Pronto a cumplir 84 años, el brasileño universal presentó un repertorio de amplio recorrido y calado emocional, desde el Tropicalismo de los 60 al presente, con una banda de altos quilates
Caetano Veloso
Concierto en Movistar Arena, Madrid
(Mayo 4, 2026)
Desde el primer minuto, Caetano Veloso impresiona. A un mes de cumplir 84 años no solamente conserva su voz y prestancia, sino también los deseos de seguir comunicando sentimientos y emociones, y reflexionando sobre el presente y futuro.
Allí teníamos a Caetano, con su holgada y llamativa camisa amarilla, su carácter afable y eterna sonrisa, un brasileño convertido en universal que atravesó la dictadura militar, exilio en Londres, bebió de la psicodelia, la samba, el rock, la vanguardia pop, colaboró con incontables artistas y ayudó a crear el Tropicalismo. Veloso se ha construido un sitio privilegiado en el Panteón Musical del Universo con una de las carreras mas consistentes y generosas de nuestro tiempo.
El concierto no fue “nostalgia”, sino la continuidad de una obra todavía viva. Se acompañó de siete fantásticos músicos que se encargaron de batería, percusión, teclados, guitarra, bajo, trompeta y saxo, sin ninguno de sus hijos que en tiempos recientes lo han acompañado.
Una de las cosas más impactantes de Caetano en directo es cómo la aparente fragilidad física convive con una autoridad artística inmensa. Veloso trabaja la economía gestual, la serenidad, el fraseo, el silencio, y durante el show la audiencia fue entrando en un estado casi litúrgico, generándose una intensidad emocional muy sofisticada.
El setlist funcionó como una autobiografía fragmentada en el cual convivieron tropicalismo sesentero, clásicos políticos, canciones íntimas, reinterpretaciones maduras y piezas recientes, y también humor. El orden del repertorio respondió a una narrativa emocional tal como confesó: “Qué belleza, Madrid. Mis canciones en este show hablan de cosas que se presentan en el mundo que no son fáciles, que no son bellas. Y así seguimos”
Caetano evitó depender de «Beleza Pura», «Sampa», «Você é linda», «Terra”, “Baby”, “London London”, “Meia-Lua Inteira”, “O Estrangeiro” o “Coração Vagabundo”, es decir, no construyó el concierto únicamente sobre canciones internacionalmente reconocibles, sugiriendo con esto una voluntad artística más curatorial y menos complaciente.
El set que interpretó en Madrid no pareció un “greatest hits” convencional sino una especie de autobiografía artística, viajando desde el tropicalismo radical de finales de los 60, la sofisticación compositiva de los 70 y 80, la introspección acústica, la crítica política contemporánea, hasta la reflexión sobre la era digital actual.
Las 22 canciones de Caetano
“Podres poderes”, “Anjos tronchos” y “Fora da ordem” funcionaron casi como columnas políticas del concierto.
Hubo momentos luminosos (“Leãozinho”, “Odara”, “Alegria, alegria”) y canciones atravesadas por nostalgia, desencanto, memoria, y conciencia histórica.
“Vaca profana” produjo una de las grandes ovaciones de la velada cuando Caetano mencionó aquello de «Segue a movida Madrileña«, un reconocimiento de la ciudad que lo acogió en los años de su exilio cuando la dictadura brasileña y él, por supuesto, lo agradece por siempre, siempre un reencuentro.
Muy pocos artistas pueden cantar en un mismo concierto una pieza tropicalista de 1968, una reflexión digital del siglo 21, un bolero mexicano, samba, pop brasileño y canción política, sin perder coherencia estética.
El disco Bicho (1977) apareció como uno de los núcleos emocionales del concierto con «Gente», «O leãozinho», «Um índio» y «Odara».

A lo largo del concierto hubo un diálogo permanente entre el tropicalismo clásico («Alegria, alegria», «Divino maravilhoso») y canciones recientes como «Anjos tronchos», donde Caetano reflexiona sobre internet, algoritmos y alienación contemporánea.
Aquellas canciones ya no suenan provocadoras en el mismo sentido que en 1967-68; su fuerza actual es histórica y simbólica. Funcionan como recordatorio de un momento en que la música popular brasileña decidió absorber rock, psicodelia, vanguardia, cultura pop, y tradición nacional, todo al mismo tiempo.
El núcleo filosófico y político del concierto, quizá la parte más poderosa, estuvo representada por cuatro canciones fabulosas: «Cajuína», una de las grandes canciones metafísicas de la música brasileña, minimalista, contemplativa, casi suspendida fuera del tiempo y con cierto aroma reggae; «Podres poderes», que sigue siendo devastadora porque el Brasil que describe continúa existiendo, conectando corrupción, violencia estructural y degradación moral sin necesidad de consignas explícitas; «Anjos tronchos», en la que reflexiona sobre redes, tecnología y alienación digital, resultando fascinante su convivencia con el repertorio sesentero por parte de un artista que entendió la revolución mediática de los años 60 y ahora como octogenario intenta entender internet; «Fora da ordem», sobre caos urbano, desigualdad, fragmentación social, letra escrita hace décadas que parece contemporánea.
El concierto tuvo una dimensión profundamente afectiva con «Sozinho», «Muito romântico», «O leãozinho» y «Queixa», canciones con las que Caetano convirtió el recinto en algo casi doméstico y cercano, con una manera de cantar llena de fragilidad sin perder autoridad.
La delicadísima interpretación de “Cucurrucucú paloma” introdujo una idea muy importante: Caetano nunca fue solamente brasileño. Su obra ha dialogado constantemente con México, el Caribe, el bolero, el pop anglosajón, el rock y la canción latinoamericana. Desde “Hable con ella”, la película de Almodovar (con quien se reunió, según mostró en su Instagram), la canción tiene una conexión emocional muy fuerte con el público español.
El tramo final de samba y celebración con «Desde que o samba é samba», «Reconvexo», «É hoje» y «Odara» pareció diseñado para transformar la introspección en celebración colectiva.
Especialmente “Odara”, funcionó como liberación final, una especie de utopía tropicalista resumida en ritmo, ligereza y alegría física. Con los músicos tocando, Caetano salió de escena y no regresó más.
En una época dominada por pantallas gigantes (que las hubo, pero sin intrusiones), hiperproducción visual, automatización escénica, y shows diseñados para inundar las redes sociales, el concierto fue planteado como resistencia estética, con Veloso sosteniendo un concierto desde la palabra, el mensaje, el repertorio, y la inteligencia emocional.
El show de Madrid no pareció construido desde la nostalgia sino desde la continuidad. Caetano no presentó «clásicos» como piezas de museo sino que los puso en diálogo con canciones recientes, demostrando que sigue pensando el presente con la misma inquietud estética y política que en tiempos del tropicalismo y los años 70.
El concierto transmitió no una despedida, sino una permanencia.
Juan Carlos Ballesta







