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Graceland y Paul Simon: de Sudáfrica con amor

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Paul Simon Graceland

El 25 de agosto de 1986 el inconfundible cantautor neoyorquino publicó el laureado séptimo álbum solista rodeado de músicos sudafricanos 

Paul Simon
Graceland

Warner Bros. 1986. EE UU

Corría la segunda mitad de los 80, el imperio soviético iba hacia su ocaso y el mundo se asomaba a una fiesta postmodernista en donde el “todo vale” y la conciencia global se convertía en la primera religión universal.

La historia llegó a su fin –momentáneamente– y apareció este disco, juguetón, urgente, calidoscópico e imperecedero.

Graceland sigue cumpliendo años impoluto y vigente

No es que se trate de uno de esos insoportables clásicos que se repiten como arma de guerra psicológica y que hasta tu abuelita conoce –“Starway to Heaven”, “Hotel California” –, el asunto aquí es otro.

Solo escucha cualquier tema, “The Boy in the Bubble”, “Diamonds on the Soles of her Shoes” o “Crazy Love, Vol. II” –que suena a “White Sky” de Vampire Weekend, pero con Ezra Koening más reservado e infantil– y verás que no sabes dónde meterlo: ¿afropop occidentalizado? ¿pop tribal? ¿pre-indie africano?




Inventa lo que sea, solo sabrás de qué va este disco escuchándolo, e incluso así solo podrás referirlo de una manera: Graceland; el disco del año en 1986 según los Grammy, que copó las carteleras y aparece en listas de los 100 grandes álbumes de todos los tiempos, y que reactualizó a Paul Simon como uno de los grandes músicos del planeta.

Simon, artista rompebarreras, tuvo su gran momento junto a su amigo Art Garfunkel en tiempos de El graduado (1967), esa película de Mike Nichols sobre el inconformismo, divertida al estilo irrepetiblemente idealista de los 60, con esas tremendas canciones –“Mrs. Robinson”, “The Sound of Silence”– que llegaban a la médula del soñador que todos llevamos.

Y bueno, tienes un bache tremendo en tu cultura pop si no has escuchado alguno de sus temas, así no sepas que son ellos.

Pero dos décadas después el punk había purgado los excesos melódicos e ideológicos del pop y Simon quizás se hubiese perdido para la generación post new wave, de no ser por unas grabaciones de los sudafricanos Boyoyo Boys que atraparon su imaginación, con toda esa movida township de las calles de Soweto.

Simon consumió más de estas sonoridades que eran como traviesas notas jugando en el jardín de infancia de la música más festiva, viajó a Johannesburgo, grabó con músicos sudafricanos y fue acusado de violar el boicot cultural impuesto a Sudáfrica por el brutal Apartheid, el sistema de segregación racial sancionado por el Partido Nacional que gobernó casi 50 años –aunque lo que realmente hizo fue dar casa en la aldea global a artistas huérfanos de derechos y voz (simple y crudo: en Sudáfrica, si eras negro, no eras nadie…nadie).




Simon orquestó un evento inesperado en el que convergieron artistas como Chikapa “Ray” Phiri, Baghiti Khumalo, Hugh Masekela y Ladysmith Black Mambazo, retocado con tradición americana –folk, zydeco de Louisiana, tex-mex– y artistas como Los Lobos, The Everly Brothers y Linda Rondstad.

Y todo fue química y atmósfera, sin preconcepciones, la música surgía y Simon pulía, pintaba y le daba forma pop, naciendo un trabajo preñado de sabor, color y horizontes de brisa silvestre, con cabeza y mucho corazón, citando nuestras dudas, pero a la vez cantándole a la esperanza a niveles planetarios.

¿Y qué pasó después? Como dice Simon en “The Boy in the Bubble”: “…días de milagros y maravillas”; lo impensable sucedió: el muro cayó, la guerra fría terminó, Nelson Mandela liberado vio una nueva Sudáfrica, exorcizada de discriminación y unida en un abrazo multicolor, al menos en ley –un pequeño paso es un gran salto.

Y quedó este disco irrepetible, el sonido de un breve y mágico momento –antes de que las torres cayeran y la inocencia volviera a morir– en el que el mundo dejó de ser una mota azul insignificante para convertirse en el lugar en el que todo lo bueno podía pasar.

Gustavo Reyes


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