El 26 de marzo de 2001, mientras el britpop se desdibujaba entre la resaca de su propia mitología y la industria buscaba nuevos rostros que explotar, Damon Albarn, uno de sus protagonistas clave, decidió mutar. El primer disco de la saga Gorillaz, nacía.
Gorillaz
Gorillaz (álbum)
Parlophone/Virgin. 2001. Inglaterra
El siglo y el nuevo milenio apenas despuntaban. Aquel anunciado efecto del Y2K (año 2000) se diluyó sin que hubiera un apocalipsis tecnológico. Donde hacía poco había himnos generacionales y rivalidades amplificadas, surgió un proyecto musical sin rostro, sin carne y sin reglas claras: Gorillaz.
Lo que en apariencia era una broma posmoderna -una banda de dibujos animados- terminó convirtiéndose en una de las obras más visionarias de su tiempo, un artefacto cultural que cuestionaba tanto la autenticidad del pop como su propia necesidad de existir.
El surgimiento de Gorillaz: aburrimiento, MTV y cultura basura
Para entender el debut de Gorillaz hay que leerlo como una fuga. Tras años siendo una de las caras visibles del britpop, Damon Albarn parecía atrapado en una narrativa que ya no le pertenecía. Blur había sobrevivido a la guerra mediática y al desgaste interno, pero el contexto había cambiado: el cambio de milenio trajo consigo una industria más fragmentada, más global y, paradójicamente, más prefabricada.
Frente a eso, la respuesta de Albarn no fue competir, sino desaparecer detrás de un concepto.
La alianza con su amigo Jamie Hewlett (co-creador del cómic Tank Girl) no fue accidental. Si el primero aportaba la inquietud musical y el deseo de ruptura, el segundo ofrecía un lenguaje visual capaz de construir un universo autónomo.
La semilla surgió a finales de los 90, cuando Damon y Jamie compartían piso en Londres. Según ambos, la idea nació viendo MTV durante horas, lo que le hizo detectar una saturación de bandas prefabricadas y una creciente artificialidad en la industria musical. Su respuesta fue ir un paso más allá: crear un grupo deliberadamente artificial, pero con alma artística real.
Así nació Gorillaz, una banda “ficticia” que, paradójicamente, aspiraba a ser más auténtica que muchas reales Los cuatro personajes (2-D, Murdoc, Noodle y Russel) no eran simples máscaras: eran una forma de desplazar el foco, de liberar la música del peso de la celebridad y, al mismo tiempo, de amplificar el comentario irónico sobre ella.
Los cuatro personajes de Hewlett
En plena era de MTV, donde la imagen lo era todo, Gorillaz optaba por una imagen que negaba la realidad.
Jamie Hewlett desarrolló el universo visual en el que los cuatro personajes no eran simples mascotas. Tenían biografía, narrativa, personalidad propia, entrevistas ficticias y evolución. Así, 2-D (Stuart Pot) era el vocalista ingenuo con estética zombie, Murdoc Niccals el bajista, satánico y cínico, Noodle la guitarrista japonesa prodigio y Russel Hobbs el baterista, poseído por espíritus del hip-hop.
Fue verdaderamente revolucionario, anticipando fenómenos posteriores como el de las identidades virtuales, avatares y metaverso, años antes de que existieran esos términos en el mainstream.
La música de Albarn
Musicalmente, el disco es un collage deliberado. No hay una escena que lo sostenga ni una tradición que lo limite. El hip-hop alternativo convive con el dub, el pop melancólico, con la electrónica de baja fidelidad.
La elección de colaboradores refuerza esa idea: voces que vienen de lugares distintos, que no buscan cohesión estilística sino fricción. En sus 57 minutos conviven Tina Weymouth y Chris Frantz de Talking Heads, Junior Dan, Jason Cox, Dan the Automator, Ibrahim Ferrer, Miho Hatori, Dave Rowntree, Kid Koala, Del the Funky Homosapien, Tom Girling, Mike Smith y Damon Albarn.
Y, sin embargo, el disco funciona precisamente por eso. Hay una lógica interna, una especie de niebla sonora que unifica todo sin necesidad de imponer orden.
Albarn se unió el productor Dan the Automator, quien fue clave para dar cohesión al sonido. Las sesiones se desarrollaron entre Londres y Estados Unidos, con un enfoque muy libre y colaborativo.
El resultado: un disco híbrido, difícil de clasificar, que mezcla beats minimalistas, melodías pop, atmósferas oscuras, humor y crítica cultural
Canciones como “Clint Eastwood” (con la voz iconica de Del the Funky Homosapien) o “19-2000” (con voz de Miho Hatori) operan como puertas de entrada accesibles, casi engañosas en su inmediatez.
La primera es el gran single, construido sobre un beat hipnótico y una línea de teclado casi infantil, con la colaboración estelar de Del the Funky Homosapien, cuya intervención redefine la canción.
Si bien fue concebida casi como experimento, terminó siendo un himno. La mezcla de apatía y esperanza conecta con el cambio de milenio.

“19-2000” en cambio, es un pop excéntrico, casi juguetón, en el que la voz de Hatori aporta contraste y extrañeza.
Concebida como una especie de anti-hit, es pegadiza pero descolocada.

Pero el verdadero peso del álbum está en sus zonas intermedias: en la deriva de “Tomorrow Comes Today”, en la tensión de “New Genius (Brother)”, en los pasajes instrumentales que parecen más interesados en crear atmósferas que en construir hits.
Es ahí donde Gorillaz revela su naturaleza, no como un proyecto pop al uso, sino como un espacio de experimentación disfrazado de producto mainstream.
“Tomorrow Comes Today”, que nace de demos previos de Albarn y funciona como puente franco entre Blur y Gorillaz, es en realidad el primer gran momento emocional. La melancolía de Albarn se filtra sin filtros detrás del personaje de 2-D, con la melodica -muy presente- aportando un aire casi fantasmagórico.

“New Genius (Brother)” es oscura y minimalista, con un pulso hip-hop muy marcado.
La canción actúa como comentario social: paranoia urbana, aislamiento, ruido mediático, y en ella se percibe claramente la influencia del hip-hop alternativo estadounidense

El arranque del disco con “Re-Hash” es casi una declaración de intenciones: fragmentario, difuso, como si la identidad de la banda aún estuviera en construcción. No hay muchos colaboradores externos destacados aquí (solo la voz de Miho Hatori), es puro laboratorio Albarn + Dan the Automator.
Concebida como una introducción “descentrada”, marca el tono híbrido del álbum.

“5/4” es una de las piezas más extrañas del disco, tanto por su métrica como por su tono. La guitarra nerviosa y el ritmo irregular generan incomodidad.
Aquí Gorillaz juega a sabotear el formato canción desde dentro, acercándose más al art rock que al pop, aunque a decir verdad es un enlace con Blur

Tras la tríada de “Tomorrow Comes Today”, “New Genius (Brother)” y “Clint Eastwood”, emerge “Man Research (Clapper)”, una de las piezas más densas, a base de beats rotos, capas superpuestas, y una sensación de collage repleto de texturas.
Aquí el disco se vuelve más cerebral.

“Punk” es explosiva, breve, casi una caricatura del punk, pero que en algo retrotrae a “Song 2” (Blur, 1997) pero sin coro pegadizo y con la batería de Dave Rowntree.
Más que un homenaje, parece una ironía sobre la simplificación del género en la cultura mainstream.

“Sound Chek (Gravity)”, es hipnótica, minimalista, con un bajo profundo que recuerda al dub sobre una base hiphopeada cortesía de Kid Koala. Es uno de los ejemplos más claros del interés de Albarn por los espacios sonoros más que por las estructuras tradicionales.

“Double Bass” es un tema relajado, instumental puro con bajo, ritmo, un organito que va y viene, y la repetición como leit motiv, con cierto aire a Money Mark e incluso DJ Shadow.
Funciona como interludio, pero también como manifiesto de que Gorillaz puede sostenerse sin necesidad de voz ni narrativa explícita.

Surge entonces “Rock the House”, uno de los temas más accesibles con un groove claro de energía funk/hip-hop y aroma cinematográfico setetentero gracias a la presencia de los vientos del inglés John Dankworth, a quien se le otorgan créditos en la composición.
Colabora de nuevo Del the Funky Homosapien.

Después de “19-2000”, aparece “Latin Simone”, uno de los momentos más singulares del disco con la colaboración del cubano Ibrahim Ferrer -uno de los protagonistas de Buena Vista Social Club-, cuya voz aporta una carga emocional inesperada.
La canción nace de la fascinación de Albarn por la música cubana y rompe completamente la lógica estilística del álbum, aunque introduce ese elemento de los impredecible en la propuesta de Gorillaz
La trompeta es del británico Mike Smith

Con “Starshine” el disco entra en su tramo más nocturno, donde la identidad de Gorillaz se vuelve más difusa y abstracta. Oscura, introspectiva, casi narcótica.

“Slow Country” posee un ritmo midtempo, con atmósfera densa envuelta en extraños sonidos sobre los que Albarn canta con su distintivo hedonismo, con partes vocalizadas en semi falsete. Funciona como deriva hacia el final, alejándose definitivamente de cualquier expectativa pop convencional.

“M1 A1” en un cierre explosivo, construido sobre un sample de la música de John Harrison para la película “Day of the Dead” de George Romero. La pieza empieza minimalista y termina en caos, con especial participación de Dave Rowntree, batería de Blur.
Es, sin duda, el final perfecto, un colapso sonoro que sugiere que el experimento no se cierra, sino que se desintegra para reinventarse más adelante, como de hecho pasó cuatro años después con Demon Days (2005), mas tarde con Plastic Beach (2010) y así sucesivamente hasta The Mountain (2026)

Desde una perspectiva crítica, el debut de Gorillaz plantea una paradoja incómoda. Nace como una reacción contra la artificialidad de la industria, pero lo hace mediante el artificio más extremo: una banda que no existe.
Y, sin embargo, esa contradicción es precisamente su mayor acierto. Gorillaz no intenta resolver el problema de la autenticidad; lo expone. En lugar de ofrecer una alternativa “pura”, muestra que toda construcción pop es, en mayor o menor medida, una ficción.
25 años después de su lanzamiento, resulta difícil no leer Gorillaz como un punto de inflexión. No solo por lo que significó para la carrera de Albarn, sino por lo que anticipó: la disolución de las fronteras entre géneros, la centralidad de lo visual, la aparición de identidades virtuales que ya no necesitan un cuerpo físico para ser creíbles.
En retrospectiva, el disco suena menos como una anomalía y más como un presagio.
Quizá esa sea su verdadera herencia. No tanto haber escapado del britpop, sino haber demostrado que, cuando una escena se agota, la única salida posible no es reinventarla, sino abandonarla por completo.
Gorillaz no fue el siguiente paso: fue una puerta lateral. Y al cruzarla, Albarn no solo se reinventó a sí mismo, sino que dejó atrás la necesidad de ser visto para seguir siendo relevante.
Juan Carlos Ballesta
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