Inicio Reportajes Nina Simone: indomable como el viento, infinita como el cielo

Nina Simone: indomable como el viento, infinita como el cielo

Nina Simone 1965
Foto: Ron Kroon para Anefo

A 90 años de su nacimiento y a 20 de su muerte, la pianista, cantante, compositora y activista estadounidense está más presente que nunca


La estadounidense Eunice Kathleen Waymon, mejor conocida como Nina Simone, una de las más grandes leyendas del jazz, el soul y el blues de todos los tiempos, gran activista de los derechos y las luchas por la igualdad de género y de raza, nació hace 90 años en North Carolina, el 21 de febrero de 1933, falleciendo en Francia el 21 de abril de 2003 a los 70 años, y desde entonces su influencia no hecho sino crecer.

Su presencia en escena era intimidatoria, su voz era agria y expresiva como sus protestas, producto de la segregación racial contra la cual luchó toda su vida. Europa le regresó todo lo que Estados Unidos le arrebató.

Hugo Santaromita†/ Viaje al Fondo del Jazz

 
Como ella pocas, o ninguna. Una de las facetas más poéticas de Nina Simone eran sus llamativas transiciones entre el susurro, el grito y el lamento, para intentar subrayar los estados de ánimo enunciados en las canciones.

Nina fue siempre así: una intérprete rebosante de espiritualidad y realidad social. Su típica estampa sentada al piano era de una sobriedad intimidatoria, producto, tal vez, de su estricta educación clásica con composiciones agridulces, que mezclaba magistralmente con un registro grave bien utilizado y un carácter que le dio fama de arrogante, temperamental pero, al mismo tiempo, vulnerable. Siempre sufrió de bipolaridad, pero no le fue diagnósticado a tiempo y mucho menos tratado debidamente.

Su activismo por los derechos civiles de las personas de ascendencia africana, fue uno de sus baluartes de vida; una lucha que quedó plasmada a través de sus canciones. El asesinato de Martin Luther King en 1968, fue uno de los detonantes que provocó que Nina abandonara los Estados Unidos, asqueada de la segregación racial.

La escuché por primera vez cuando tenía 9 años, y eso marca a cualquier niño. El primer tema que escuché fue “My Baby Just Cares For Me”, una canción que Nina había grabado para Little Girl Blue, su primera grabación, que luego llegó al Top Five de los éxitos en el mercado británico.

A partir de allí quedé sorprendido y gratificado con esa voz ritual, carrasposa, de madera, que me obligaba a mirar el entorno de otra manera. Digo esto porque a mis 9 años no había mucho qué decidir. Mi casa estaba inundada de clásicos de Ellington, Sinatra, Eckstine, Sarah Vaughan, Glenn Miller, y del folklore venezolano, que era mucho y muy extenso.

Nina Simone contra el racismo

Años después escuché el tema “Mississippi Goddam” (1964), en el que Simone criticaba el atentado con una bomba en una iglesia de Alabama, que acabó con la vida de cuatro niños negros. Eran los tiempos duros del Ku-Klux Klan.

En su canción, Simone reclamaba la igualdad y, al mismo tiempo, criticaba a muchos activistas negros, entre ellos a Luther King, con quien discrepó en distintos aspectos de la lucha racial. La canción era un furioso alegato contra varios estados del sur de Estados Unidos.

Eran momentos difíciles para los afroamericanos de Norteamérica. A mediados de los 50, Nina se presentaba en Atlantic City a hurtadillas de su religiosa madre, en un club donde cantaba por más de dos horas seguidas, con apenas 15 minutos de descanso entre esos lapsos.

Su nombre verdadero, Eunice Kathleen Waymon, lo ocultó, lanzando su nombre artístico de la combinación de “Nina” (que viene de “Niña”, como la llamaba cariñosamente un fugaz amante latino del cual poco se sabe) y “Simone”, en honor de la actriz francesa Simone Signoret, a la que la joven Eunice admiraba.

La influencia de Duke Ellington es patente en casi toda la obra de Nina. Aquel primer álbum, Little Girl Blue, fue un éxito inmediato, del cual se extrajo el sencillo “I Love You Porgy”, que vendió un millón de copias en Estados Unidos en el verano de 1959. Curiosamente, jamás volvería a colocar otra canción en el Top 40 de Estados Unidos.

La prolífica carrera de Simone

Con Columbia Records grabó 10 discos en cinco años, seis en estudio y cuatro en directo. De esa época surgieron varios temas para bandas sonoras de Columbia Pictures, como “Wild Is The Wind”, “Theme for Sayonara” y “Samson And Delilah”.

Posteriormente, en 1964, fue contratada por el sello Philips, con el cual grabó siete álbumes en tres años, época en la cual destaca el clásico “Dont Let Me Be Misunderstood”, un éxito también de The Animals y años después en versión disco con la agrupación Santa Esmeralda, y el ya mencionado “Mississippi Goddam”. Otro de sus clásicos, grabados para el sello RCA entre los 60 y los 70, “To be Young, Gifted and Black”, fue grabado por Aretha Franklin en 1972.

No podemos dejar de mencionar temas emblemáticos como “House of the Rising Sun”, que también grabaría Bob Dylan y popularizaría mundialmente The Animals. Otras canciones que la hicieron famosa fueron la inigualable “I Put a Spell on You” (sin duda una de las mejores versiones de las miles que se han hecho de ese clásico de Screamin’ Jay Hawkins), “Here Comes the Sun” de George Harrison con The Beatles, “Four Women”, “I Shall be Released” de Dylan, y “Ain’t got no (I got life)”.

Su tema “Sinnerman” apareció también en el film de Norman Jewison, The Thomas Crown Affair (1968), y volvió a aparecer en la versión de la misma película que en 1999 protagonizaron Pierce Brosnan y Rene Russo.

Particularmente, me es imposible olvidar la letra de su canción “I Wish I Knew How It Would Feel To Be Free (“Ojalá supiera cómo ser libre”) (1963), que reza lo siguiente: “I wish I knew how it would feel to be free / I wish I could break all the chains holding me / I wish I could say all the things that I should say / say ‘em loud, say ‘em clear, que se traduce así: Ojalá supiera cómo es ser libre / ojalá pudiera romper todas las cadenas que me sujetan / ojalá pudiera decir todas las cosas que debería decir / decirlas alto y claro.

El calibre de la denuncia de Simone sólo era comparable con la lucha de Nelson Mandela en Suráfrica y con la que protagonizaron Martin Luther King y Malcolm X en Estados Unidos.

La vida errante de Nina Simone

 Nina siempre fue una mujer solitaria. Parecía que esa era su tragedia, cuando la realidad es que era una mujer con firmes convicciones, comprometida con la realidad social de entonces, orgullosa, altiva y de indoblegable carácter.

Su huida de los Estados Unidos a principios de los años 70 tuvo que ver mucho con eso y con el rechazo al modo de vida norteamericano, y además, con su persecución por evasión de impuestos, que ella atribuyó al racismo. Jamás volvió a residir en su país natal.

De allí pasó a Barbados, donde tuvo un affaire sentimental con el entonces Primer Ministro Errol Barrow, y luego viajó a Liberia, atraída por el país de sus ancestros y lejana a la realidad de un país pobre y corrupto.

Fue su amiga, la emblemática Miriam Makeeba, quien la alentó a dar ese extraño salto. En los 80 cantaba regularmente en el club de jazz Ronnie Scott, de Londres. Luego se mudó a Suiza y Holanda, hasta que pasó al sur de Francia, donde falleció en 2003.

El éxito en toda Europa la regresó a las grandes audiencias, y fueron comunes sus colaboraciones con artistas como María Bethania, Pete Towsend y la mencionada Makeeba. En 1992, apareció su música en la película Point of No Return, inspirada en su propia vida. Ese año publicó su autobiografía, titulada I Put a Spell on You, que fue inmediatamente traducida al francés, el alemán y el holandés. Europa le regresó todo lo que Estados Unidos le arrebató.

Nina fue una mujer con muchas tormentas internas. Hacía tiempo que había dejado de llevar bien la soledad. No muchos entendían lo que pasaba por la cabeza de aquella mujer tan temperamental. Se puso al frente de marchas de 40 mil personas con otros artistas negros y se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos raciales.

El británico Elton John, se refirió a ella como “la mejor cantante del siglo 20”, mientras que el Washington Post dijo una vez: “Su arte destilaba una fuerza creadora sobrehumana, inasequible al desaliento”.

Nina, nacida en 1933, vivió en carne propia los vaivenes entre el cielo y el infierno, amores ardientes y maridos abyectos, sonoras protestas y rabias calladas, comportamientos erráticos, exilios y reacciones paranoicas.

Fue un mito, pero también una especie de bruja africana engañada y rota que nunca agachó la cabeza, ni siquiera en los momentos en que parecía desmoronarse para siempre.

Quedó inserta en la historia del jazz, el blues, el soul y en la cultura popular universal.

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