El músico caraqueño residenciado en CDMX presentó de manera brillante en formato septeto el disco editado hace seis años, El Mercado de los Corotos
Augusto Bracho
Concierto en Café Berlín, Madrid
(Octubre 2, 2024)
Varios años habían pasado desde que disfrutamos por última vez en directo de un personaje tan único como Gustavo Guerrero aka Augusto Bracho.
Sería largo el recuento, pero dada la condición de migrantes que nos arropa y que orbitó durante toco el concierto, amerita establecer vínculos con el pasado y contextualizar al “guerrero” de hoy, por ello vale la pena recordar que cuando era apenas un adolescente lo vi tocando guitarra eléctrica con la leyenda Jorge Spiteri, y mi impresión fue la de estar ante un joven fenómeno.
No pasaría mucho tiempo para que diera el primer salto cualitativo con su trío Cunaguaro Soul hace ya unos 20 años, el cual tocó en en el tercero de los Conciertos Ladosis en 2009, antes de ello en una fiesta aniversario de mi programa de radio Acto de Fe en 2006 y en otros eventos en los que me tocó ser curador. Cunaguaro era un cruce entre Dermis Tatú y Pescado Rabioso. Palabras mayores.
Gustavo siguió expandiendo su talento, y comenzó a ser apodado “cambur” (plátano) debido a que era requerido por varios de los mejores grupos venezolanos como Bacalao Men, Cabezón Key o Monsalve y Los Forajidos, con los que hizo un trabajo descomunal con la guitarra eléctrica
Pero, como tantos músicos venezolanos azotados por la falta de oportunidades para crecer, tomó la determinación de emigrar, en su caso primero a Buenos Aires y luego a Ciudad de México, donde vive desde hace más de 10 años y ha desarrollado una carrera como productor, músico de varias de las mejores cantantes, y por supuesto, con su propio proyecto Augusto Bracho.
En 2016 Gustavo visitó su ciudad, Caracas, y esa oportunidad dio para realizar una muy interesante entrevista (leer aquí), en momentos en los que estaba volcado como director de la banda de Natalia Lafourcade. Ya no era el rockero que conocíamos, su talento se había desbordado hacia otros territorios. Y hasta 2024 no había vuelto, nueva ocasión para abordarlo (leer aquí la entrevista)
Aquel fenomenal guitarrista eléctrico parece haber quedado atrás -así como el rock- en favor de la música popular latinoamericana, la cual aborda a su modo, con respeto pero con un desparpajo admirable. El no es un músico al uso, sino una rara avis que urga en terrenos conocidos y los lleva a su terreno para ofrecer un fino destilado de todas esas influencias de manera muy llamativa.
Y así lo demostró en el Café Berlín ante una audiencia compuesta principalmente por venezolanos y argentinos que llenó el recinto como pocas veces.
La ocasión era, sin duda, estelar para el caraqueño, por ello decidió convocar a varios de sus amigos músicos que hacen vida en Madrid y que fueron sus cómplices en la grabación del disco Mercado de los Corotos, grabado en 2016 y lanzado en 2018, y que finalmente pudo ser tocado en directo por sus protagonistas, seis años después.
El Quinteto Estelar quedó conformado por Augusto Bracho (voz principal, cuatro, guitarra acústica), Pablo Navarro (contrabajo), Martín Bruhn (percusión, bombo leguero), Jorge “Coke” Santos (batería, percusión) y Nacho Mastretta (clarinete, piano, voz), a quien Bracho varias veces llamó su maestro y agradeció porque sin él hubiera sido imposible ese disco y ese concierto.
A ellos se unieron dos piezas claves: Marina Sorín (coros, violonchelo) y la mexicana Laura Itandehui (voz, clave), con lo cual el grupo fue rebautizado como El Septeto Tremendón.





Haciendo una especie de trencito salieron del camerino para recorrer el Café Berlín, tomando contacto directo con todos los asistentes, llevando el ritmo cumbiero con las palmas y percusión, mientras Mastretta tocaba el clarinete y todos cantaban ese coro onomatopéyico muy digno del homenajeado que da nombre a la canción: “Andrés Barrios”
Barrios es ese singular personaje renacentista que ilustró la portada de Mercado de los Corotos, clarinetista, cantante, poeta, humorista y sobre todo un alma libre, miembro de Los Hermanos Naturales, Décimo Nónico y El Taller de Los Juglares, entre otros proyectos que han enriquecido la escena caraqueña y la música hecha en Venezuela, quien estuvo muy presente, no solo en este tema iniciático, sino en mucha gestualidad de Guerrero y en ciertas inflexiones vocales.
Luego de llegar al escenario e instalarse, siguieron con “El Rey del Pecado Frito”, alegre tema cuyo título parafrasea al famoso restaurant de La Guaira, “El Rey del Pescado Frito”.

El juego de palabras siguió a ritmo de gaita zuliana en “Refranero de hoy (sin vergüenza)”, donde Guerrero canta con apoyo vocal de Sorín e Itandehui frases como “Turrón y cuenta nueva”, “Unas de cal y otras de avena”, “Entre la espalda y la pared”, “No hay mal que no venga”. Hacia el final, a Guerrero le salió espontaneamente una de las inflexiones típicas de Andrés Barrios.
Para ese momento todo el público ya se había contagiado, estableciéndose una valiosa conexión que iría en crescendo hasta el final del show.
Con “Décimas tuyeras”, Augusto Bracho nos llevó hasta los Valles del Tuy, zona centronorte de Venezuela, con un imaginativo joropo que interpretado en Madrid le llegó incluso a los que no son tan cercanos al género.


El primer tema ajeno a Mercado de los Corotos fue “La Corazonada”, un fantástico bolero-son (él la llamó danzonete) de Música Moderna (2022), un disco de guitarra y voz concebido en pandemia. Aquí estuvo enriquecido por la clave, la percusión y el contrabajo, y cogió otra dimensión.
“Vamos a hacer ‘Manos Postizas’. El que la quiera bailar que se anime. Y el que no también”, fue la introducción que hizo Bracho de este pegadizo tema también con sabor cubano, que contó con un gran solo de contrabajo y muchos aplausos.

El clarinete y el piano, tocados en simultáneo por Mastretta fueron la puerta de entrada a “El último habitante”, una composición de Nacho Mastretta con un cadencioso ritmo sobre el que Augusto Bracho y Laura Itandehui cantaron maravillosamente a dueto. Laura, ya había mostrado su expresiva voz, pero aquí tuvo un lucimiento especial.
El clarinete volvió a tener protagonismo con un solo estupendo, redondeando uno de los momentos álgidos del show.


Para todos los caraqueños que estábamos en la sala, la interpretación del bolero “Yo te recuerdo, Caracas”, fue una especie de dolor que sabemos que está ahí. Antes de tocarla, Augusto habló como Gustavo sobre lo que significa ser migrante, las razones a veces bellas que te hacen abandonar tu ciudad y otras descorazonadoras y muy tristes.
“Tengo que tocar siempre esta canción hasta que el país del cual yo vengo esté mejor y haya libertad y sucedan cosas mas bonitas que las que suceden ahora. La compuse desde esa soledad terrible que tenemos los migrantes, esos amores que tenemos y debemos dejar, que son nuestras ciudades. Por fortuna tenemos otras ciudades, otros amores nuevos que nos acogen y nos permiten seguir.
Le quiero dedicar esa canción a todos los venezolanos que resisten en Venezuela en este momento y a los que nos hemos tenido que ir, especialmente aquellos que han tenido que cruzar el Darien, cosas impensables que sigan pasando en el siglo 21, Y claro, se la dedico a todos los venezolanos que están aquí esta noche”
Fue una interpretación muy sentida, en la cual se acompañó solo de contrabajo.
“Asumo que te quiero / asumo que te lloro / oigo tu voz en la sombra / pero sé que te perdí / Yo te recuerdo, Caracas”, es parte del texto que dejó a todos sin habla, algunos sollozando.
Aun envueltos en la tristeza y melancolía tocaron por primera vez en vivo, “Valse”, un vals caraqueño instrumental de gran belleza, con Marina Sorín en el violonchelo, y Mastretta en el clarinete. Al terminar ocurrió algo inusual. Bracho dijo: “Les importaría que la volviéramos a tocar? Yo me equivoqué mucho”.
La verdad, no lo habíamos notado porque el protagonismo no fue del cuatro, así que fue un gran placer volver a escuchar uno de los momentos mas sublimes -quizá el que más- de la noche.

“Vamos a bailar ahora. Vamos a Barlovento, Venezuela, y a Filipinas”. Se trataba del infeccioso tema “La última noche”, la que realmente contó con una sección de percusión notable, a medio camino entre los tambores barloventeños y los ritmos del Pacífico, con gran trabajo vocal de Itandehui y Sorín, y un clarinete enloquecido. Otro de los grandes momentos del show.
De la tierra de Laura abordaron “Coplas Oaxaqueñas”, “una canción que nos ha traído muchas alegrías”. La pieza consta de adaptaciones e intervenciones realizadas por Bracho de coplas tradicionales de la Costa Chica de Oaxaca, con varios pasajes vocales colectivos y frenéticos y un ritmo que invita a bailar zapateado.
En el tramo final, Bruhn y Santos, quedaron solos en una especie de contrapunteo rítmico sobre el que cantaron todos una alegre parranda llamada “Canto al niño de Toche”. Tras ella se despidieron y como era de esperarse el público no los dejo irse y en menos de 30 segundos ya estaban de nuevo posicionados.
“Vamos a hacer una canción muy especial, muy bohemia. Es un honor tocarla al lado de mi maestro, productor de mis dos discos y a quien tengo tanto que agradecer. Es una canción de José Alfredo Jiménez llamada ‘Pa’ todo el año’”. Y se ubicaron en medio del público, sin micrófonos.
Un falso comienzo fue interrumpido con las palabras “nos hemos emocionado”, y volvieron a comenzar esa conocida ranchera ‘cortavenas’, que fue cantada por ambos como si estuvieran en una taberna mexicana.

Regresaron al escenario para cerrar con broche de oro con el tamunangue “Otros títulos en esta colección”, con un fabuloso ritmo de Bruhn y Santos, sobre el que se incorporó el coro agudo “así, así, así” que acompaña la particular letra de Bracho: “(La Tuerta le dijo al cura / con el Jesús en la boca / que vio por la cerradura / cosas que la vuelven loca / El cura casi se enreda diciendo a continuación: «¡cuide el ojo que le queda!», y le echó la bendición)
¡Ay, lara-larailá-la-lai-la!, ¡y vienen otros títulos en esta colección!”
Y con todo el Berlín llevando el ritmo con las palmas, Bracho presentando a los integrantes del Septeto Tremendón con rimas, el concierto llegó a su final, dejando un muy agradable sabor de boca, así como muchas reflexiones sobre el arraigo, el cual, a pesar del exilio, nunca se pierde.
Gracias a Gustavo Guerrero por su inigualable sensibilidad, su genuina forma de interpretar el legado latinoamericano y por transmitirlo con humildad y cercanía, con un estilo propio. Y por supuesto, a todos los músicos, verdaderos escuderos de un artista único.
El concierto, además, fue propicio para muchos encuentros entre venezolanos que llevaban años sin verse, que ni siquiera sabían que estaban viviendo en la misma ciudad, extendiendo el verdadero final del concierto hasta la calle.
Juan Carlos Ballesta
Fotos: Óscar Ribas T.





