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El debut de Nick Cave & The Bad Seeds: 35 años de gloriosa intensidad

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Nick Cave

Nick Cave & The Bad Seeds
From Here to Eternity
Mute. 1984. Australia

Luego de la disolución de la incendiaria banda The Birthday Party por desavenencias entre Roland S. Howard (guitarra) y Nick Cave (voz), el destino se encargaría de encarrilar lo que se convertiría en uno de los más brutales e imprescindibles proyectos musicales de nuestro tiempo.

En 1983 Cave decidió emprender un nuevo proyecto con la ayuda esencial de su amigo el multi instrumentista Mick Harvey, ex compañero de la emblemática banda post punk formada en Melbourne.  Aquella primera formación estable que acompañaría a Cave, primero fue bautizado como The Cavemen y unos meses después quedó en definitiva como The Bad Seeds, nombre del último EP publicado por The Birhday Party.

La agrupación fue completada por el alemán Blixa Bargeld (guitarra y voz de la banda industrial Einstürzende Neubauten), el bajista inglés Barry Adamson (ex Magazine), el guitarrista australiano Hugo Race y la musa de entonces, Anita Lane en algunas letras. Inicialmente, dado el exceso de guitarristas, el versátil Harvey asumió el rol de baterista.

Con Flood como ingeniero y coproductor, quien para entonces comenzaba su exitosa carrera que lo ha llevado a trabajar con Depeche Mode, U2, The Jesus and Mary Chain, Nitzer Ebb, Nine Inch Nails, Crime and The City Solution, entre muchos, emprendieron la grabación en los famosos Trident Studios de Londres en marzo de 1984 de los cuatro temas que conformarían el lado A. Antes de ello, ya habían grabado los tres que ocuparon la cara B en los estudios The Garden de John Foxx (ex Ultravox). Comenzaba así uno de los capítulos indispensables y de mayor influencia de la música contemporánea.

El disco comienza con una versión cavernosa de “Avalanche”, original del canadiense Leonard Cohen, demostrando ser una de las influencias en la escritura de Cave. El sigiloso bajo, la áspera guitarra y la poderosa batería, dan asiento a la angustiosa voz.

En contraste, “Cabin Fever!”, composición de Nick y Blixa, posee una estructura ligada al sonido no wave neoyorquino de Swans, Lydia Lunch, con una interpretación vocal catártica de Cave y una instrumentación llena de crudeza, casi cacofónica.

Well of Misery”, es un blues siniestro que transcurre casi como una letanía, con maravillosos coros de Harvey, Bargeld y Adamson, el cual podría recordar a Captain Beefheart. La armónica final le suma un cierto carácter de desolación.

El lado A es cerrado por el tema que da nombre al disco y que a su vez está inspirado en la novela de James Jones y la subsecuente película de 1953 dirigida por Fred Zinneman. Es, sin duda, uno de los clásicos primerizos que definen la estética de Nick Cave como cronista y sobre todo como intérprete pasional de sus canciones. “From Here to Eternity” lo ha acompañado en sus conciertos hasta hoy y sigue siendo uno de los momentos más telúricos de toda su vasta discografía. El piano angustioso de Harvey, el bajo taladrante de Adamson, la voz torturada de Cave y el carácter industrial aportado por Bargeld a la guitarra -relacionado con su banda Einstürzende Neubauten, que para entonces vivía su etapa más salvaje- ayudan a redondear un tema inmortal.

El lado B lo abre “Saint Huck”, otro tema en el que el bajo ejerce de conductor del caos contenido de guitarras y de un desesperado Cave, mientras la batería aparece y desaparece. Es Nick Cave en estado puro, un diamante en bruto.

Con “Wings off Flies” vuelve a adentrarse en los sonidos sureños de Estados Unidos, que en siguientes discos desarrollaría aún más. Es un blues polvoriento, compuesto en compañía del australiano Jim Thirlwell, conocido luego por sus varios pseudónimos Clint Ruin, Foetus, Frank Want y Steroid Maximus. Fue parte brevemente de la primera encarnación de los Bad Seeds, pero su estructurado método de trabajo chocaba con la para entonces más intuitiva y visceral forma de Cave.

El disco cierra con “A Box for Black Paul”, diez minutos sensacionales de piano y voz, más pinceladas de guitarra, en los que Cave va desgranando la historia sobre la muerte del negro Paul en un estilo cercano a Baudelaire. Los fantasmas de una atormentada Nina Simone sobrevuelan. Sin duda, es el tour de force de un disco que en realidad está compuesto por grandes canciones una tras otra.

Mientras en 1984 la atención primaria estaba puesta en las propuestas con sonidos de teclados, baterías electrónicas y melodías pegadizas, Nick Cave paría su primera obra maestra junto a The Bad Seeds, un disco que 35 años después sigue impresionando y conmocionando por su intensidad y hermosa aspereza. Eran los tiempos en que Cave no tenía contención. No es el álbum que un recién llegado a la obra de Cave debe escoger para acercarse a su inmenso legado, sino aquel que en los 80 nos retorció la cabeza a unos cuantos y que testifica un momento especial.

Juan Carlos Ballesta