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Ernesto Aurignac Ensemble y su ambiciosa Saeta Kósmica

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Ernesto Aurignac Ensemble
Foto: Cortesía FIAS

El saxofonista y compositor malagueño estrenó la compleja composición encargada con el FIAS junto a un ensemble de 17 músicos

Ernesto Aurignac Ensemble
Saeta Kósmica. Requiem para ser amado
Concierto en Teatro de la Abadía, Madrid
FIAS 2021

(Marzo 11, 2021)

Una idea tan ambiciosa como esta de antemano se antojaba compleja. Al fantástico músico y compositor malagueño (al que disfrutamos a plenitud en su concierto en el FIAS 2019) le fue encomendada la difícil tarea de realizar una composición que incluyera jazz, flamenco y música antigua.

Según explicó Aurignac -con su cabello teñido de amarillo- a manera de introducción -con bastante gracia y algo de timidez-, inicialmente pensó que sería imposible. Para ello necesitaba un cuarteto de jazz, una formación de ministriles, cuarteto de cuerdas, guitarrista, una cantaora y coros.

“Yo me pinto de amarillo pollo cada vez que hay un estreno. Estamos supercontentos y emocionados de estar en Madrid. Llevamos mucho tiempo embarazados. He aprendido muchísimo y me lo he pasado increíble”, fueron las primeras palabras.

Y siguió: “Un día recibí la llamada de Pepe Mompeán, director del festival, uno de los mejores festivales que tenemos en España, por su atrevimiento, la calidad de los músicos que trae y muchas cosas. Me propone Pepe que le encantaría que participara este año con una obra que fusionara, con mi sonido compositivo, la música antigua, con el jazz, los ministriles hispalenses, la saeta, el flamenco y la vanguardia del siglo 21. ¡Cómo le decía yo que no a Pepe!.

Estaba luego en mi casa y no lo veía, así que pensé en una formación muy loca para que cuando volviera a hablar con Pepe decirle que tenía que hacerlo con una formación sobre la que me diría que era imposible”.

“Intentaba traerlo a mi terreno, así que le dije: ‘para hacer eso necesito un cuarteto de cuerdas, un cuarteto de voces, un cuarteto de música antigua, un cuarteto de jazz y una cantante. Seriamos 17, ¿como lo ves?”, a lo que Mompeán contestó: “Perfecto”.

Las risas en el teatro no se hicieron esperar. De una manera sencilla, Ernesto había roto el hielo antes de enfrentarse al gran reto del estreno absoluto.




La tarea era tan grande que incluso después de tener el visto bueno, Aurignac tuvo dudas, hasta que la estructura le vino a la mente completa, casi como una epifanía y lo escribió muy rápido. De ahí adelante siguió la ardua tarea de darle sentido, ensayar y ensayar.

La “Saeta Kósmica. Requiem para ser amado”, presentó sobre el escenario a Ernesto Aurignac (saxofón alto, dirección y composición) -al medio y lamentablemente dando la espalda como exige el rol de director- Gonzalo Navarro (guitarra de jazz y española), Joan Masana (contrabajo), Juan Manuel Nieto (batería y glökenspiel), Jacobo Díaz (flauta de pico, chirimías, corno inglés y oboe), Carmelo Sosa (sacabuche y trombón alto), Manuel Quesada (sacabuche y trombón tenor), Daniel Anarte  (sacabuche y trombón bajo), Irene Ortega (violín), Laura Romero (violín), Laura Martínez (viola), Andrea Villalba (violonchelo), Belén Vega (cante y voz), Cristina Risueño (soprano), Ruth García (contralto), Diego Morales (tenor) y Jose Ariza (barítono).

La primera parte de la obra es de naturaleza dramática, aunque sin llegar a extremos. Con el cante de protagonista se desarrollan los primeros cinco minutos, hasta que hace su aparición el sacabuche como preámbulo a la primera intervención del coro, de claro acento sacro. La flauta de pico y el glockenspiel ayudan a equilibrar la densidad aportada por cuerdas y coros.

El primer cuarto de obra permite adentrarse en los confines de una composición compleja que ahonda tanto en la raíz flamenca como en la música histórica.

Hacia el minuto 15, la obra toma otro rumbo, conservando cierto dramatismo pero con elementos rítmicos aportados por pandereta y batería. El cante retoma el protagonismo inicial sobre unas cuerdas de espíritu romántico y cinematográfico. Justamente, uno de los méritos del Aurignac es haber concebido una obra que permite recrear imágenes mentales.

A partir del minuto 20 se inicia un pasaje bailable, con palmas y flauta como protagonistas, hasta que finalmente hace su entrada triunfal la guitarra española. Es entonces cuando el flamenco se apodera de la obra por unos cuantos minutos, con Belén Vega y Gonzalo Navarro en el centro de la atención. El coro aporta el componente de dolor.

Ernesto Aurignac Ensemble
Foto: Cortesía FIAS

La parte intermedia transcurre en una tensa calma, con pizzicatos de violines y trombones comedidos. Quizá el instrumento que no logró capturar la esencia de la obra fue la batería, sonando a veces intrusiva, aunque muy posiblemente en parte ello se debió a que la acústica del teatro no ayudó, y tampoco la afinación de tambores fue la más adecuada. Lo contrario ocurrió con el contrabajo, cuya labor en la trastienda fue impecable.




La segunda mitad del concierto comenzó con la guitarra española sola, a la que se unió Vega. Entre ambos volvieron a cautivar y de alguna manera a demostrar que el verdadero corazón de esta magna composición es la raíz flamenca, y que las demás adiciones -incluido el jazz que aún no había aparecido- son ornamentos que la enriquecen sin desviar la intención primaria.

La composición entró entonces en un pasaje frenético que desembocó en un sensual e inusual blues con coros, momento en el cual Aurignac ejecutó magistralmente el saxofón, el instrumento del cual es un virtuoso y que le ha valido para tocar con un sinfín de grandes músicos de España y el mundo.

Este segmento fue realmente fenomenal, aunque a decir verdad pareció estar encajado a la fuerza con el resto.

Diversos sonidos de aves realizados por Diego Morales y Jose Ariza, sirvieron de entrada y fondo a la siguiente parte, algo más preciosista, la cual a su vez dio paso a una flauta de espíritu pastoral, preámbulo para el segundo tramo jazzístico en el que de nuevo se luce Aurignac en el saxo, pero también Masana en el contrabajo y Navarro en la guitarra.

La obra, en su últimos minutos, adquirió un aire barroco que derivó en el grandilocuente sinfonismo final en el que todos participaron.

No es fácil poder describir en palabras una obra de esta envergadura, que aparecía por primera vez antes los oídos del público. Aurignac y sus músicos demostraron el trabajo que hay detrás.

Lo que si es cierto, es que dentro de unas cuantas presentaciones más, se habrán pulido todos los detalles.

Juan Carlos Ballesta