El 23 de noviembre de 1979 fue publicado el segundo álbum de la banda formada por John Lydon tras Sex Pistols, auténtico tratado de libertad y pináculo del post punk
Public Image Ltd
Metal Box
Virgin Records. 1979. Gran Bretaña
Public Image Ltd (PiL) es una banda problemática. Su existencia en el devenir de la música de las últimas cinco décadas plantea todo un dilema: ¿Cuál es el verdadero legado de John Lydon (más infamemente conocido como Johnny Rotten)?
La historiografía y memoria “POP-ulistas” se decantarán probablemente siempre por Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols y esa lanza bañada en ácido sulfúrico que fue “Anarchy in the U.K.”, clavada directa e inmisericordemente en el corazón rancio y decadente de la institucionalidad y tradiciones británicas más añejas, allá por 1977; una declaración de principios y el grito de una guerra que aún se libra en muchos frentes y encarnaciones contra eso que llaman “Sistema”.
La rebeldía punk y la actitud anti-establishment
Quién puede negarlo, lo que en términos de rebeldía, inconformismo e irreverencia nos ha dejado el punk de aquellos años es sencillamente impagable.
El arquetipo del artista rebelde y, a veces, auto destructivo y martirizado -sobre todo si es rockero e incluso si hubo notables pioneros de esta encarnación, como Jim Morrison o Johnny Cash-, la actitud de “al carajo todo” como seña de autenticidad -así venga acompañada no pocas veces de pedantería- y la saludable vocación de ruptura incondicional con todo lo establecido antes.
Trátese de los “valores morales” mejor custodiados por los miembros más respetables de una sociedad o de cualquier deidad musical consagrada -llámese The Beatles, U2, Madonna o cualquier acto celebérrimo que se nos venga a mente-… todo esto y más fue forjado al calor del fuego maldito del punk y ha quedado para siempre como consigna primigenia, como imperativo inapelable y condición sine qua non de todo músico que quiera dejar una mínima huella en los anales eternos del pop.
Y aún así, no se caería en blasfemia alguna si se dijera que Never Mind the Bollocks tuvo su buena cuota de hype, de ruido del momento.
Importante, como no, como termómetro cultural y social de una juventud y una clase obrera -específicamente las de la Inglaterra del pre-tatcherismo- a las que ya no les quedaba absolutamente ninguna reserva de emoción para con una realidad inmediata hecha de huelgas, impuestos exorbitantes, inflación y toda la onda de choque de un estado de bienestar hipertrofiado en colapso inminente.
La pócima rejuvenecedora del punk
Debbie Harry, de Blondie, habló en alguna ocasión sobre lo politizado que estaba el asunto musical “allá”, al otro lado del charco, en aquel momento, y no exageraba. Un sacudón anímico y a nivel de conciencia colectiva se estaba gestando, y gente como los Sex Pistols o The Clash, por nombrar a los más obligados -o simplemente por ser la punta que se asomó de un iceberg que venía desplazándose desde hacía ya cierto tiempo- fueron el alarido de ese sentir.
El punk tuvo además, el sanador y milagroso efecto de rejuvenecer al pop en buena parte de sus vertientes, dándole una segunda oportunidad a un sonido que estaba comenzando a prostituirse demasiado frente a las cada vez más poderosas disqueras.
Diseñado para estadios cada vez más repletos, destinado en no pocas ocasiones al escape más frívolo, ahogado a ratos en auto-complacencia decadente y pretenciosa, como en el caso de no pocos actos de rock progresivo y de todos aquellos artistas consagrados que repletaban las emisoras de radio; en otras palabras, demasiado pulido para tener un mínimo sabor a riesgo.
Pero entonces, de repente, la música volvió a simplificarse, dejó de ser grandilocuente y de tratar de hacer “cosas” con orquestas sinfónicas…las canciones volvieron a tener poco más de tres minutos, pero…!las cosas que se hicieron en esos tres minutos!.
El “menos es más” probó su punto. La filosofía iconoclasta de los tres acorgdes resucitó los principios más urgentes y elevados de la autenticidad artística, refrescó y rejuveneció el espíritu pop y nos recordó por qué un Elvis, un Chuck Berry o un Jerry Lee Lewis electrizaron a millones de jóvenes con su carismática insolencia y esa energía sonora que invitaba al abandono, al desenfreno y a vivir la vida con intensidad.
Si se “tocaba bien” o mal era lo menos importante, el PUNK era cualquiera, tú, yo…todos nosotros, todo el que se sentía olvidado, no representado, no comprendido, y todo esto sigue siendo cierto, incluso reconociendo cómo el habilidoso, y sí, visionario, Malcom McLaren -arquitecto de los Pistols y que casi podría decirse orquestó y parió el mismísimo “movimiento”- le diese en algún momento una impronta demasiado “de moda” a todo el asunto.
La ruptura de John Lydon con Sex Pistols y la libertad con PiL
Aún con toda esa carga histórica incuestionable, nos acercamos hoy a “Anarchy in the U.K.” con un ánimo nostálgico inescapable. La canción conserva intacta su divertida virulencia, pero suena a los oídos actuales como suena todo clásico respetable: consagrada, aceptable y hasta divertida y “feliz”.
No puede decirse lo mismo de “Swan Lake”, el retorcido y angustiante abordaje del famoso “Lago de los cisnes”, de Tchaikovski, impulsado por una guitarra incansablemente corrosiva, una inusual concepción del ritmo “disco” como vehículo del vértigo, y los alaridos disonantes y casi histéricos de Lydon, y que, camino hacia el medio siglo, conserva intacto todo el perturbador magnetismo que lo convirtió en uno de los temas insignia de Metal Box (1979), el segundo e inconmensurable segundo disco de PiL, un trabajo tan fuera del alcance de cualquier etiqueta que llamarlo seminal sería limitarlo.

Su empaque fue concebido como algo fuera de todo parámetro convencional: una lata circular metálica -de ahí su nombre- emulando aquellas donde venían los rollos de películas para cine (replicado luego en la versión en CD de 1990), dentro de la que se encontraban tres discos de 12” de no más de 20 minutos cada uno reproducibles a 45 r.p.m., difíciles de sacar sin correr el riesgo de dañarlos, y que dio lugar a una reedición, pocos meses después, en febrero de 1980, en empaque “normal”, retitulada como Second Edition.


Amante confeso del radicalismo sonoro, la vocación experimental del dub y el espíritu exploratorio de Can y Van der Graaf Generator -cosa que no le cuadraba a McLaren-, este defensor vehemente de la diversidad musical se mostraba indescriptiblemente orgulloso de PiL -su verdadero sueño artístico- y al mismo tiempo inconsolablemente frustrado, molesto y hasta enojado porque se le asociara persistente y únicamente a los Pistols, un acto que para él tenía que haber significado nada menos que “la muerte del rock and roll” y con el que se sintió “usado” -sus propias palabras.
Es una ironía casi trágica, pasar a la posteridad como mesías o salvador de un género que para él no tenía más nada que decir. El hecho de que a nivel de masas y mercados la reacción fuera canonizar y endiosar a quien venía con la misión de purgar, demoler y enterrar todo de manera definitiva es casi un argumento a favor de la tesis impopular -pero más acertada de lo que nadie quiere aceptar- de que el rock es, en el fondo, una expresión de actitudes conservadoras.
Pero aún más irónico es que fue justamente el impredecible éxito de Never Mind the Bollocks el cheque en blanco que le permitió a Lydon usar los mejores estudios de la época y hacer lo que le viniera absolutamente en gana con su nuevo proyecto.
Para Virgin, con la ceguera típica -y a veces hasta risible- que caracteriza a toda mega corporación salvajemente ávida de dinero que se precie de serlo, todo el asunto se reducía a poner a quien pensaban era su nueva gallina de los huevos de oro -el tipo del pelo puntiagudo naranja que asaltó por sorpresa las carteleras pop británicas y las puso patas arriba- y darle todo lo que necesitara para producir verdes sin descanso para ellos… si tan solo supieran.
Para Lydon la cosa era otra: usar todo ese dinero, recursos y confianza al servicio de sus ideas y de su indulgencia creativa para dar cuerpo, alma y verdadera vida a lo que para él era su más grande y genuino manifiesto; buscó a Jah Wobble -mucho antes de que este fuera leyenda-, con quien compartía una amistad, gustos musicales, una cierta debilidad por lo ecléctico y un confeso desagrado por el estilo de bajo de Sid Vicious durante la corta vida de los Pistols, y arrancaron una nueva banda.
Keith Levene, ex- guitarra de la primera encarnación de The Clash, y que, como Lydon, se veía como alguien que no encajaba del todo en ese asunto del punk, y el canadiense Jim Walker -una verdadera rareza, un baterista punk templado en jazz bajo el ala rigurosa del Berklee College of Music de Boston, completaron esta “band of outsiders”, un verdadero club de renegados de la música pop, rock, o lo que sea que fuese popular.

No se puede culpar a Public Image: First Issue (1978); la primera entrega de los PiL tenía energía a raudales y mucha inventiva, e incluso un tema homónimo de batalla que para muchos es algo así como el puente entre el punk y post-punk, si bien tenía mucho de ese espíritu altivo de himno punk tan típico del momento.
Un disco con vocación idiosincrática que hacía espacio para un poco de todo sin dejar de ser directo y abierto. Pero si este prólogo fue un salto atrevido en terrenos que se asomaban nuevos, la secuela sería un verdadero salto hiperespacial hacia cuadrantes desconocidos del universo musical.
Se puede diseccionar o inventariar lo que pone Metal Box sobre la mesa: un credo rítmico inspirado en el funk y otras exploraciones diversas, guitarras abigarradas y con sabor “metálico” -mediante el uso ferviente de modelos veleno, un bajo embriagado de dub, un Lydon furioso dispuesto a gritar hasta hacer de sus alaridos un chillido angustiante y drenado de toda luz, etc, etc, etc., pero este es conocimiento inútil.
Saberlo no te prepara para poder entrar y salir de este grupo de canciones repletas de claustrofobia y rabia sonora con el alma intacta. Este es un álbum marcado por una sensación recurrente de caos, de pérdida de control, de estar dando vueltas desesperadamente en un laberinto sin encontrar la salida.
Sin Walker en el paquete, los temas fueron propulsados por diversos baterías que entraban y salían del proyecto -y los estudios de grabación- como quien se cambia de camisa, con los mismísimos Levine y Wobble asumiendo este papel en unos cuantos temas, y estos cambios se pueden sentir como corrientes sonoras repentinas que te golpean y empujan hacia uno y otro lado sin que tengas balsa a la cual aferrarte, como no sea la misma intensidad paranoica de toda la música.
La ansiedad parece querer devorarnos desde los mismos primeros segundos del álbum -en “Albatross”, el tema inicial- donde las primeras notas de bajo parecen reptar y querer metérsenos por debajo de la piel como una infección virulenta, con Levine sometiéndonos a una guitarra disonante que parece atrapada en un loop de angustia interminable que se extiende a lo largo de 10 minutos sin soltarnos la garganta, sin alivio ni espacio para la catarsis; sin dejarnos caer de una vez por todas.

Su versión epiléptica, “Memories”, se adelanta por más de dos décadas al Echoes de The Rapture, precognizando las andanzas de esta y otras bandas semi-revivalistas del dance-punk de comienzos del milenio, y sería un tema adictivamente bailable si sus guitarras arremolinadas no parecieran generar un vortex que succiona toda la realidad a nuestro alrededor.

El método de Metal Box para invocar su particular tipo de alucinación paranoica es el uso de atmósferas deformadas, procesadas en forma de ciclos interminables, torbellinos inagotables de guitarra que parecen rugidos de desasosiego, y que dan la impresión de irse y regresar una y otra vez, acumulando una tensión que no llega a resolverse nunca, todo anclado al penetrante y contundente pulso del bajo de Wobble, que parece no descansar nunca, como si estuviéramos atrapados en un círculo vicioso que discurre a lo largo de los rincones más oscuros de nuestra persona.
El álbum entero es como una alegoría del desquiciamiento y podríamos adivinar o especular sobre un hilo conductor en el que cada tema expresa una faceta distinta de un estado al borde del raciocinio, a punto de deslizarse hacia el abismo, los distintos rostros de la perturbación.
Incluso en pasajes como “Poptones”, donde a ratos pareciera que una determinación más melódica y amigable se asoma tímidamente, la recurrencia del bajo y una sección rítmica que no dejan espacio para la certidumbre termina ahogando toda “debilidad” pop en ambigüedad y ansiedad.
Lo mismo sucede en esa aproximación al new wave o a cierta electrónica primitiva y minimalísticamente demencial de Devo, que es “Socialist”, en donde el ritmo vibrante y protagónico que parece ametrallarnos los sentidos, es asaltado por brotes ocasionales e indefinidos de reverberaciones, “blips” y demás delirios de corte futurista.


Algunos parajes del disco resultan particularmente áridos y desprovistos de todo asidero en la cordura. “The Suit” es una letanía soportada por la presencia casi solitaria de un bajo que suena como una confesión de duda infinita, la voz de Lydon en un estado de declamación anodino y desapasionado, vacío ya de emociones humanas, una radiografía de fantasmagoría y penumbra anímica.
“Bad Baby” retoma un poco este estado, pero con un dinamismo más hipnótico, igualmente languideciente y espectral, pero más urgente.


Resulta casi una imposibilidad hecha realidad, el modo como Metal Box se mantiene a todo lo largo de su duración -poco más de una hora- sin mostrar abatimiento alguno, un trabajo que en sí es como la banda sonora de un abatimiento existencial casi apocalíptico, de fin de los tiempos.
El álbum en su totalidad conforma un tipo de alegato descreído que debería hacer a cualquier mente cuerda querer escapar con desesperación hacia la luz, a respirar aire purificado, inundado de claridad.
Pensaría uno que tanta carga de impredictibilidad sería insoportable y demasiado desorientadora, moviéndonos a buscar el remedio de las formas familiares. Pero esto no sucede y de algún modo nos sentimos cautivados por este universo de incertidumbres disonantes; energizados incluso, insuflados de propósito.
Creo que todo se debe a Lydon y su particular mezcla de determinación, rabia y anhelo creativo absoluto. Pocas personas en el mundo pop, y sobre todo ya a su edad y con su peso histórico, se muestran tan manifiestamente molestos y frustrados acerca de todo, incluso sobre su propio papel como “leyenda”.
Pocos tienen su franqueza corrosiva y al mismo tiempo su madurez, seriedad y compromiso creativos tan intactos como en su juventud. Se puede sentir toda esta voluntad de acabar con todo y de reconstruir el mundo y el arte desde el primero al último minuto de este trabajo.

Se puede palpar la onda de choque de ambos impulsos, el experimental y creativo, y el iconoclasta, el aniquilador y purgador, y el resultado de esta reacción extrema es un tipo raro de vanguardia primitiva, un sonido que golpea y sacude las paredes de lo convencional, de lo familiar y lo reconocible y nos asoma a nuevas visiones pero mediante la conmoción emocional, asomándonos a abismos cuya oscuridad puede despertarnos tanto temor como fascinación.
El carácter ecléctico y experimental de Lydon -y el de Wobble inclusive- estaba alejado de toda idea de elitismo, el virtuosismo de bandas progresivas como Yes -de las que al parecer sólo disfrutaba los artes de carátula de Roger Dean– no le decía absolutamente nada y abrazaba de modo incuestionable el potencial subestimado de los tres o cuatro acordes.
Un defensor apasionado y feroz de la música directa, capaz de llegar sin pretextos ni filtro a nuestros centros emocionales, de movernos, incluso de manera positiva y festiva, atestiguado en su confeso disfrute de bandas tan pop y “rockanroleras” como The Fortunes.
Y quizás fue toda esa infinita y furiosa frustración que residía -y sigue residiendo- en su interior, el talante nato de crítico vehemente e implacable de Lydon, lo que lo llevó a su particular apreciación y concepción de la música, un experimentalismo atípico, en donde la pretensión intelectual ha sido aniquilada por la sensación y la emoción cruda, en su estado más abrumador.
Así, a pesar de toda la energía auto-destructiva que permea estos temas cargados de intranquilidad y agitación anímica, un cierto vigor casi irresistible parece incluso darle nueva propulsión al álbum a medida que avanzamos hacia su conclusión, con una triada perfecta de piezas.
Por un lado, “No Birds (Do Sing)”, que con su percusión decisiva y guitarras chirriantes, que parecen querer rasgar las paredes de nuestra certeza como si fuera papel, nos arrastra y nos urge a huir a toda velocidad sin destino concreto.
Por el otro, “Chant”, que podría ser el hermano caído del Exposure de Robert Fripp, neurótico y rabioso, aprisionado por lo que parece ser un mantra diabólico -un anti-mantra- decidido a sacarnos de balance y empujarnos a la perdición, hacia la vorágine instrumental del tema.
Y finalmente “Radio 4”, un enigmático pasaje anclado en sintetizadores que deja cierto espacio para la maravilla, sin sacarnos del todo de la incertidumbre, como un mero descanso en medio de una tormenta que simplemente se alejó para reagrupar fuerzas, y cuyo sonido, que se aleja sin resolverse, nos deja en estado de pura expectación.



Ya hablamos sobre la absoluta inestabilidad de este artefacto productor de embriagantes pesadillas que fue PiL desde sus mismísimos comienzos.
Tras Metal Box, Wobble se sentiría obligado a seguir su propio llamado interior y abandonar a Lydon, lo que misteriosa y maravillosamente en vez de producir el colapso del asunto, dio luz a otro nuevo e inimitable planteamiento –The Flowers of Romance-, inconmensurable e imposible de asimilar, con Lydon y Levene usando el vacío dejado por el abandono total de su sección rítmica original para ensayar toda suerte de soluciones percusivas y experimentales, y aniquilando de nuevo cualquier noción clasificadora o descriptiva disponible para intentar descifrarlo con comodidad.
Las preferencias son libres, y se puede debatir sin fin sobre cual momento de la banda fue más significativo, absoluto y contundente, cuál fue su instante límite, el punto en el que toda esta pulsión creativa-destructiva encontró su manifestación más plena: el registro panorámico del derrumbamiento de la realidad de Metal Box o ese reporte intimo sobre el oscuro colapso del universo interior que fue The Flowers of Romance.
La desintegración abordada desde lo extrovertido y desde lo introvertido, respectivamente, pero sea cual sea nuestra impresión personal final no vuelves a ver el al punk -y por supuesto a los Sex Pistols– o al pop en general del mismo modo luego de escuchar algo como Metal Box.
Existe una especie de anhelo de retroceso, de refugio en cierto pasado santificado que padece parte de la cultura pop actual; la utopía “vintage”, que buscar revivir, celebrar, modelos ya “clásicos” -dentro de los cuales NO se contempla a PiL o a una gran mayoría de las bandas que asociamos, a falta de mejor herramienta descriptiva, bajo la rúbrica post-punk.
Un fenómeno manifestado en la fanática veneración “cultista” hacia los vinilos -una tecnología vieja- como artefacto de perfección sonora, en las muchas corrientes revivalistas surgidas dentro del rock en tiempos recientes y en la abrumadora cantidad de “influencers” o comentaristas musicales actuales, de todos los orígenes y edades -críticos, músicos, etc.- que sentencian con indignación la muerte de la autenticidad, de la pureza musical -y más específicamente de la pureza “rockera”- frente a las hibridaciones musicales que cada día y sin fin surgen acá y allá en diversos rincones del universo de la música popular y que apelan a “indignos” y supuestamente nada nobles recursos de creación como el vilipendiado Auto-Tune.
Una especie de “miedo al futuro”, cuyo resultado bien podría ser el triunfo de lo agradable, de lo muy conocido, el exorcismo de toda noción de peligro o riesgo en el pop, y cuyo remedio o antídoto podría estar simbolizado en una idea como Metal Box, un trabajo que aún a cuarenta años de distancia se desenvuelve años en el futuro, que aún no puede ser sentido con complacencia; que todavía incomoda, que nos habla de demonios que aún debemos confrontar y nos urge a romper nuestras burbujas y abrazar todo lo que tenga que venir, así no sea afable o reconfortante.
Un álbum de ensueño opresivo, pero que en el fondo es una labor de amor absoluto por las posibilidades de la música, y que, desde el pasado, nos confirma que aún hay todo un porvenir que descubrir.
Gustavo Reyes
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Música de PiL en Estados Unidos





