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Oui: el placer de reclinarse y hundirse en los audífonos con The Sea and Cake

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The Sea and Cake Oui

En octubre del año 2000 fue publicado el quinto disco de magnífico cuarteto de Chicago, una de sus obras centrales 

The Sea and Cake
Oui

Thrill Jockey. 2000. EE UU

Imagino un instante en su desnudez, un instante al desnudo. Imagino sencillamente un instante, algo que se continua a pesar de mí. Escucho y encuentro el placer en su estado mineral. Cuando el lounge es sinónimo de dolce vita supongo que este es el tipo de cosa que se generan.

Pocas veces me he sentado yo en una “silla Barcelona” (diseñada por el arquitecto alemán-americano Mies van der Rohe), pero cuando lo he hecho es como se mi cuerpo se reclinase sobre una nube ergonómica que sabe mis medidas mejor de lo que me acreditan mis sentidos.

Es un placer único que sería bien complementado con unos buenos audífonos mientras damos play a un placer de disco como Oui de The Sea and Cake. Eso sí, habría que enclaustrase en él de la primera hasta la última canción, mientras estamos bien apoltronados en nuestra silla Barcelona. Irían a la medida como Sake y Sushi.

Para los que no tengamos los recursos para hacernos de una silla original de diseñador, Oui nos puede hacer el favor en la experiencia de escucharlo mientras reclinados. Para prolongar la experiencia, el álbum -del 2000- puede incluso ser escuchado como parte de una trilogía de elegante pop analógico que arranca con The Fawn (1997) y acaba seis años más tarde con One Bedroom (2003).

Esta trilogía es -en consideración de muchos críticos- el pináculo de la carrera de la super banda indie de Chicago (con nada más y nada menos que John McEntire -el gurú de la escena post-rock- entre sus filas). Oui está justo en el medio de este período de oro de la banda, y de la escena post-rock de Chicago.

A finales de los 90 y principios de los 2000, Sam Prekop, Archer Prewitt y compañía se lucieron con un indie pop sofisticado que a la fecha ya se le considera clásico, único y magistral.

Una vez reclinados y con los audífonos sellando al vacío el perímetro de nuestros oídos, demos play: el equipo reproductor apunta 1, “Afternoon Speaker” arranca rítmica y nos activa, McEntire en la batería tiene bien aceitados los motores en la escuela krautrock, los bordados de teclados analógicos dan paso a la voz desairada y melancólica de Sam Prekop (creador de un pop angular y despojado de pretensiones).

La 2 encabalga sin pausa, “All the photos” es un continuum con la previa donde los platillos del hi-hat suenan sabroso como la charrasca. Todo en esta pieza 2 suena flotante y sin peso, nos reclinamos un poco más para esperar el coro sincopado. Pero no nos durmamos: la pieza es una serie de puentes sobre cuerpos de agua encantadores.

Cuando el reproductor marca la 3, nos reclinamos más aún mientras “You Beautiful Bastard” nos mece al son de una tonada de cuna. Los arreglos de cuerda son otro encanto al que responde al anamorfismo de una guitarra en wah-wah.

Distingo encajes de guitarras y bajo electrónicos con el zumbido de una citara al fondo, todo en clave bossanova: el reproductor anota el 4 -“The Colony Room”. Ahora me asomo a la portada, más tarde digo “¡oui!” sin saber muy bien a qué estoy dando respuesta afirmativa -aún así la doy a corazón abierto.

Escucho, sigo cada sonido y cada chasquido al detalle. Podría continuar así por horas. Oui es un disco para perderse en su arrullo.

Tal arrullo es evidente en la 5, edificada en una cimiente de marimbas hipnóticas. Todo se sienta tan en el aire, y la pieza es convenientemente titulada “The Leaf”: uno cae tendido ya como hoja de otoño (estación en la que este disco fue lanzado).

Los lounge lullabies continúan en la 6 -“Everyday”-, la banda toca como en un local cerrado y sin audiencia: no importa lo que pase afuera, y es como si fuéramos los únicos que escuchamos a The Sea and Cake ensayando sus mejores arreglos de un Jazz nocturno y etéreo.

Two Dolphins” es más movida, aunque en el viaje es como si el electromagnetismo de los equipos analógicos nos suspendieran y eliminaran la fricción: vamos a mil por hora, pero ni lo notamos en nuestra cápsula.

Ya en la 8 nos queda claro, “Midtown” prueba que una banda indie también le tiene el pulso bien tomado a los ritmos cariocas. Cuando el reproductor marca la penúltima -“Seemingly”-, con el groove de una de R&B, espacial y sexy, uno esperaría la voz de un Barry White salir al paso, pero en cambio es la voz tenue de Prekop la que se suma al colchón de agua que los teclados analógicos.

Vuelve el número de bossanova en la última, “I Missed the Glance”, y todo suena tan acolchado por las ondulaciones más oblicuas y ovales. El álbum tiene una clara influencia de los ritmos afro-brasileños, probablemente adquirida durante la previa gira de Tortoise -la otra banda de John McEntire– por el país sudamericano.

El fin trae consigo un éxtasis suspendido luego de esos 10 grados de reclinación. Es aquí cuando reinicio como si nada. Ahora es el 1 otro grado añadido hacia la armonía. Son evocados nombres como Robert Wyatt o Tom Zé como potenciales influencias. Imagino que alguno de ellos -o los dos- serán destacados en una reseña futura –muy future. Por ahora, pongo reproductor en repeat.

Cuando la escucha es sinónimo de cenestesia imagino que este es el tipo de cosas que se generan. Me reclino de nuevo en mi silla Barcelona imaginaria y concluyo que estos son los efectos de música tan placentera.

Ya acabó por tercera vez el disco. Un estado suspenso impera más acá del silencio. “Supongo que ya es tiempo de pararse y escribir. ¡Mejor me quedo aquí escuchando!”. El reproductor reinicia en 1 de nuevo.

José Armando García
garja76@hotmail.com



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