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The Great Escape: el paroxismo creativo de Blur

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Blur The Great Escape

En septiembre de 1995 se publicó el cuarto y más exitoso álbum del cuarteto londinense liderado por Damon Albarn y Graham Coxon

Blur
The Great Escape

Food-Virgin. 1995. Inglaterra

 
Si Blur tiene un disco decadente ese es The Great Escape. Palabras lapidarias y hasta sentenciosas si se toman en el sentido más corriente: el del declive y la corrupción moral, material y espiritual de todo estado de pureza y gloria inicial.

Pero hay quienes han sugerido que la decadencia puede verse también como suave agotamiento, como sólo una muy sutil repetición de ideas, incluso si resultan radiantes y están empaquetadas en un contexto de prosperidad material real, en un “buen momento” para la vida en general.

Y es que puede haber placer y bienestar en la decadencia, que puede no ser más que un simple y lento, casi imperceptible, deslizarse hacia la insignificancia, hacia la normalización extrema de lo que en algún momento fue novedad y sorpresa, ahora convertido en cotidianidad.

Nada demasiado trágico o catastrófico, pero verdadero. Y esta inexorable entropía, esta debacle de lo extraordinario, comienza muchas veces con la sobrecarga recurrente de lo que en algún momento fue una idea fresca.

El cuarto disco de la banda -sucesor del fundamental Parklife (1994)- tiene ese rasgo, ese toque de sobre acumulación y de prueba de fuerza sobre los límites que dibujó su trabajo anterior. Un cierto apresuramiento casi neurótico que se asoma entre la vorágine de exaltada inventiva y maravillosos arreglos -que a ratos sin embargo parecen salpicar demasiado- de la mayoría de los temas.

Damon Albarn metió el dedo en su propia llaga con precisión y honestidad punzopenetrante cuando lo describió como un disco “desordenado” y ¿quién es uno para contradecirlo? Razón no le falta a su honestidad.

Algunos músicos poseen un sentido auto crítico muy bien cultivado y tienen la humildad y valentía de reconocer cuando se les ha ido la mano en un momento de euforia y plenitud del ego en el que quizás se creyeron un poco el cuento de que eran la mejor cosa que había pasado en el mundo en mucho tiempo, y se dejaron llevar para luego arrepentirse de algunas de sus hechuras más caprichosas y desbordadas.

Le pasó a U2 con Pop (1997), le pasó a The Strokes con Angles (2011), por nombrar a dos bandas más que establecidas “desde siempre”, como diría uno, y que se avergonzaron un tanto de sus trabajos, pero también le pasó más recientemente a Grimes, quien no hace mucho despotricó sin misericordia sobre su Art Angels (2015)  preparando el terreno para Miss Antropocene (2020), su más reciente entrega, ensalzado en sus propias palabras como su mejor disco (aunque en este caso la imaginativa y multifacética ciberninfa del pop experimental se ha cegado por sus propias aspiraciones de trascendencia, editando un trabajo algo irregular y a ratos insípido que no le hace ni mal remedo a la fantástica y juguetonamente salvaje exuberancia del anterior)

Y está Blur con The Great Escape. Podría este trabajo compararse al Be Here Now (1997) de Oasis, salvando las abismales diferencias entre ambos: el grande y esperado nuevo capítulo luego de un momento único de consagración, que llega por todo lo alto y montado en una gran ola de expectativas y con ganas de llevar a la estratósfera todo aquello que fue novedad la vez anterior.

Ambos álbumes comparten además la seña de haber sido recibidos por buena parte de la crítica con estusiasmo absolutista y de haber perdido a la postre favoritismo por obra y gracia de la perspectiva del tiempo, y la verdad es que aunque me declaré incondicional del disco cuando salió -hace ya 25 años-, en el fondo siempre sentí que algo en The Great Escape no terminaba de asentarse del todo.

Tenía la sensación de que esos grandes momentos de Parklife en que la banda alcanzaba lo eterno, acá parecían escapárseles de las manos por milímetros a los integrantes -una impresión completamente personal, valga aclarar.

Blur 1995Era esa insolencia ligera de tipo listo en la voz de Albarn en “Charmless Man”, cuando cantaba “educated the expensive waaaay…” y que sonaba de repente un poco regodeada en sí misma. Era el modo como el riff guitarrero de “Stereotypes” se acercaba a lo rechinante, lo cual era un poco la idea, por supuesto, pero casi amenazando, sentía, con ahogar el talento para el matiz que siempre fue una de las armas secretas de la banda.

Era ese eclecticismo vehemente y desaforado del disco, que no era la diversidad orgánica y fluida de Parklife sino una ensalada algo empastichada y apretujada en la que la continuidad entre canciones era un tanto cacofónica.

La comparación no es gratuita, si hay dos trabajos en la discografía de Blur que se parecen, esos son Parklife y The Great Escape, el segundo sonando desde sus acordes iniciales como una revisita a los temas y estilos del primero, que tanto les funcionaron, pero con el ánimo revigorizado de escrutarlos aún más y llevarlos hasta sus últimas consecuencias.

El britpop aún estaba por alcanzar su momento más esplendoroso con la llegada del Different Class de Pulp, y del demoledor (What’s the Story) Morning Glory?, de Oasis, ambos a pocas semanas de distancia, pero dentro de Blur la fórmula musical apuntaba casi imperceptible pero decididamente hacia la saturación.

The Great Escape fue, de hecho, como casi literalmente sugiere el título, su álbum de salida del “movimiento”, su gran adiós a la escena y el sonido que había vuelto a convertir a Inglaterra en el epicentro musical del planeta -excepto para los Estados Unidos, siempre reacios a dejarse seducir por los productos culturales que no son paridos en su propio seno.

No se puede culpar mucho a Albarn, David Downtree, Alex James y Graham Coxon del asunto. Para el momento entonces en curso -1995- ya llevaban cuatro años sacando álbumes y poco más dos levantando la entonces nueva escena pop británica con ocurrente dedicación y determinación.

Albarn estaba decidido a restituirle a su vieja patria lo mejor de sus glorias musicales y lo haría en sus propios términos. Poca cosa no habían logrado, era apenas entendible que su imaginación se extraviase y empezara a desvariar, sólo un poquito apenas, así ni ellos ni nosotros lo notásemos.

O quizás sí, y por eso The Great Escape es ese tipo de trabajo en el que los integrantes volcaron absolutamente todo lo que tenían aún guardado en su arsenal creativo sin aplicar ninguna barrera de contención.

Un nuevo capítulo más de esta historia y la banda se habría quizás convertido en parodia de sí misma. Era el todo o nada. El resultado fue un disco inolvidable.

Fue quizás por aquello de ser este su último gran respiro pop que la banda dejó acá algunos de sus mejores momentos y ocurrencias, y así como The Great Escape es veleidoso y voluble, también es audaz e impetuoso.

Hay una cierta imprudencia en todo el ánimo del disco que es energizante y estimulante, como un placer culposo inusualmente delicioso, como si Albarn y el resto de la banda se sintieran en todo el derecho de lanzarnos cualquier idea por extravagante que pareciera con un arrebato casi agresivo que no dejase lugar para objeciones, planteadas con tanta seguridad en su supuesta genialidad que no nos atrevemos a cuestionarlas ni en un bemol.

El disco encuentra a Blur en un pináculo de fama y fortuna irrepetible, y la banda atrapó ese momento sin dudarlo demasiado, exprimiéndole todas sus posibilidades. En el proceso hubo excesos y rebosamiento, instantes de reincidencia casi maníaca en una misma pirueta musical, casi agotándola -el disco es de hecho, visto como un todo, un tanto extenuante en su longitud y frenética efervescencia musical; este es un álbum que no puedes escucharlo sin involucrarte activamente.

Pero también es este el disco en el que Blur nos ofrece uno de sus momentos de solaz más intoxicantes en “The Universal”, donde la banda se replantea qué demonios es la felicidad mientras nos sirve una luminosa balada orquestal que conjura un sonido de tardes domingueras al sol y de citas a la luz de las las velas –Burt Bacharach reimaginado para el entonces inminente fin del milenio- y que se siente genuinamente emotiva a pesar de la carga de duda premonitoria y sombría que esconde.

Un instante irrepetible en el que Albarn y su pandilla trascienden el descreimiento que se esconde en sus propias letras llegándonos directamente al corazón del modo más desnudo. Tan irrepetible que cuando intentan transitar por similares espacios en “Best Days”, la cosa se siente más como una revisita al ánimo abandonado y distendido de “To The End”, de Parklife, pero sin la misma convicción juvenil.

Es un tema al que el tiempo le ha quitado un poco su sentido de afirmación, como también lo ha hecho con “Country House”. El sencillo más famoso de la banda, aquel que los llevó a ganar por un corto momento la “batalla del britpop” frente a Oasis, dejando atrás al “Roll With It” de los Gallagher, y que de hecho fue el único tema de Blur que en algunos países del planeta fue difundido en la radio, ha sufrido increíblemente con el tiempo.

Víctima de su propia fama arrolladora, esta es una canción, sí, ingeniosa y sazonada con el mejor humor sardónico de la banda, pero también cargada con un peso nostálgico casi insoportable y que poco interesa escuchar hoy día.

Uno de esos temas que al debutar suenan desde que amanece hasta que nos vamos a la cama y que al primer lustro de distancia ya nadie recuerda.

Pero siendo sinceros, a nadie a quien Blur le haya salvado el espíritu le va interesar este álbum o volver a él para escuchar este más que célebre y olvidado sencillo.

The Great Escape ofrece muchísimo más y no hay que avanzar mucho para descubrir el encanto tremendista que la banda exudaba en ese momento y del cual este trabajo da testimonio tajante. Bástennos unos pocos segundos en “Stereotypes” -el tema que abre todo- y ya el torrente sonoro nos tiene atrapados: las guitarras ásperas y casi carrasposas, pero que suben y bajan con una especie de gracia industrial, los sabrosos acordes pop de Albarn, siempre dándole un giro inesperado a las confecciones de su instinto más melódico, las ricas capas de producción diseñadas para una experiencia casi caleidoscópica.

Y esas ganas de inventar cosas nuevas y desquiciadas que casi no pueden controlar.

Se habla mucho del papel de The Great Escape en esa narrativa de tres actos que alguien ha llamado la “trilogía de la vida” de Blur -junto a Modern Life is Rubish (1991) y Parklife– pero se ha hablado poco sobre su importancia como disco transicional.

Este es un trabajo con una curiosidad más necesitada de nuevo alimento que sus hermanos anteriores y en varios de estos tracks se esbozan varios de los caminos que la banda se abriría en futuras entregas. No hay acá esa vocación de muestrario de estilos y modos del pop británico de las últimas décadas de Parklife, los “homenajes” no son tan claros, y en no pocos compases se abren resquicios que revelan el agitado fulgor experimental que palpitaba bajo la diligente inventiva de la banda.

Pero es sobre todo la imaginación de Coxon la que más se agita con las sacudidas inesperadas y enérgicas de un despertar repentino, de alguien necesitado de derrumbar los muros que lo limitan.

En temas como “He Thought of Cars” -una apesadumbrada instantánea sobre el mundo moderno y la inescapable soledad que se esconde detrás de sus crisis de opulencia- las guitarras en distorsión zigzagueante y reverberante, como en una danza espacial delirante, confiesan el creciente apasionamiento que el guitarrista ya venía cultivando por el sonido de la entonces muy fértil escena alternativa estadounidense, con sus guitarras impetuosas, sucias e indómitas, quebrantando las nociones de lo que que era lícito o permisible hacer con el instrumento.

Acá está el germen que florecería de modo exuberante en el siguiente trabajo de la banda, el inclasificable disco homónimo de 1997 con el que rompieron de modo definitivo con su pasado pop para aventurarse en universos más difíciles de categorizar.

Mr. Robinson’s Quango”, una divertida sátira sobre las clases conservadoras del Reino Unido, y que se regocija en el exceso de su energía y sus teclados con guiños a Keith Emerson, se beneficia también de esta recién explorada veleidad de la guitarra de Coxon, deviniendo hacia el final en un burbujeante caos de feedbacks fuera de control.

Sucede lo mismo con “Dan Abnormal”, en donde el instrumento se transforma en una segunda percusión en medio de un caos arremolinado de voces que emulan resortes, ecos y sonidos retro-siderales que reinterpretan a The Beatles en clave de psicodelia fantasmagórica, para hacer un divertido y ácido comentario sobre el conformismo y las imposiciones sociales.

Un tema con una cualidad táctil inusitada, imaginado como un maravilloso entretenimiento multidimensional para nuestros oídos.

Coxon no es en absoluto el único responsable de grandes momentos, valga aclararlo. A todo lo largo y ancho de The Great Escape, Albarn se deleita con entusiasmo desenfrenado en sus ocurrencias “típicas”, lo que en su caso quiere decir extremadamente atípicas, inesperadas y fuera de contención: letras más incisivas que nunca, desparramando ironía altamente hilarante en cada uno de los temas, su singular instinto melódico capaz de los virajes más abruptos e insospechados, siempre un paso adelante de nuestras expectativas y de la lógica armónica más educada.

Su misma voz parece encontrar en este álbum un vigor renovado, con una confianza sin precedentes, producto, probablemente, de la conciencia renovada de la banda en su capacidad para lograr todo lo que fuese, tanto comercial como musicalmente.

Olvidemos las declaraciones del mismo Albarn sobre lo eternamente insatisfecho que se ha sentido acerca de su modo de cantar, The Great Escape no hubiese podido existir sin este elemento.

Vivaz y afianzado como nunca y más osado en sus registros, su trabajo vocal acá está impregnado de una calidez y matices más ricos que en trabajos anteriores, en unos casos lánguido e indiferente para expresar, probablemente, el ocaso emocional y la trivialización de la vida de una pareja promedio en “Fade Away” -donde una laberíntica e infatigable sección de trompetas amenaza con casi hacernos bailar de lo adictiva que se nos hace su escucha- en otros momentos dramático, como en “Ernold Same”, una pieza “de carrusel” que podría ser la reencarnación de “The Debt Collector”, de Parklife, tejida con un primaveral arreglo de cuerdas sabor a llovizna matutina -y una pequeña pero traviesa intervención de Albarn en la melódica- el contraste perfecto para hacer punzante la historia de un hombre atrapado para siempre en la segura pero inalterable tragedia de lo cotidiano.

En “Top Man”, adopta un tono más incisivo pero con un mismo propósito: denostar la sociedad moderna -en particular la de su Inglaterra natal- en las muchas facetas de su decadencia implícita, manifiesta en el esnobismo y consumismo rampante de las clases con recursos, y acompañándose de un sonido que bien podría ser el soundtrack de una película de espías con retazos de western contemporáneo, tan serio como burlesco, y con una producción en donde los instrumentos parecen atacar nuestros sentidos desde todos los flancos, con tanta potencia como claridad, uno de los verdaderos atributos de todo el disco.

Acá debemos hacer detenernos a considerar algo. Quien conozca a Blur sabe que todo lo mencionado hasta este punto no es sino su modo natural de operar: caleidoscópicamente. No hay nada de sorpresivo en ello como no sean las ocurrencias musicales de sus miembros, que no son pocas.

Pero también sabemos que uno de los encantos irresistibles de la banda es justamente la insolencia juguetona con la que siempre nos hablan; pueden no parar nunca de señalar a dedo limpio y severo los peores arquetipos del mundo, los vicios de nuestra super abundante era contemporánea, pero esta inquebrantable franqueza nunca logra secuestrar su buen humor, y de éste aquí hay a raudales.

Lo que sucede entonces con The Great Escape es que acá todo está presente en modo hiperbólico: su ensañamiento certero con instituciones y tipos sociales de toda índole, las melodías memorables y el ingenio de la banda para convertirlas en sorpresa, el generoso derroche en los arreglos, el voraz apetito estilístico de sus integrantes… y Albarn, en su apogeo de niño terrible, pedantemente carismático y carismáticamente pedante, más rebosante de sí que nunca.

Baste con ver el video de “Charmless Man”, en donde no para de saltar como un adolescente demasiado convencido de su propia irreverencia, mientras con un tono divertido y socarrón, y repartiendo falsetes a diestra y siniestra, suelta una buena dosis de su ponzoña verbal para exponer el frío cascarón de las personas con privilegios.

Es este uno de varios temas en que la banda tiende un puente al pasado que estaba por dejar, una revisita al “clásico sonido Blur”, pero siempre con un ingrediente “intruso” sabor a novedad, y esta es de hecho la canción que para ellos marcó el fin de su relación con el britpop, a confesión poco concisa del mismísimo Albarn.

Pasa lo mismo en “Globe Alone”, donde la banda ejecuta una de sus piruetas favoritas: meterse en la piel de los Buzzcocks y usar su lenguaje desaforado para, en este caso, retratar el desenfreno vacío de las víctimas de la publicidad y su imperativo de consumo obsesivo -con mucho humor, como es de esperarse, pero además, con ese toque a ruptura con lo establecido del que ya hablamos.

Ya se dijo antes, este no es un disco para serle indiferente. Es un tanto desmedido y licencioso, y negar que es imperfecto es pecarle con deshonestidad, pero su imperfección es justo parte de lo que lo hace fascinante.

Pocas veces encontramos un grupo de temas tan lanzados al azar con una energía semejante, tan enfática y rebosante de irrepetibles y explosivos detalles, con toda esa inspirada musicalidad y esas ganas de experimentar en punto de detonación luchando por conquistar el espíritu del álbum, por lo que, como era de esperarse y como corresponde a todo buen trabajo conflictivo y difícil, los dos últimos tracks están lejos de darle un cierre impecable.

No son estas canciones con la prestancia de “clásicos” como “Chemical World”, de Modern Life, o la envergadura instrumental y conceptual de “This Is a Low”, que despide -falsamente- a Parklife, sino que se trata de un par de piezas relativamente modestas que sin embargo terminan siendo dos de los temas más inolvidables del álbum, de esos que nos cogen en la primera vuelta y repetimos inmediatamente apenas los escuchamos, una y otra y otra vez, ambas pequeñas provocaciones desarrolladas cada una en un polo opuesto a la otra, ambas capaces de agitar algo en nosotros, trátese de una contagiosa urgencia física o de una emotividad más íntima.

Blur 1995Hubo una época de mi pasado en que solía bromear -no sin un leve toque de amargura- sobre el hábito de llamar a tus amigos un viernes en la tarde, cuando tu semana de trabajo llegaba a su fin, y preguntarles “¿Qué hay para esta noche?” Una rutina tan aburguesada como ineludible para nosotros los mortales más comunes y corrientes, y es justamente la “denuncia” de este hábito nefasto del escapismo como mal remedio de vida lo que da combustible a “Entertain Me”, el primero de estos temas.

Se trata de otra divertida diatriba característica de la banda, esta vez un jovial “yo acuso” sobre el hastío y el aburrimiento suburbano, el pueril consuelo de los fines de semana en el mundo asalariado y la incapacidad de nuestra obsesión con la diversión para hacernos sentir medianamente felices.

La recriminación es pertinente y está plenamente justificada; después de todo -¿quién no es culpable de vivir la vida de modo insignificante y pendiente de un cheque quincenal o semanal?-, pero es la intoxicante y convulsionada linea de bajo la que nos rompe acá los esquemas, precipitando sobre sí teclados, guitarras y voces, agitados todos en una especie de elaborado y taladrante frenesí, una especie de tema disco abigarrado y caústico que nos regresa al “Girls and Boys”, de Parklife, pero con el ímpetu bailable sobre-estimulado y jugando a hacernos perder el control.

Y aún nos resuenan los ecos energizados en fade-out de esta especie de alboroto desencarrilado cuando, de repente y sin aviso, y haciendo alarde un sentido nada sutil del contraste, la banda nos ofrece la más inesperada de las muchas sorpresas del disco.

Yuko  & Hiro” es una balada tan delicada como excéntrica, con ecos a cajita de música cósmica, decorada como un archipiélago casi abstracto de sonidos que se refractan y acompañada con algo que suena a ratos como un piano de juguete sobre el que Albarn desparrama todas sus reservas melancólicas.

Justo lo necesario para crear un ambiente de ensueño burbujeante y acariciante que relata la historia de una pareja que dedica -literalmente- su vida a trabajar en una especie de “mega-corporación del mañana”.

Entregados en cuerpo y alma a la compañía “que mira hacia el futuro”, y laborando en turnos distintos a lo largo de la semana, ambos personajes se confiesan, no obstante, un amor incondicional basado en la expectativa de verse, al menos, los domingos.

Envuelto en sintetizadores y con un discurrir melódico con sabor a arrullo japonés y a madrugada de megalópolis asiática, el tema muestra a un Blur en pleno dominio de su habilidad para siempre meter el acorde menos esperado al final de cada compás y darnos ese giro impredecible que hace tan sabrosa su música.

Las cosas se espesan aún más con unos vagamente infantiles y casi omnipresentes coros y una voz femenina hablando en japonés que cuando se revela, lo hace con un efecto absolutamente desorientador -sobre todo si lo escuchamos con unos buenos audífonos-, como si nos estuviera meciendo un suave remolino multicolor, y todo el asunto resulta francamente hermoso, hasta el punto de hacernos sentir una especie de alegría ante lo que en el fondo es una historia de amor abnegado apenas sobreviviendo entre las fauces heladas de la cultura actual de la productividad.

Se trata de un momento tan frágil y enternecedor que casi se sale del arquetipo Blur, o eso podríamos haber pensado si a estas alturas del disco -y de su carrera- no adivináramos ya lo que la banda estaba tramando para su futuro inmediato, esa nueva aventura sónica que estaba aún por darnos uno de sus grandes trabajos clásicos y que nos llevaría a transitar las  bifurcaciones insospechadas que Albarn y Coxon -las dos torrentes de la imaginación de la agrupación- recorrerían a la postre siguiendo sus muy indómitos instintos musicales.

Lo cierto es que el tema, saturado de ideas sonoras de todo tipo y tan fuera de todo canon, es una exhortación clara de la banda para que no esperemos nada de ella salvo lo inesperado.

Varios segundos después y cuando lo creíamos terminado, el álbum nos ofrece un reprise instrumental de “Ernold Same”, como a título de resumen, de epílogo que intenta condensar en un par de páginas, toda la narrativa y el espíritu la obra que lo precedió, aunque quizás en el fondo no sea más que una típica broma musical “Blurniana”, como pretendiendo decirnos que todo no había sido más que un “play”, y que ya era hora de levantarnos de nuestros asientos para volver al mundo real.

O capaz… un último guiño al pop Made in England y a las aventuras que este les procuró, un último mirar atrás antes de doblar la esquina.

Visto desde el ahora y reconociendo sus evidentes excesos y derroches, The Great Escape también se nos asoma como un disco groseramente atrevido, contundente en su acabado -el sonido y la producción son los más sólidos de toda esta etapa de la banda- y sobre todo, agitado por una energía latente que estaba comenzando a hacer reacción en cadena.

Revelándonos una banda que estaba dándose cuenta de la artificialidad restrictiva de ser partes de un “sonido” o movimiento particular, una banda que descubría cómo la rejilla mediática que había dado identidad a aquello llamado caprichosamente britpop ofrecía sólo una versión de la realidad musical disponible para músicos con sus inquietudes, una visión estrecha, pero con fisuras.

Y esas fisuras estaban comenzando a ensancharse, inexorablemente.

La banda misma comenzó la demolición de este modelo, de esta fórmula trendy y mercadeable con éste, su orgasmo final dentro del género, para luego salir por la puerta grande, dejando las glorias pasadas donde corresponden, en el pasado, y deslastrándose de nostalgias y demás filiaciones con su expediente popsero.

Aniquilando el mundo que se habían creado, el mundo que los había sustentado y hecho famosos, para poder renacer en uno nuevo y, si bien no necesariamente mejor, al menos más libre.

Gustavo Reyes



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