serio. El pináculo sería el acabóse también: es lo que queda sentenciado en esta doble acta titulada Tri repetae++ (un álbum doble que combina el tercer álbum del dúo en el primer disco, y dos EPs –Anvil Vapre y Garbage– en el segundo).

Para quien lo escuche de cerca -este no es un álbum para salas de baile-, los ritmos son analíticos: se van desglosando, disolviendo la masa gris con el resto, en un inteligente acto donde los pensamientos convulsos finalmente se desenredan.

Música donde los pensamientos bailan, al menos eso es lo que se infiere del género al que este álbum se suscribe: Intelligent Dance Music (IDM). Un titulo que no escatima en pretensiones para una música que apenas un par de décadas atrás era considerada fría, cuando no frívola.

Pero no hace falta devanarse los sesos escuchando música que se autodenomina “inteligente”, Autechre prueba que la electrónica, aun si no pertenece exclusivamente a las salas de baile, puede proveernos de un goce más solitario.

Mucho se perderá quien analice sesudamente este álbum, más bien hay que dejarse analizar por él ya que en él no hay secuencia rítmica o textura que falte. Las murallas desplomadas de los ruidos que hacen tierra también fueron compasadas (“Second Bad Vilbel”).

La aleatoriedad del rebote regulada en canales manipulados hasta el detalle de texturas pasajeras en constante eco (“Second Scepe”). Los teclados -digitales y analógicos- sirviendo de lecho melódico a ritmos hipnóticos.

Un riguroso trabajo de composición en fugas donde los envites no son tanto motivo como capas de sonido y texturas apenas discernible al cerebro humano. Un poco más y quedaríamos aturdidos. Así suena algo radical y sin concesiones, esta summa sonora ofrece el placer de abandonarse a una órbita oval.

Un par de ejemplos del techno miniaturista y denso que a cuatro manos practican los siameses digitales de Autechre. Con eso ya tendríamos una “electrónica siamesa” por partida doble: susceptible a cualquier nanoregistro, y reproduciendo cualquier sonido sucio (lo digital lo aguanta casi todo, y lo complementa el “sonido de superficie” del vinilo -se nos advierte).

¿Es esta una electrónica hecha a micro-pinzas? La intención, ardua siempre, era hacerla aparecer como un borrador perpetuo, como un capítulo incompleto en el arte de manosear botones y osciladores.

¡Que se perciba hasta el más mínimo chasquido!: desde el surface noise hasta el roce de los audífonos en los oídos, pasando por el percutir seco que hacen de las paredes de hormigón contra la carne, el cráneo o un objeto inanimado. Esta experiencia no tenía más remedio que el baile introspectivo, aislado, celular.

Así avanzan estos siameses abriendo canales de edición que serán interceptados por el uno y el otro con la contorsión de una banda de doble hélice, donde se enlazaba cualquier tonalidad microgenética.

El modelo era el de una electrónica molecular, y el producto el ADN que desde Kraftwerk no para de mutar. Todo esto pigmentado con rebotes sostenidos de matracas breakbeat que le resquebrajan la cohesión a cualquiera célula del cuerpo.

Un latido hondo emerge sin frenos: algo que inquieta el cuerpo y anima sustancias de extrañas secreciones en nuestro pensamiento. Lo sabemos, algo lo sabe en nosotros: no hay tal cosa como bailar inteligentemente. Todo nuestro genoma baila al ritmo, es la inteligencia la que baila en nosotros: está en nuestros genes.

José Armando García

garja76@hotmail.com



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