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A Moon Shaped Pool: la sofisticación del sonido Radiohead

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Radiohead - A Moon Shaped Pool

El 8 de mayo de 2016 fue publicado el noveno álbum del quinteto inglés, una auténtica joya que destila sensibilidad y mucha emotividad

Radiohead
A Moon Shaped Pool

XL. 2016. Inglaterra

Al comienzo de A Moon Shaped Moon todo suena demasiado calmado. La banda parece tan despojada de sus artificios electrónicos, su otrora furia decibélica reducida casi a radiación de fondo, y tan llena de violines -sí, violines- que pensamos que todo es parte de un proceso de disipación del que sólo quedarán atmósferas etéreas y minimalismo instrumental.

Hacia la mitad del álbum, sin embargo, algo se agita; por alguna razón no podemos dejarlo, hay tantos detalles escondidos, tantas pequeñas sorpresas, y ¿son ideas de uno o Thom Yorke suena extrañamente emotivo? Al finalizar estamos conmocionados, la piel erizada, la mente en estado de exaltación incrédula: Radiohead ha vuelto… de la manera más insospechada.

Algunos han dicho que en este trabajo -tan esperado como la llegada de un mesías, el gran álbum destinado a devolvernos alguna especie de fe perdida- Thom Yorke, Jonny Greenwood, Ed O’Brien, Colin Greenwood y Phil Selway no inventan nada nuevo, cobijados en la comodidad de su ya “familiar” sonido.

Pero para una banda acostumbrada a disolver las fronteras entre música y electrónica, y cuya identidad se ha forjado en virtud de una relación ambivalente con la tecnología -musa para explorar infinitas dimensiones sonoras, demonio omnipresente que amplifica la soledad contemporánea- este trabajo, inundado de una orquestación generosa, con la textura de un “unplugged” transfigurado y sumergido en un aura de tranquilidad vacilante es un salto arriesgado y descomunal.




Los arreglos orquestales, un entrañable presente de Jonny Greenwood y la London Contemporary Orchestra, poseen una cualidad tan introspectiva que se abrazan de modo natural con las meditaciones de la banda, y como en un acto de magia de la inspiración, evaden toda grandilocuencia para susurrarnos directo al intimismo, un poco como lo hicieran John Paul Jones en Automatic for the People (1992), de R.E.M. y Beck, junto a su padre David Campbell, en Sea Change (2002).

El álbum está poseído por un extraño sosiego, como si la desesperanza se hubiera relativizado, y se experimenta con la intensidad de una vivencia personal, hasta ser sorpresivamente conmovedor.

No es que la banda haya perdido su don para descifrar las angustias contemporáneas y purificarlas en catarsis musical como si tuviera un pacto divino con el espíritu de los tiempos para ser su voz confesante, y que es la razón por la cual, cuando Yorke canta sobre sentirse desencajado en un mundo demasiado acomodado en sus iPhones, locales de Whole Foods, galerías de arte y sus credos progresistas de “10 TIPS”, sentimos que quizás no estamos tan solos.

Nada de esto ha cambiado -Yorke sabe que hasta la idea de un mundo perfecto es un concepto imperfecto- sólo que acá, el asunto de la alienación tecnológica y la insustancialidad de las convenciones sociales se ha replegado y las incertidumbres aparecen desnudas, más existenciales y eternas, más espirituales y universales.




Tan universales que no tenemos que entender a Yorke para sentirnos transportados por el anhelo de escape y desconexión de “Daydreaming”.

El tema, mecido por un piano que insinúa cotidianidad (en el video, dirigido por Paul Thomas Anderson, Yorke recorre espacios interminables, como intentando escapar de un laberinto hecho de la vida misma) y en el que al final la orquesta asciende anunciando una especie de destino abismal, mientras el cantante alcanza un paraje nevado, como en otro tiempo y espacio, en donde, en una minúscula caverna, finalmente se refugia y descansa (¿su escape final del mundo?),  es abandono y liberación en estado crudo.

Son sentimientos contradictorios, pero Radiohead los fisiona creando una aureola de claridad y revelación, como si hubiesen llegado a un acuerdo con la existencia aceptando sus términos despiadados y su naturaleza fugaz.

A ratos todo se agita. El zumbido amenazante y el pulso tenaz de “Ful Stop” se sienten como una persecución hacia la aniquilación, como una actualización post-apocalíptica de “The Talking Drum”, en Larks’ Tongues in Aspic (1973) de King Crimson.

En la seductora “Identikit”, Radiohead invierte todas las preconcepciones y usa un pasaje coral como solo instrumental -en vez de remate apoteósico- mientras juega con nuestro sentido del ritmo y lo funde con un tapping de guitarra de inspiración matemática que fragmenta la música, al estilo de “Discipline” (Discipline, 1981), otra reminiscencia de la banda del asombroso Robert Fripp.

Pero lo verdaderamente maravilloso de A Moon Shaped Pool es su insospechada magnitud emotiva, y que alcanza lo sublime en “Present Tense”, en la que Yorke, humano como nunca y en modo de fragilidad irreprimible, nos lleva a donde jamás antes nos había llevado al confesar: “As my world comes crashing down, I’m dancing freaking out” (A medida que mi mundo se desmorona, estoy bailando, enloqueciendo”), mientras voces fantasmagóricas recrean con la orquesta una danza pendular entre esperanza y desconsuelo que derrumba todas nuestras defensas; una experiencia de intensidad casi aniquiladora.

Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief”, especie de gran tema final al estilo de un drama cinematográfico, recoge nuestros pedazos y nos lanza por una cascada de cuerdas ahogadas en lo que suena como una aguja de tocadiscos sobre un vinilo finalizado, para luego emerger, en lo que es una de las transiciones más inauditas imaginadas por la banda, en la más perfecta de las conclusiones: “True Love Waits”, una pequeña y terrenal plegaria de reconciliación sobre lo intangible y lo efímero, cantada desde lo más profundo de la resignación y la ilusión, y acunada por los destellos de un piano que suena como si Debussy se diluyera en una llovizna crepuscular.

El álbum está colmado de estos pequeños paisajes instrumentales, llenos de vida propia, recatados, pero tan pletóricos que tejen un vasto tapiz de fondo en estado de permanente efervescencia, y que son como micro cúmulos hechos de cuerdas, pianos y chispas electrónicas de infinita variedad que  crecen con cada escuchada e invocan un trance mágico que recuerda vagamente a “Worrywort”, aquel B-side de la era de Amnesiac (2001), lleno de cautelosa luminosidad.

No por casualidad “True Love Waits” pertenece a esa época cuando era tocado en vivo (fue incluido en I Might Be Wrong: Live Recordings de 2001), recuperado 15 años después.




8

A Moon Shaped Pool es un trabajo absolutamente hermoso. Sí, hermoso, porque Radiohead logra algo prodigioso: convertir la melancolía en belleza, algo que también hizo Vampire Weekend en Modern Vampires of the City (2013), pero no con esta dimensión oceánica.

Esta es música ilimitada, capaz de escucharse una vez tras otra y fundirse en el ambiente, incluso con sus ruidos de fondo, sean los ecos del tumulto citadino o los rumores infinitos de la naturaleza, y una vez que se nos mete en el ánimo es imposible sacarla de nuestra mente, como un pensamiento que fluye y se expande sin fin.

Radiohead ha creado un soundtrack para nuestras vidas, haciendo de nuestros días intrascendentes algo inconmensurable.

Gustavo Reyes


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