El polifacético músico y compositor venezolano vuelve al ruedo discográfico después de 20 años con un álbum ecléctico y fascinante
Dos décadas después de su fascinante debut con Sueños con Urubú, el multiinstrumentista caraqueño Ricardo “Kako” Viloria emerge con una nueva propuesta: Bajo el agua. En esta entrega, su inconfundible identidad sonora se expande a través de arreglos audaces y un ensamble estelar de músicos invitados, logrando una obra donde la experimentación, el juego y el asombro son los verdaderos protagonistas
Mercedes Sanz
@ClaveMercedes
El soplido de las flautas, el tintineo de las kalimbas y la percusión de maderas y metales configuran el mapa genético de Ricardo “Kako” Viloria.
“Es una fusión; hay de todo un poco, pero también hay unos timbres”, admite el músico caraqueño al reconocer la naturaleza ecléctica que define su obra. Su propuesta respira africanidad y mística indígena; es un ecosistema sonoro donde la fauna nocturna cobra presencia y el silencio se desplaza como un habitante más en senderos que no buscan un destino, sino el camino mismo.
Esa impronta quedó grabada en Sueños con Urubú (2005). Ahora, dos décadas después, Viloria entrega Bajo el agua: un trabajo que amplía su identidad mediante el diálogo con otros instrumentistas y una arquitectura de arreglos que propone coordenadas distintas sin traicionar la esencia.
Es el free jazz nutrido por raíces ancestrales y guiado por la sorpresa. En su cosmogonía, la imaginación es el recurso más abundante; una fuerza expresiva que se manifiesta con ímpetu renovado en esta aventura musical que hoy comparte con Ladosis.
Bitácora de un explorador
Ricardo “Kako” Viloria es una figura de la urbe caraqueña. Conversar con él exige la disposición de dejarse arrastrar por un oleaje de anécdotas atesoradas desde la infancia.
Nacido el 29 de septiembre de 1959, este multiinstrumentista es conocido por ser integrante fundador del recordado proyecto Cadáver Exquisito. Sin embargo, su universo es inagotable: ingeniero civil egresado de la Universidad del Zulia, ha ejercido el rigor del cálculo en paralelo a la creación.
A este perfil se suman una melomanía insaciable y la formación técnica en grabación y acústica que desarrolla desde su propia empresa de audio y estudio casero.
Ese dominio musical le ha permitido explorar una dimensión infinita; un interés que germinó entre influencias domésticas para luego expandir su propio recorrido. Su vínculo con el arte se tejió por vías diversas: desde la estampa de su padre pulsando la mandolina y sus primeros acordes rasgando el cuatro en el colegio, hasta el descubrimiento de numerosos artistas.
Fue un aprendizaje sensorial, marcado por la curiosidad de quien encuentra música en cualquier rincón.
El hogar era un refugio de sonidos universales donde su hermano mayor, quien tocaba guitarra y la armónica, introducía la bossa nova, el blues y el rock. Viloria siguió absorbiendo demasiada música: en acetato, en la radio, bandas sonoras, ritmos tradicionales venezolanos, salsa, jazz, la lista es infinita. Todo eso ayudó a forjar un oído atento.
“El instrumento que más me cautivó desde mi adolescencia fue la flauta. Yo escuchaba ese instrumento y sentía una cosa muy especial. Traté de estudiar para ser flautista pero no lo logré, no tengo el talento, y escuchando a grandes jazzistas como Herbie Mann, y gente del rock como Jethro Tull. Oír a Ian Anderson era como ir al Olimpo”, dice.
Mientras cursaba estudios de posgrado en Roma, entre 1979 y 1980, se adentró en la atmósfera de Trastévere, donde se encontró con un luthier de kalimbas. “Había un personaje que andaba por la calle tocando la kalimba y yo lo conocí; nos sentamos en la plaza donde siempre había gente haciendo música y, cuando ya me regresaba a Venezuela, me lo volví a conseguir y me vendió una porque él las fabricaba”, recuerda como una grata experiencia.
El caudal de vivencias y su característico humor permean una obra de carácter casi autobiográfico, donde el autor se expone a través de sus herramientas. Esta línea narrativa, que nació en su primer disco, atraviesa también la producción Bajo el agua.
En Viloria, la música no es un ejercicio aislado, sino la síntesis de una vida dedicada a procesar una amplitud de ritmos y melodías para convertirlos en un emblema imperecedero.

La tripulación de lujo de Bajo el agua
La nómina de colaboradores es vasta, un testimonio de la libertad que Viloria concede a cada invitado como parte esencial de su proceso creativo. El protagonista alterna entre la percusión, la kalimba, la flauta y la mandolina.
Sobre este último instrumento, aclara que en los créditos escribe: “Con el perdón de Pedro Marín, Chuíto —Jesús Rengel— y Jorge Torres”. Y luego remata entre risas: “Porque ellos sí son mandolinistas, yo no”.
Ese espíritu de apertura permitió que en la producción converjan talentos de la talla de Aquiles Báez, Alfredo Naranjo, Rodner Padilla, Gerardo Rosales, Franklin Lozada, Diego Álvarez, Isabel La Roca, Williams Troconis, Manuel Moreno, Jorge Torres, Edward Ramírez, Andrés Briceño, Rafael Hidalgo, Roberto Koch, Felipe Acevedo, Julio Andrade, José Cordero, David Viloria, José Luis “Kool Aid” Acosta, Xavier Padilla, Jesús Torres, Carlos Julio Ramírez, hermanas Ruth y Rudelmis Montero, Manuel Barrios y Filemón Monterola.
En el aspecto técnico, el propio Viloria asumió la ingeniería de grabación y compartió la edición con Alberto Vergara; mientras que la mezcla y la masterización recayeron en Alonso La Cruz y Edgar Espinoza.
La estética visual se completa con la fotografía de Manuel Hernández y el diseño gráfico de Daniela Tugues.

Este disco es, en cierta forma, una continuación de Sueños con Urubú.
– Sí, claro, porque cuando terminé Urubú, que decidí: bueno, ya había seis canciones en construcción, después de Urubú, yo le seguí dando a esas seis, y en el transcurso surgieron seis más.
¿Entre esas seis estaba “La flor”?
Correcto, está “La flor”.
Es una pieza muy ceremonial
Además, esa historia me pasó, es muy loca. Vi el obituario: ¡se murió! Yo me la encontraba. Era muy joven, después ese romance se acabó. Yo tenía tiempo sin verla y cuando aparece ese obituario después. Lo más loco es que la hermana me llevó las cartas que yo le escribí treinta años antes.

¿Musicalmente en qué te inspiraste?
Yo no es que siento una inspiración como tal, sino que me pongo a tocar. Agarro cualquier instrumento y me pongo a dar. Entonces, yo grabo un material; después, lo dejo reposar, si veo alguna otra idea que sea interesante, edito o borro lo demás y empiezo a trabajar sobre lo nuevo. Eso es lo que hago, básicamente.
¿Desde cuándo vienes trabajando en este disco?
Eso tiene muchos años. Terminé Urubú en 2005, y esta música, como en el 2013, 2014, por ahí. Luego, me fui a mezclar donde mezclé Urubú, pero los amigos tenían mucho trabajo. Fui a otro lado, pero no me gustó la mezcla y lo dejé. Entonces, en ese ínterin yo tenía la empresa de audio y también mucho trabajo, alquilando equipos.
En eso pasaron quince años. Así que decidí trabajar con Alonso La Cruz, pero como sabía que era una música atemporal, no es una moda, no me preocupó tanto. Por todas estas circunstancias, no terminaba, pero la música estaba lista, lo que faltaba era la carpintería del estudio, mezcla y masterización. Ya tengo material para dos discos.
Narrativas de lo invisible
Uno de los rasgos distintivos en la estética discográfica de Viloria -más allá de lo puramente visual- es la literatura que custodia cada composición. Su primera placa ya daba cuenta de esta voluntad: al percusionista le apasiona escribir relatos que transforman sus experiencias en ficciones aderezadas con un toque de humor.
“Se suponía que este álbum, al igual que Urubú, tendría una edición física donde cada tema contaría con su propia anécdota escrita; pero hoy producir un CD es costoso y el formato ha perdido vigencia”, señala el músico.
Lamentablemente, la naturaleza de las plataformas digitales no permitió que Bajo el agua preservara esta iniciativa de manera integral. En el mundo del streaming, esos cuentos quedaron en la sombra, omitidos por las limitaciones del formato.
Por ello, en un acto de justicia con la narrativa que subyace a los sonidos, se comparten algunos de esos escritos que completan la dimensión creativa de Viloria.
“Luciana” y “Juan David”
“¿Qué mejor forma de empezar un disco que con una canción para mis traviesos hijos: Luciana y Juan David? Esta canción y la música de este disco son traviesos como ellos. Escuchen y me dicen. Si no, callen para siempre. ¡Larga vida a Luciana y Juan David!”.
El tema que abre la producción es un tributo al hijo de Viloria -quien posteriormente dedicaría una composición para Luciana-. Se trata de un jazz latino en el que destacan el cajón flamenco de Diego Álvarez y el vibráfono de Alfredo Naranjo, acompañados, por supuesto, por la flauta de Kako, cuya presencia es un hilo conductor en varias canciones del registro.

“Los Mesies”
“Eran los años 80 cuando conocí y toqué con Gerard, Cara e Vieja y el Maracuché, todos unos Mesiés, mejores amigos y músicos. Después, ellos partieron y pasaron hasta más de veinte años para reencontrarnos y hacer este Cadáver Exquisito musical que presentamos a su consideración. Vendo versión de La Marseillaise”.
Esta pieza de raíz afrovenezolana cuenta con las percusiones de Gerardo Rosales y Manuel Moreno, el bajo de Xavier Padilla y el solo de piano a cargo de Franklin Lozada. “Cara e’ Vieja es Xavier Padilla y el Maracuché es Franklin Lozada, quienes ya no viven en el país”, señala Viloria.

Lozada se destaca en ese solo de piano.
– ¡Claro! Franklin, el pianista, que vive en Francia, vino en unas vacaciones y yo estaba trabajando estos temas, y le dije: graba allí y grabó. Una cosa muy sencilla, con pocas notas.
El tercer tema es un blues a tu manera: “El blues de los perros”.
– En Sueño hay un blues que se lo dedico a Roland Kirk, porque fue un gran jazzista ciego, tocaba todos los instrumentos de viento, y tocaba perolitos, kalimbas y se presentaba con todos esos instrumentos guindados. Yo toda la vida he escuchado blues. En los 60 y 70, yo tengo la influencia del rock. Yo lo descubro a través de mi hermano, el jazz, la bossa nova.

“Carmen Arias” es un joropo llanero.
– Carmen Arias es mi mamá. ¡Sí!, podría ser. Hay unas maracas, está el cuatro de Edward Ramírez, la mandolina de Jorge Torres y el contrabajo de Roberto Koch. Pero lo que yo les planteé a ellos, lo que quería grabar, a ellos les gustó porque la flauta, originalmente, iba a ser con una kalimba, porque yo, muchas veces, grabo una base para poder grabar encima otras cosas mías.
Después, cuando invito a músicos a grabar, esa base la quito, cuando lo que ellos hicieron es mejor. Aquí había una base de kalimba pero la quité porque estaba de más. Molestaba.
Roberto, muy simpático, en la segunda parte, en el solo de mandolina, él se va para la parte baja del contrabajo y hace una figura aguda, entonces, me dice: mira, la kalimba (risas). La verdad es que no me he puesto a pensar si es joropo. Las maracas las hace Williams Troconis, y él es un gran percusionista. Habría que preguntarle a Jorge si es joropo (risas).

Tus canciones son indefinibles
– Sí, porque fíjate, pasa que tú escuchas el disco de alguien, buenísimo, un gran músico, pero escuchas la segunda canción, la tercera, y ya no hay más sorpresas. Ahora lo que yo hago, la primera canción no se parece a la segunda, no te imaginas lo que viene después. Eso me gusta.
Eso pasa con Sueños y con éste.
– Sí, y también en los dos discos que vienen. Me he dado cuenta de que haciendo mi música, una vez que tengo la base hecha, yo sé qué quiero ahí, y busco al músico que necesito, porque sé que me va a dar lo que quiere la canción. Lo que yo hago es una música que a ellos les permite crear. “¿Qué quieres que haga?”, me preguntan. ¡No!, Toca lo que tú sientas. Entonces, eso le da algo diferente a la canción.
En “El trencito” hay dos bajos, algo que es inusual. Y el solo del tresista es encantador.
– Exacto. Felipe Acevedo tocó con nosotros en Cadáver. En una oportunidad, que vino de vacaciones a mi casa, lo invité y metió ese solo. Hay dos bajistas, Mandinga –Jesús Torres-, también de Cadáver. Me encontré con Rodner -Padilla- y lo invité. Me gustó como sonaron los dos bajos y los dejé. Es una cosa muy rara, casi nunca hay dos bajos, claro, los timbres son diferentes.

La guitarra de Aquiles Báez en “La flor”.
– Era un gran aliado que yo tenía. Éramos muy amigos, era de esos amigos que ya no me quedan, de esos que tú tocas la puerta de su casa y ya está. Esos amigos son muy pocos. Además, sabemos el músico que fue. Yo lo ponía a escuchar lo que estaba haciendo, y él me daba su opinión. Aquiles me ayudaba mucho. Ahorita me apoyo en Alfredo Naranjo, en Jorge Torres. Yo hago una mezcla y se las mando. Yo les pido opinión.
Eso pasó con Aquiles y “La flor”.
– Sí, y es una pieza muy extraña, porque allí hay mandolina y kalimbas, pero tiene unos timbres que parece la guitarra, y la guitarra de Aquiles entra cuando entra la flauta. Todo lo anterior son las dos kalimbas y la mandolina.
Está la armónica de Rafael Hidalgo.
– Exacto, la armónica de Rafael y él es conguero y cantante de salsa, pero toca la armónica.

“La canción estresante”, tema psicodélico.
– Sí, es rockera y tiene también su historia —dice Viloria antes de leer el texto que acompaña al tema—: “Si usted está metido en su carro, en una tranca caraqueña a las doce del mediodía, el aire acondicionado se dañó y tiene tremendo calorón, aquel ratón por la noche etílica y su mujer lo regaña (con razón, como siempre), no ponga esta canción, ya que no nos hacemos responsables por nada. Si usted está metida en su carro en una tranca caraqueña, a las doce del mediodía, el aire acondicionado se dañó y tiene tremendo calorón, le acaba de venir la regla y regaña a su marido por haber llegado tarde y borracho, por favor, no ponga esta canción, ya que tampoco nos hacemos responsables por nada”.

“Ahora vamo’ a gozar” es una descarga.
– Sí, una descarga de bongó y timbal, además las frases que hacemos en los solos. En su mayoría, muchas canciones son estándar, aquí no. Y lo otro es que los coros casi siempre están en los mismos sitios, aquí no, el coro puede salir de cualquier lado. Los coros están regados, eso se le ocurrió a Alberto Vergara. Esa cosa de hacer el coro así es de él.

“Luciana Candela” es muy afro.
– Ahí grabaron Filemón Monterola, Alberto, Gerardo y Moreno.
Xavier Padilla, Manuel Barrios y tú también.
– Sí, sí.

“Sexo con hambre…” es otro blues. En el trombón está Isabel La Roca.
– Es un blues, pero fíjate por que esa canción, no sé si te acuerdas de esta historia, del novio que tenía que quitarle el liguero a la novia.
Viloria hace una pausa y procede a leer el cuento:
“Durante años toqué con el Cadáver Exquisito en matrimonios de esos de salón de fiesta. Y cuando llegaba la parte cursi, donde el novio tenía que quitarle con los dientes el liguero a la novia (costumbre rara, quién sabe de dónde viene) nos pedían que tocáramos algo sexy. Siempre nos negábamos, nos hacíamos los locos… Y terminaba el Dj poniendo cualquier cosa y que sexy. He aquí, finalmente, la solución para que los músicos y el Dj no hagan el ridículo. El novio que se joda”.

La foto de la portada, a cargo de Manuel Hernández, es otro elemento atractivo. Es muy expresiva.
Claro, y bueno, tiene que ver con el título. La foto es de ese amigo, yo soy ingeniero civil, del 76, en la Universidad del Zulia, y él me regaló esa foto.
“Bajo el agua”
“Allí comenzó la vida y algunos de mis más antiguos recuerdos, con una zambullida y una onda que comienza pequeña y fuerte, que se agranda hasta desaparecer. Por eso, esta música, este disco, para que alguien, alguna vez, quizás pueda recordar lo que fui o imaginar lo que no fui y no desaparecer por completo como la onda”.
Este cuento tiene su inspiración.
Yo siempre recuerdo que cuando mi papá nos llevaba a la playa, en un sitio que no me acuerdo del nombre, eran unos pocitos que estaban por Catia La Mar, y era como una bahía y yo me veo allí, zambulléndome.

Bajo otras miradas
“La concepción y la condición de Ricardo es de una persona muy sensible, que percibe con gran amplitud las artes. Y tiene esa necesidad de plasmar historias a través de la configuración de la música, la sonoridad tiene colores, es continental y de mucha amplitud. Yo la disfruto mucho porque me siento muy afín con esa naturaleza inquieta de Ricardo, y me parece que son historias sonoras.
Y puedo percibir el universo sonoro que él tiene, percibo sus influencias, desde la música venezolana, el rock, el jazz, la salsa, la música académica y la música contemporánea. Tengo empatía con él. Mi participación es muy grata, sentarme con él y proponerle.
Ese disco me encanta, hay que tener amplitud para oírlo; pero quienes estamos en el mundo de la exploración y de buscar elementos sonoros, los dos discos son maravillosos. Por ejemplo, pueden funcionar como música incidental para escenas de teatro o de cine”. (Alfredo Naranjo, vibrafonista, compositor, arreglista y director).
“Mi participación fue en el tema “Carmen Arias” hace mucho tiempo. Intenté abordar este tema desde un joropo llanero. No tenía el nivel de madurez musical y apreciación que tengo ahora. Valoré la apertura de Kako para que uno proponga cosas.
Ahora que ha pasado el tiempo, este disco, incluso el anterior, tengo que decir que es una manera única de hacer música en el acontecer venezolano actual porque plantea una manera muy original de hacer experimentación sobre distintos géneros musicales. No está parado en un solo sitio. Todo desde un lugar que creo que busca más que impresionar, que se genere una cosa sensorial. Para mí este repertorio siempre me lo he imaginado acompañando a una película, sobre un escenario, algún montaje de danza contemporánea.
La creatividad de Kako te transporta a un sitio diferente. Hay una conexión profunda con la naturaleza, el entorno, con las cosas que lo rodean. Es un tipo observador y busca sacar sonidos. Hay músicos venezolanos que han hecho experimentaciones, pero lo que hace Kako dentro de ese universo es muy original”. (Jorge Torres, mandolinista, director, arreglista, productor y gestor cultural).
“Es un disco muy divertido que evoca historias en cada tema, con esa mezcla de la textura sonora que Kako plantea. Es un trabajo que tiene muchas referencias a la música venezolana. Aunque me parece que el eje central del disco es esa experimentación y hay que entender la música como eso: un campo de juego y, a partir de una base estable, empiezas a construir y a generar diferentes contrastes con los instrumentos. Hay mucha percusión, es una música muy rítmica y eso lleva a que se generen momentos de jocosidad. Hay un tema maravilloso, “El blues de los perros”, me parece muy graciosa porque puedes imaginarte a los perros en un bar donde tocan blues. Entiendes que hay música en otros detalles que normalmente no se toman en cuenta.
Hay música en cosas fuera de lo musical. También genera momentos frenéticos como en “La canción estresante” o “El trencito”. Y hay momentos de sensibilidad como en “La flor”, es como una perla, hay que tratarla con mucho cuidado. Es resultado del disco es genial porque invita a disfrutar la música como un relato y esto es algo muy propio del humano”. (Diego Puerta, joven guitarrista e integrante de TDR Ensamble).
“El mundo interno del creador se parece a un corral de juguetes, donde la imaginación arma y desarma a su antojo. En el caso del músico y melómano Ricardo Viloria, para más señas, el producto de sus más apreciados jugueteos le viene de la libertad de atreverse a exponer los cuidados productos sonoros de su creatividad, tal cual una muestra donde la sorpresa juguetea con los límites tradicionales. ¡Pásame otra vez ese vacile rítmico ahí, Ricardo!”. (Federico Pacanins, cronista, productor, locutor y gestor cultural).



